Cuando la cultura baja el volumen

10.08.2026

Noelia Pajón


Museos, teatros y cines de distintas partes del mundo comienzan a repensar sus espacios para que las personas neurodivergentes también puedan disfrutar del arte. La accesibilidad ya no se limita a eliminar barreras físicas: también implica comprender que existen diferentes maneras de sentir, procesar y vivir una experiencia cultural.

Las luces se apagan. El sonido aumenta. La función está por comenzar. Mientras la mayoría del público espera con entusiasmo el inicio de la obra, una familia se levanta y abandona la sala. No hubo una emergencia ni un problema con el espectáculo. Simplemente, el volumen, las luces y la cantidad de estímulos hicieron imposible quedarse.

La escena podría ocurrir en un teatro, un museo, un cine o un festival. Y aunque muchas veces pasa desapercibida para el resto del público, refleja una realidad que durante años permaneció casi invisible: no todas las personas experimentan los espacios culturales de la misma manera.

Cuando se habla de accesibilidad, la primera imagen que suele venir a la mente es la de una rampa, un ascensor o un baño adaptado. Son herramientas fundamentales para garantizar el derecho a la cultura, pero no son las únicas. Existen barreras que no se ven y que, sin embargo, pueden impedir que una persona disfrute de una exposición, una película o un concierto.

En los últimos años comenzó a ganar espacio un concepto que invita a ampliar la mirada: la neuroaccesibilidad. Se trata de pensar museos, teatros, bibliotecas y otros espacios culturales teniendo en cuenta las diferentes formas en que las personas perciben el mundo, procesan la información y responden a los estímulos del entorno.

Comprender la neurodiversidad

El término neurodiversidad surgió a fines de la década de 1990 de la mano de la socióloga australiana Judy Singer. Su propuesta fue sencilla, pero revolucionaria: así como existe diversidad cultural o lingüística, también existe diversidad en la forma en que funciona el cerebro humano.

Desde esta perspectiva, no todas las personas aprenden, se comunican, sienten o procesan la información de la misma manera, y esas diferencias forman parte de la diversidad humana.

Dentro de esta mirada se encuentran las personas neurodivergentes, un término que engloba, entre otras, a personas con Trastorno del Espectro Autista (TEA), Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), dislexia, dispraxia o distintas formas de procesamiento sensorial.

Es importante aclarar que no existe una única manera de ser neurodivergente. Dos personas con autismo, por ejemplo, pueden tener necesidades completamente distintas. Mientras una disfruta de un recital sin inconvenientes, otra puede sentirse desbordada por el volumen de la música. Una persona con TDAH quizás necesite moverse durante una función teatral para mantener la atención, mientras que otra prefiera un espacio más tranquilo para concentrarse.

Por eso, hablar de neurodiversidad no significa crear soluciones únicas, sino reconocer que la cultura también debe contemplar diferentes formas de experimentar una misma obra.

Cuando el entorno se convierte en una barrera

Muchas de las dificultades que encuentran las personas neurodivergentes no están relacionadas con el contenido de una actividad cultural, sino con el entorno donde esa actividad ocurre.

Un museo lleno de visitantes hablando al mismo tiempo. Una sala completamente oscura. Un espectáculo con luces estroboscópicas. Una fila de una hora para ingresar. Un concierto con un volumen excesivamente alto. Incluso la incertidumbre de no saber qué sucederá durante la visita puede generar ansiedad o una sobrecarga sensorial.

La sobrecarga sensorial ocurre cuando el cerebro recibe más estímulos de los que puede procesar cómodamente. En esos casos, sonidos, luces, movimientos o incluso determinados olores pueden provocar agotamiento, angustia o la necesidad de abandonar el lugar.

Lejos de ser un problema de conducta o de falta de interés, se trata de una forma diferente de percibir el entorno.

La buena noticia es que muchas de estas barreras pueden reducirse con cambios relativamente simples: bajar el volumen, evitar luces intermitentes, ofrecer información anticipada sobre el recorrido, crear espacios tranquilos para descansar o permitir que las personas puedan entrar y salir de una sala cuando lo necesiten.

Pequeñas modificaciones que, para muchas familias, pueden marcar la diferencia entre quedarse afuera o disfrutar plenamente de una experiencia cultural.

