Borges, el dialoguista

10.05.2026

Omar Hefling


A un libro me lo andaba chocando por la casa, sin duda estaba reclamando atención. Primero se fue unas semanas a otra casa, a la casa de un amigo. A su regreso no me quedó más remedio que volverlo a leer. No es un libro de ficción, ni de cuentos, ni de poesía, ni una novela, ni un ensayo, es apenas un libro que registra conversaciones.

Ilustración: artista Selene Cráteres
Ilustración: artista Selene Cráteres

El libro en cuestión fue editado en 1992 con el título de "Los diálogos" por Seix Barral y se trata de una selección de las mejores conversaciones entre Jorge Luis Borges y el periodista y también escritor Osvaldo Ferrari. En los últimos tres años de su vida Borges y Ferrari se encontraron semanalmente en radio Municipal Buenos Aires.

Entre 1984 y 1985, Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari mantuvieron un ciclo de diálogos radiofónicos que haría historia. Borges, a sus 85 años, y el por entonces joven poeta de 35 se habían conocido años antes en la casa de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares. La única condición puesta por el autor de El Aleph para llevar adelante los encuentros fue lo que los hizo únicos: los temas no se acordarían de manera previa, simplemente fluirían al aire a partir de su inicio a cargo de Ferrari.

De este modo un Borges espontáneo, pocas veces visto, discurrió, entre otros tópicos, por el amor y la política, el I Ching y la ciencia ficción, Jesucristo y la identidad de los argentinos, los viajes y los sueños, y hasta el feminismo; revelando criterios y opiniones renovadas. Pero también, claro, invocando en cada una de las citas literarias, filosóficas, o místicas, a los autores que acompañaron su pensamiento: Kafka, Wilde, Shaw, Chesterton, Flaubert, Conrad, Macedonio Fernández, y otros.

Traducidos al francés, inglés, italiano, alemán, portugués, ruso, polaco, chino mandarín y al japonés, también al turco, Los diálogos de Borges y Ferrari –ciento dieciocho en total– se encuentran en esta edición definitiva de sesenta elegidos, reunidos por primera vez en un solo volumen. Un libro múltiple que amplifica y actualiza la vigencia de una de las figuras más grandes de la literatura de todos los tiempos.

El mismo Ferrari contextualiza estos encuentros y la actitud de Borges: Dialogar, escribir: la literatura universal — el mayor partido de la vida de Borges — era el ámbito, el punto de ocurrir a que Borges abordaba espontáneamente la política, la religión, la filosofía, la historia, la actualidad, sino que era desde la literatura; desde la gran perspectiva, que le daba su familiaridad con la inteligencia de las cosas, que hay en las obras maestras que prefería. Por eso afirmo que a veces pensaba con Chesterton, otras veces con Bernard Shaw, otras con Schopenhauer.

El ciclo de conversaciones, a la manera de un ilimitado viaje a través de la literatura, continuó, y los temas tratados se diversificaron de acuerdo con las afinidades literarias y culturales que compartíamos. Y la mayor sorpresa consistió en que al conversar, Borges transmitía en forma directa, sin proponérselo, su sabiduría, y a medida que se mostraba a sí mismo más abiertamente, mostraba los mecanismos de su criterio respecto de cada cosa, con lo que aparecía el hombre realmente humanizado que la perfección de su obra literaria no nos permitía descubrir.

Así, aparecía de pronto el pensador, que reivindicaba la duda como principio dialogal y como pauta de civilización; aparecía sorpresivamente el místico, en prolongado combate entre el ateísmo razonado e intuiciones propias de la fe filosófica y religiosa; aparecía el ciudadano, cuya principal preocupación había sido, en todos los órdenes, la ética; aparecía el poeta, vulnerable por sobre todo a la belleza y al amor."

Espero que los expertos no entren en pavor por lo que bien aclara Ferrari y conviene valorar: este intercambio radial no perteneció al género de las entrevistas o los reportajes sino que se trató estrictamente de conversaciones. Tampoco se las puede encuadrar en ese oxímoron un tanto divertido al que han denominado "crónicas narrativas".

Este 14 de junio se cumplen 40 años de la ausencia de este plano de Jorge Luis Borges, claro, no está nada mal redundar en citarlo y recitarlo porque tal vez haga que algún despistado, de los que nunca faltan, pueda conocer aunque sea un poquito de la obra y vida de este extraordinario escritor.

Borges debe ser el único escritor al que le hayan editado un libro de prólogos. Siempre breves y brillantes como éste que escribió para la edición que aquí se comenta, unos meses antes de su muerte:

"Unos quinientos años antes de la era cristiana se dio en la Magna Grecia la mejor cosa que registra la historia universal: el descubrimiento del diálogo. La fe, la certidumbre, los dogmas, los anatemas, las plegarias, las prohibiciones, las órdenes, los tabúes, las tiranías, las guerras y las glorias abrumaban el orbe; algunos griegos contrajeron, nunca sabremos cómo, la singular costumbre de conversar. Dudaron, persuadieron, disintieron, cambiaron de opinión, aplazaron. Acaso los ayudó su mitología, que era, como el Shinto, un conjunto de fábulas imprecisas y de cosmogonías variables. Esas dispersas conjeturas fueron la primera raíz de lo que llamamos hoy, no sin pompa, la metafísica. Sin esos pocos griegos conversadores la cultura occidental es inconcebible. Remoto en el espacio y en el tiempo, este volumen es un eco apagado de esas charlas antiguas.
Como todos mis libros, acaso como todos los libros, éste se escribió solo. Ferrari y yo procuramos que nuestras palabras fluyeran, a través de nosotros o quizá a pesar de nosotros. No conversamos nunca hacia un fin. Quienes han recorrido este manuscrito nos aseguran que esa experiencia es grata. Ojalá que nuestros lectores no desaprueben ese generoso dictamen. En el prólogo de uno de los "sueños", Francisco de Quevedo escribió: Dios te libre, lector, de prólogos largos, y de malos epítetos".
Jorge Luis Borges, 12 de octubre de 1985

Para los posibles lectores interesados tengo dos noticias, una buena y una mala, la mala es que de este libro no hay stock, la buena es que se puede bajar gratis en pdf.

