Cucuruchos en alta mar

Hoy quisiera evocar un sketch del legendario programa de tele Hiperhumor, titulado Veladas Paquetas.
Allí el actor uruguayo Andrés Redondo, sosteniendo una vela casi completamente derretida, nos invitaba solemnemente a deleitarnos con algún número artístico-cultural.
Por eso es que aquí y ahora, luciendo este esmoquin alquilado en alguna galería céntrica, voy a referirme a una pintura hallada recientemente en el barrio Ducasse. Más exactamente a mitad de camino de uno de los más pronunciados declives que presenta ésta, nuestra ciudad hundida: la cuadra de Urquiza al 800, entre Ducasse (la calle) y Bv. Los Andes.
Para empezar, vamos con la data técnica. Estamos frente a una obra de 59 x 79 cm., de técnica mixta (acrílico, trapos y palos de brochette) sobre chapadur, firmada por "Nora F.", y en principio (apenas en principio) sin título (S/T).
Algunes (dizque) especialistas, han pretendido que la imagen corresponde a dos embarcaciones. Les voy a replicar haciendo propias las palabras que repite una y otra vez, en el cierre de sus posteos, el influencer @caritahumilde_: Meextraaaña…
¿Cómo es que no se dan cuenta, manga de ciegues, de que dos velámenes tan chuzos y desmoronados como ésos no tendrían razón de ser en una escena náutica?
En cambio, si uno sabe observar realmente bien (Mirar, como postulaba J. Berger), se da cuenta claramente de que los protagonistas de la obra son en cambio, e inconfundiblemente, ¡dos cucuruchos de helado a punto de hundirse!
El de la derecha, de crema flan. El de la izquierda, bueno… cualquier padre de niñes cordobeses puede reconocer en esa gama de colores pastel al indescifrable "Súper Gridito".
Podrá discutirse, desde luego, la verosimilitud de la propuesta. Por mi parte prefiero atribuir la osadía al más puro y duro riesgo artístico, que no puede dejar de tomarse cuando se tienen ciertas cosas urgentes que decir.
Antes que nada quiero remarcar la particular deriva de ambos protagonistas, en medio de unas aguas encrespadas y turbulentas.
Deriva inevitable, cuyo impacto visual se refuerza por la incertidumbre de sus destinos: ¿Se hundirán antes de derretirse? ¿Se derretirán antes de hundirse? ¿Serán picotiados y despedazados por esas ominosas aves blancas que los merodean?
Se trataría, en todo caso, del inminente final de estos desdichados cucuruchos. Están, ellos y todes nosotros (¿qué duda cabe?), ni más ni menos que de paso, en medio de un extraño, enrarecido atardecer.
¿Qué es la vida? Una ilusión…, parece querer decirnos esta obra que se exhibe en el patio de una casa de la zona norte; al tiempo que no renuncia, en modo alguno, a detenerse todo lo posible en ese instante tan vivo como perecedero.
A pesar de lo inevitable de sus (des)venturas, es como si estos extraños y desubicados seres estuvieran parafraseando a coro la famosa consigna medicinal del poeta Almafuerte: ¡No te des por hundido, ni aún hundido!
(O derretido. O picotiado. O etc.)
Sin embargo, y para terminar, permítanme abandonar el rigor crítico y abrazar, ahora sí, la más arbitraria subjetividad.
Porque no sé ustedes, pero lo que es yo, más los miro y más me convenzo:
A pesar de todo, éstos no se hunden che…
No se hunden más.


