Cosa de mundiales
El que cree que un Mundial es sólo fútbol, sabe muy poco de fútbol y nada de la vida
Arturo Jaimez Lucchetta

Dicen que la vida se cuenta en mundiales. Si así fuera, yo tengo 13 mundiales. Otros manifiestan que la vida es eso que pasa entre Mundial y Mundial. Como si en ese mes lo vivido no contara. Con ese criterio hay un año y pico de mi vida que no viví, por culpa de los mundiales.
Tengo vaga memoria de mi primer Mundial, Argentina 1978, era muy chico. Recuerdo sin embargo que en casa había mucho hermetismo por otros temas, pero también había mucha euforia esa tarde fría del 25 de junio. No me acuerdo de los goles de Mario Alberto Kempes, ni del tanto de Daniel Bertoni, tampoco del transitorio empate de Dick Nanninga que forzó el alargue.
Años más tarde vi las reiteraciones, incluso la de aquel tiro en el palo de la Naranja Mecánica que dejó sin aire a 25 millones de argentinos.
Mi memoria es selectiva y pone más énfasis en el llanto silencioso del tío Pablo, que era español, pero amaba a su Argentina adoptiva. El tío Pablo ya andaba por los 80 y seguramente sabía que éste podía ser uno de sus últimos mundiales. Mi abuelo que era medio facho disfrutaba del título y la propaganda de los milicos. Mi abuela ese día sonrió. A la par de los gritos de sus esposo, secaba las lágrimas de su hermano mayor y sonreía con una expresión que no recuerdo haberle visto de nuevo.
Mi hermano que ya tenía 8 años estaba sobre los hombros de mi viejo que no paraba de gritar ¡Ar-gen-tina, Ar-gen-tina, Ar-gen-tina! Mi vieja me hacía upa con el brazo derecho y con el izquierdo blandía una bandera con mástil de madera de cajón. El recuerdo de ese Mundial es que estábamos todos. Que fuimos al centro a los bocinazos, en el Fiat 128 blanco. Que a pesar del frío íbamos con las ventanillas abiertas y mis viejos fumaban, cantaban y hacían flamear banderitas.
Fuimos a la casa de todos los parientes y por unos cuantos días no hubo discusión política. Sólo se hablaba del Matador Kempes, del Pato Fillol, de Leo Luque y, por supuesto, del Flaco Menotti.
Mis viejos, que odiaban a los milicos, vivían con contradicción esa felicidad futbolera, en medio de secuestros, fusilamientos y desapariciones.
Dos mundiales más tarde volvieron a festejar con muchos compañeros que pudieron sobrevivir al genocidio y comprendieron que no estaba mal haber festejado Argentina 78. Los presos políticos manifestaron que festejaban los goles de la Selección argentina en sus calabozos, por sentimiento nacional y porque, al menos esos días, la alegría de los represores apaciguaba las torturas.
El tío Pablo fue longevo y logró llegar a España 1982. Más lúcido que nunca, soportó el fracaso futbolístico, pero nunca pudo superar el dolor por la Guerra de Malvinas. Entre la nostalgia y la melancolía, al tío se le vinieron la pobreza de la infancia en Castilla, la lucha sindical, ferroviaria y peronista, la revolución fusiladora, la dictadura de Videla y Massera, la viudez y la artrosis que ya no le permitía cruzar la pasarela del ferrocarril, para venir a visitarnos.
No recuerdo si el Pablín volvió a ver la democracia, en 1983, pero estoy seguro que no estuvo en los festejos de México 86.
¿Se preguntan los viejos cuántos mundiales le quedan? ¿Habrá pensado el Tío Pablo que llegaba a España 82, el mundial de su país? ¿Se habrá dado cuenta de que ese iba a ser su último Mundial?
Yo me consuelo, a veces, pensando que me quedan unos cuantos mundiales. Igual me preocupa que me quedan muchos menos de los que ya he vivido. Si viviera 59 años como mi papá, solo me quedan dos. Si llegara a los 71 años de mi mamá, todavía hay hilo en la madeja como para cuatro o cinco mundiales, meses más meses menos. Como no soy bueno para las matemáticas me guardo cuántos serían, si vivo el promedio de mis padres.
