Crónica de un nosotros por venir

10.09.2026

Una reflexión en voz propia, a los 64 años


Norberto Santellán

Tengo 64 años y cinco hijos que me siguen enseñando a mirar la vida como si todo empezara. Eso no me impide ver las heridas del tiempo ni la crueldad de los sistemas que habitamos, pero sí me recuerda —a diario— que la esperanza puede no ser una certeza, pero es un acto.

Hace meses me embarqué en un proceso de lectura comparativa, casi visceral, que fue tomando forma de mapa, de red, de espiral. Leí, escuché y confronté a autores que dicen cosas muy distintas, pero que de algún modo están hablando del mismo corazón dolido del mundo.

Leí y escuché a Rodríguez de la Peña, que habla de la iniquidad como estructura invisible, de la crueldad como algo que se ha vuelto normal, aceptado, funcional. No necesita sangre: es la eliminación del otro como referente, como alteridad, como límite humano.

Y esa lectura me tocó doblemente: no solo como ciudadano, sino como padre. Porque hay algo profundamente preocupante que observo en el mundo que rodea a mis hijos adolescentes —y lo digo con dolor—: la crueldad como lenguaje cotidiano, la liviandad con que se usan palabras que hieren, acusan o excluyen sin que parezca haber consecuencias.

Una crueldad desresponsabilizada, donde nadie se hace cargo del daño causado. A veces, no es que falte empatía: es que falta una cultura que enseñe a reconocer el peso de las propias palabras, de los silencios, de los gestos. Y eso no se arregla con control: se enfrenta con comunidad.

Frente a eso, Humberto Maturana me recordó que somos, ante todo, redes vivas de conversación y afecto. Que vivir es convivir, y que sin el otro, no hay identidad, no hay yo posible. Me devolvió la palabra "cuidado" como concepto fundante, no accesorio.

Y entonces apareció Koldo Saratxaga, que propone que nuestras organizaciones, nuestras familias incluso, no deberían parecerse a fábricas ni a algoritmos, sino a ecosistemas vivos, donde lo que importa no es el rol sino el vínculo.

Pero también pienso en mis hijas mayores y en lo que la tecnocracia del yo ha hecho en su generación. El mandato de ser autónomas, productivas, exitosas, visibles, deseables… siempre disponibles, siempre comparadas.

Ese yo hipertrofiado y autoexigente del que habla Byung-Chul Han las atraviesa. Y veo en ellas —como en miles— la tensión constante entre el deseo de ser libres y

la carga de tener que validarse en una cultura que parece no permitir el error, ni la pausa, ni el silencio.

¿Cómo acompañar eso? ¿Cómo transformar esa soledad en tejido?

Y entonces vuelvo a Feinmann, que dice que la patria es el otro. Que sin el otro no hay política, ni comunidad, ni futuro.

Y a Jeannette Von Wolfersdorff, que propone que nuestros sistemas están obsoletos, que necesitamos rediseñar desde la complejidad, con todos adentro. Y a Bifo Berardi, que nos dice que incluso nuestras emociones han sido capturadas por el capital.

Y a Jun Fujita Hirose, que denuncia que el capitalismo muta, se disfraza, y se reinventa como si fuera inevitable.

Después de todo este recorrido, no me quedó una teoría. Me quedó una certeza vivida: sin el otro no hay nosotros, y sin nosotros no hay futuro.

No podemos seguir construyendo modelos sin alma, ni teorías sin cuerpo, ni sistemas sin vínculos. Necesitamos recuperar la capacidad de reconocer al otro, de construir comunidad, de nombrar la crueldad aunque no sangre, de rediseñar desde el amor.

Y lo necesitamos especialmente para nuestros hijos, para que no hereden un mundo donde la crueldad sea costumbre y el yo sea una cárcel. Necesitamos ayudarlos a construir un nosotros donde puedan habitar con ternura, con conflicto, con tiempo y con sentido.

Este texto es apenas un intento de eso. Un registro de alguien que cree, como una vez dijo Galeano, que mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo.

Pero antes, hay que animarse a pensarlo juntos




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