Adónde se ha ido toda la ciudad
Víctor Ramés
Pueblos serranos desbordados, ciudad capital desierta: postales amarillas de la estación estival en Córdoba, cuando el foco de la vida social se corría hacia "el campo".

Las poblaciones serranas de los valles cordobeses, rodeadas de una naturaleza envidiable, fueron desde antiguo lugares que invitaban a la contemplación y al descanso. Antes incluso de la invención del turista.
Con visitantes fieles que volvían año tras año, así, de a poco, crecieron ciertos destinos vacacionales. En Córdoba, cuestiones claves como la inauguración de líneas de ferrocarril que allanaron el viaje, o la presión de la curva poblacional inmigratoria en los veranos, definieron el crecimiento de pueblos y localidades que se irían adecuando, en lo posible, a la contención de un número creciente de visitantes. Una serie de cuadros periodísticos informa sobre esas vacaciones típicas de la segunda mitad del siglo diecinueve, que atraían a cientos de viajeros y, a la vez, deja ver su contracara: la ciudad capital que se quedaba vacía durante los meses de verano, la Córdoba calurosa y cansina donde el movimiento seguía para aquellos obligados a mantener la continuidad de imparables rutinas urbanas hasta la vuelta de los vacacionantes.
Cualquier agenda cultural contemporánea mostrará ese mismo efecto hoy, manifiesto en el traslado de la agenda de espectáculos de la capital a localidades principalmente serranas cada enero y febrero.
Se trata de un rasgo tradicional de la vida social y cultural cordobesa. Corresponde, también, al período previo al inicio, con el cambio de siglo, de un número de inversiones nacionales e internacionales en determinadas localidades serranas cordobesas, que introducirían opciones vacacionales más aristocráticas, suntuosos hoteles y actividades turísticas. Quedaba la otra franja para la burguesía. Los sectores de trabajadores solo tendrían sus vacaciones más avanzado el siglo veinte.
Podemos asomarnos a un panorama de la capital provincial que presentaba el diario El Progreso, el 20 de enero de 1876:
"Desierta
La ciudad está desierta. No se ve en las calles ni en las plazas, ni en los paseos una sola familia. ¿Dónde están? En los lugares de campaña, adonde es preciso viajar en busca de la buena sociedad de Córdoba. La ciudad de cuarenta y tantas mil almas apenas tiene una que otra familia en su seno, porque no ha podido aún retirarse al campo; o por que se prepara para ausentarse.
Aquí no están sino los boticarios y los ingleses, y a estos últimos solo se les ve en los días sábados persiguiendo a algún desgraciado que les saca el cuerpo porque ni tribunales hay para perseguir deudores. En cuanto a los boticarios, hacen unas siestas que ya!!! Duermen desde las 8 de la mañana hasta que se entra el sol, y no se despertaran jamás, si no tuvieran que alimentarse por más que no tengan enfermos a quienes endosar sus drogas.
Por el contrario, el más insignificante pueblo de campaña tiene un aspecto alegre por la concurrencia de varias familias.
Nos olvidábamos decir que a más de los boticarios y los ingleses quedamos también en la ciudad los boletineros y los empleados del gobierno, nosotros porque no podemos salir jamás, y los pobres empleados porque debiéndoles catorce meses de sueldo no encuentran quien les fie el pasaje para ir al campo, y los ingleses andan tras de ellos como su propia sombra!...".
Nótese la queja del cronista (o boletinero, es decir el que redactaba los boletines del diario) como parte de la sociedad excluida del círculo de los vacacionistas. Por su parte, la mención a los ingleses tratando de cobrar sus deudas, es una imagen que pinta bien la época: recaía sobre las espaldas de 1876 todo el peso de los préstamos ingleses, cuyo chorro acababa de cerrarse, poniendo fin a la fantasía de bonanza que vivían el país, y la ciudad.
Para los de por sí condenados boletineros, el problema era llenar sus líneas del periódico, en la ciudad vacía en la que hasta las noticias parecían tomarse vacaciones. Se podía, por ejemplo, convertir en noticia el desplazamiento de las familias, como lo hacía La Conciencia Pública en diciembre de 1884:
"Familias al campo
Por el tren de esta mañana partieron para el norte gran número de familias y caballeros.
Notamos las de Caballero, Peña, Bedriñan, Serna, Gómez y Gigena.
Mil felicidades!"
A título comparativo, es útil citar el movimiento de viajeros en el diario La Libertad de enero de 1898, que mostraba la permanencia de ese tipo de sección. Era muy posible que los propios viajeros proporcionasen al diario sus desplazamientos, para poder figurar.
