De Traiciones y Traidores
Luis Rodeiro

De la traición
La traición fue siempre una acusación fuerte y es una palabra que la historia registra permanentemente en distintos niveles. Muchos pensadores se refieren a ella y destacan aquellas traiciones que por su peso y tamaño, han dado vuelta el rumbo de la historia de naciones, de grupos humanos, de relaciones políticas. Muchos escritores, a lo largo de la historia, han hecho referencia a ella, indagando su alcance y sus sentidos. Pero, no sólo a ese nivel de hechos trascendentes, porque existen también -y cuántas- traiciones en las relaciones humanas en el diario convivir, que afectan de manera intensa la vida de hombres y mujeres que las sufren. Traiciones en el amor, en la amistad, en el trabajo, que se reflejan con un dolor intenso, que a veces explotan en una denuncia, en un verso como una maldición, en una lágrima por lo inesperado o quedan guardadas en el interior de cada víctima, como un resentimiento sin consuelo. En ocasiones alimentan venganzas.
Las grandes traiciones han encontrado siempre historiadores, pensadores, hombres y mujeres, que la han estudiado, analizado, relatado y quizás cometido. David Mc Coy señala que el Antiguo Testamento –suelen testimoniar sus estudiosos- es un rosario incesante de traiciones:
Cuenta hasta 10 traiciones famosas en la Biblia. Caín mata a su hermano Abel; los hijos de Jacob quieren dar muerte a su hermano José y lo terminan vendiendo a los israelitas; Dalila traiciona a su amante Sansón. Matar al hermano, entregarlo al enemigo, quebrar la palabra empeñada, ignorar la fidelidad del buen amor, forma parte de las mejores tradiciones / traiciones bíblicas, afirman.
La de Caín a Abel, que es una traición de hermanos (Génesis 4: 1-12), cuenta que ambos ofrecieron sacrificios a Dios, pero solo Abel fue favorecido. Caín se llenó de celos y resentimiento. Dios le advirtió del mal que acechaba a su puerta, pero la mente de Caín solo latía con la necesidad de vengarse. Se le ocurrió un plan, un plan que implicaba traición. Fingiendo que todo estaba bien, Caín invitó amistosamente a su hermano: «Salgamos al campo». Una vez allí, Caín lo mató. Algo tan repugnante como la traición brota mejor en las sombras de la envidia, concluye.
McCoy añade: la traición de Satanás, personificado como serpiente que traiciona a Eva (Génesis 3) prometiéndole que será como Dios; los hijos de Jacob, ante la predilección del padre por José, lo odiaban por ello y en una emboscada lo matan, quitándole la túnica multicolor que lo distinguía como el favorito de su padre y lo arrojan a una cisterna sin agua. No importaba que José no hubiera hecho nada que mereciera castigo ni que fuera de su propia sangre. Lo único que importaba era borrarlo de sus vidas para hacerle un hueco en el corazón de su padre. (Génesis 37). Menciona, también, el caso más conocido de la traición de Dalila a Sansón (Jueves 16) y la del Rey Saúl a David (1 Samuel 18,26).
Sin duda, la más paradigmática y conocida es la de Judas Iscariote, discípulo de Jesús, quien lo entrega por treinta monedas de plata, identificándolo a sus perseguidores con un beso. Traición que lo llevó a Jesús, a la cruz, pero que a su vez permitió el nacimiento de una religión mundial. Muchos estudiosos, sobre los que volveremos, afirman que sin esa traición la historia hubiese sido otra.
Traición y literatura
Ángel Berlanga, recuerda las palabras que la gran escritora que es Liliana Heker, autora del libro Zona de Clivaje, pronunció en junio de 2007, al inaugurar un ciclo de conferencias sobre "La formas de la traición en la literatura argentina", organizada por la Biblioteca Nacional: "A primera vista, la figura del traidor es monolítica, no tiene fisuras y remite, sin apelación, a lo abominable". Definición contundente de la escritora.
