De soledades
Luis Rodeiro
"¿Cómo empieza la soledad o cómo termina? La soledad
es siempre su mediodía, su sol alto –o luna alta-.
Comienza con su plenitud y es su plenitud. Otras veces
la soledad se calla y se adormece".
Manuel Rodeiro. De Soledades y coplas. (Poemario inédito).

Mi padre, Don Manuel, fallecido hace tiempo, en uno de sus primeros libros, Cuaderno, publicado en 1937, cuando tenía 31 años, dice en uno de sus capítulos, titulado Apuntes de una Soledad, que escribió en 1932, definiciones que me acompañaron siempre. "La soledad es un hueco; la soledad es muda; la soledad es de olvido o de recuerdo; la soledad está desnuda".
Tema difícil de amarrar, porque a veces es un placer que favorece el pensar y otras un dolor, cuando de alguna manera, es impuesta por las circunstancias. Quizás por eso, es un tema que vuelve una y otra vez en la literatura, de la mano de grandes escritores, de inmensos pensadores, pero también por los que sienten la necesidad de hablar de ella, relatar su experiencia, sin ser grandes escritores o inmensos pensadores. Suele estallar desde muy adentro, cuando en esa soledad, hay un nombre, el rostro de un ser amado, del que la vida nos ha separado.
Alguna vez leí, no recuerdo cuándo y quién lo escribía en un suplemento cultural de La Nación (el recorte tacaño, no guardó los datos), sobre las facetas del tema y subrayaba a la soledad como angustia existencial, citando a Borges, en "La Casa de Asterión"; como forma de un conflicto interno pensando en Cortázar; hasta la soledad del exilio y la política, recordando a Gelman. Pero también, en forma cada vez más intensa, en la soledad como alienación, como búsqueda de identidad, propia de la realidad contemporánea. Hoy por hoy, la soledad suele volverse patológica y se convierte en un tema de salud pública. En Inglaterra, ya se ha creado un Ministerio de la Soledad. Como bien dicen Carlos Presman y Juan Carlos Mansilla, en una nota publicada en La Voz, "durante muchos años, en nuestras ciudades se consideró que la soledad era un hecho privado, una especie de elección silenciosa que no merecía la atención de la política pública. Pero, como ha ocurrido en otros temas –las adicciones, el bullying, la violencia de género-, lo que antes se consideraba un asunto íntimo y hasta banal, hoy sabemos que encierra profundas consecuencias sociales, económicas, psicológicas y médicas. La llamada soledad no deseada no sólo duele a quien la padece también enferma. Empobrece vínculos, debilita comunidades y acorta vidas".
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En verdad, la soledad no es necesariamente triste, loca o mala. El suplemento cultural de La Nación, al que hacíamos referencia, aporta a la reflexión el caso de Ellen MacArthur: "Una mujer que batió un récord mundial, al rodear el planeta en su velero durante 71 días, 14 horas, 18 minutos y 33 segundos que estuvo completamente sola". La gesta se celebra en Cómo estar en soledad, un ensayo de la escritora inglesa Sara Maitland, quien afirma que lo escribió porque cree que "existe un problema grave, tanto social como psicológico, en torno a la soledad, y que es hora de abordarlo". Pero se anima a preguntarse, como punto de partida, una cuestión clave: "¿Y si la soledad no fuera una amenaza sino una oportunidad?" No siempre, dicen los pensadores, significa. "tristeza, locura o maldad".
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Y Maithlan, quien a su vez vive ella misma en soledad, distingue claramente, a partir de dos palabras inglesas, dos situaciones diferenciadas: solitude, que se ocupa de la elección voluntaria de la soledad para la reflexión y el disfrute y loneliness, al sentimiento de aislamiento emocional, siguiendo el análisis de la nota publicada por La Nación.