"Viajeros – Con destino a Salsipuedes se ausentó ayer el señor Osvaldo Vélez acompañado de su familia.
-Para Los Reartes parte mañana el señor Agustín Villarroel acompañado de su familia.
-A Calera partieron ayer los señores Alfredo de Olmos, Pedro Bedriñan y Eduardo Bodereau.
-En Río Ceballos se instaló ayer la señora Carmen Leubarris de Iturrraspe acompañada de su familia.
-De Cosquín ha llegado ayer el doctor Francisco Landó, después de dejar instalada a su familia en dicho pueblo".
Situados ya en la última década del siglo dos aspectos de las vacaciones son señalados por el semanario La Carcajada entre 1896 y 1897: la aspiración de figurar, ya esbozada por otros cronistas, o de no ser menos que los demás; y la especulación en los precios por los comerciantes del lugar.
El periodista ve en la actitud de irse al campo un ánimo de hacer lo que dicta la agenda de la distinción, cuando sugiere que "aunque haya que hacer sacrificios y economizar sobre el hambre, hay que salir al campo –hay que estar a la moda- hay que aparecer como la gente de buen gusto y que se da la grata vida. La cuestión es no ser menos que nadie y aparecer como gente pudiente". El artículo se titula "Al campo! Al campo!", y puntualiza la disposición a soportar ciertos sacrificios, "porque lo que importa es darse corte, es decir, estar a la moda, aunque nadie los caiga en cuenta. Y pensando de esta manera la gente se marcha al campo, aunque sea a vivir en peores condiciones que aquí, sufriendo mil privaciones, incomodidades y explotaciones". Y a continuación introduce el periodista un aspecto que constituye mucho más que una leyenda: "Porque cuidado que hay puntos de la campaña donde los paseantes son víctimas de un explotamiento tendido. Puntos donde un cabrito cuesta tres pesos". En otro suelto, unos días después, el mismo periódico vuelve a señalar la actitud abusiva de los comerciantes, que hará que "la gente se acobarde de salir a veranear".
Se lee en Los principios del 20 de enero de 1897 un cuadro referido a Mina Clavero, que muestra a esa localidad transerrana en un período en que aún no había sido suficientemente "civilizada" por las inversiones. He aquí esas viejas viñetas de camping veraniego:
"Tanto el Tránsito como toda la costa del rio de Mina Clavero está llena de ranchos de barro, techo de paja, piso de tierra único alojamiento que se encuentra en estas alturas y que sin embargo se ve invadido por una crecidísima concurrencia que lo llena todo, hasta las ramadas, habiendo todavía algunos instalados en carpas a la costa del famoso río".
La carencia habitacional es tal que "todavía no hay un hotel ni pasable, solo casas donde reciben huéspedes, pero humildísimas, desprovistas de todo, hasta de sillas, si bien cobran barato: peso y medio diario por casa y comida."
A tal falta de comodidades se sumaba un viaje para nada cómodo: "por la sierra son dos días de viaje a mula y si en carruaje, es un día de tren y dos de carruajes, si bien hay posadas regulares en el camino". El panorama mejoraría, alentaba el autor: "una vez concluido el ramal de la Toma a Dolores, el viaje quedará muchísimo más cómodo para la gente del litoral, pues podrán venir en tren hasta Dolores y desde este punto quedan menos de diez leguas en carruaje hasta Mina Clavero, que no hay duda está llamado a atraer muchísima gente, por sus aguas incomparables, por su clima y hasta por sus paisajes", comentaba optimista.
En lo concreto, los veraneantes copaban el lugar. Hace un detallado reporte de los apellidos de lustre, encabezados por el vicegobernador de la provincia. Hay familias de hasta doce miembros "incluidos niños y sirvientes", afirma Valdez. Contando las familias, apellido por apellido, el corresponsal llega a un total de "doscientos treinta y una personas" de la burguesía acomodada de Córdoba, instaladas en enero en la zona. Una última mirada a la actividad social en las vacaciones de Mina Clavero:
"Recién ahora se proyecta hacer un poco de vida social, pues se habla de un gran pic-nic, corrida de sortija y concierto a favor del colegio de las Esclavas. Tenemos seis misas diarias en el Tránsito y a veces siete cuando el Cura se halla aquí. (…) El único punto donde se reúnen todos los bañistas es en misa, los domingos (…), poco después de la misa cada uno regresa á su casa, restableciéndose la monotonía diaria. Para alterarla un poco, en una de estas hermosas noches de luna, clara como el día, tomé en el Tránsito un par de artistas criollos, que con guitarra y violín se acompañaban a cantar esas deliciosas gauchitas tiernas y dolientes, que tan agradablemente interrumpen el sueño a altas horas de la noche."
