Babilonia
Segunda entrega
Javier Marín
En el número anterior de Tierra Media se publicó la primera parte de Babilonia, una miscelánea de pequeñas crónicas que escribí a partir de testimonios de inmigrantes que habían llegado a Estados Unidos a comienzos de este siglo. Aquí va la segunda parte, con historias contadas por inmigrantes de Asia y del resto del continente americano.
Un amigo me hizo notar que en la introducción de la primera parte, al admitir que había ficcionalizado algunos detalles o circunstancias incompletas o confusas, daba pie a que los relatos perdieran verosimilitud. Tenía razón, es por eso aquí me propongo poner en un contexto más preciso esas palabras no del todo oportunas.
Días atrás veía el documental "Nomad" (2019) de Werner Herzog, sobre la vida y obra de Bruce Chatwin, que echa algo de luz sobre la tensión permanente entre el intento de escribir una crónica y el impulso a contarla de la mejor manera posible. A Chatwin, algunos críticos le reprochaban que sus historias eran demasiado "imaginativas", a lo que Herzog comenta: "Claro que Bruce modificaba los hechos, pero los modificaba para que se parecieran más a la verdad que a la realidad". A lo que Nicholas Shakespeare, biógrafo de Chatwin, agrega: "Bruce no decía medias verdades, sino verdades y media. Embellecía lo que ya existía para hacerlo aún más cierto". Nada más lejos de intentar compararme con Chatwin, cuya erudición e imaginación eran extraordinarias, además de su talento como escritor. Pero, como comenté antes, quizás estas citas puedan ser una guía para la lectura de esta segunda y última parte de Babilonia. Ojalá les guste.

PARTE III: ASIA
1
El día que Maya vendió su piano se sintió feliz. Por fin había logrado desprenderse de ese tirano que la había encantado desde que tenía seis años de edad. Pero sabía que se engañaba. A la noche, cuando su cabeza tocó la almohada, comenzó a llorar como no lo había hecho desde niña, y continuó llorando durante varios días más. En poco tiempo debía partir a Germantown, en Estados Unidos, donde se reencontraría con su esposo, que había viajado desde Osaka casi un año antes para hacer su posdoctorado en la Universidad de Maryland.
Maya era profesora de piano en una academia y aunque no había logrado ser una concertista de talento, desde pequeña había sentido una inagotable y diaria necesidad de sentarse unas horas frente al viejo Yamaha que había sido de su madre.
Desde que se quedó sola en la casa, el piano fue su única compañía. A veces permanecía en silencio, mirando las teclas o la partitura, o tocando una o dos cortas melodías en toda una tarde, pero lo que importaba era esa calma que la invadía y la relajaba y le permitía no pensar en todos los meses que había pasado sin ver a Sishimi ni en el futuro que le esperaba en ese enorme y amenazante país, al otro lado del Océano Pacífico.
Cuando llegó a Estados Unidos, Maya y Sishimi alquilaron un departamento que les parecía enorme, con dos dormitorios, dos baños y una vista a un bosque sin final. Al principio se excitó con los cambios y aunque apenas hablaba el inglés, todo le resultaba nuevo, deslumbrante, peligrosamente atractivo. Con el paso de las semanas se dio cuenta que si no volvía a dar clases, no tendría más rutina que las cosas de su hogar y la espera interminable de su esposo frente a un televisor. Pero sabía que para enseñar piano debería estudiar inglés y para aprender inglés tendría que hacer un esfuerzo continuo y sostenido, de resultados lejanos e inciertos, como cuando intentó sin éxito, durante más de un año, dominar ciertas enloquecedoras partituras de Bela Bartok.
Y en medio del desencanto y la angustia resurgió en Maya la necesidad física de tocar el piano. No era ya un deseo profesional ni un escape al tedio. Era otra vez el imperioso mandato de sus manos, que se volvían más torpes y lentas sin la práctica diaria, y era el llamado de su corazón melancólico, lejos de los sonidos, aromas y colores del Japón. Era difícil escapar a toda una vida en la que el piano le había enseñado a pensar y esperar, a recuperar la fe y el valor, a sentirse mejor persona y divertir a quienes quería.
Sishimi le pidió que esperase un par de años porque no tenían dinero, pero ella le dijo que si no volvía pronto a tocar el piano no sabría qué podía pasarle. Eran palabras extrañas en boca de Maya, por eso su marido la miró asustado; entreveía una amenaza, del todo inusual en el dulce carácter de su joven compañera.
