De la Casa
Luis Rodeiro

Sí, lo vuelvo a traer en el recuerdo. Tengo 83 años de andar por este mundo. Cuando era joven, mi viejo, Don Manuel, confió en mí y me dio la tarea de mecanografiar sus escritos. En general se trataba de textos profundos y breves, que luego se convertían en libros. Yo los reescribía en una antigua máquina de escribir de una tía y no era fácil, porque traducir su "letra de médico", como se solía decir entonces, tenía lo suyo. Pero lo hacía con agrado y quizá allí con ese oficio encomendado haya nacido mi vocación de escribón, como me califico, convencido que estoy un poco más bajo de la categoría de escritor. Varios textos mecanografié, con agrado, pero es ahora cuando los releo, que aprecio su inmensa profundidad, para pensar en cosas simples, que nos rodean. Los títulos de sus obras así lo dicen: Cuaderno, La Mesa, El Río, El Camino, Los Días y la Noche. El cielo y la Tierra.
Alejandra Kamiya escribió un bello libro que tituló El sol mueve la sombra de las cosas quietas, que incluye un tema sobre La Casa e inevitablemente me llevó a mi viejo, que precisamente llamó así a uno de sus libros, publicado en 1995 y cuyos textos recuerdo haber mecanografiado palabra a palabra, pero sin tener conciencia plena de su riqueza literaria. Lo leí, en su momento y me agradaron, pero es ahora, a los 83 años, cuando puedo verlos en toda su dimensión. Asombrarme y gozar. Intuyo que –como todos sus escritos- tenían ese sabor de lo cotidiano, que descubría en la sencillez de su vida y se admiraba por ejemplo de una puerta "que partía el mundo en dos pedazos diferentes; hacia adentro un espacio pequeño, reposado en sí mismo, hacia afuera lo grande, lo ruidoso, lo inquieto". Y cuando la puerta se abría o en algunos casos se cerraba, aparecía la ventana de la que se podía mirar y que de igual manera partía el mundo en dos pedazos, un afuera y un adentro. Luego se encontraba con la chimenea, que su único lenguaje era el humo, muda en verano "sin poder decir lo que con el frío decía". Y así describía el recinto, la sala de estar y conversar. Los patios, uno embaldosado y el otro de tierra. Y en su texto recordó el tiempo cuando llevó a su mujer amada –mi madre- y con ella adentro, sostenía que fue entonces cuando se completó la formación de la casa. "Sólo en la vida se pierde, sólo en la vida se busca o se encuentra, sólo en la vida una mujer sostiene, sin fuerzas, la casa. Y poco a poco vinieron los niños, poco a poco el silencio fue desplazado por el bullicio".
Sobre los muebles que había en la casa y que cumplían cada uno su función, él distinguía a la mesa, que ocupaba el lugar de privilegio. "En ella, diariamente, comía la familia; luego acercaba la madre una silla y empezaba sus labores: tejer, bordar, coser los vestidos de los niños, planchar".
Es cierto, la casa, como figura y tema, estaba muy adentro de su vida. Cuando éramos niños, con mi hermano y mi madre, nos llevaba a contemplar una casa redonda que giraba sobre sí misma, que se había construido en nuestra Córdoba, que buscaba a su antojo el calor del sol o la brisa del viento fresco. Pero no sólo eso. Pensó en una casa retirada de la ciudad para cuando le tocara descansar de su ajetreo diario. Los albañiles trabajaron en los cimientos, levantaron las paredes, dejaron los huecos para las puertas y las ventanas y después, cada sábado y domingo, sin otra compañía que la soledad, construían personalmente todo lo que faltaba y demandaba la casa. En la entrada del Jardín puso un arco, que para traspasarlo obligadamente había que bajar la cabeza, para exigir la humildad necesaria para ingresar a la morada. Una idea que había aprendido de Don Atahualpa Yupanqui. Mi viejo dedicó ese libro a don Saúl Taborda, porque él "comprendió el sentido profundo con que el hombre creó la ciudad. Hubiera entendido el alma que llena la casa".
