Campanadas para una revolución

10.08.2023

En 1863, Córdoba fue episodio de un levantamiento de la facción federal (también llamados "rusos"), contra los mitristas locales ("aliados") que hegemonizaban el poder. Vívidos detalles de la conspiración quedaron grabados en la memoria de un niño. Aquí su relato.

En la década de 1860, cuadros de una cruenta guerra civil fueron cerrando el proyecto de la Confederación Argentina para fortalecer a un gobierno nacional centralizado en Buenos Aires. Uno de esos golpes de estado caseros, que fue reprimido con no poco derramamiento de sangre, infundió el recuerdo vivencial que transcribimos, el de un niño de siete años que asistió a una reunión clandestina donde se puso a punto la insurrección. El narrador, treinta y seis años después, omite a propósito los nombres de los participantes e incluso el año exacto, aunque lo más probable es que se refiera al levantamiento encabezado por Simón Luego en junio de 1863, que derrocó al gobernador Justiniano Posse y puso en su reemplazo al federal José Pío Achával. El poder del nuevo gobierno duró menos de veinte días y fue abortado por la sangrienta batalla de Las Playas, en que las tropas nacionales prácticamente masacraron a las menos numerosas y mal armadas milicias del general Ángel Vicente Peñaloza, "El Chacho".

El relato que transcribimos, firmado por Justo del Campo, salió publicado en el diario Los Principios en julio de 1899, bajo el título "Las campanas de Córdoba al servicio de la guerra civil".

«Cuando los novelistas argentinos estudien la historia de nuestras sangrientas luchas políticas y recojan las memorias y tradiciones no escritas o publicadas de aquella época, podrán explotar una rica mina de episodios interesantes y llenar muchos volúmenes.

Sin ir más allá, en Córdoba no hay familia en la que alguno de sus miembros no tenga uno o muchos dramáticos recuerdos de aquellos tiempos en que las revoluciones y motines se sucedían a cada paso llevando a todas partes la consternación y el duelo.

Muy niño aún, contaba apenas siete años, he sido testigo, entre otros, del episodio que paso a referir, lamentando que mi pobre inteligencia y poca preparación no permitan a mi pluma transmitirlo con los colores necesarios para dar interés a mi relato.

Corría el año 186…

En el piso bajo del antiguo edificio denominado «La Bóveda» situado en la esquina de 25 de Mayo y Maipú había un pobrísimo boliche, cuya propietaria se llamaba Lorenza; en la pieza que seguía hacia el Oeste vivía la familia de un maestro carpintero, manufactor de sillas de totora, con su mujer y dos hijas.

En esta habitación solían reunirse en secretos conciliábulos los revolucionarios rusos de aquella época; época triste, de cuotidianos bochinches políticos, frecuentes sobresaltos, en que los hombres vivían en los cuarteles, las familias en el desamparo y los muchachos… ¡en la punta de todos los barullos!

Allí, en una obscura noche de invierno en que las solitarias calles de Córdoba, alumbradas a sebo, estaban completamente desiertas, tuvo lugar la reunión de un escaso número de rusos que se congregaban a dar la última mano a los preparativos de una próxima revuelta; al efecto el carpintero y su familia se habían ido esa mañana a la casa de unos parientes que vivían en las quintas, dejando la llave en poder de la bolichera y a disposición del señor L… que parecía presidir aquella asamblea misteriosa.

Distinguíanse en ella dos personajes de gran posición social que permanecieron muy poco tiempo dejando instrucciones, al parecer, los principales cabecillas revolucionarios de entonces y un pariente mío que a todas esas diabólicas jaranas solía llevarme, sin duda para que le sirviera de Ángel de la guarda en caso dado. Yo asistía lleno de gusto a ellas porque a más de que, al pasar por la confitería de don Bernardino que estaba frente a la Iglesia de la Merced, me hacía dar mi pariente masas y cuanto quería, sus amigos me regalaban dinero, llegando en cierta ocasión a darme dos pequeñas monedas de oro el doctor X…

Abierta la sesión revolucionaria de jugada, porque mientras conversaban hacían partidas de malilla, anduvieron a la bolichera a cebar mate y a mí a cuidar el boliche «por si alguien buscaba». La reunión fue corta, diéronla por terminada entregándola a la dueña del boliche (en quien tenían suma confianza) algunas cartas con la orden de entregarlas al día siguiente y se disponían a marchar cuando aquella les dijo.

–A mi parecer se les queda una cosa.

–¿Cuál? -le preguntó don Domingo R…

–Esta. Soy de opinión que el día ese, tan pronto como empiece la cosa se debe repicar en todas las Iglesias y quemar en sus torres todos los cohetes que puedan.

–¿Y con qué objeto, Lorenza? -le interrogó uno de los circunstantes.

–¿Sabe por qué? Porque de ese modo, los coloraos (Batallón de caballería de la G. N.) y otros orilleros partidarios del Gobierno, al oír los repiques y los estruendos creerán que la revolución ha triunfado y se apretarán el gorro.

–¡Bravo! ¡Tienes razón! Dijo otro.

–¡Bueno! Eso quedará a tu cargo -díjole … Y entregándole dos pequeños cartuchos de dinero, añadió: - Con eso tienes de sobra; arregla tú de modo que salga como dices. La cosa se hará en la mañana del viernes que viene.

Tres días después, el nunca por mí olvidado don Tomás Cabrera, maestro de primeras letras en la ciudad de Córdoba y cuya escuela estaba situada en la primera cuadra de la calle Belgrano, iba a empezar sus tareas repartiéndonos los cuadernos de escritura, cuando dejáronse oír descargas y nutrido tiroteo de fusilería, repiques de campanas y la voz del maestro que después de dolorosa exclamación, nos decía:

–Revolución, niños; ¡váyanse a sus casas!

Yo no sé cómo en ésta y ocasiones semejantes, en que la mayor parte de los niños corrimos en bandadas a la plaza, no fue alguno víctima de su imprudencia. Sin duda, Dios protege la inocencia.

La revolución triunfó sin el mayor esfuerzo, pues el caudillo sagaz que la dirigía había comprado la guardia apoderándose a muy poca costa de la situación, que, sin embargo, duro muy poco en poder de los suyos.

Las campanas se echaron a vuelo en casi todos los templos, los estruendos sahumaron de pólvora las cúpulas sagradas.

Lorenza, la bolichera, velaba el cadáver de un hermano que había muerto en el ataque al cabildo, quizá pagando de este modo el uso sacrílego que por su intermedio se hizo de las campanas, comprando a sacristanes y monaguillos.»





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