Sin embargo, rápidamente, advierte que "basta acercarse a las formas precisas que toma la traición en cada caso para advertir que, vista de cerca, expande y a veces desdibuja su significado. Ocurre que es una actitud subjetiva por excelencia: tiene un ejecutor y un destinatario, además de un medio social que ve lo que ve y, desde sus convicciones, adhiere a uno o a otro. ¿Quién traiciona, y a quién, y especialmente, para qué?"
Pero no deja de asombrarse Liliana Heker de nuestra realidad: "Los habitantes de un país que tiene instaurado el culto a la amistad y que denominó Día de la Lealtad a la conmemoración del movimiento popular más importante de su historia han de estar acechados por el fantasma de la traición, han de considerarla un riesgo permanente de conflictos. No es azaroso que el tema aparezca con tanta frecuencia en la literatura."
La traición y el tango
La escritora guio al auditorio en un paseo por formas y casos de traición; empezó por el tango, especialmente con letras escritas entre 1917 y los años '40. Un verdadero catálogo de traiciones: el clásico asunto de la mina que se pianta con otro –"Percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida"–; o la variante más áspera de la señorita que se va con el mejor amigo; el narrador que se asume como traidor; el que encara venganza o, en una variante más floja, seca sus lágrimas con un pañuelo húmedo por el llanto; el caso del padre o hermano traicionado. La vertiente existencial de Discépolo que configura al traidor traicionado. "Es un tema tan enquistado en el tango que a veces ni se lo registra: es parte de su paisaje urbano", ilustró Heker.
El tango, como cancionero popular, tiene más de dos mil alusiones a la traición, especialmente amorosa. Homero Expósito en Yo soy el Tango, grita con sentimiento "me quiebro en el tango / como un puñal de acero / pa´ cantar una traición". Y en A luz del Candil, rememora la historia de Alberto Arenas, el personaje tanguero que imaginó con un pañuelo blanco en el cuello, cuando se presenta al comisario, pidiéndole permiso para relatar su confesión. Le aclara que a pesar que está "mal entrazado", no es un matrero, sino un gaucho "honrao": "no soy ni borracho, ni soy cuatrero". Y le pide al sargento que lo arreste, que le ponga cadenas; le repite que ha sido un criollo bueno, pero que ahora es un criminal: "señor…me traicionaban y los maté a los dos… mi china fue malvada, mi amigo era un sotreta". La letra pertenece a Julio Navarrine, con música de Vicente Flores. Y hoy tendría otros acentos, por demás necesarios.
La traición en el tango y en la vida es un golpe al cuore y como escribe Giampe: "no se juega con un corazón, le dice a su percanta, como vos lo hacés conmigo…".
La invitación de la escritora que seguimos en esta travesía, más allá de sus propios ejemplos, nos lleva al recordado Enrique Cadícamo, con el tango que titula directamente De la traición, donde habla de un tanguero que ha vivido ese dolor y que busca en el vino su olvido, pero el golpe ha sido demasiado fuerte y se confiesa flojo, porque ya en la primera copa anda con un nudo en el garguero, y siente en la soledad el corazón como un hormiguero, al que le duele el copetín como una llaga y confiesa "que se le va la mano pa' la daga / con ganas de vengarme y de matar". Pero después, de inmediato, apurando al vino al que recurre, le habla al corazón, desligándose del trance, al que le carga la traición y le pide que guarde la amargura y que no llore porque son locuras y le susurra que ya lo pasado, pasó, explicándole que fue "la traición que esos cobardes te hirieron / sin ver que todo lo hicieron / por matarte corazón".
La traición entra a la literatura con infinidad de variantes. Heker recuerda la historia de Juan Moreira, traicionado por su compadre y asesinado por la espalda por Chirino. No está ausente en el histórico Martín Fierro, ni en la literatura más cercana, como en El beso de la mujer araña, de Manuel Puig.