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Y la casa de Mármol, como yo lo llamaba, me llevó de la mano –como a un niño- a ver otras casas. De repente me encuentro como en un sueño, con Mario Benedetti, sentado en la puerta al frente de una antigua casona apurando un vino, que me convida y tomándome del brazo, me dice: "No cabe duda. Ésta es mi casa // aquí sucedo, aquí // me engaño inmensamente. // Ésta es mi casa detenida en el tiempo. // Llega el otoño y me defiende, // la primavera y me condena. // Tengo millones de huéspedes // que ríen y comen, // copulan y duermen, // juegan y piensan, // millones de huéspedes que se aburren // y tienen pesadillas y ataques de nervios. // No cabe duda. Ésta es mi casa. // Todos los perros y campanarios // pasan frente a ella. // Pero a mi casa la azotan los rayos // y un día se va a partir en dos. // Y yo no sabré dónde guarecerme // porque todas las puertas dan afuera del mundo". A un tipo como vos, le dije en esa visión, no le va a faltar dónde guarecerse y si eso pasa, te ofrezco la mía, ahora solitaria.
No sé, pudo ser un sueño, porque allí mismo con la emoción de conversar con Mario, veo que viene caminando Pablo a paso lento. El poeta chileno, se para y me dice yo sé por los mares que andás navegando y hurgando en el bolsillo de su saco, me muestra una foto de una casa con vista al mar y me explica que está allá en Santiago, en el barrio Bellavista. La Sebastiana, la llamó. Pablo detiene su andar y me dice: "Yo construí la casa. // La hice primero de aire. // Luego subí en el aire la bandera // del firmamento, de la estrella, de // la claridad y de la oscuridad. // Cemento, hierro, vidrio, // eran la fábula, // valían más que el trigo y como el oro, // había que buscar y que vender, // y así llegó un camión: // bajaron sacos // y más sacos, // la torre se agarró a la tierra dura // pero, no basta, dijo el constructor, // falta cemento, vidrio, fierro, puertas, // y no dormí en la noche. // Pero crecía, // crecían las ventanas // y con poco, // con pegarle al papel y trabajar y arremeterle con rodilla y hombro // iba a crecer hasta llegar a ser, // hasta poder mirar por la ventana, // y parecía que con tanto saco // pudiera tener techo y subiría // y se agarrara, al fin, de la bandera // que aún colgaba del cielo sus colores. // Me dediqué a las puertas más baratas, // a las que habían muerto // y habían sido echadas de sus casas, // puertas sin muro, rotas, // amontonadas en demoliciones, // puertas ya sin memoria, // sin recuerdo de llave, // y yo dije: 'Venid a mí, puertas perdidas: // os daré casa y muro // y mano que golpea, // oscilaréis de nuevo abriendo el alma, // custodiaréis el sueño de Matilde // con vuestras alas que volaron tanto'. // Entonces la pintura // llegó también lamiendo las paredes, // las vistió de celeste y de rosado // para que se pusieran a bailar. // Así la torre baila, // cantan las escaleras y las puertas, // sube la casa hasta tocar el mástil, // pero falta dinero: // faltan clavos, // faltan aldabas, cerraduras, mármol. // Sin embargo, la casa // sigue subiendo // y algo pasa, un latido // circula en sus arterias: // es tal vez un serrucho que navega // como un pez en el agua de los sueños // o un martillo que pica // las tablas del pinar que pisaremos. // Algo pasa y la vida continúa. // La casa crece y habla, // se sostiene en sus pies, // tiene ropa colgada en un andamio, // y como por el mar la primavera // nadando como náyade marina // besa la arena de Valparaíso, ya no pensemos más: ésta es la casa: // ya todo lo que falta será azul, // lo que ya necesita es florecer. // Y eso es trabajo de la primavera".
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Yo no construí casas. Pero habité casas. La primera, durante la niñez y la adolescencia, en Alberdi, era inmensa. Y siempre la recuerdo. En la parte de adelante era el sitio profesional de mi viejo, con un escritorio plagado de libros, en que recibía a sus pacientes y luego atravesando la sala de espera, los invitaba a pasar al consultorio que tenía un ventanal hacia la calle. Era un sitio vedado para mis pocos años y de represalia, porque tras la cochera de adelante había un inmenso patio embaldosado, pero con un amplio ventanal que daba precisamente al escritorio. Había macetas con plantas, que mi madre regaba con cariño. Para mí, niño futbolero, era una cancha, que digo un estadio tan grande como el Maracaná, solo habilitada mientras mi viejo no estuviera, porque cuando yo jugaba, transmitía en voz alta mi partido, en el que siempre ganaba y yo era el mejor. Cuando murieron mis viejos, la casa inmensa se envolvió en silencio. La casa del recuerdo. Los tres hermanos decidimos venderla, para iniciar nuestros propios proyectos de casa y dotarlas de su propia alma.
