Comuna, guerra y revolución
(ecos de tres palabras)
Primera parte
Matías Rodeiro
I. Caracas
El pasado 3 de enero, tras numerosísimos indicios, avisos y hechos contundentes; Nuestra América confirmó su pleno ingreso a una nueva etapa de la guerra (¿mundial híbrida?). Al mismo tiempo que puso en estado de interrogación los alcances y realizaciones de una experiencia cuya auto-nominación porta la palabra revolución. Cuyos orígenes socio-políticos remiten a una alianza entre ejército y pueblo. Y que en sus máximos anhelos de realización imaginó sustentarse en un poder encarnado en la forma comuna.
El panorama mundial es en extremo desafiante, los proyectos de emancipación parecieran andar como bola sin manija, vacilando, sin poder encontrar las palabras vertebradoras para la unión de los cuerpos sometidos. También se trastabilla en la caracterización de los proyectos de dominación (¿neo-fascismo, tecno-feudalismo, tecno-monarquía, neo-imperialismo, fascismo cosplay?). Los que, no obstante, avanzan a paso firme buscando imponer la máxima que sostiene que la imagen del fin del mundo es más realista que la de cualquier alternativa al capitalismo. ¿Se puede o se debe renunciar a toda herencia ligada a las imágenes de la revolución? ¿Desde dónde podemos re-imaginar proyectos de emancipación?

II. Paris
La Comuna de París desde marzo de 1871 suele reaparecer o rememorarse como el primer gobierno obrero de la historia moderna europea. Y en el arco que une el acontecimiento con el célebre Manifiesto de 1848, la Comuna –esa comuna parisina- quedó asociada a la palabra: comunismo.
Aunque esa asociación no estuvo exenta de tensiones entre las corrientes de izquierda (debates entre los anarquismos, blanquismos, socialismos, etc.), ni de variaciones en la tradición del propio pensamiento marxista. A punto tal que Marx –que también cambió sus pareceres- consideraba a la Comuna como un "enigma".
Lo cierto es que, ocurrida en el centro cultural de Europa, la Comuna fue una experiencia de autogobierno popular (que abolía a la policía, condonaba las deudas por alquileres y empeños, impedía el trabajo infantil, etc.), una nueva forma de organización política que se abría paso interrumpiendo la relación social que constituye al capital; despejando nuevos horizontes para la emancipación social. Eso por el lapso de dos meses y unos días. Tras los cuales la aventura sería severamente reprimida por las fuerzas del orden que enarbolaban la bandera tricolor de 1789 con la que se había declamado la libertad, la igualdad y la fraternidad.
Entonces ¿qué hacer con la Comuna de Paris? ¿Qué hacer con el hedor de sus cadáveres y con el último temblor de las almas revolucionarias a punto de ser fusiladas ante el paredón del cementerio Père Lachaise en los umbrales de una fosa común? ¿Se puede perseverar en esa idea de revolución, tras semejante escena? Ni Shakespeare en sus dramas revolcando a príncipes y a lectores entre tumbas y calaveras imaginó tanto. Ni Morrison, admirador de Rimbaud y enterrado en sepulcros vecinos a la de los comuneros, pensó semejante The end.
Los franceses, los franceses vencedores de los comuneros, para conjurar a todos esos espectros chorreantes de sangre y lodo, y para vengar a sus curas martirizados por la violencia atea de los asaltantes del cielo; construyeron una enorme catedral, la basílica del Sagrado Corazón en la cima de las colinas del Montmartre: "para que todos la vieran". Decían que era necesario olvidar, con semejante obra de expiación, "los crímenes que han coronado nuestras penas". Por el lado "laico", para reforzar la conjura de los fantasmas de la comuna, los vencedores franceses erigieron y consolidaron la Tercera República. Sostenida, entre otros pilares, en el principio del olvido –formulado en 1882 por Renán al responderse ¿Qué es una nación?-. Olvido y una nueva moral civil (capaz de garantir cierto orden y cohesión social) que poco después sería fundamentada por la sociología de Durkheim. Por las dudas, los vencedores también modificaron la traza de las calles parisinas para facilitar los desplazamientos de las fuerzas de la represión (ante potenciales futuros comuneros), las que comenzarían a pensar la cuestión social desde la lógica de la guerra.
