Babilonia

10.02.2026

Primera entrega


Javier Marín


Entre 2002 y 2004 viví en Maryland, en una pequeña ciudad de las afueras de Washington DC. Al llegar, y para familiarizarme con la gente y el lugar, comencé a frecuentar bibliotecas populares, en donde grupos de voluntarios estadounidenses daban talleres para inmigrantes en que se enseñaba y practicaba el idioma inglés, se les explicaban usos y costumbres, recursos o centros de ayuda a los que podían concurrir, y se les informaba sobre sus derechos. Eran encuentros semanales de unas dos horas, en los que se mezclaban personas de todo tipo de origen social, étnico y cultural. Se podía oír una variedad increíble de idiomas y conocer gente de lugares remotos o muy poco conocidos. Al terminar los talleres, no era raro que los asistentes se acercaran a charlar un rato entre ellos. Poco a poco, se fue despertando mi curiosidad de periodista y comencé a hablar con personas que me habían causado algún tipo de impresión o curiosidad particular. Así, poco a poco, y en el transcurso de varios meses de charlas y algunas entrevistas grabadas, fui recolectando testimonios de personas que estaban viviendo la difícil experiencia de adaptarse a un mundo nuevo, ajeno, a veces hostil y otras, amigable. El resultado de todas esas conversaciones son los siguientes relatos, en los que me he permitido ficcionalizar algunos detalles o circunstancias que habían quedado incompletos o confusos. Del total de historias, me quedé solo con un puñado, que elegí por su singularidad o por la impresión que en ese momento los protagonistas causaron en mí. Me parece que en este momento en que la inmigración ha sido puesta en el foco de la persecución criminal no solo en Estados Unidos sino en buena parte de Occidente, estos relatos admiten una lectura actualizada, más dramática.

PARTE I - ÁFRICA

1.

La familia Hillah dejó Togo una noche de tormenta, en un avión que parecía de tela y alambre, temblando entre los cielos furiosos del África Occidental. Llegaron a los Estados Unidos sin más cosas que sus ropas de colores, un maletín con más ropa de colores y una interminable colección de collares y perfumes extraños. Hablaban un francés colonial y unas pocas frases en inglés.

Se acomodaron como pudieron en una habitación que alquilaron a un liberiano y el padre salió a buscar trabajo. En Togo había sido contador, pero ahora se conformaba con lo que le ofrecieran: comenzó a trabajar podando árboles y a las pocas semanas ya era capataz de una cuadrilla. Ahora está un poco más tranquilo, ya no le asustan tanto las autopistas ni le da náusea el olor de los McDonald.

Madre e hija son dos gordas gotas de agua, pero la hija lleva siempre una sonrisa liviana, que no ha podido ahogar una vida de privaciones y sufrimiento. Ella se encarga de las relaciones públicas, hace las compras, paga las cuentas y charla con las vecinas, mientras la madre cocina y recocina guisos humeantes y vistosos, repletos de verduras exóticas, huevos cocidos y trocitos de carne. También prepara tartas, pasteles dulces, mermeladas y otras comidas exquisitas que aprendió cuando era casi una niña.

Los tres comen con un apetito de tigre y no hay hora en que no se feliciten de esta abundancia. En Togo, recuerdan, había semanas en que apenas probaban bocado.

Ahora que están por cumplir un año en este nuevo país, la familia Hillah se ha propuesto ir a un restaurante por primera vez en su vida. Pero ¿cómo ir a un restaurante? ¿Cuál escoger? ¿Quién les enseñará la interminable ceremonia, los tiempos, la elección del menú y el cálculo de la propina? ¿Cómo sabrán lo que piden? ¿Qué les dirá el mozo al verlos tan reciamente africanos? Es una faena que, temen, les pueda llevar algunos años más. Y deciden, por ahora, no ir.

2.

Kojomo tiene una mirada atenta, penetrante, detrás de unos anteojos de marco dorado; está rapado y usa un pequeño aro de oro en la oreja izquierda. Hace un par de años escapó de las Islas Comores en un bote de remos que lo llevó hasta la costa de Madagascar. De alguna manera –que no cuenta- consiguió subirse a un avión que lo dejó en México y de allí partió, por tierra, a la frontera con Estados Unidos. La traspasó en un camión apilado entre dos docenas de mexicanos y centroamericanos medio asfixiados.