Para dar cuenta de como se daba la conversación, en una ocasión Ferrari propone hablar de Macedonio Fernández, amigo de Borges, de un hombre que los argentinos no terminan de conocer. Borges le responde que la amistad con Macedonio fue una amistad heredada de su padre, dado que estudiaron juntos abogacía. Cuenta Borges que "cuando volvimos de Europa en 1920, en la dársena ahí estaba esperándonos Macedonio Fernández. De modo que, bueno, ahí estaba la patria". 

Y con un rodeo volverá a valorar a Macedonio:
"Ahora, cuando me fui de Europa, la última gran amistad mía fue la amistad tutelar de Rafael Cansinos Asséns. Y yo pensé: ahora me despido de todas las bibliotecas de Europa. Porque Cansinos me dijo: "Puedo saludar las estrellas en diecisiete idiomas clásicos y modernos". Qué linda manera de decir puedo hablar, conozco diecisiete idiomas, ¿no?; "puedo saludar las estrellas", lo cual ya da algo de eternidad y de vastedad, ¿no? Yo pensé, cuando me despedí de Cansinos Asséns —aquello ocurrió en Madrid, cerca de la calle de la Morería, donde él vivía, sobre el viaducto (yo escribí algún poema sobre eso)—, pensé, bueno, ahora vuelvo a la patria. Pero cuando conocí a Macedonio, pensé: realmente no he perdido nada, porque aquí hay un hombre que de algún modo puede reemplazar a Cansinos Asséns. No un hombre que puede saludar a las estrellas en muchos idiomas, o que ha leído mucho, pero sí un hombre que vive dedicado al pensamiento; y vive dedicado a pensar esos problemas esenciales que se llaman —no sin ambición— la filosofía o la metafísica. Macedonio vivía pensando, de igual modo que Xul Solar vivía recreando y reformando el mundo. Macedonio me dijo que él escribía para ayudarse a pensar. Es decir, él no pensó nunca en publicar. Es verdad que, en vida, salió un libro suyo, Papeles de Recienvenido, pero eso se debe a una generosa conspiración tramada por Alfonso Reyes, que ayudó a tantos escritores argentinos. Y... me ayudó a mí, desde luego. Pero también hizo posible esa primera publicación de un libro de Macedonio Fernández. Yo le "robé" un poco los papeles a Macedonio: Macedonio no quería publicar, no tenía ningún interés en publicar, y no pensó en lectores tampoco. Él escribía para ayudarse a pensar, y le daba tan poca importancia a sus manuscritos, que se mudaba de una pensión a otra —por razones, bueno, fácilmente adivinables, ¿no?—, y eran siempre pensiones, o del barrio de los Tribunales o del barrio del Once, donde había nacido, y abandonaba allí sus escritos. Entonces, nosotros lo recriminábamos por eso, porque él se escapaba de una pensión y dejaba un alto de manuscritos, y eso se perdía. Nosotros le decíamos: "Pero Macedonio, ¿por qué hacés eso?"; entonces él, con sincero asombro, nos decía: "¿Pero ustedes creen que yo puedo pensar algo nuevo? Ustedes tienen que saber que siempre estoy pensando las mismas cosas, yo no pierdo nada. Volveré a pensar en tal pensión del Once lo que pensé en otra antes, ¿no? Pensaré en la calle Jujuy lo que pensaba en la calle Misiones..

—Pero usted ha dicho que la conversación de Macedonio lo impresionó...

—Era lo principal, sí; yo nunca he oído a una persona cuyo diálogo impresionara más, y un hombre más lacónico que él. Casi mudo, casi silencioso. Nos reuníamos para escucharlo todos los sábados en una confitería que está o estaba en la esquina de Rivadavia y Jujuy: La Perla. Nos reuníamos más o menos alrededor de medianoche, y nos quedábamos hasta el alba oyéndolo a Macedonio. Y Macedonio hablaba cuatro o cinco veces cada noche, y cada cosa que decía, él la atribuía —por cortesía— al interlocutor. De modo que empezaba siempre diciendo —él era muy criollo para hablar—: "Vos habrás observado, sin duda"; y luego una observación en la que el otro nunca había pensado (ríen ambos). Pero a Macedonio le parecía más... más cortés atribuir sus pensamientos al otro, y no decir "yo he pensado tal cosa", porque le parecía una forma de presunción o de vanidad.

Un capítulo destacado es en el que Ferrari lo interroga a Borges sobre su Poema conjetural, donde el escritor reivindica la memoria del unitario Francisco Laprida, a quien antes de ser asesinado por los Montoneros de Aldao le hace decir estas últimas palabras que resuenan aún en el tiempo: "Al fin me encuentro con mi destino sudamericano".

Esta conversación es una clase de deconstrucción literaria cuando la materia desde donde se construye es la historia.

Estos diálogos, para terminar, son además una oportunidad para entrarle a Borges desde un costado más amable para quienes aún no se han acercado a su grandísima obra.





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