Para aplacar su ansiedad, Maya se fabricó un teclado con pedazos de cajas de zapatos que puso sobre la mesa del comedor. Así sus dedos comenzaron a estirarse, a perder rigidez y ganar en velocidad. Las silenciosas melodías de cartón la acompañaban lúgubremente en las noches que caían a pique sobre el encapotado cielo invernal.
Pero la angustia de Maya no se apaciguó, en su cabeza resonaba una cancioncilla monocorde y oscura que repetía interminable por qué eso tuvo que pasarle a ella.
Una noche Sishimi vio algo en los ojos de su esposa que lo terminó de alarmar y, contra sus precauciones iniciales, decidió que saldrían a comprar juntos un piano usado. A Maya se le frunció el ceño cuando vio los precios. Ninguno piano decente bajaba de los 1.300 dólares, lo cual excedía en 300 dólares la cifra máxima que se habían fijado. Pero fueron a buscarlo con la esperanza de que algún dueño se ofreciera a financiarles la diferencia o quizás lograr una pequeña rebaja.
En una casa desvencijada de las afueras de Wheaton fueron recibidos por una mujer que parecía de unos setenta años, y que lucía triste y cansada. La mujer los hizo pasar con un movimiento de su mano y les dijo que el piano era muy viejo, había sido de su padre y luego pasó a ella, aunque nunca había podido sacarle más de un par de acordes deshilvanados. "En cambio", dijo, y sus ojos se humedecieron, "mi hijo sí logró amansarlo. Tocaba de todo, y vieran qué bien. Aprendió solo, con un oído increíble para cualquier melodía. En Navidad y Acción de Gracias se sentaba ahí y nos tocaba toda la tarde, era hermoso..." La mujer ensayó un silencio compungido, mirándolos a los ojos, pero los japoneses, concentrados en descifrar el inglés, no captaron que ella les ofrecía una discreta confidencia.
Maya pidió tocar el piano y la mujer asintió con la cabeza, acentuando el gesto de amargura que le surcaba el rostro. Entonces, cuando las manos de Maya se posaron sobre el teclado, surgió una melodía intensamente triste, una melodía que ella no supo reconocer, pero que brotaba de esas, sus manos, que se movían fuera de control. Cerró los ojos y las dejó hacer, ya le había pasado eso otras veces. Así estuvo tocando durante más de cinco minutos hasta que la música se detuvo. La mujer se estremeció y ahogando un sollozo le pidió que continuara un poco más. Maya le preguntó si se sentía bien y la mujer le contestó que a esa melodía la tocaba así, tal cual, su hijo. Y que el piano ahora era de Maya. "No nos alcanza el dinero", explicó Sishimi, casi avergonzado. "No importa, es de ustedes, no me deben nada", dijo ella sin mirar a nadie. Y Maya volvió a ser feliz.
2
Rashman y su hermano Kirnam tienen su oficina en Rockville, cerca de Washington, en un loft alquilado a una mujer ciega que apenas se deja ver. Les han dicho que es millonaria y que esconde una fortuna bajo un abeto en el fondo del patio de su casa. Ellos han tomado nota del dato y encargaron una discreta investigación en la propiedad de la señora.
Rashman y Kirnam son abogados muy ocupados, tanto que no juegan al golf ni visitan a sus lejanas esposas. La mayor parte del tiempo viajan por el país conversando por teléfono sobre la marcha de los negocios, o leyendo infinidad de papeles que acarrean en una sola gran valija o repasando y corrigiendo los atestados archivos de sus laptops. Descansan en los vuelos muy largos, turnándose para dormir, relevándose en la lectura de los expedientes, los contratos, los memorándum y los manuales de derecho. Los aviones ya son parte de su vida y no tienen otra opción, porque las exigencias de sus clientes los llevan de aquí para allá, de costa a costa, de norte a sur, lejos de la familia, allá en Karachi.
Sus actividades, por supuesto, no son plenamente honradas. Asuntos de tan alta envergadura requieren de una aproximación muy poco ortodoxa y eso incluye, en ciertas oportunidades, forzar los límites interpretativos de la ley y tomar riesgos necesarios y hasta cierto punto, calculados. Ellos saben que al fin de cuentas, sumando los dólares de sus cuentas bancarias y restando las fianzas que les impondrían, todavía saldrían ganando, largamente.
Rashman y Kirnam se aparecen por el loft de vez en cuando, uno o dos días por semana, sobre el filo del atardecer. Controlan la correspondencia, compran comida pakistaní y beben un poco de cerveza, sólo un poco, porque aunque no son poco escrupulosos, aún temen la ira de Alá. Pasan el resto de la noche haciendo zapping por los canales de TV hasta que alguno, agotado, se duerme. El otro, entonces, junta los platos, los vasos vacíos, arroja una manta sobre el dormido y prende la laptop. Es hora de trabajar.
