Crónicas desde un país en recomposición (três)
Pablo Ramos Basta
Vivir en los bordes, una pendulación permanente, acelerada y ruidosa. De eso se trata en el sur. Y de amores. Por la música que expresa el dolor apasionado, el placer encarnado, la experiencia enraizada. Por los que habitamos, humanos y no-humanos, estas tierras tan diversas, tan bellas y tan generosas. Por eso respondo a uma nova chamada, outra volta a la brasilidade.

La multiplicación de los peixes
Hacia Pantano do Sul, salí un domingo lluvioso y bastante poco brasileiro. El lujo que me permito es viajar en colectivo, pasear por los villarejos, as praias, as rodoviarias, leer carteles, escudriñar los rostros, escuchar el ronroneo del motor, el acento sureño y el viento filtrándose por las ventanillas con su perfume salado. Es un pueblito de pescadores y trabajadores del comercio turístico. No es la primera vez que vengo, pero sí la vez que tengo mayor información para experimentar la relación ecológica de estas comunidades que mantienen una forma de producir y gestionar alimento, de convivir en el territorio costero, de responder a la policrisis actual, con pasado y con futuro.
Estoy hace pocos días en la isla de Florianópolis y quiero comer un prato feito com tainha, con los pies en la arena y olhando para o mar. Sale o rei sol mientras me sumerjo en la oscilante sinfonía de las ondas. Justo cuando prendo un tabaco, se produce una agitación en la cuadra y sale una gran canoa empujada por un grupo de remeros. As pessoas comentan a los gritos cuestiones que no entiendo pero que claramente transmiten la algarabía de algo beneficioso y compartido que está aconteciendo. Del otro lado de la bahía se aglomeró una multitud. Hasta allí habrá un kilómetro de marea alta, dunas y casi ninguém mais.
Empiezo a caminar con las zapatillas enterradas, bajo un diluvio prematuro y tenue, hacia lo que intuyo es un lanzamiento colectivo de redes, un lanço. Es tiempo de zafra de tainha y hay un cardumen entrando a la bahía, las canoas se posicionan mar adentro para hacer un cerco que lo empuje hacia la orilla. Los pescadores van entrando a las aguas frías en una procesión que sostiene las redes con las manos y los pies. Familias, asistentes, curiosos, turistas y oportunistas sentimos cómo las bravas olas marcan el ritmo de una danza marina, en una lluvia persistente pero imperceptible a las pieles. Las redes salen repletas de peixes atrapados en la trama de este arte de la supervivencia humana, su destino es ser alimento. Re-partirse.
La multitud colabora para desenganchar y apilar los peces, estirar y guardar las redes, varar la canoa en la costa, y luego se dispersa con su porción del alimento recolectado. Una ceremonia del "buen vivir", abastecerse de comida saludable y devolver el cuidado a la casa común. Una conexión ecológica. En la costa del sur de Brasil esta es la liturgia del lanço.
La temporada de zafra se programa entre mayo y julio, está organizada y encarnada por las comunidades con la regulación del Estado. Donde también participan científicos de distintas disciplinas, que ponen en diálogo sus investigaciones con los saberes de los ribereños, portadores genealógicos de esas prácticas artesanales. Como en Laguna, donde la pesca colaborativa con delfines (botos) es una tradición del lugar, un patrimonio inmaterial, una identidad practicada. Es una comunicación interespecies, la atención a las formas en que se presenta la vida, a-prender como un modo de prenderse del otro, de predisponer el cuerpo, los sentidos a conectarse con el territorio en otra red que se multiplica y que se enreda sinfín. El ingenio, la técnica, la destreza, el conocimiento, todo puesto en una relación ampliada, un vínculo de reciprocidad y parentesco.