Tengo la suerte de haber visto, con mayor o menor grado de consciencia, los tres mundiales logrados por Argentina. Festejo haber abrazado a padres, abuelos, tioabuelos, tíos, hermanos primos y amigos, en cada una de esas ocasiones. La vida me regaló la fortuna de haber sido contemporáneo de Diego Armando Maradona y Lionel Messi. Pude verlos y disfrutarlos a los dos. A Diego con mis padres abuelos hermanos y amigos. A Leo con alguno de ellos, pero sobre todo, a Leo lo vi y lo veo con mi compañera y con mis hijas.
En realidad ellas no lo ven tanto, no les interesa mucho el fútbol, algo más durante el Mundial, pero tampoco una locura. Mi hija mayor ya tiene 6 mundiales y quizá les tenga un poco de bronca, porque esa competencia cada 4 años le roba el padre por un mes. Mi hija menor que le da un poco más de bola a la Selección, este año cumplió 4 mundiales y me acompañó a festejar el día que le volvimos a ganar a los ingleses.
Mientras íbamos a la Mujer Urbana (escultura del artista Antonio Seguí y punto de encuentro para festejos de la zona norte de Córdoba), Violeta me iba mostrando los posteos de su hermana en Instagram. "Las Malvinas son argentinas", decía en la bandera que los jugadores de la Selección mostraban al mundo y que Magdalena publicaba en su historia de la red social. Abrazos del siglo XXI. Llanto, risa, emoción. Cosa de mundiales.
Mi viejo se fue después de Japón - Corea 2002, horrible. Qué espanto morirse después de no pasar la fase de grupos. Mi vieja viajó en 2019 y fue testigo de nuestras puteadas por Rusia 2018; se fue sin pensar que vendría una pandemia y una nueva vuelta olímpica. Se fue maradoniana, muy maradoniana, sin imaginarse que Diego se mudaría muy pronto al mismo barrio.
En 2022 festejamos todos los que quedamos. Mundial tras mundial se nos van seres amados y aparecen seres amados. Los unos no reemplazan a los otros, se suman en cuerpo a aquellas almas. De un plumazo entre Qatar y Norteamérica, se fueron mis suegros, que eran como mis padres de la madurez. Estaban muy frescos en el recuerdo y, en cada grito, como arco iris de la vida, se nos venía la risa y el llanto.
Esta vez fuimos segundos, no es lo mismo que ser campeón, pero está muy bueno acostumbrarse a jugar finales.
Los politizados, los muy politizados, los que entendemos al deporte como Pierre de Coubertin y los mundiales como Robert Guérin y Jules Rimet, una forma de unir al mundo, después de una guerra despiadada. Los que hinchamos por los africanos contra los europeos, los que siempre queremos que ganen los latinoamericanos, los que nos oponemos a que los yankis organicen un Mundial y un genocidio al mismo tiempo, vemos al Mundial con la complejidad que estudiamos historia y geopolítica.
No hinchamos por Cabo Verde por la simpatía de su arquero Vozinha, lo hacemos por su lucha independentista contra el imperio de Portugal. Cuando nos alegramos por la participación de El Congo, no es sólo por ponernos del lado de los más débiles, es por Patrice Lumumba y por la heroica victoria de su pueblo, contra la crueldad de la Bélgica imperial.
Estamos muy politizados. Sabemos que ganarle a Inglaterra en un Mundial, no nos devuelven los quebrachos, las vacas y los granos. Sabemos que no venga lo desangrado por el Pacto Roca - Runciman. Las venas abiertas de nuestra patria no recuperarán su subsuelo y mucho menos sus lingotes de oro. Nos duele, pero sabemos que no volverán los pibes de Malvinas, por más que Diego meta mil manos o gambetee mil gringos más. También sabemos que aquello no fue culpa de Harry Kane y Jude Bellingham, ni Lennon y McCartney. Fueron los desalmados de la corona británica y sus cómplices de acá, en dictadura y en democracia. Hoy, sin ir más lejos, vivimos lo que tan bien explicaba Don Arturo Jauretche: "Si malo es el gringo que nos compra, peor el el criollo que nos vende".
El Mundial no gana guerras, pero renueva convicciones. La sábana intervenida en bandera de Malvinas, hizo más por nuestra soberanía que dos siglos de diplomacia de la cancillería nacional. Las patriadas de Messi, los goles de Enzo Fernández y Lautaro Martínez resucitaron la épica de palo y agua hirviendo, las cadenas de Obligado y la mano de D10s.
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