La siguiente, en mi historia, y ya en pareja, fue cuando entramos en un departamento que fue refugio, sí un refugio ante la persecución a los que militábamos políticamente. Las salidas eran solamente las necesarias. Por la fuerza del miedo, hacíamos realidad -la consigna que no nos gustaba- que decía "de casa al trabajo y del trabajo a casa". Mi compañera era asidua visitante de la ventana, para espiar si había algún peligro. La ventana había dejado de estar abierta, como dice Mármol, en uno de sus textos que releí a la vejez; ya no miraba al mundo, al árbol, al sol, a la lejanía. Ahora oteaba el peligro. De alguna manera fue nuestra casa refugio, en libertad condicionada, que nos permitía vivir la intimidad. Y allí, la mesa, que tantas líneas escritas le había dedicado a su centralidad mi viejo, se hacía realidad. Allí comíamos, allí Adriana tejía, cocía, bordaba. Allí, en su torno, con el mate en la mano, recibíamos a la compañera que nos traía información, en tanto yo escribía, horas y horas, las notas para la revista que dirigía, que ostentaba el nombre de Puro Pueblo y que me exigía viajar unos días a Buenos Aires. En esa casa, aprendí que ella no sólo implicaba cemento, ladrillos, arena, azulejos y en eso trabajábamos los dos para darle un "alma", a la casa-refugio que nos había tocado, como consecuencia de la lucha política contra la dictadura. Allí, no solo por la noche, resistíamos amándonos, el uno sobre el otro, con besos con gusto a miel. Pero en un momento, tuvimos que abandonar con urgencia la casa refugio, que nos había permitido sí cargarla de alma y ensoñación.
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En estas cavilaciones aprendí, que en la literatura, la casa también ocupaba, un lugar importante. Hay casas importantes, como La Casa de Bernarda de Alba, que Federico García Lorca escribió en 1936 como obra teatral y que describió con muros gruesos, con paredes blancas, puertas con cortinas suntuosas, cuadros con paisajes de ninfas o reyes de leyenda que cuando Bernarda enviuda por segunda vez decide vivir, según dicen sus comentaristas, en el más riguroso luto y que lo hace extensivo a sus hijas. A la par que señalan que refleja la España de principios del siglo XX violenta en la consideración de la mujer, con el fanatismo religioso y el miedo a descubrir la intimidad. Son sabias las palabras del filósofo Bachelard, cuando afirma que "la casa en la vida del hombre suplanta contingencias, multiplica sus consejos de continuidad. Sin ella el hombre sería un ser disperso. Lo sostiene a través de las tormentas del cielo y de las tormentas de la vida. Es cuerpo y alma. Es el primer mundo del ser humano. Antes de ser 'lanzado al mundo' como dicen los metafísicos rápidos, el hombre es depositado en la cuna de la casa". Y siempre, en nuestros sueños, la casa es una cuna, para esperar o para compartir con los purretes que llegaban.
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Como manifestaciones de la cultura popular, la casa no estuvo ausente del sentimiento del tango. Enrique Cadícamo, con música de Cobián, cuenta la historia del guapo aquél, que más viejo, con la cabeza plateada, vuelve a la casita de los viejos. Viajero del dolor, vuelve vencido a aquella casa y cada cosa es un recuerdo que se agita en su memoria: "…mis veinte abriles me llevaron lejos… / locuras juveniles…". Y encuentra al volver que "…hay en la casa un hondo y cruel silencio huraño / y al golpear, como un extraño, me recibe el viejo criado", quien solo por la voz lo reconoce . Y encuentra a su viejita enferma, que lo mira "con esos ojos nublados por el llanto" y sin palabras, en el lenguaje de los ojos que él entiende, le dice solamente "por qué tardaste tanto". O el personaje de Homero Expósito que recuerda "…aquella juventud de la emoción primera, / aquella enredadera / de rosa y parral… / Ya son como el perfume de un viejo libro, / ya sólo recuerdos / tu casa ya no está… / Eterna soledad la de mis ojos tristes, / te llaman en la ausencia / del patio otoñal / y sufren el silencio de un sueño lejano / llorando aquellos años que no volverán". Tu casa ya no está.