La Comuna de París: revolución breve y masacre brutal. Aunque, cierto es, quizás habría que justipreciarla desde el tenor de la reacción generada antes que por los logros que se esperan desde las nubes del ideal. Sin embargo, setenta y pico de días de revolución y comuna, rendición y veinte mil fusilados estimados, miles de deportados, presos y perseguidos. Nos preguntamos además si acaso esa derrota a manos de la coalición burguesa que marcaba el rumbo de las unificaciones nacionales e inauguraba la era del imperialismo, no significó la clausura de la revolución (socialista en la Europa central).
Algo de ese esqueleto fue captado por el artista plástico Gustave Courbet, protagonista de La Comuna de París desde el ala del anarquismo proudhoniano. Sobre el pintor, comenta Diego Tatián, "tras la sangrienta derrota de los communards, fue encarcelado y luego condenado al exilio. Pintaba campesinos, picapedreros y escenas del pueblo bajo sin ninguna concesión idealista. Artista de la derrota, honró a los revolucionarios masacrados durante la Semana sangrienta de Mayo de 1871 con diversos motivos alegóricos. El más impresionante es el que cifra la serie Truchas, de 1873. Escribe Enzo Traverso que 'rara vez el sufrimiento de los seres humanos encontró una expresión tan sobrecogedora como en estas imágenes de peces agonizantes'". La evocación de las imágenes del comunero Courbet, a Tatián le llegaron desde Santiago del Estero leyendo testimonios del artista Alfredo Gogna, vinculado a la revista Dimensión, iniciativa de Francisco René Santucho, nombre iniciador de experiencias revolucionarias en la Argentina del siglo XX como el Frente Revolucionario Indoamericano y Popular (FRIP) y el Partido Revolucionario de los Trabajadores.
III. Prusia
Nos incomoda cierto acento festivo puesto en el recuerdo del acontecimiento parisino de 1871. Tanto como cierta estetización idealizada de su evocación como revolución dibujada con regla T, escuadra y tira-línea. Relámpago de un comunismo perfecto, con autogobierno, participación de las mujeres, horizontalidad, autonomismo, derecho a la destrucción del Estado pero, apartando los cadáveres para poder seguir el camino y perseverar, quizás hasta el punto de estetizar a los mismos textos que la incorporaron para continuar pensando el rumbo revolucionario. Incluso, apartando además de los cuerpos muertos, al motor de la lucha de clases, y ni qué hablar de aquella dimensión que rodea y acaso sobredetermina a la Comuna de Paris: la Guerra. La guerra civil y sobre todo la guerra franco-prusiana (1870-71). ¿Pensamos en la Guerra cuando pensamos en la Comuna (y /o la revolución)?
IV. Rusia
Lenin saltando el centro de Europa (también a los comuneros muertos y a los diagnósticos de la táctica "reformista") hacia la periferia rusa, reflexionando sobre la derrota de la Comuna, sopesando las fuerzas de reacción de las burguesías y asumiendo los riesgos, pensó la relación entre Comuna, guerra y revolución. Sus conclusiones lo llevaron a postular que: "la revolución es una guerra". Que era menester incorporar los saberes de la guerra y fusionar las tácticas de la lucha armada (armamento del pueblo, lucha violenta de masa, insurrección, lucha de calles, levantamientos) en la praxis de la lucha de clases. La astucia de la razón proletaria debía "apropiarse de la guerra", formar un ejército y conducirlo estratégicamente hacia fines revolucionarios. "…tomad estas armas de fuego y estos medios de destrucción y no escuchéis a los llorones sentimentales, que temen a la guerra. Todavía hay demasiado en el mundo que debe ser exterminado a fuego y espada para la liberación de la clase obrera...".
Para Lenin, si bien la Comuna fue derrotada, entre otros motivos por: "la no distinción entre metas nacionales y las metas de clase", la no percepción del "nivel real de separación de intereses que se había operado entre la burguesía y el proletariado", la "falta de claridad de las fracciones proletarias sobre la necesidad de aliarse y conducir a capas de la pequeña burguesía, en especial del campesinado", la incapacidad de construir una "fuerza social sólida y de conducirla con decisión en los enfrentamientos pertinentes", etc. Para el líder ruso, sin embargo, "el proletariado parisino había demostrado que era posible utilizar la situación creada por la guerra entre naciones para construir su propio ejército revolucionario y tomar el poder".