A su vez, Federico Falco, escritor cordobés, autor de la novela Los llanos, premio Herralde 2020, ensaya una definición para mi precisa y profunda, cuando afirma que "la soledad bien podría ser una moneda de dos caras: en una encontramos la soledad elegida; una situación deseada que proporciona libertad, satisfacción y es fuente de crecimiento personal y en la otra cara, estaría la soledad no deseada", impuesta por las circunstancias, que duele, que es hueca, que es muda, que está allí desnuda, que deprime, y que algunas veces estalla con palabras en rebeldía, que suelen encontrar aliados en el amplio universo de los que leen. La soledad no deseada, tampoco es la memoria de los viejos que recuerdan historias vividas en plenitud. Y en ellas tejen con los hilos de los recuerdos de tiempo felices, para que alguien las recoja y sonría. Mi viejo, en este diálogo ficticio que tenemos ahora, exclama en Soledades y Coplas, un poemario inédito, que encontré entre sus tesoros: "Abres los ojos y miras: / se hace de cristal la luz, el aire. / -Sueño- / Abres los brazos, / no aprietas, tienes contigo el aire tierno. / -Sueño- / Abres la puerta de la verdad o el engaño. / Sueño el amor, / límpido cielo, / espuma de aire entre las manos". Sueños que vuelven a vivirse en soledad.
Diego Tatián, en su Libro de los pasajes, sobre la literatura y la figura de mi padre, dice: "quizá Manuel Rodeiro buscaba contar un cuento que le permitiera entrar en la ciudad, como sucede en una antigua leyenda evocada por él mismo. Solo que en este caso esa ciudad es la suya, y quien procura abrirla para entrar en ella no es un transeúnte que acaba de llegar sino uno de los habitantes que mejor la conoce y más la caminó. O quizá Manuel Rodeiro se dio por vencido, abandonó cualquier pretensión de hospitalidad en una ciudad tan esquiva y torva, y escribió sus libros con un propósito distinto: la conquista de la soledad ('Advertí entonces que debía estar solo y que a la soledad debía ganarla con la misma tenacidad con la que se gana el pan')". Solo, pero no apartado del mundo. A su soledad, le llamó La Casa del Caracol. Y la ganó. Sin abandonar la solidaridad, que como médico ejercía y la tarea de regalarnos sus pensamientos en textos profundos. Falco nos hace un aporte más: la distinción, importante distinción, entre estar solo y sentirse solo.
Cuando la soledad es elegida libremente es un espacio, una puerta para encontrarte, para pensar tu vida y convertir esos pensamientos en un diálogo consigo mismo y volver a ellos con gozo una y otra vez. Para sonreír, incluso cuando evocamos en soledad, momentos que fueron y que hoy revivimos con una sonrisa o con lágrimas que brotan desde la emoción. Los escritores, los pensadores en general, los artistas, la tienen como la tierra buena donde florecen sus creaciones. A veces, no sin sufrimiento, aun cuando sea una soledad elegida, como muda compañera silenciosa de la creación. Pero quizás sea el querido Julio Cortázar, el que logre la clave precisa: "La soledad es un buen lugar para encontrarse, pero un mal sitio para quedarse". Es más, Cortázar se considera un solitario por naturaleza, según sus propias palabras que recogen sus biógrafos, encontrando bienestar en la soledad, pero a su vez, experimenta también una tensión interna. "Una lucha entre su yo solitario y su deseo de conexión humana", que lo lleva al compromiso social, público y conocido, en comunión con otros luchadores.