La división de la vida
Recuerdo el milagro cristiano en el Mar de Galilea, un relato fundamental sobre la producción de panes y peces para una multitud hambrienta. La teología moderna nos enseñó a ver en aquella multiplicación que alimentó a cinco mil personas una operación mágica que materializó lo imposible. Pero Cristo y otros discípulos, eran pescadores. La ubicación es una laguna en medio del desierto. Un sitio único en esa geografía seca, donde una de las modalidades de pesca ancestral es la red de tiro, el Lanço, la Jábega. Al ver las canastas repletas de tainhas en Pantano do Sul, lo milagroso se revela y rebela como una simbiosis que activa un acontecimiento metabólico. Donde unos prefieren ver un gesto divino, podemos imaginar la coproducción de la abundancia en un territorio vivo.
¿Cuál es la distancia que separa el lanço en Santa Catarina de la pesca multiplicadora dos mil años atrás? Sin duda que están cerca en el tiempo. Pero en la geografía, allí donde lanzaban sus redes judíos, cristianos y paganos, ahora hay un lago que ya no pertenece a la comunidad, es un enclave militar de la hidropolítica. Las orillas están invadidas de cercas electrificadas, cámaras y puestos de control. Por sus cielos se ven pasar máquinas de guerra, se escuchan los misiles explotar en las fronteras trazadas con sangre, entre los Altos del Golán y el Líbano. La abundancia se convirtió en escasez, en guerra permanente, en ocupación y destierro, en extracción y destrucción.
El Sur ainda conserva sonoridades que se están extinguiendo en el mundo. El chasquido de las tarrefas sobre el río, la respiración de los botos, el barulho de las voices humanas y de aves, alrededor de pequeñas pilas plateadas sobre la arena. Y, después, la vida sigue en el Rancho durante tres meses, en una isla que recibe aires fríos que movilizan las especies, con sus prácticas sociales y técnicas ecológicas. Por supuesto hay otros tipos de pesca más industrial en alta mar. Incluso, algunos pescadores son parte de las tripulaciones de los barcos. Pero en las riberas es la comunidad la que pesca, y es pescada por la experiencia que se repite pero también muda, lo contingente opera de forma aleatoria, en condiciones de mudanzas climáticas y territorios cada vez más dañados. En los Ranchos hay saberes, técnicas, informaciones, mucha fala, cerveja y la mejor comida del mundo. Al fondo escuchamos una sinfonía ruidista en loop, a ritmo acelerado y en armonías disonantes. Es el mar que también conversa..

Una isla habitada por dos islas
La capital del estado de Santa Catarina es una isla bicéfala, gira su perfil según las estaciones, o predomina una cara que mira al norte o la otra que atiende al sur. Cuando llega el calor estival y el cronograma laboral marca las vacaciones la población local se duplica con la llegada de argentinos, uruguayos, paraguayos y gaúchos. La isla danza al son del mercado turístico, es un polo industrial de hiperconsumo de placer efímero. Jurerê y Canasvieiras extraen el deseo de los cuerpos, las praias, las dunas, las matas, las lagunas y lo convierten en oferta, en tour hedonista, en un plan intenso para cada día y noche. La sonoridad del portunhol gobierna las calles. Ese movimiento de verano, centrado en las oportunidades económicas que genera el ensamble del lugar, el clima y la infraestructura turística, se va replegando desde marzo, las urbanizaciones temporales se van vaciando, el tránsito retoma cierta fluidez, las dedicaciones y labores se reorientan, el portunhol va dejando paso al acento manezinho.
Es el momento del sur, del viento frío que convoca otras poblaciones, de una pulsión rústica que reconecta con el territorio y la ancestralidad. La llegada de la tainha impone una ruptura existencial en el biorritmo isleño. El que en enero alquila sombrillas, maneja un Uber para los turistas o trabaja en la construcción de los nuevos edificios del norte, en mayo saca la tarrafa del galpón, se calza el traje de neoprene, vuelve a ocupar su puesto de vigía olhando el mar, de remero en las canoas, de redeiro cosiendo y remendando redes, de cocinero para todos los que habitan y pasan por el Rancho. En sus cuerpos hay un archivo vivo que se restaura y recuerda que pasada la esquizofrenia del turismo hay un pulso que palpita intacto. Emerge entonces la otra isla: una comunidad anfibia, interespecie y silenciosa que vuelve a hablar el dialecto del mar.
Para escuchar y sintonizar con este tiempo se requiere silencio, predisponer el cuerpo para atender al contacto sensorial directo, agudo, memorioso, con otras existencias. Por eso las disputas y conflictos con el modelo del norte, desbordante de colonialismo expansivo, son batallas políticas, pero sobre todo ontológicas. Para que convivan estos dos mundos-modos de habitar la isla es necesario negociar y buscar una trama que dé cuenta de las diferencias. Por eso el surfer, que se siente el rey de la praia en verão le tiene que ceder el lugar al pescador. Durante esta época están prohibidos los deportes náuticos, las caixas de sonido que aturden desde los bares, el saturador zumbido de las motos de agua. El mar muta en santuario biopolítico.
Solo cuando suena el grito del vigía desde lo alto de la duna: "¡Tem peixe no mar!", la praia se activa en un frenesí de cuerpos que se meten al agua arrastrando los cabos de las redes, acoplados simbióticamente en el lanço. El tiempo recupera su ancestralidad, el latido del territorio.