Desde las fosas de los comuneros fusilados y contando con la perspectiva del despliegue del imperialismo, Lenin incorporó dialécticamente a su teoría la derrota de la Comuna y calculó una oportunidad revolucionaria en el peligroso abismo abierto por las guerras entre las naciones de las burguesías imperialistas (la guerra franco-prusiana, la guerra ruso-japonesa y la Primera Guerra Mundial). El despliegue del imperialismo necesariamente conducía a las guerras entre naciones y éstas propiciarían las condiciones para la guerra civil y la revolución.
Sobre los mojones de ese fino despeñadero de las guerras (en el que se debía operar una temeraria alquimia dialéctica de adjetivos: inter-imperialista por civil) Lenin, pergeñó una nueva estrategia revolucionaria que resultó virtuosa para la conquista, la transformación y la conservación del poder en su Rusia. La fórmula: transformar la guerra imperialista entre estados burgueses en guerra civil revolucionaria (de las clases oprimidas contra sus opresores).
Las comillas en párrafos anteriores corresponden a la glosa en trazo grueso de pareceres del sociólogo-artista argentino Roberto Jacoby, quien hacia fines de los años '60 intervenía en el Tucumán Arde y en la anti-revista Sobre. Con el Cordobazo como índice de una situación pre-revolucionaria y objeto de estudio, se involucraba en investigaciones sobre "la formación del saber revolucionario" en el marco de actividades del el Centro de Investigaciones en Ciencias Sociales - CICSO (integrado entre otros por Beba Balvé y Lito Marín). En ese clima también realizó su emblemático anti-afiche apelando a la hoy clásica imagen del Che Guevara fotografiado por Korda: "Un guerrillero no muere para que se lo cuelgue en una pared".
Pero a mediados de los '70, hacia 1975, cuando la derrota ya asomaba, la pesquisa de Roberto Jacoby, a la cuestión del saber revolucionario le sumó las preguntas por los fenómenos del poder y de la guerra. El trabajo se interrumpió en 1978, para recién publicarse como libro en 1986 (en cierta disonancia con las teorías de la "transición democrática", el "desarme intelectual" y ¿las "superficies de placer"?). Se tituló: El Asalto al Cielo. Formación de la teoría revolucionaria, de la Comuna de 1871 a Octubre de 1917. Y una de sus vigas principales la trazaba el estudio sobre la lectura de Lenin de la derrota de la Comuna de Paris y su engarce con el ciclo de guerras y luchas que culminarían en la Revolución rusa. Para Roberto Jacoby, uno de los déficits de las experiencias revolucionarias en general y la latinoamericana en particular era el de una pobre teoría de la revolución, la falta de una "epistemología de la lucha de clases".
Concluía Jacoby algunas de sus premisas: "Lenin comienza a acumular la experiencia de la Comuna a partir de 1905 en conexión con un nuevo periodo revolucionario. Su primera conclusión es que la revolución adopta inexorablemente el carácter de guerra civil. Esta convicción lo lleva a iniciar una lectura de la lucha de clases que incorpora conceptos y perspectivas de la teoría burguesa clásica de la guerra. En ese terreno su descubrimiento principal es que la lucha de clases –del mismo modo que la 'guerra'- puede y debe ser conducida. De ello se desprende la tarea de la organización independiente del proletariado, destinada a conducir los enfrentamientos de la lucha de clases con vistas a una transformación en guerra civil. También se relaciona con otra lección que Lenin aprende de la Comuna: la necesidad de que el proletariado conduzca a otros sectores sociales, lo que en el caso de Rusia refiere particularmente al campesinado… Lenin incorpora la guerra entre naciones a un esquema conceptual junto con el proceso revolucionario y la guerra civil. Solo entonces el 'armamento del pueblo' y de las condiciones revolucionarias engendradas por las guerras imperialistas comienza a ser incorporado primero a la teoría y luego a la estrategia revolucionaria. Lenin descubre que el aparente problema de la guerra imperialista incluía el armamento del pueblo, moral y material. Esta tesis se confirma en 1917". ¿Pensamos en la guerra cuando evocamos la revolución?