Kojomo recuerda en un inglés de inspector Clouseau que su especialidad es la seguridad. Su último trabajo fue cuidar al presidente de Comores, que estaba en plena campaña de reelección. Recorrían los pueblos más inhóspitos en una caravana de autos blindados, en medio de un territorio hostil cuando, en una emboscada, lograron matarlos a todos excepto a él. Después de correr durante un día seguido se refugió en una playa solitaria y cuando pudo consiguió el bote que lo sacó del país.

Kojomo tiene una inteligencia fría y ejecutiva, planifica todo porque detesta el azar. Domina varias disciplinas, incluido el manejo de armas de fuego, las artes marciales y la electrónica. Es capaz de montar y desmontar una bomba y matar con un golpe de puño. Consiguió trabajo en Washington; le bastó concurrir a una agencia de seguridad y exhibir una de sus habilidades, desarmando al guardia que estaba a dos metros de él, distraído. Le quitó la pistola, lo volteó con una llave y le puso un pie en la espalda. Dejó la pistola y su tarjeta sobre el escritorio. El guardia fue despedido y Kojomo tomó el puesto. Así inició su American Dream.

3.

Ellema reniega y se pregunta por qué le fue tan fácil aprender el idioma francés y ahora le es tan difícil leer y escribir el inglés. No quiere saber nada con hablarlo o entenderlo, porque ese intrincado guaguá, acompañado de siseos escalofriantes, le parece obra de Satán. Ahora que debe tratar con algunos blancos todos los días está convencida de que el inglés es la lengua que habla el demonio.

Ellema vivía en un pueblito de Camerún donde era la única maestra de un centenar de alumnos a los que enseñaba a leer y escribir bajo un inmenso galpón a veces usado como depósito. El Gobierno le había prometido que le pagaría un sueldo pero a los tres años de trabajar sin recibir un centavo perdió toda esperanza.

Un misterioso conducto diplomático la depositó en la capital del mundo. Cuando llegó a Washington, se fue a vivir al altillo de una casa repleta de inmigrantes de África Occidental. Le ofrecieron trabajo limpiando pisos y dijo que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa que no la obligara a aprender ese idioma que ya entreveía infernal.

Desde que llegó, Ellema leía todas las noches su Biblia y se sentía reconfortada, dormía sin pesadillas ni angustias, acunada por la promesa de una vida mejor, si no aquí más allá, después de la muerte. Pero un día algún travieso le robó o le escondió la Biblia. La cuestión es que desapareció de entre sus cosas. Ella se pasó varios días suplicando que la devuelvan, aunque fue en vano. No pensó que podría comprar otra Biblia, en francés; sospechaba que era un idioma completamente desconocido fuera de Francia y África Occidental, dos lugares ahora tan distantes e inalcanzables para ella como la constelación de Orión. Alguien en esa casa de locos donde vivía la vio descorazonada y le dio esperanzas, pero ella no sabía siquiera dónde podía conseguir otra Biblia. Deambuló al azar por las iglesias católicas y evangélicas, las bibliotecas y los shoppings, hasta que algún otro le dijo, no se acuerda bien cómo ni por qué, que en un cierto lugar le podrían enseñar inglés, de a poquito, gratis, sin sustos. Ahora va a todas las clases, restándole horas al cansancio y el sueño; quiere aprender inglés solamente para volver a leer la Biblia. Se jura que no lo aprenderá para nada más.

PARTE II: EUROPA

1.

Alex habla lento el inglés y se olvida de las palabras, pero igual lo hace bastante bien, con un acento de noble ruso exiliado en París, arrastrando las erres y enfatizando la simetría de su gramática.

Tenía más de ochenta años cuando llegó por primera vez a los Estados Unidos. Lo hizo resignado, remolcado por su única hija, que vivía en Maryland. Trajo consigo todos sus libros de matemática. Porque Alex era matemático en los tiempos de la Unión Soviética. Trabajó durante años en una recóndita oficina donde el stalinismo lo relegó por perder el tiempo en sus burguesas e inútiles ecuaciones. Para que lo dejaran de molestar por su falta de productividad, comenzó a colaborar con un proyecto clasificado cuyo inefable objetivo era pronosticar terremotos. Su catarata de cálculos aplicados a la geología no alcanzaba. Necesitaba de una computadora, porque en toda la oficina, con sus mil quinientos aplicados burócratas, nadie se había preocupado por conseguir una. Era fines de los años ´50 y, recuerda Alex, pedir por escrito una computadora importada era una decisión que podía tener consecuencias impredecibles; sugerir que él mismo debía viajar a comprarla era ya una provocación. Pero Alex siempre se había considerado un poco anarquista, un poco rebelde, y ese tipo de obstáculos no lo detenían.