¿La ola que dice Chau o la ola que dice Olá?
Por supuesto, estas mutaciones estacionales, esta oscilación ontológica entre lo primal y lo moderno, este vaivén en las rutinas existenciales, no están exentas de conflictos. Santa Catarina es uno de los estados del sur que extrae las riquezas del suelo mediante el agronegocio. Florianópolis es una isla-ciudad, rodeada de otras ciudades, con los más altos índices de calidad de vida de Brasil. El dispositivo productivo articula los excedentes agrícolas con la especulación inmobiliaria y los emprendimientos turísticos. Frente a ese aluvión imparable, las comunidades, los pescadores artesanales y los científicos de la Universidad Federal se organizan y disputan el tiempo y el espacio anfibio. Así han logrado que el Estado regule, o, aunque sea, se comprometa a intervenir en las fricciones socio-económicas y a operar políticamente entre la actividad pesquera artesanal y la industrial. Pero también en la explosión turística y el remanso invernal, la polución contaminante y el cuidado de los ecosistemas, en el aturdimiento del aluvión vacacional y el espectro sutil de las frecuencias sensibles de los que habitan el resto del año.
En este viaje, he tenido dos guías divinos, Rafael y Gabriel, antropólogos sociales de la UFSC, que vienen investigando y conviviendo con estas comunidades pesqueras desde hace años. Uno de los últimos días de mi estadía, los arcángeles me llevaron a un evento cultural en el centro histórico de la ciudad. Entre las callecitas coloniales plagadas de bares, hay un festival gratuito de música. Las bandas locales inspiran el danzar colectivo en clave política. ¿De quién son as ruas? ¿Cuánto tiempo hace que en Argentina no vemos algo así? La lógica de lo público conquistando con alegría la monotonía del lucro privado.
Aquí hay un cheiro de época liminar. Están a pocos meses de decidir el destino de un país grandão, múltiple y diverso. Hay elecciones presidenciales en octubre, entre la continuidad de un proyecto liderado por Lula Da Silva, el tornero sindicalista que se ha proyectado como una lideranza histórica de la izquierda a nivel mundial, pero con muchas limitaciones en el desarrollo de un sistema que pueda virar las lógicas capitalistas y racistas que han dominado este continente marcado por la imposición colonial.
Del otro lado, el clan Bolsonaro, aglutinando a la ultraderecha brasilera que ha inclinado el mapa electoral a fuerza de pastores, discursos tan falsos como efectivos, subordinación imperial, odio clasista y dinero sucio. Sin embargo, la flamante candidatura de o filho Flavio a la presidencia está estallando a partir de una trama de corrupción familiar para hacer la película biográfica del pai Jair, el Mesías, con millones de dólares aportados por el banquero Vorcaro, autor del fraude financiero más alevoso de la historia de Brasil. Un escándalo de proporciones bananeras, para hacer un retrato hollywoodense del reo expresidente, que ha derretido la potencia de antaño del clan y ha puesto en retirada a una parte de los aliados que dudan sobre la elegibilidad del primogénito.
Huelo la sal en el aire, escucho las canciones que nos activan, percibo en esta marea que se agita y canta en la noche de Floripa una ola que viene creciendo. Sin embargo, no sé identificar si está por encontrar su rompiente para entrar en repliegue o si avanzará en el sentido de otra historia, incierta y frágil, pero auténtica.