V. Entre Taco Ralo y Gotemburgo
Amanda Peralta ("la primera guerrillera argentina") se zambulló en la correntada de la revolución. Militante en las Fuerzas Armadas de la Revolución Nacional (FARN), el grupo del Vasco Bengoechea. Presa y liberada, se unió a Acción Revolucionaria Peronista (ARP), la agrupación creada por Alicia Eguren y John William Cooke. Cofundadora de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), sería apresada en Taco Ralo (Tucumán) en septiembre del '68 pero, se fugaría de la cárcel del Buen Pastor en Buenos Aires. Luego, clandestinidad y exilio (Brasil, Méjico, Suecia). Para comenzar a sopesar: los pocos sobrevivientes y las numerosas preguntas sin respuesta.
Nunca sabremos desde cuándo, quizás desde siempre, entre Taco Ralo y Gotemburgo, Amanda intenta traducir su experiencia, la experiencia de su generación, la experiencia de la revolución (que venía de generaciones anteriores, las de Marx y Engels, las de Lenin, las de Mao, las del Che). Salvando su piel de las fauces del terror, en el exilio, tiene que atravesar el idioma sueco y la academia sueca. Y en el exilio se aboca a traducir por escrito, a pensar, una vez más, quizás desde siempre, la corriente de la revolución. Repara en su gramática, en sus conjugaciones y sobre todo en sus conjunciones con la gramática de la guerra. Amanda revisa, desmenuza y pondera las teorías que habitaron su praxis; y publica: …por otros medios De Clausewitz a Guevara: guerra, revolución y política en la tradición del pensamiento marxista, Escrito que no es enteramente ni una biografía ni una tesis de doctorado (traducida hace unos pocos años del sueco al español). Es el intento de traducción de una vida revolucionaria y el intento de traducir el devenir de la revolución. Una meditación sobre los tiempos de la revolución y los tiempos de una tesis; los tiempos por venir (a los que intuía inspirados por la cultura de las comunidades Mapuche).
Concluía Amanda, luego de una muy mascullada investigación sobre la guerra y la revolución que va desde el siglo XIX hasta la revolución cubana y sus ramalazos. Que destaca la eficacia de Lenin y la de una peculiar tradición cubana de guerra de liberación nacional trazada por Marti. No así la de la llamada "teoría del foco". "…Los medios, a su vez, delimitan al fin, lo determinan e influyen. El socialismo es limitado, determinado e influido por la Guerra Civil que no es más que el medio militar para lograr su objetivo político: el socialismo. […] Marx y Engels no lo tuvieron en cuenta cuando insertaron acríticamente la pieza clausewitziana del rompecabezas en su teoría. La actividad y las formas organizativas de la guerra crean nuevas condiciones, nuevos patrones pragmáticos e instrumentalistas de pensamiento y acción, más una visión jerárquica y autoritaria del hombre. De hecho, no se puede emprender y ganar una guerra sin convertirse en militar. O como lo expresaron dos 'veteranos' de la lucha revolucionaria en Argentina [por Jorge Rulli y Envar El Kadri]: 'Cuando uno llega a pensar así, cuando uno se pone un uniforme y adopta los escalafones y los modelos de organización del enemigo, finalmente se termina siendo el enemigo... El enemigo te ha vencido porque ha logrado transformarte en él'".
Desde la Comuna, entre la guerra y la revolución; entre Lenin, Jacoby y Amanda Peralta surgió un nombre para seguir interrogando: Clausewitz.
VI. Argentina
¿Pensamos en la guerra cuando invocamos la revolución? Por aquí, en Argentina, cierto conductor estudió con seriedad algunas materias que se intersecaban con las que estudió el conductor ruso: la guerra franco-prusiana, la guerra rusa-japonesa, y entre las dos guerras mundiales, también tuvo en el panorama global de su ecuación a la revolución francesa y la revolución rusa. El conductor argentino sobre todo se detuvo en la consideración de algunos teóricos prusianos participantes y vencedores en la guerra de 1871 contra Francia. En particular en von der Moltke y von der Goltz, también en la referencia teórica principal de ambos: Clausewitz.