De espectadores a protagonistas: las experiencias que empiezan a cambiar la cultura

La idea de una cultura más accesible para las personas neurodivergentes ya no pertenece únicamente a congresos o documentos especializados. En distintos puntos del mundo comenzaron a aparecer experiencias concretas que demuestran que la inclusión también puede construirse desde la programación cultural.

En Argentina, y particularmente en Córdoba, algunas instituciones empezaron a preguntarse qué pequeños cambios podían hacer para que más personas disfrutaran de una visita al museo, una obra de teatro o una película. La respuesta fue clara: escuchar a quienes históricamente habían quedado afuera.

Córdoba: cuando el arte también se adapta

En los últimos años, Córdoba incorporó distintas iniciativas que muestran una forma diferente de entender la accesibilidad cultural.

Una de ellas es ArTEA, un programa desarrollado por la Municipalidad de Córdoba junto con la Fundación Familias CEA (Condición del Espectro Autista). A diferencia de otras propuestas que buscan facilitar el acceso al arte como espectadores, este proyecto pone el foco en la creación artística.

Niños, adolescentes y jóvenes participan de talleres de pintura y otras expresiones visuales respetando sus propios tiempos, intereses y formas de comunicación. Las obras realizadas luego se exhiben en espacios públicos, como el Cabildo Histórico, permitiendo que los participantes sean reconocidos como artistas y no únicamente como destinatarios de una política de inclusión.

La propuesta transmite un mensaje poderoso: las personas neurodivergentes no solo tienen derecho a acceder a la cultura, también la producen, la transforman y enriquecen el patrimonio cultural de la comunidad.

Otra experiencia destacada es el Cine Distendido, que comenzó a formar parte de las actividades organizadas durante la Semana Azul, impulsada por la Municipalidad de Córdoba en el marco del Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo.

En estas funciones no cambia la película. Cambia la manera de vivirla.

El volumen del sonido se reduce, las luces permanecen parcialmente encendidas y las personas pueden levantarse, caminar o salir de la sala si necesitan regular sus emociones. Son adaptaciones sencillas, pero fundamentales para muchas personas con autismo, TDAH o hipersensibilidad sensorial, que encuentran en estos pequeños cambios la posibilidad de disfrutar de una salida que antes resultaba difícil o imposible.

Aunque todavía se trata de experiencias puntuales, representan un cambio de paradigma: la inclusión deja de pensarse como una actividad excepcional y comienza a incorporarse en la programación cultural de la ciudad.

La imagen muestra a un niño con un pincel en la mano derecha pintando de ArTEA. Fotografía tomada de la página web www.cultura.cordoba.gob.ar
La imagen muestra a un niño con un pincel en la mano derecha pintando de ArTEA. Fotografía tomada de la página web www.cultura.cordoba.gob.ar

Argentina: un cambio que empieza a consolidarse

La discusión sobre accesibilidad cognitiva y sensorial también comenzó a instalarse en otros espacios culturales del país.

Uno de los avances más importantes fue la publicación de la Guía de Accesibilidad en Museos, elaborada por el entonces Ministerio de Cultura de la Nación. El documento propone que la accesibilidad forme parte del diseño de una exposición desde el inicio y no como una adaptación posterior.

Entre sus recomendaciones aparecen acciones que hoy forman parte de muchas propuestas neuroaccesibles: utilizar lenguaje claro, ofrecer información previa sobre el recorrido, mejorar la señalización, generar espacios de descanso y contemplar diferentes formas de comprender y recorrer una muestra.

A esta iniciativa se suman las funciones distendidas impulsadas por el Complejo Teatral de Buenos Aires, donde el público puede ingresar y salir de la sala libremente, moverse si lo necesita y asistir a espectáculos con una menor carga sensorial.

Estas experiencias muestran que la accesibilidad no implica modificar una obra artística, sino transformar el entorno para que más personas puedan disfrutarla. En definitiva, el desafío no consiste en pedirles a los visitantes que se adapten a la cultura, sino en construir una cultura capaz de recibir la diversidad de quienes la habitan.

Cuando la inclusión cruza fronteras

Aunque en Argentina estas experiencias todavía son recientes, otros países llevan varios años explorando formas de hacer que la cultura sea más accesible para las personas neurodivergentes. Más allá de las diferencias entre cada propuesta, todas parten de una misma idea: el problema no está en las personas, sino en los entornos que muchas veces fueron diseñados pensando en un único tipo de visitante.