A los pocos días de enviar la solicitud, un agente de la KGB (supuso Alex) lo citó a una oficina perdida en los arrabales de Moscú. Se consoló pensando que no era en la Lubianka, el cuartel general de los espías, pero sus temores no se aplacaron. El día de la cita Alex se despidió de la familia como si fuera la última vez que los vería y partió. Allí, en una casa segura desprovista de cualquier signo reconocible y discretamente custodiada, lo esperaba una decena de funcionarios, que lo miraban divertidos, como si fuera una excentricidad. Lo invitaron cordialmente a sentarse en una silla solitaria y comenzaron a interrogarlo. Después de contestar sin ansiedad un centenar de preguntas el jefe le anunció: "Esto de conseguir la computadora se puede arreglar pero por ninguna circunstancia usted podría salir del país". Alex insistió en que era él y sólo él quien debería viajar puesto que tendría que hacer un curso para aprender a usar la máquina y poder garantizar su funcionamiento. El jefe se alzó de hombros y le dijo que esperara una respuesta. Lo despidieron con amabilidad.

Pasaron los meses y un buen día fue citado de nuevo a la oficina. En esta oportunidad había apenas tres funcionarios, incluido el jefe, a quien llamaban "el comisario". Sin demasiados preámbulos, el comisario le anunció que viajaría la semana siguiente a Suecia, Suiza, Francia e Italia; durante más de un mes se alojaría en hoteles de primera categoría, visitaría universidades, centros de investigación, museos y ferias de ciencia, seguramente sería invitado a cenas y recepciones lujosas y sería recibido por altos directivos de empresas que él desconocía. Debía ajustar sus modales y se le proporcionaría un vestuario acorde a su nuevo estatus. Se le advirtió que viajaría bajo un falso cargo diplomático y su valija no podría ser revisada. Algunas de las personas que se contactarían con él le darían documentación reservada para el comisario. La gira apenas incluía una semana de estadía en Suecia, donde se suponía que compraría la computadora y se capacitaría para usarla.

Alex viajó, pero al trasponer por primera vez la Cortina de Hierro se dio cuenta de que sus conocimientos del "mundo libre" eran del todo insuficientes para entender lo que pasaba. La mayor parte del tiempo lo hicieron desfilar por hoteles precarios, restaurantes baratos y parques oscuros donde sujetos borrosos y elusivos le dieron documentos y microfilmes y cintas de audio selladas para que entregara al comisario. Viajó mucho y en buena medida disfrutó del viaje, pero no dejó de notar que el lujo, los banquetes y toda la gloria de la decadencia burguesa prometida habían quedado fuera de agenda. Se dijo, al final de viaje, y sabiendo que se engañaba, que quizás eso que vio y vivió sería también parte de la famosa opulencia occidental: solo propaganda. Retornó un poco desilusionado con Occidente pero feliz con su computadora que, recuerda, resultó totalmente inútil para pronosticar terremotos. Pero eso no le preocupó a nadie. Entregó la valija diplomática a un agente y un par de semanas después, el comisario lo citó a hablar sobre el viaje; al final le palmeó la espalda y le dijo que había hecho un gran servicio a la revolución soviética. Quiso saber si estaría dispuesto a realizar otro viaje en el futuro, pero Alex eludió una respuesta directa.