El militar argentino estudió esas guerras y a esos teóricos de la guerra, para evitar las guerras y también las luchas de clases (o guerras civiles, al decir de Lenin). En su ponderación –tamizada por la reflexión en la gesta sanmartiniana- y avizorando una Tercera Guerra Mundial como hipótesis, tradujo una estrategia pacifista de defensa nacional en la senda del concepto de "Nación en armas": la revolución nacional justicialista. La que al menos alcanzó para una década de realidad efectiva y lleva más de ocho en la configuración de una identidad política.
El conductor rechazaba al comunismo y no invocaba la memoria de la Comuna. Pero sí apostaba por la armonía entre planificación quinquenal estatal y organizaciones libres del pueblo a través de la fórmula: "comunidad organizada".
Desde su opción por el no uso de las armas y su aversión por las "guerras civiles", con el pueblo desarmado; el General fue depuesto tras el golpe del '55 y su movimiento proscripto por largos años.
Leopoldo Marechal reflexionando sobre su propia proscripción, escribió un texto ("El poeta depuesto") recuperado en sus Cuaderno de navegaciones. El escrito tuvo algunas versiones y variaciones que se fueron solapando desde 1966, como borrador para el primer proyecto de edición de los Cuadernos de Navegación. Otra versión se publicó en la revista Nuevos Aires, en junio-julio-agosto de 1970. Y otra en la edición 2008 de los Cuadernos de Navegación.
En 1970 también hizo pública su teoría bélica de las dos batallas con Megafón o la guerra. Pero, en "El poeta depuesto", Marechal daba cuenta de su excomunión del campo intelectual a instancias de sus antiguos acompañantes de tertulias quiénes haciendo parte de una intensa batalla cultural lisa y llanamente lo estigmatizaban por su "militancia peronista".
El texto recuperado está compuesto a modo de esquela (destinada a "José María"). En el mismo Marechal daba algunos pincelazos sobre lo que entendía que significa el peronismo, en términos históricos, políticos y culturales. "…nada menos que una 'revolución doctrinal' encarnada en una mayoría de pueblo", "la única revolución verdaderamente 'popular' que registra nuestra historia". Una "revolución integral", cuyo acceso al poder no fue según las "vías históricas del asalto y la violencia, sino por las muy amables de la democracia y en la elección más inobjetable que se haya dado en nuestro sistema representativo". Una doctrina "pergeñada por un soldado", pero marcada por la "benignidad" (que además "dejó en pie a todos sus enemigos") y con el designio de impulsar "una "evolución" armoniosa" y no una revolución "contundente y cruel".
El hilván de la esquela tenía un hilo autobiográfico. Marechal se tomaba a sí mismo cómo índice histórico a partir de la siguiente pregunta: ¿por qué me hice peronista? "En esta singladura de mi navegación voy a decirles, pues, a los intelectuales que obraron mi exclusión literaria cómo y por qué fui 'justicialista' (y uso esta denominación porque la otra fue igualmente depuesta)".
En su derrotero, la respuesta permite reparar en afluentes del peronismo. Al que en primera instancia define como una opción y una manera de posicionarse en los avatares de la historia argentina. "Llegamos así al Justicialismo, esbozado como doctrina revolucionaria desde 1943 a 1945 por un líder cuyo nombre también fue silenciado por decreto: la revolución justicialista se nos presenta como una síntesis 'en acto' de las viejas aspiraciones nacionales y populares tantas veces frustradas, y lo hacía enarbolando tres banderas igualmente caras a los argentinos: la soberanía de nuestra nación, su independencia económica y su justicia social".
La estación previa a esa llegada la reconoce en su paso por el "nacionalismo argentino" (del que se apartó por su falta de conocimiento de "lo popular") y los Cursos de Cultura Católica. Antes, por su "reencuentro del cristianismo", una "toma de conciencia del Evangelio" y "su aplicación al orden económico social", la "lección crística del amor fraternal, y la "condenación del 'rico' en tanto pasión acumulativa".