La vuelta de las rubias taradas y los ironman
En el itinerario de vuelta, el avión hace escala en Río de Janeiro. Una comitiva de más de una veintena de mujeres, pasadas de la cuarentena, se amontona a los gritos en la fila de Gol, entusiastas del free-shop abren las bolsas, exhiben y comparan sus consumos. En época de revival de los noventas, la postal suena al "dame dos" de la convertibilidad. Mientras el discurso de la crueldad impone el "No hay plata" una parte de la sociedad gasta y sobregasta plata dulce. Ninguna novedad, la desigualdad nos parte aunque traten de cubrirla con el manto de la crisis repetida. Rubias plateadas, bronceadas, aburridas vacacionan y compran a destajo en la cidade maravilhosa.
Apenas unos pasos detrás, impacientes pero rígidos unos cuerpos varoniles las miran con atención y lujuria. Son un grupo de Ironman. Estuvieron en la competencia de triatlón que inundó el norte de Florianópolis el fin de semana, un desembarco ostentoso del jet set internacional que ocupó playas, autopistas, bares y hoteles detrás de los atletas del capital. Fornidos y esculpidos CEOS, millonarios, yuppies y empresarios que entrenan a full y exigen sus músculos entre agendas plagadas de rentabilidad y lucro. Es la vidriera de un deporte exclusivo y extremo, no solo por la resistencia física que implica, sino por el despliegue de dinero, recursos y cuerpos hegemónicamente reproducidos. Varones blancos y occidentales, pagan hasta 1000 dólares de inscripción, montan bicicletas de la Nasa, usan accesorios tecnológicos (indumentaria, geles, lentes, potenciómetros, apps) de alta gama, los siguen equipos de coaches y peones en camionetas y helicópteros, gastan millones en competir y ser reconocidos en este carnaval que celebra los privilegios de clase.
Estos tipos disfrazan de mérito propio la obediencia hipercompetitiva, el uso del tiempo, el dinero y la salud a costa del sacrificio ajeno. Los excluidos, que soportan y crean las condiciones para los lujos excesivos, retornan invisibles y extenuados a sus casas después de horas de servicio, de barrer, de limpiar, de reconstruir lo que quedó después del paso glamoroso y dominante de los Ironmans. Por un momento, temo morir apresado en una tragedia aérea junto con una comitiva de rubias taradas y un pelotón de machos de hierro. Por suerte, el avión aterrizará en una Córdoba destemplada que permitirá dispersarse en distintas direcciones hacia las burbujas que habitamos.
Contrahechizos para la rígida estupidez
Pude salir otra vez de Salsipuedes, por un rato alejarme de la crónica basura informativa que circula a diario por las pantallas. Un respiro, una zambullida en el mar, una cachaça en un bar, una conferencia en la universidad, unos camarão em molho de ranchada. Como gesto de reciprocidad traje algunos amuletos para reorientar los modos de transitar esta febril temporada en Urgentinia.

Un disco: Combo Cordeiro. Manoel, el guitarrista héroe de Brasil, prócer de la música Brega, reunido con su hijo Felipe, referente del actual Pop Tropical, rompen cuerdas en una serie de canciones que sincretizan géneros históricos y proponen un futuro nordestino para la música actual. La guitarrada de los Cordeiro se va entrelazando con el carimbó, la lambada, el rock, la cumbia, el calipso, sin bordes ni costuras forzadas, donde el ritmo te manda a danzar. Un combo de Amazonia sónica, caribe electrificado, rock mestizo y pop bailable.

Una película: O agente secreto. El film de Kleber Mendonça Filho cosechó laureles en festivales internacionales y se encadena con el fortalecimiento de la industria cinematográfica de Brasil. El director pone a su natal Recife, una vez más, como escenario de las memorias de la resistencia a la dictadura. Un grupo que vive en la clandestinidad esperando escapar hacia el exilio, ser atrapado por los escuadrones de la muerte o quedar congelado en una identidad inventada. Plagada de simbolismos, con un relato múltiple y no-líneal, personajes borders, estética vintage y humor negro, intenta captar aquello que ha sido borrado de la historia oficial, los desaparecidos, los que dejaron fuera del cuadro histórico, la violencia absurda que fue ley y la supervivencia de los condenados.
Un libro: Sobrevivendo ao Século XXI. El documentalista mexicano Saúl Alvídrez viajó para retratar el encuentro entre Noam Chomsky y Pepe Mujica. Esto sucedió en 2017, durante un fin de semana en la casa-granja de Pepe y Lucía. Los diálogos oscilan entre el análisis socio-político, con marcadas diferencias entre el estilo académico del lingüista y el discurso sensible del militante. Ambos representan y articulan, desde sus trayectorias tan distintas pero ancladas en el S. XX, una mirada crítica global y una propuesta subjetiva para este siglo. La mitad del libro abre debates interesantes sobre los dilemas sin respuestas que atravesamos en la acelerada fase actual del tecnocapitalismo, el consumo desmedido como fin en sí mismo, las consecuencias catastróficas e impredecibles de la crisis ecológica, la caída de los grandes relatos utópicos, el rol protagónico de América Latina en cualquier destino que pueda disputar con el colapso de la modernidad europea. Y la otra parte, mucho más entrañable, se sale del marco intelectual para ponerle cuerpo a la vejez, al amor por sus compañeras, a la tierra que resiste ahí nomás en el surco de la huerta, a la felicidad de pasear lento en un fusca por la rambla de Montevideo.

Un misterio: O tempo está deslocado. Seguimos una pretendida linealidad cronológica que estalla en cada curva y en cada repliegue. Esto que pensamos y vivimos como presente situado al Sur está habitado por los futuros que no se realizaron, por los muertos, por los desaparecidos, por los exterminados (humanos y más que humanos) que no terminan de morir. Todo lo que siglos de violencia política, colonial, patriarcal y antropocéntrica han destruido, sobrevive espectralmente. Son presencias que no pueden clausurarse, respiran, hablan, señalan un futuro que late entre las ruinas de lo que el progreso exterminó.
Até logo…
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