Cuando la angustia corroe el alma

10.04.2026

Gerardo Máximo García

Leí recientemente La cicatriz de Ulises de Erich Auerbach publicado por la editorial Acantilado. El capítulo que lleva ese nombre otorga el título al texto. Su escritura data de los años cuarenta y publicado por entonces en el texto Mimesis, un intento monumental de interpretar la realidad a través de la literatura de Occidente.

En principio aborda el conocido episodio del regreso de Ulises a Ítaca y el proceso que conduce a su reconocimiento tras haberse presentado en condición de mendigo. Ya entraré en detalles pero no quiero dejar de adelantarles la extrañeza y la conmoción que provoca en el lector cuándo el autor entabla una confrontación entre este episodio y el relato bíblico del sacrificio de Isaac. Se produce algo nuevo que va más allá de lo estilístico en el que hace hincapié el lúcido análisis de Auerbach.

 Imagen de la película "La angustia corroe el alma" (1974) del director alemán Rainer Werner Fassbinder
Imagen de la película "La angustia corroe el alma" (1974) del director alemán Rainer Werner Fassbinder


La palabra y el tiempo

Comencemos con la descripción del encuentro de Ulises con su vieja nodriza Euriclea. Como en otros momentos de la Odisea e incluso de la Ilíada Ulises intenta disimular su condición. En esta ocasión porque considera que no es tiempo aun de ser reconocido por sus familiares, particularmente por Penélope. Pero los hechos comienzan a desarrollarse de manera ineludible. Se desencadenan a partir de la costumbre arraigada en la hospitalidad griega de lavar los pies a los cansados caminantes, más aun si se trata de un extranjero. Mientras realiza esta tarea Euriclea comienza a rememorar con tristeza al amo ausente que quien sabe por dónde estará vagando, a la par que se asombra del parecido del huésped recién llegado con su venerado Ulises. Una digresión, si Edipo hubiera reconocido la semejanza con su padre en la encrucijada del camino en la que el azar los reunió no hubiera habido lugar a la tragedia que Sófocles nos relatara en Edipo Rey.

Pero ocurre que el reconocimiento, más allá de lo que se supone habitualmente, no pasa por el orden de la imagen. Ulises recuerda la cicatriz en su pierna que le provocara un jabalí cuando era joven y se retira a un lugar oscuro en la habitación para evitar que la criada advierta su identidad al constatar la herida. Homero no nos ahorra detalles. El júbilo de la anciana hace que su pie se apoye en la jofaina lo que provoca que se derrame el agua. Ulises la sujeta del cuello para impedirle que hable mientras que Penélope abstraída por una intervención de la diosa Atenea no se ha percatado de nada.

Más allá del embarazo que la escena nos produce, Auerbach señala que no existe tensión en el pasaje referido. Apoya su afirmación en el recurso al que apela Homero en medio de la narración al intercalar una serie complementaria de versos en los que se relata el origen de la cicatriz. La visita de Ulises a su abuelo Autólico, el recibimiento, la salutación, el banquete de bienvenida. La excursión de caza, la herida, el vendaje de la misma. El regreso a la casa de sus padres, la inquisitoria paterna y su preocupación. La descripción ininterrumpida y fluida del antiguo episodio hace que todo se diluya en un presente uniforme e iluminado. La riqueza y proliferación de las palabras hace olvidar lo concerniente a la escena del lavatorio pero nos posibilita establecer la articulación entre el reconocimiento, la cicatriz y el tiempo.


El lenguaje profético

Auerbach no solo destaca la disipación de la tensión en la escena del lavado de los pies sino que hace extensiva la ausencia del registro inquietante en el estilo homérico. Todo acontece en un primer plano, en un constante presente no solo temporal sino también espacial.

Es este aspecto ligado al tiempo y al espacio lo que lo lleva a cotejar el estilo en Homero con las formas en el Antiguo Testamento. Recurre, les decía, al conocido episodio del sacrificio de Isaac, el acontecimiento en el que Dios pide a Abraham que le ofrezca su hijo en holocausto. La demanda se manifiesta de una manera seca, concisa. No se trata de un diálogo ni existen interlocutores. Auerbach lo remarca para dar cuenta de que no está presente en juego la dimensión temporal.