En su camino, el yrigoyenismo sólo contó con un reconocimiento lateral por tratarse de un movimiento con el "asentimiento de una gran mayoría" (pero "de cuño sentimental" y sin "realización efectiva"). En aquel entonces Marechal prefería acompañar y votar por el Partido Socialista que "en su brega parlamentaria, logró victorias que merecen el recuerdo y la gratitud de los humildes". Gratitud que se encarnaba el recuerdo del "Foguista Ciego (amigo de mi padre) a quien el calor de las hornallas había producido sinusitis crónica y un flujo nasal continuo que le valió el apodo de 'aceitera automática'; y que fue despedido sin gratificación alguna cuando la vejez y el fuego lo hicieron inútil?". Y también en el "Aserrador Manco (amigo de mi adolescencia) que perdió un brazo en el aserradero y al cual toda indemnización le fue negada…". Estructuras del sentimiento obrero organizadas, "… ¿es pura casualidad que al año siguiente (1919), durante la Semana Trágica, cuando iba marchando yo con los trabajadores por la calle Corrientes, vi al Aserrador Manco a mi derecha y al hijo del Foguista Ciego a mi izquierda?"
El periplo de su ingreso a las filas del peronismo, reafirma su compromiso con el mundo de los de abajo y engarza su educación sentimental con los hilados de su primera experiencia laboral: "Comencé a trabajar en la fábrica de cortinas, entre muchachones villacrespenses que no llegaban a los dieciocho años. Mis primeras emociones y fatigas me identificaron con el pequeño Jack de Alfonso Daudet que yo había leído en la Biblioteca Popular Alberdi sita en Villa Crespo. Mas, ¡ay!, también había leído Los Miserables de Víctor Hugo, a cuya sombra la degradación económico social de los muchachones que integraban el personal de la fábrica empezó a resultarme insufrible". Las citas literarias con sensibilidad social, remitirán al influjo de su madre "que había observado en mí ciertas comezones intelectuales y una muy temprana cuanto furtiva inclinación a las Musas"; hasta inscribirlo "en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta y en su Departamento de Aplicación".
Desde las letras, un nuevo encastre con el mundo del trabajo. Su padre le trasmitiría "una vocación ferviente por la mecánica y las técnicas de fundición, torno, soldaduras y ajustes que requiere un oficio tan ingenioso. Además, traía su guitarra y su violín, que convirtieron su alegre soltería de Buenos Aires en una fiesta de serenatas, bailes y torneos orfeónicos en los que se le llamaba 'el oriental' y que concluyeron llevándolo al matrimonio según la infalible y honesta costumbre de aquel tiempo. Se casó con mi Lorenza Beloqui Mendlluce, de origen vasco español y de santidad crística".
Del padre el torno, de la madre el bachillerato. La "autobiografía política" de Marechal y su respuesta a por qué se hizo peronista, comenzaba por su abuelo paterno. "Mi linaje americano se inicia con mi abuelo Leopoldo Marechal, nacido en París y en el seno de la rica y orgullosa clase media de Francia. Siendo un adolescente aún, sus 'ideas avanzadas' lo llevaron a militar en La Comunne, fuerza revolucionaria que se instaló en París no bien los prusianos levantaron el sitio de la capital y se produjo la insurrección del 18 de marzo de 1871. Naturalmente, mi abuelo se convirtió en la oveja negra de la familia; y cuando a fines del mismo año el gobierno de Thiers asedió a París con sus tropas regulares, La Comunne llegó a su término y sus afiliados debieron enfrentarse con la persecución y el castigo.
Mi abuelo decidió exiliarse en la América del Sur, hasta que los acontecimientos franceses evolucionaran en favor de su retorno: se instaló en Carmelo, República Oriental del Uruguay; abrió una herrería y se dedicó al trabajo de los metales y a la lectura de los volúmenes de Economía Social que había traído a su destierro y que muchos años después recogí yo como despojos de aquel naufragio. El comunero de París aguardaba su vuelta, sin sospechar que otras eran las figuras de su destino: en el Carmelo dio con la mujer de su vida; se casó con ella y tuvo una prole numerosa. Murió tempranamente, sin volver a pisar las orillas del Sena. […] Y supe que dio a sus hijos una educación basada en el concepto de la justicia militante, única herencia que nos dejó a sus descendientes, amén del paso corto y rápido de la infantería francesa".