Chile: anticiparse también es incluir

Uno de los casos más reconocidos en Latinoamérica es el del Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), en Santiago de Chile.

Desde hace algunos años organiza funciones distendidas de teatro, danza y música dirigidas a personas autistas, con TDAH, discapacidad intelectual y otras condiciones que pueden hacer más difícil la asistencia a un espectáculo tradicional.

Una de las herramientas más valoradas son las historias visuales. Antes de asistir, las familias pueden acceder a una guía con fotografías y explicaciones sencillas que muestran cómo será toda la experiencia: dónde está la entrada, cómo es la sala, cuánto dura la función o si habrá sonidos intensos y cambios de iluminación.

Para muchas personas neurodivergentes, conocer de antemano qué va a ocurrir reduce la ansiedad y les permite prepararse para disfrutar de la actividad. La accesibilidad, en este caso, comienza mucho antes de cruzar la puerta del teatro.

La imagen muestra a dos personas. Representan la obra “Robot”, una obra de teatro que representa la neurodiversidad como potencia creativa. Fotografía tomada de la página web www.senadis.gob.cl
La imagen muestra a dos personas. Representan la obra “Robot”, una obra de teatro que representa la neurodiversidad como potencia creativa. Fotografía tomada de la página web www.senadis.gob.cl

Reino Unido: el origen de las funciones distendidas

Si hoy las funciones relajadas forman parte de la programación de muchos teatros del mundo, gran parte del mérito corresponde al Reino Unido.

Allí surgieron las Relaxed Performances, espectáculos que adaptan algunos aspectos del entorno sin modificar el contenido de la obra. Se reduce el volumen, se suavizan las luces, se eliminan algunos efectos especiales y el público tiene libertad para moverse, entrar o salir de la sala cuando lo necesite.

Con el tiempo, esta modalidad dejó de estar dirigida únicamente a personas autistas. También comenzó a ser elegida por personas con TDAH, ansiedad, demencias tempranas, discapacidad intelectual e incluso por familias con niños pequeños.

La experiencia demostró que ofrecer distintas formas de participar no afecta la calidad artística de una obra. Al contrario, amplía el público y convierte al teatro en un espacio más acogedor.

La imagen muestra a una persona disfrutando de una función distendida de una ópera. La fotografía fue tomada de la página web www.operanorth.co.uk
La imagen muestra a una persona disfrutando de una función distendida de una ópera. La fotografía fue tomada de la página web www.operanorth.co.uk

Una cultura que aprende a escuchar

Los ejemplos de Córdoba, Buenos Aires, Santiago de Chile o Londres muestran que la accesibilidad cultural está atravesando un cambio profundo.

Durante mucho tiempo, el objetivo fue eliminar barreras físicas para que más personas pudieran ingresar a un edificio. Ese desafío sigue siendo indispensable, pero hoy sabemos que una puerta abierta no garantiza, por sí sola, el acceso a la cultura.

También existen barreras que no se ven: un sonido demasiado fuerte, una luz intermitente, una fila interminable, la falta de información o la obligación de permanecer inmóvil durante una función. Son obstáculos invisibles que pueden dejar afuera a miles de personas.

Pensar en una cultura neuroaccesible no significa crear actividades "especiales" ni separar públicos. Significa reconocer que no todas las personas perciben el mundo de la misma manera y que esa diversidad también debe tener un lugar en museos, teatros, cines y festivales.

Quizás ese sea el mayor aprendizaje que dejan estas experiencias: la accesibilidad no le quita nada a la cultura. No le resta calidad, creatividad ni emoción.

Por el contrario, la enriquece.

Porque cuando un museo ofrece un recorrido más tranquilo, cuando un cine baja el volumen o un teatro permite que alguien salga unos minutos para volver después, no está cambiando la obra. Está cambiando la posibilidad de que más personas puedan vivirla.

Y, al fin y al cabo, ese siempre fue uno de los grandes objetivos de la cultura: generar encuentros.

Encuentros entre personas, historias, ideas y formas de mirar el mundo.

Aceptar que existen distintas maneras de sentir una pintura, una película o una canción no debilita ese encuentro. Lo hace más amplio, más democrático y, sobre todo, más humano.

Quizás el verdadero desafío para los espacios culturales no sea construir más paredes o sumar más tecnología, sino algo mucho más simple: aprender, de vez en cuando, a bajar el volumen para escuchar otras formas de habitar la cultura.





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