Después de ese viaje, Alex nunca más pisó Occidente. Pero cuando cincuenta años más tarde su hija le pidió que se fuera a vivir con ella a Estados Unidos, entendió que no podría resistirse mucho. Le pesaba la soledad y le costaba cada vez más mantener su pequeño apartamento. Se asfixiaba con su ridícula jubilación y sufría como una afrenta la codicia de esos nuevos políticos y empresarios, ajenos a toda decencia, que ahora dominaban el país. Ella le habló de los bosques y la música, de las autopistas y las bibliotecas, de la nieve y el ajedrez en las plazas; le habló también de una tierra de libertad y respeto por las ideas, donde la gente no juzga ni se deja juzgar, donde cada uno ocupa el lugar que merece y se gana el pan con esfuerzo y honradez. Al final, viajó. Sin embargo, el país donde Alex supo que iba a morir no le gustó. Y quizás eso era bueno, pensó, al final no lamentaría tener que dejar una tierra extraña, demasiado calurosa, poblada de gente de todos los colores, ruidosa y agitada; aunque nada de eso lo irritaba en particular sino el efecto combinado con la televisión en todas partes, la música estruendosa y el cotillón patriótico, el militarismo infantil y la monotonía densa de las autopistas y los centros comerciales. Pero lo que realmente odió desde que pisó tierra americana eran las interminables normas y regulaciones que vuelven casi imposible hacer cosas tan simples como fumar, cazar y pescar, castigar en público a los hijos, jugar con los osos salvajes, insultar y ofender a los vecinos, nadar en los lagos y los ríos, mear al aire libre, beber vodka en el parque, juntar leña en el bosque. Cosas que había hecho toda su vida y que ni Stalin había logrado arrebatarle. No es que ahora planeara hacer algo de eso, al fin de cuentas Alex ya tiene ochenta y siete años y apenas le alcanzaban las fuerzas para alzar la voz cuando lo contradecían.

Cansado de escuchar cómo lo retan cada vez que se queja o critica algo, Alex prefiere callar. Y cuando alguien le pregunta qué le parece Estados Unidos, dice que él no sabe vivir en un país libre, puesto que le repiten una y otra vez que vive en un país libre.

2.

Un camionero francés puede no parecerse a Gerard Depardieu. Pero Jean Paul se le parece. Llegó hace un par de años a los Estados Unidos buscando nuevas rutas para su inagotable ansiedad de viajar. Francia, Europa misma ya le parecían demasiado pequeñas, demasiado habitadas, aburridas, reguladas, civilizadas, pobladas de puestos fronterizos y controles camineros. Se sentía asfixiado. Así que renunció a su trabajo y se fue a Washington, donde vivía un tío. Imaginaba que una vez que consiguiera trabajo podría manejar enormes camiones que lanzaría a toda velocidad por caminos donde no se veían huellas humanas durante horas y horas de viaje.

Ni las autopistas ni el tamaño de los camiones lo sorprendieron, en cambio le llamó la atención el número de papeles que debió llenar para que pudiera acceder a un programa de entrenamiento que, una vez completado exitosamente, le permitiría ingresar en lista de espera para solicitar turno para obtener una licencia de conducir vehículos de carga. La burocracia demostró ser más árida, extensa y abrumadora que el desierto de Nevada. Estos contratiempos no desanimaron a Jean Paul; consideró que los sortearía con paciencia y método. Pero las semanas pasaron, sus cheques de viajero volaron y sus expedientes siguieron durmiendo en alguna remota base de datos.

Agotó la paciencia cuando, en una oficina de gobierno, unos camioneros le explicaron con claridad que debía olvidarse de entrar en el negocio, que un francés nunca podría quitarle trabajo a un camionero americano, a menos claro, que quisiera trabajar para una compañía mexicana, con salario mexicano y así viajar por las rutas americanas. Tomó el consejo en serio y cruzó la frontera, pero allá descubrió que el sindicato era aún más xenófobo que en Estados Unidos, y que los carteristas eran más rápidos y que las putas eran más ladronas. Volvió a Washington sin un dólar en los bolsillos y sólo gracias a un pasaje de avión que le envió el tío. Se quedó un mes en la casa, sin ánimo para salir a la puerta, hasta que el tío llegó un día con una "solución razonable", como le dijo. Si quería, podría trabajar para una heladería donde un amigo lo recomendaría. Aceptó de inmediato, agobiado por las deudas y la inmovilidad. Al fin y al cabo, se dijo, podré volver a manejar.

En la empresa le dieron un camioncito que parecía de juguete, lo vistieron con un uniforme que incluía saco, corbata y una gorra de colores con un simpático cono en forma de cucurucho invertido en la punta, le encargaron una ruta que se perdía en los laberintos de suburbios anodinos, idénticos, repletos de chicos caprichosos, siempre dispuestos a pedir los gustos que no tenía y a no entender una sola palabra de francés.

Ahora, mientras reparte helados atrayendo clientes al son de "La cucaracha" y "Los ángeles vienen marchando", se acuerda de la vieja ruta a Lyon, de las putas de Marsella y los caminitos de Borgoña y le dan ganas de estrellar su camioncito, a toda velocidad, contra el primer acoplado que se le cruce a la salida a la autopista.