A la mañana llega la secretaria, una gordita rubicunda y sonriente, que se pasa de ocho a cinco escribiendo cartas, contratos, alegatos e instrucciones, mientras toma café y engulle donuts. Rashman le dicta en voz alta y con lentitud, porque a la gordita la confunde el acento urdú.
Aunque hermanos de padre y madre, Rashman y Kirnam no podrían ser menos parecidos. Uno es más alto y de piel muy oscura, el otro habla un inglés menos fluido, pero ambos tienen rasgos que a ojos del americano medio resultan sospechosos. Por eso, cada vez que suben a un avión, observan que el resto de los pasajeros los miran con una cara de resquemor, cuando no de pánico que les parecería divertida si todavía conservaran el sentido del humor. En realidad, el buen humor se les desvanece en los controles de los aeropuertos, cuando los revisan como a presidiarios, les toman fotos, los escanean, palpan, interrogan y vigilan sin discreción.
Últimamente prefieren hacer los viajes cortos en automóvil, aunque saben que eso impacienta a la clientela. A veces van en el BMW de Rashman, a veces en el Mercedes de Kirnam. Cuando se cansan, paran junto a la ruta y duermen en algún refugio. No les gustan los moteles, no les gusta responder preguntas, no les gustan los desconocidos ni los siniestros conserjes que regentean esos lugares.
Desde hace un tiempo sospechan que los persigue el FBI, la CIA o el IRS o el ICE, o quizás, no es muy probable, la DEA, y aunque podrían encarcelarlos por mil y una picardías, ellos no están demasiado preocupados. Se pueden jactar de no ser terroristas y eso es lo único que cuenta. Están casi convencidos que sus perseguidores, si existen, si no son meras patrañas que se inventaron para distraerse en los viajes y tener un tema de conversación, si no es, como sospecha Kirnam, una broma secreta que le juega su hermano o, como cree Rashman, una oscura, indominable culpa que lo hace alucinar, terminarán comprendiendo que son honrados residentes, un poco ambiciosos, sí, pero incapaces de hacerle daño a Estados Unidos, esa inmensa cinta de Moebius por la que corren a toda velocidad, lanzados a la furiosa, extática, tarea de hacer dinero.
3
Imaginate una mujer que come con las manos y considera una descortesía usar cubiertos, alguien que reza todos los días a un Dios-mono por la web, no puede abrazar ni besar a sus hijos varones y debe permanecer sin bañarse por semanas cuando muere un pariente. Alguien que desconoce el sabor de cualquier carne, de los huevos, de los hongos y de la mayoría de las legumbres, que come casi nada más que arroz y que creyó que un paquete de condones era de caramelos. Y que creyó que a una mujer se le había desteñido el vestido sobre la piel cuando sólo se había tostado al sol. Alguien que considera un aborto como una solución práctica e inocua y cree haber pecado contra el universo si mata accidentalmente a una cucaracha. Alguien que habla un inglés colonial pero está convencida de que no tiene acento. Alguien que convive a solas con su primo sin mirarse ni tocarse, pero obedeciéndole en todo. Alguien que no puede salir sola más que a su trabajo y que debe vivir bajo un estricto código de horarios y costumbres que le impide expresar con libertad sus ideas o emociones, que le impide mentir e incluso a quien le repugna la mera idea de hacerlo. Alguien, en fin, que en sus ratos libres mira un canal de televisión de la India, noticias sin ton ni son, viejas e incomprensibles. Alguien que, además, es doctora en Biología, y es seguro que nunca admitirá que, después de todo, la reencarnación es una idea un tanto inverosímil.

PARTE IV: AMÉRICA
1
Francisca, la peruana, comenzó a practicar inglés en una biblioteca pública donde concurrían inmigrantes que deseaban mejorar su conversación. Los coordinadores proponían un tema y todos participaban, con sus pocas o muchas palabras y la ayuda del resto. Por un tácito acuerdo, las charlas evitaban cualquier cuestión desagradable o políticamente incorrecta, tenían un tono de amable candidez, nada propicio para confesiones desagradables u opiniones extremas.
Al club de los conversadores concurrían chinos, coreanos, indios, europeos del este, árabes, africanos y sudamericanos. Pero a pesar de las evidentes diferencias, a la mayoría los unía una formación similar: casi todos eran profesionales, científicos o técnicos, con una vida razonablemente cómoda, segura, y un futuro prometedor. Francisca, no. A ella le sobraban los contratiempos, no tenía trabajo fijo y permanecía en Estados Unidos de manera ilegal. Después de abandonar su país, tres años antes, se había instalado con su hermana mayor y una pequeña sobrina en un suburbio de Washington, donde consiguió trabajo ocasional como mucama en la casa de algunos sudamericanos más afortunados.