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Casas hay muchas, más allá de sus tamaños. Casas de amor duradero, casas de pasión, cálidas casas humildes, frías casas suntuosas, casas fúnebres que despiden a alguien que allí vivió, casas festivas que celebran un cumple o una boda, casas depósitos, casas de amores pasajeros. También hay casas que esconden a un asesino, a un ladrón, a un político corrupto. Para ser casas para evocar, para extrañar, para convivir, solo pueden ser aquellas cuyos habitantes la dotaron de "alma". Sí, del alma, ya lo dije, siguiendo el consejo del viejo. Las que dialogan con sus dueños, en un idioma propio. Las que resplandecen por el cuidado de sus habitantes. Las que proveen de un rincón especial para cada uno de sus habitantes.
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La pregunta surge y no hay respuesta cercana: ¿Quién le enseñó al hornero hacer su casa, hermosa, prolija, con pedacitos de barro que traslada con su pico hasta el lugar donde nacerán sus pichones? Sin albañiles, sin herramientas y seguras contra el viento, protegidas contra las tormentas. Cuán felices serán sus habitantes, que la abandonaran una vez que crezcan, se hagan fuerte sus alas y puedan volar, llevándose el secreto eterno de su construcción. ¿Y la casa del Caracol, que mi viejo eligió como título de uno de sus libros? El caracol, tan bello, que deja su casa solo al morir. Que se llama así, del mismo modo, la casa y su habitante. Él se hacía una pregunta que vuelve a mi memoria: ¿tendría este caracol el murmullo del mar, hablando de su propio texto que bautizó con ese nombre, que tienen las caracolas olvidadas por el mundo? ¿Y el nido de los pájaros que trabajan con otro material, pero con la misma herramienta para hacerlo seguro y se tornan expertos para buscar la ramita adecuada?
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En mi exilio en México habité cuatro casas. La primera, la de nuestra llegada, pertenecía a nuestros protectores en tierra extraña, que habían trabajado mucho en la dotación de su alma, acogedora, solidaria. Allí vivían Tununa y Noé junto a sus hijos Oliverio y Magdalena. Los Jitrik, inmensamente solidarios, que nos acogieron con mucho amor. Y, otra vez, la mesa sobresalía como lugar de encuentro, a la mañana temprano con el desayuno con tostadas recién hechas y a la noche con la cena. A través de Noé habíamos conseguido los primeros laburos, y nos dispersábamos cada uno a lo suyo. La paz de la casa permitía olvidar que estábamos en el exilio. Allí engendramos a nuestro hijo, como recuerda siempre Tununa. Nos surgieron nuevos trabajos que nos permitían buscar el nido propio, pero esos meses compartidos con los Jitrik quedaron siempre en la memoria. Ahora nos tocaba a nosotros trabajar en el alma de nuestra morada propia. Y lo hicimos, con la alegría del hijo.
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Son infinitos los adjetivos que aguantan las casas. La casa del amor y la casa del odio. La casa rica y la casona pobre. La casa de la vida y la casa mortuoria. La casa abierta y la casa cerrada. La casa alegre y la casa triste. La casa del recuerdo y la casa del olvido. La casa de la alegría compartida y la casa de la soledad. La casa del recuerdo y la casa del loco. La casa de las torturas y la casa del pueblo. Los calificativos dependen de su historia. Las que valen son la que sus dueños modelaron su alma, más importante que el ladrillo, el cemento, la arena, los hierros, la madera, la pintura. Y pienso en la casa de los ciegos, de los ciegos solitarios y pienso en Borges. Osvaldo Barone, a quien se le ocurrió juntarlo con Sábato, en una serie de diálogos memorables y los grabó para hacerlo libro, va a la casa de Borges para que corrija la copia de esos diálogos, y dice: "sé que estoy en su casa… No me detendré en describir estos límites (que él mismo ignora). Él sabe que no es su casa, sino el lugar en que los otros dicen que vive".
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