Culminaba el vate argentino su genealogía peronista: "Y me pregunto ahora, José María, sí aquel Leopoldo Marechal, el comunero de Paris, y aquel Alberto Marechal, el trabajador uruguayo, bendecirían hoy a este otro Leopoldo, el poeta, que se vio excluido de la intelectualidad argentina por seguir un pendón a su entender indeclinable".


VII. Nueva Caledonia
En su exilio brasilero durante los años '80, el militante peronista que supo ocupar el lugar de Borges al frente de la Biblioteca Nacional: Horacio González, escribió La comuna de París. Los asaltantes del cielo (libro dedicado a Jorge Rulli, "'blanquista' de las luchas sociales argentinas"). "Los últimos cinco meses del año 1870 y los cinco primeros de 1871, en Francia… se encierran todas las tensiones que convergerán en único punto, y ese punto es una ciudad. París. Un solo lugar atrae y vuelve visible la totalidad de las contradicciones de la época. El conjunto de las instituciones que exhibían y detentaban el poder repentinamente cae. La vida social se sale de su cuadro habitual. Ninguna de las ideologías existentes deja de adquirir una expresión militar. Se crea el espacio de una revolución que vertiginosamente se irá revelando bajo la conmoción colectiva que toda guerra anuncia y trae. Una guerra entre naciones –Francia y Prusia- se transformará en una guerra civil entre franceses...".
Gotas de culpa por ser sobreviviente de sus compañeros de lucha humedecían sus pensamientos (de llorar para adentro). Sin embargo, tanto en el exilio como a su regreso a la Argentina, el autor nunca comulgó con la idea de derrota. En un reportaje de 2019, sostenía que era menester reescribir la historia argentina, de una manera "dura y dramática"; y que esa reescritura tendría que incorporar positivamente la guerrilla de los años '70, saliendo de los estudios sociales que la han puesto como "una elección desviada, peligrosa e inaceptable". Y en sus ensayos de análisis sobre el Juicio a las Juntas de 1985 reclamaba que se le reconocieran a los desaparecidos la corporalidad de su militancia en nombre de la revolución.
Quizás como adenda o colofón a su libro sobre La Comuna de Paris, en 1987 Horacio González escribió un artículo en la revista Fin de Siglo. "La mitad de un echarpe o un canto inconcluso". En el que para preguntarse por la revolución, en tiempos en los que se repetía que "la revolución ha terminado", tomaba por motivo la sobrevida de Luisa Michel.
Luisa Michel fue una maestra y poeta blanquista que había participado en la Comuna como responsable de la Legión Garibaldina en el barrio de Montmartre. Tras la debacle, fue deportada a la isla de Nueva Caledonia "en vez de ser condenada a muerte como la mayor parte de sus compañeros".
González se detiene en un episodio. "Luisa Michel…, cuenta una historia que bien podría caber en una página dibujada por Hugo Pratt. Luego de haber fracasado el 'asalto al cielo' de 1871, los communards sobrevivientes son deportados a la isla de Nueva Caledonia, una posesión francesa en la Polinesia. Pasan unos años más, y les toca asistir a una sublevación canaca: los nativos de la isla estaban cansados de los colonos franceses. Luisa Michel simpatizará con los canacos, no así los demás desterrados franceses. Luisa ya había asumido el anarquismo… Uno de los nativos canacos, Taiau, estaba empleado por la administración colonial francesa, encargado de llevar alimentos a los prisioneros de Comuna. Taiau se había comprometido con la rebelión y Luisa relata el momento en que se despide de él. El joven canaco iba a nadar bajo una tempestad, para unirse a los suyos. 'Entonces, la banda roja de la Comuna, que yo había conservado a través de mil dificultades, la dividí por la mitad y se la di como recuerdo', dice Luisa Michel".
Esa banda –escribe González-, era el símbolo de los revolucionarios parisinos, que la cruzaban sobre el pecho. "Luisa divide esa célebre tiara. Partirá en dos el echarpe-emblema. Nada mejor para representar la idea de revolución como eso 'que queda', eso que excede y se transmite. No hay otra revolución que no sea la transmisión de un resto…. ¿En cuál de las mitades escindidas está la revolución? En ninguna, porque la revolución es esa escisión, ese acto de transmitir".
(Continuará…)
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