Un día, el coordinador propuso que los participantes explicaran qué era lo que más les había asustado en su vida. Parecía un tema divertido, al menos podría sacar de la abulia a algunos de los concurrentes, pensó. Las anécdotas comenzaron a transitar por caminos previstos: caídas en bicicleta, turbulencias en aviones, olas inmensas, perros rabiosos y accidentes de auto se sucedieron sin gracia ni sorpresa hasta que llegó el turno de Francisca.
"Lo peor que me pasó –dijo en su inglés de pico y pala- fue el día en que tomé el autobús para Ayacucho. Paramos a descansar en un pueblo en medio de las montañas y cuando continuamos el viaje había tres pasajeros nuevos. Al principio no los miré, pero luego algo me llamó la atención, uno de ellos tenía una cosa escondida debajo de la chaqueta. Lo estaba viendo cuando me reveló un rifle con el que apuntó al chofer y le ordenó detenerse. El autobús frenó junto a un barranco y todos bajamos, nos tiraron al suelo boca abajo y comenzaron a requisarnos. Por entonces cualquiera que viajara por esas rutas sabía que si los asaltantes eran de Sendero Luminoso fusilarían al pasaje y quizás torturarían a unos cuantos antes de matarlos, pero preferí no pensar en eso. Yo, tonta de mí, apretaba mi monedero debajo de la falda, pero estaba segura de que me lo quitarían, con todo el dinero que tenía encima. Y me preguntaba cómo haría para volver a casa, sin dinero ni nadie que conociera. Cuando uno de los hombres llegó hasta mí se acostó lentamente sobre mi cuerpo y comenzó a insultarme, a manosearme y a desvestirme..." dijo Francisca en un susurro final, haciendo una pausa que pedía permiso para seguir. El coordinador la miró como preguntándole hasta dónde llegaría con la historia. Ella continuó describiendo su violación, pero ayudada por gestos elocuentes, obscenos, que avergonzaron a todos e hicieron que la mayoría bajara la vista y solo escuchara la historia de forma entrecortada.
El coordinador ya no la miraba y por cierto no la oía, sólo se preguntaba cómo podía haber cometido semejante error de juicio, como no se había dado cuenta que los códigos de Francisca conjugaban con el espanto, no, el miedo; los había aprendido allá en esos páramos del mundo donde todo es menos improbable y más brutal.
En los tramos finales de su relato Francisca sintió el esfuerzo y se empantanó en la búsqueda de palabras intraducibles. Por último, gimiendo frases en un castellano casi extinguido, terminó por callar. Entonces alguien le preguntó qué había pasado con los pasajeros. Ella, casi en trance, recordó que los bandoleros le pegaron un tiro al conductor y les robaron todo lo que tenían de valor. "Por suerte, no eran de Sendero Luminoso", sonrió de pronto, abriendo los ojos. Hizo una pausa y concluyó: "Eso hubiera sido mucho peor todavía".
2
Un cubano que debió soportar trabajos forzados como peón en la zafra de la caña de azúcar, de sol a sol, agonizando de hambre y de sed, yendo al baño una vez al día, y todo esto durante tres años y antes de cumplir los veinte años; un cubano que sufrió el confinamiento en un pueblo donde sólo vivían viejos y analfabetos, donde dormía en el suelo y comía salteado, y así durante meses y meses; un cubano que pudo estudiar ingeniería sólo porque aceptó que en el receso lo enviaran a recoger basura a la playa, de nuevo, de sol a sol, sin sombras, sin agua, con el mar burlándose a lo largo de kilómetros de costas; un cubano que fue separado de su cargo de profesor y después encarcelado, y todo por hablar de más, y así la pasó, entre barrotes, consumiéndose de angustia y terror, días y días durante más de un año; un cubano que salió de Cuba gracias a su padre, un viejo médico español, que se las ingenió para conseguirle la doble ciudadanía, pero que se tuvo que quedar solo en la isla, porque su otro hijo también se fue; un cubano, en fin, que ve cómo su padre se muere lentamente, sin recibir atención médica, porque sus hijos viven en el exterior y ya no lo podrán ver más o quizás no quieren verlo más; un cubano así, señoras y señores, considera, sin ninguna duda, que lo peor que le ha ocurrido en la vida fue toparse con ese agente inmobiliario de Valencia, que le ofreció una casa frente al Mediterráneo, pero también le ofreció su amistad y al final lo estafó en cincuenta mil dólares.
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