Ante la traducción
Aníbal Buede
Me gusta ocupar mis tiempos de procastinación viendo "reacciones" a canciones en youtube, sobre todo cuando el bendito youtuber no tiene ninguna referencia sobre la canción elegida para hacer sus numeritos.
Ver esos gestos de sorpresa me emocionan como se emocionan ellos; algunos hasta lloran, me too.
Generalmente me obsesiono con una canción en particular y estoy varios días dándole rosca a la misma.
La semana pasada me la agarré con una versión de un clásico, A whiter shade of pale, de Procol Harum (vaya nombre para ponerle a una banda), salido a la luz hace 60 años. Para algunos, la pieza que inaugura el rock sinfónico.
En este caso de una versión en vivo del 2006, en Dinamarca, en un escenario que parece emerger del medioevo.
La letra es de una poética tan ambigua y atemporal que nadie sabe bien de qué va, incluido su título, que para mi siempre fue Con su blanca palidez.
Cuando veía las reacciones activaba la opción de traducción que te ofrece youtube, y vaya! Cada video proponía letras distintas, algunas bastante surrealistas por cierto.
Una nueva poesía a partir de la original. Un malentendido.
¿Hay algo más erotizante de una obra que una lectura equívoca?
Digamos, en cada obra, del soporte que sea; música, artes visuales, literatura, etc, lo que se pone en juego en cada lectura es la idea de Traducción. Una traducción que proponga a cada lector un terreno fértil para que genere una nueva narrativa, uffff qué hermosura!
Les comparto pues algunas de las traducciones de aquellos videos de "reacciones", y tres obsequios; la versión de A whiter shade of pale en Dinamarca, otra de García, y un capítulo (1) de un adorable libro (2) que lleva como título "Ante la traducción".

Bonus tracks

(1)
Investigadores de la Universidad de Hokkaido colocaron
algunos copos de avena sobre una superficie
húmeda, y en el copo central pusieron moho mucilaginoso
Physarum polycephalum. Al moho le encanta
la avena y al cabo de unas horas empezó a
extenderse para alcanzar otros copos. Se propagó
en un patrón de ramas, fue disminuyendo conexiones
entre algunos copos pequeños y fortaleciéndolas
entre los grandes. Después de veintiséis horas
había establecido una red bastante sólida entre
las distintas avenas. El hecho de que un organismo
sin sistema nervioso central ni cerebro pueda
aprender, recordar, resolver problemas y tomar
decisiones, sorprendió a los investigadores. Pero
aún había otro dato… la red confeccionada por el
moho se parecía mucho a lo que Scarlett Johansson,
un poco perdida, observa en el minuto doce de Lost
in Translation (la película de Sofia Coppola estrenada
siete años antes del experimento). Es decir: el
diseño de la red de transporte ferroviario de Tokio.
Atendamos a estas dos imágenes. De un lado,
el dibujo de la masa de moho extendida entre los
copos de avena durante un experimento científico.
Del otro lado, un mapa frente a Charlotte (el personaje
que interpreta Johansson). La semejanza
entre elementos de procedencia tan disímil se
explica así: la avena desde la que el moho inició
su recorrido, había sido ubicada en una zona que
representaba el centro de Tokio, mientras que las
avenas circundantes representaban las estaciones
de tren suburbanas. Si bien el moho podría haber
unido los puntos formando la silueta de una flor,
una gallina o alguna de las figuras que suelen aparecer
uniendo la secuencia numerada de puntos
de los pasatiempos, o incluso de ninguna figura
en particular, lo que en cambio hizo –y lo hizo en
apenas poco más de un día– fue una réplica de un
sistema complejo, desarrollado durante años por la
ingeniería civil y la planificación urbana.
Pero qué mejor que desconocer esta explicación.
Simplemente mirar las dos imágenes e imaginar
otras historias. Para imaginar, podemos recurrir a
la ayuda de cualquier cosa. Tomemos el concepto
traducción que tenemos a mano, ya que la película
lo plantea desde su título (el título original, claro
porque a Argentina llegó como Perdidos en Tokio,
y no hace falta señalar todo lo que se ha perdido
en esa traducción).
En la escena inmediatamente anterior a la del
mapa, Bob Harris, el otro "perdido en Tokio", interpretado
por Bill Murray, está actuando para la
grabación de un comercial de whisky. Para eso ha
ido a aquella ciudad, pero él no habla japonés y
el director del comercial no habla inglés. Durante
toda la escena, una intérprete transforma los larguísimos
e histriónicos parlamentos del japonés,
en frases como "He wants you to turn, look in
camera. O.K.?". Sospechamos, con Bob, que varias
cosas se han perdido en la traducción. Ahora bien,
si desconocemos no sólo el idioma japonés sino
también el inglés, veremos la película subtitulada.
Percibiremos que los subtítulos solamente traducen
lo que se dice en inglés. La intérprete dirá "Él
quiere que gire y mire a la cámara, ¿okay?", Bob
preguntará "¿Eso es todo lo que dijo?", pero lo que
habrá dicho el director seguirá en duda. Entonces
podemos aprovechar nuevamente nuestro desconocimiento
y volver, sin dificultad, a las tierras de
la imaginación.
Hay sin embargo palabras en inglés que no se subtitulan.
Esto sucede con las canciones en el bar del
hotel y con las –casi– últimas palabras pronunciadas
en la película, cuando Bob está a punto dejar
Tokio y se despide de Charlotte. La abraza y le susurra
unas palabras al oído, ininteligibles para quien
ve la película (y para quien hace el subtitulado).
¿Cómo se traduce lo que no se escucha? Murray ha
dejado claro que nunca se sabrá lo que dijo en ese
susurro. Ahora imagino que dijo esto: "Siglos y
siglos de idealismo no han dejado de influir en la
realidad. No es infrecuente, en las regiones más
antiguas de Tlön, la duplicación de objetos perdidos.
Dos personas buscan un lápiz; la primera lo
encuentra y no dice nada; la segunda encuentra un
segundo lápiz no menos real, pero más ajustado a
su expectativa. Esos objetos secundarios se llaman
hrönir y son, aunque de forma desairada, un poco
más largos. Hasta hace poco los hrönir fueron hijos
casuales de la distracción y el olvido". Ahora imagino
que dijo esto: "Me comentaron que el subte
seguirá sin llegar a Villa Urquiza".
Los ojos no llegan a dejar caer las lágrimas.
(2)
La retirada lloviendo una octogésima parte del futuro, de Emilia Casiva y Nicolás Balangero, publicado por Editorial Casa13.
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