Dios interpela a Abraham y este solo atina a responder: "Heme aquí". No se sabe de donde proviene la voz de Dios, si de las alturas o de las profundidades. "Heme aquí", tampoco refiere a un lugar espacial, simplemente significa oigo. Podemos utilizar las mayúsculas para enfatizar la ausencia de un lugar ligado a lo espacial. "Oigo" no constituye un lugar real, sino un registro moral respecto de Dios. Sumisión, obediencia, disposición a cumplir el pedido insensato que toma la forma redoblada de prueba y promesa.

En la aurora, "muy de mañana" dice el texto bíblico, Abraham ensilla los asnos y emprende el camino. Muy de mañana no es una expresión temporal sino que indica la premura, la disposición a cumplir con el mandato. Nada se nos dice del camino salvo que conocemos de manera indirecta que se extendió tres días: al tercer día llegaron al lugar señalado para el sacrificio. Tampoco podemos ubicar la existencia de un trazado demarcado, ni la descripción de un paisaje. Se trata sólo de silencio, lo que acentúa la presencia de la voz.

De Isaac nada se dice, salvo la caracterización de "tu único" condición alcanzada por ser el hijo de la promesa. "E iban juntos" dice el texto bíblico refiriéndose a Isaac y Abraham. La frase se reitera cuando llegan al lugar señalado para el holocausto. Isaac portaba la leña, Abraham los utensilios para encender el fuego y por supuesto con el cuchillo con el que daría muerte a su hijo. El tiempo y el lugar son inciertos y la alta e ininterrumpida tensión demarca la diferencia con el estilo homérico.

Con timidez e inocencia Isaac pregunta por el cordero. Un ángel del Señor detiene el brazo de Abraham en el momento en que se aprestaba a matar a su hijo. A la vez señala un cordero enredado entre los arbustos que va a sustituir a Isaac en el holocausto.

La expresión "Dios proveerá" deviene de allí.


La vociferación y lo actual

Erich Auebarch había nacido en Berlín en 1892 en el seno de una familia judía. Se formó en la tradición filológica alemana y en poco tiempo debido a su enorme erudición obtuvo la condición de miembro en la Facultad de Filología en la Universidad de Marburgo. Con el ascenso del nacionalsocialismo debió dejar su puesto y se vio obligado a exiliarse en Estambul desde 1936 a 1947, año que se trasladó a Estados Unidos donde impartió clases en la Universidad Estatal de Pensilvania inicialmente y luego en la Universidad de Yale hasta el año de su muerte acaecida en 1957.

En 1946 había publicado Mimesis cuya repercusión le valió ser considerado mundialmente. La investigación la realizó durante su exilio en Estambul, lo que redobla su valor dado que no existía en Turquía ninguna biblioteca provista para estudios europeos, que habíamos destacado constituye el centro de su magistral estudio. Se cumplen este año ochenta años de su publicación. En el artículo seguimos el método que guiara a Auerbach: "la interpretación de textos deja a discreción del intérprete una cierta libertad, puede elegir y poner el acento donde le plazca. En todo caso, lo que el autor afirma debe ser hallable en el texto".

Claro que nos preguntamos si esa libertad se sostiene en la actualidad. Los líderes de la política mundial han dejado de lado lo que constituía algunos de nuestros mayores tesoros: la hospitalidad griega, el pacto y la ley en la tradición hebrea, la solidaridad en el cristianismo. Tampoco se formulan interrogantes respecto de la verdad y como decíamos no aprecian la cultura que nos precedió. No dan privilegio al orden discursivo sino a la amenaza a través de la vociferación.

Palabra apremiante, hostigadora, impaciente. Lengua de arrebato, de una violencia abrupta, de un perpetuo ataque al hombre. Palabra escandalosa que es confusa primero para quien la recibe: de pronto un hombre se convierte en otro. Cómo sustraerse a esa lengua apremiante, más aun cuando la disimetría es manifiesta entre quien la profiere y aquel que la recibe. Palabra incomprendida cuando la oímos y que solo valoramos desastrosa cuando podemos escucharla y despertamos a nosotros mismos, siempre que no sea ya demasiado tarde.

¿Acaso no es posible leer que el lenguaje abrumador está habitado por una dimensión criminosa que lo que ordena es la supresión de uno mismo?





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