Así se define: "Soy por naturaleza solitario. Me siento bien solo. Puedo vivir solo. Puedo vivir largos períodos solo. Y eso sobre todo fue así en mi primera juventud, en mi adolescencia… Lo que yo en ese momento reivindicaba un poco como un derecho y casi un orgullo: el hecho de que me dejasen en paz y que yo estuviera solo, se convirtió un poco en un sentimiento de culpa… y entonces, actualmente, tú sabes muy bien que trato de darme lo más que puedo cuando pienso que el hecho de darme no es totalmente inútil, que puede en algún plano tener algún sentido... "
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Personalmente, no soy un tipo solitario. Pero muchas veces sentí la soledad, especialmente cuando caí preso de la dictadura, arrojado en una celda solo, torturado, pero fundamentalmente cortado abruptamente de mi amor y de mis amores, pensando sin tregua en cómo estarían, cómo serían sus días, si sentirían el mismo hueco que yo. O, posteriormente, en los tiempos del exilio, distintos, muy distintos, porque estaba con mi compañera y con algunos compañeros, pero vivíamos con la sensación de estar "bajo los puentes rotos". Una forma de expresar la soledad, de los que habla Marechal, estar en otra tierra, cálida, pero ajena. Fue cuando escribí aquella confesión: "Aquí, bajo los puentes rotos, quiero cantar y lloro / y las lágrimas ácidas y amargas / queman las pocas flores / que cultivo. / Golpeo a distancia las puertas / y nadie responde / todo se han ido / quién sabe dónde". Y, todos los días, particularmente en las noches, me prometía; "Aquí bajo los puentes rotos / se retuercen las penas y grito / mañana, cuando amanezca / esta noche no / te llevaré hijo y te diré / no hay nada que no me pertenezca: el sol, el aire, los rostros / Esta es mi patria, hijo / pero esta noche no".
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Por eso quizás, pueda comprender el grito de Oliverio Girondo, cuando dice: "Solo, / con mi esqueleto, / mi sombra, / mis arterias, / como un sapo en su cueva, / asomado al verano, / entre miles de insectos que saltan, retroceden, se atropellan, fallecen; en una delirante actividad sin rumbo, / inútil, / arbitraria, / febril, / idéntica a la fiebre…". O bien, a Werner Herzog, que se topa "con esa soledad del bosque en negro profundo, silencio de muerte, donde solo el viento se agita". O directamente escuchar, no el grito, sino el alarido, de Fernando Solanas, en ese tango cantado por Goyeneche, con música para algunos de Castiñeira y para otros de Ferrer, que dice: "Solo y al costado / como un cero solo / al que marginaron / y resiste solo // Lejos y perdido / como un perro lejos / voy contra el olvido / rastreando mis huesos // Solo y sin un mango / como en un suicidio / sólo tengo un tango / para contar mi exilio // Lejos de mi vida / sin tener un puerto / ando a la deriva / y me dan por muerto // Solo y perseguido / en mi Buenos Aires / ando sin sentido / como un tiro al aire // Lejos todo extraño / y me siento poco / y si no me engaño / yo me vuelvo loco // Solo y escondido / con toda la historia / que nos han prohibido / y está en mi memoria // Solo es el exilio / como un cero solo / tiempo de delirio / que lo borra todo // Solo… / como un cero solo / Solo / resistiendo solo // Lejos… / como un perro lejos… / lejos… / rastreando mis huesos… // Solo… / como un suicidio… / Solo… / para contar mi exilio… // Cuelgo el corazón / en el ropero… / mi pobre corazón / lleno de agujeros // Lejos… / como están los viejos… / Lejos… / de cualquier espejo… // Solo… / como un cero solo… / Solo… / resistiendo solo…".
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De la densidad de la soledad han escrito innumerables pensadores: desde Borges a Marguerite Yourcenar, pasando por Víctor Hugo, Cesare Pavese, Fernando Pessoa, Alejandra Pizzarnik y tantos, que se agregan a una lista interminable. Es un sin fin y siempre actual. En Córdoba se han referido a ella, entre otros, Juan Leyes, Carlos Sikar, José Wilcock. Quizás sus distintas facetas, permite que cada quien, incluso los no letrados, hayan hablado de distintas manera de cada soledad vivida. Para García Lorca es "la gran talladora del espíritu", sin omitir que también puede ser una "experiencia dolorosa". Para Benedetti, puede ser un vicio o una carga. O como reflexiona no sin razón Bécquer que "la soledad es muy hermosa… cuando se tiene a quien decírselo".
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Y termino, como empecé. Citando a mi viejo: "Una rueda empieza a girar en la soledad dulcemente. Los radios de la soledad giran y el molino de la soledad muele harina hasta copos blanquísimos, vellones de las ovejas más puras. Este es el trabajo de la soledad. Se pregunta uno mirando la soledad: ¿Qué calla la soledad? ¿Qué cuida la soledad? Y el solitario siente, sin responder cómo es de fuerte la soledad".
Mayo, 2026
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