Cemento
Marta García

Ella trabaja con sacrificio por los chocolates. Él roba con magia por el vino. Así funciona el amor en el barrio. Ella se rompe el alma haciendo horas extras y vuelve a su casa con bocaditos cabsha. Él rompe la lógica atravesando puertas y saltando por ventanas cerradas y no vuelve a su casita hasta conseguir una botella con el mejor néctar. Después intercambian. Y si la recolección es fructífera festejan con besitos.
Suelen encontrarse en el patio trasero de una casa que duerme dentro de un barrio metalúrgico agotado. Son dos mundos discordantes compartiendo mercadería en una doble frontera que se abre a la hora de la siesta. El momento indicado para las operaciones clandestinas.
La madre de Ella está atravesando un período de transición entre la Edad Antigua y la Edad Media y desde su Antigüedad Tardía de mujer, esposa y madre espera que su hija le regale nietitas con cara de querubines italianos. Si llega a decirle que eso no va a ser posible porque está saliendo con el duende del patio trasero con cara de hobbit argentino la mata de un infarto. Y todavía la necesita viva para que le dé casa, comida y agua para los perros.
Como su verdad es ilegal le inventa una versión jurídica del hecho: un novio empleado bancario con cara renacentista y virutitas doradas en modo melena. Lo llama Rafael Sanzio, nombre que no despierta sospechas porque Rafael pinta la Madonna Sixtina con los querubines con ganas de querer irse del cuadro recién en el Renacimiento y la mujer continúa varada en la Antigüedad Tardía.
—¿Y cuándo lo vas a traer a casa, hija?
—Pronto, má…
El duende escucha la conversación detrás de una maceta y siente que a la mentira le hace falta acción. Y decide colaborar. Para reforzar la existencia del Rafael bancario, entra en la casa de al lado y arrebata una plancha Atma super moderna con rociador incorporado y luces, aún embalada y con la garantía en pañales. Se la deja en la mesa de luz junto a una tarjeta escrita con total descaro:
Para usted, señora mamá de mi adorada Ella,
Esperando que disfrute de la plancha, la saluda con cariño y respeto
Rafael Sanzio.
La madre queda bajo los efectos de un encantamiento. Su yerno soñado no existe pero deja regalos con notitas mejores que la mayoría de los yernos reales.
Todo va sobre ruedas. Hasta que se pinchan los neumáticos de la historia de estos dos malandrines. Juanita, la vecina de al lado, le comenta a la madre que han entrado ladrones a su casa y que si alguien le ofrece a un precio minúsculo "una plancha como la de Takayama, esa que sale en la tele" le dé aviso a la policía o a ella que es lo mismo por ser la esposa del vigilante de la esquina que nunca está allí porque se la pasa en la pizzería. Al instante, la madre lo supo todo. Pero lo interpreta por la mitad. Y acomodando la plancha en la mesa del comedor, espera que Ella vuelva del trabajo y apenas abre la puerta le percuta.
—Mirá, yo puedo aceptar que me vivas mintiendo porque ya estoy acostumbrada a que arruinés la vida de tu familia… pero que le robes a Juanita… ¡a Juanita! ¡la esposa del Cabo Gimenez! ¡Y una plancha que todavía estaba en la bolsa de Casa Tía!
—Pero, má, yo no…
—¡Mejor callate! ¿NO SABÉS QUE LA POBRE MUJER SE GANA LA VIDA PLANCHANDO PARA AFUERA? ¿Tu novio sabe de este desastre? O me mentiste y el tal Rafael Sanzio es tan chorro como vos…
—Pero, má, yo no robé nada… fue el due…
-Terminala si no querés que te estampe la plancha contra el cerebro… total, no tenés.
—Es que fue el duende del pat…
Durante unos segundos, el Renacimiento, la Edad Media y la Antigüedad Tardía parecen juntarse para aplastar a Ella al mismo tiempo.
—¡Ay, dios mío, encima de chorra y mentirosa, loca! Salí de mi vista ya y andá a devolverle la plancha a Juanita…
—Pero qué le digo…
La mujer se toma unos segundos, lo piensa. Es madre y tiene talento para la ficción.
—Que la encontraste en el patio del fondo…
—Me va a preguntar cómo llegó allí
—Decile que la tiraron los chorros.
Todo se resuelve. Juanita sigue planchando para afuera. El Cabo Gimenez continúa abandonando la esquina por una muzzarella. Rafael Sanzio deja de existir porque para la madre está muerto al empujar a su hija a la delincuencia. Y la madre retoma la espera de un yerno honesto con cara de padre de querubines hechos al itálico modo.
Ella siguió encontrándose con el duende. Pero él sufre daños colaterales. Al sentirse traicionado cierra sus fronteras entristecido. Le cuesta aceptar el arrepentimiento de quien lo ha delatado. Finalmente, la perdona con una condición:
-Ya no sé dónde termina mi mundo y empieza el tuyo. ¿Arreglarías el desorden de mi casita? Hay tantas chafalonías reales que ya no queda lugar para las fantasías.
Y el tráfico clandestino vuelve. Vino, chocolate, magia, sacrificio… y besos.
Ese mundo inocente sobrevive en un barrio que se va poblando de metalurgia desempleada.
Las casas se venden. Los habitantes pierden su territorio fabril. Se van con sus bicicletas, sus perros viejos y las cenizas de sus muertos. Los patios traseros quedan en manos de personas nuevas que no advierten que detrás de las macetas alguien las espía.
A Ella le nacen responsabilidades de huérfana, una máquina de escribir y un bebé sin abuela, deja de inventar un mundo equitativo en su cabeza y se dedica a luchar por él en la calle y por un salario digno para su cría. El mundo pierde la inocencia y gana malicia dejándola revuelta y alborotada. Marcha, discute, escribe, trabaja. Absorbida por la realidad no tiene tiempo para recordar que abandonó al duende en territorio hostil donde lo tratan como un ornamento vergonzante.
El proceso es lento. Primero, la espera ansioso. Luego piensa que se ha perdido. Y se consuela imaginando que no la deben dejar entrar. Finalmente, acepta que ha sido abandonado. La tristeza lo va endureciendo, empieza por los pies, sube por las piernas, llega al pecho, le seca el corazón. Y lo solidifica como el cemento.
Él transcurre sus días al lado de una maceta. Embalsamado.
Ella deambula de casa al trabajo, del trabajo a la verdulería, de la verdulería al prestamista y del prestamista a la soledad de su casa embargada.
Un día sin salario digno roba por primera vez un vino con un bocadito cabsha. Y automáticamente lo recuerda. Decide relatar esa historia fantástica, hacerla real y expiar sus culpas. Se sienta frente a su máquina de escribir y espera que la magia y el sacrificio hagan lo suyo.
Entusiasmada, quiere contarlo todo sobre la madre, la plancha, Rafael Sanzio, las siestas, el cabo Gimenez, Juanita, las muzzarellas, el barrio metalúrgico… y el duende.
Y en vez de una historia le sale cemento.