Le cabía al diario Los Principios, en enero de 1896, insistir con la soledad del periodista en la capital. Se leía en la columna "Crónicas Cordobesas", una sección dominical:
"Córdoba está despoblada.
Sus calles no hace mucho tan animadas y bulliciosas, se parecen hoy a un cementerio.
Sus plazas, sus paseos y parques están desiertos.
Todo el mundo se ha marchado al campo huyendo de los calores insoportables de la ciudad.
¡Los calores!
Únicamente puede apreciar su rigor quien como nosotros tiene que estar metido entre cuatro paredes, sin poder moverse durante horas enteras fuera del recinto estrecho de una pieza sin luz, sin aire, sin ventilación.
¡Oh qué triste es la vida del periodista!
Esclavo del deber, -cuando quiere cumplir su misión de modo debido, no hay para él momento de descanso.
Para él el invierno y el verano son lo mismo.
Él no tiene vacaciones
Él no tiene mañana."
A su vez el re-citado periódico semanal La Carcajada, volvía a hacer hincapié, en diciembre de 1898, en el efecto ciudad vacía y, por contrapartida, mencionaba las diversiones serrana:
"Las familias han principiado a marcharse a la campaña. Por eso no se ven por las calles sino los equipajes que se conducen a las estaciones, o los carros que los llevan al campo.
Desde luego pronto quedará esta ciudad poco menos que desierta, a la vez que los puntos donde las familias se dirigen se animan y se alegran.
Como que en ellos los bailes, cabalgatas y paseos se inician con todo entusiasmo. La presente temporada de verano promete estar espléndida en todas partes, hasta Mina Clavero que está tan lejos."
El cuadro no ha cambiado a hoy prácticamente en nada, sólo habría que sumar festivales a la lista de diversiones que no tendrán lugar en esta capital.
Para cerrar este informe bien de temporada, he aquí justo el último año antes del nuevo siglo, un texto que le agrega rima al asunto: un jocoso poema firmado por Gil Guerra (no otro que el barcelonés José Menéndez Novella) publicado en Los Principios de enero de 1899. Se titula "Solos", y pinta ese mismo fenómeno que aún hoy se tiene la oportunidad de vivenciar en directo, cada verano, entre nuestros propios contemporáneos. La composición tiene la virtud de ser refrescante y tocar varias gamas del asunto. Aquí un extracto:
"Ya ni cuatro docenas de personas / en Córdoba se quedan. / Todos se han ido ya con viento fresco / con rumbo hacia las sierras, / huyendo del calor, de los mosquitos, / y de los focos de la luz eléctrica,/ en torno de los cuales / sinnúmero de insectos ya vuelan. / Ya no quedan en Córdoba / cien personas siquiera. / El pueblo está desierto enteramente. / La Plaza San Martín está desierta / y la banda de música que al aire / vibra con sus acordes y lo alegra/sólo toca a la noche / sus conocidas piezas / para que las escuchen vigilantes / de facción, atorrantes y niñeras. El pueblo está desierto enteramente; / ni dos docenas de personas quedan.
(…)
Los tranvías de Córdoba / ni pasajeros muchas veces llevan, / ni un alma se pasea por las calles / y la plaza de noche está desierta. / Sólo quedamos ya los periodistas, / empleados y tal vez sirvientas. / Gente, vamos, de poco más o menos / que ya no veranea. / Los demás emigraron, /con rumbo hacia las sierras / huyendo del calor, / de los mosquitos / y de los focos de la luz eléctrica, / -según ya lo decimos- / y algunos de los sastres, / zapateros, de los parientes pedigüeños / y acaso de las suegras. / Y así al pueblo han dejado tan desierto / y a la plaza de noche tan desierta / y así la banda provincial no toca / sino para que escuchen, ay!, sus piezas / los vigilantes de facción / y acaso, / dependientes simpáticos de tienda / que salen a tomar un poco de aire / en tranvía, de a pie o en bicicleta. Qué cuadro triste es el que ahora / nuestra ciudad presenta / al forastero que visita Córdoba / de paso hacia las sierras. / Es la historia de todos los veranos, / la emigración eterna y sempiterna. / Aquí solo quedamos / tres o cuatro docenas / de hombres a quienes nada, / ni los calores aterran, / y poco les importan los mosquitos, / y los insectos en la luz eléctrica. / A mí el verano ya me importa poco / y hasta me burlo así de él, Gil Guerra.
Post scriptum: Advierto a los lectores / que a pesar de lo dicho otra me queda / y el mejor día subo al tren y vóime / con rumbo hacia las sierras...".
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