Traición e Historia
Es necesario detenerse en un gran referente de nuestra historia como lo fue Arturo Jauretche, un perseguidor implacable de las traiciones y que las utilizó para analizar la política a través del tiempo, enfocándose principalmente "en la entrega de soberanía a intereses extranjeros y a la falsificación de la llamada historia oficial". Señala Jauretche, con la fuerza de su prosa, a Justo José de Urquiza, como una suerte de paradigma de la traición, denunciando su alianza con el Imperio de Brasil para derrocar a Rosas, en la batalla de Caseros. Pero hunde fuerte su daga verbal en la élite intelectual argentina en su conjunto; "la intelligentzia" la llamaba, que "actuaba como agente de intereses extranjeros, al importar modelos culturales y económicos que no se ajustaban a la realidad local". "Cipayos" los bautizó y el término perduró y perdura a través del tiempo. Sostuvo que la historiografía liberal ocultó estas traiciones para construir héroes que en realidad servían a intereses ajenos a la Nación. Su libro Manual de zonceras argentinas fue, desde entonces un arma, porque entendía por "zonceras, a la ideas falsas instaladas como verdades absolutas". Cada tanto vuelve el epíteto: "Cipayos", en plural, ha vuelto a sonar en la historia actual y no sin razón.
En ese libro histórico escrito con pasión, Jauretche argumenta que la difusión de las "zonceras" (ideas falsas instaladas como verdades absolutas) es un método para que los argentinos se traicionen a sí mismos, impidiendo su propio desarrollo.
¿Traiciones necesarias?
Un campo fértil para las traiciones ha sido y es el de la política, como lo atestigua la historia, como hechos reales o como acusaciones en algunas ocasiones falsas, usadas como armas contra el opositor. Unas y otras, verdaderas y falsas, han logrado fama y perdurabilidad. Además de la de Judas y de Jesús que mencionamos, se cita el caso de Benedict Arnold, 1780, héroe de guerra estadounidense que desertó al bando británico durante la Guerra de Independencia, convirtiendo su nombre en sinónimo de traidor en EE.UU. Y en Nuestra América está el caso polémico de La Malinche, indígena que fue intérprete de Hernán Cortés, principal protagonista de la caída del Imperio Azteca.
Es inocultable, innumerables traiciones habitan la historia de la política argentina. Grandes y pequeñas. Algunas son historias pasadas y muchas olvidadas, pero otras perduran como actitud más que frecuentes a través del abandono de pertenencia a un grupo político, a una ideología, a una praxis, donde el argumento de una supuesta "evolución" suele ser demasiado débil. Es evidente que las verdaderas razones, en el campo de la política suelen ser el oportunismo, las ambiciones desmedidas o simplemente la "mercancía", en forma de un pago más que generoso. Y frecuente, en cada tiempo histórico.
Maquiavelo sostenía que la traición es el único acto de los hombres que no se justifica, pero señalaba que sin embargo, es un elemento recurrente en la historia, desde Judas Iscariote, como ya hemos dicho. Pero Jorge Luis Borges, la analiza desde otro ángulo. Cuando aborda el tema en su literatura señala a Judas como "el traidor necesario", en la medida que la crucifixión de Jesús permitió el nacimiento y desarrollo universal de la religión cristiana y de la Iglesia Católica. A su vez, Abelardo Castillo, en su libro El Otro Judas, va más allá y se pregunta: "¿Y si Judas no traicionó a Jesús?" Y se vuelve a preguntar: "¿Habría un Cristo si no hubiese muerto en la cruz? ¿Habría un Cristo si no hubiese habido traición?" Como vemos el tema tiene sus bemoles. Y Castillo da otro paso: "Jesús presagia que será traicionado, pero ¿acaso en ese presagio no existe un pacto secreto? Cristo debía morir en la cruz para redimir a la humanidad" Por eso, Abelardo Castillo propone sin tapujos a Judas como héroe de su drama.
Shakespeare, cuando se refiere a la traición oculta en la amistad, dice que "hay puñales en las sonrisas de los hombres; cuanto más cercanos son, más sangrientos". A Julio César se le atribuye la frase "Amo la traición, pero odio al traidor", reflejando la utilidad del acto, pero el desprecio por quien la ejecuta.
Traiciones y política
Todos los partidos o grupos políticos, me animo a decir, han tenido traiciones y traidores. Y la literatura política las registra, con distintas calificaciones. El peronismo, por ser un amplio movimiento, las ha sufrido permanentemente, de una u otra manera. Perón, su líder definía en sus documentos teóricos, a "la lealtad como un pilar fundamental de su doctrina y consideraba a la traición como un acto imperdonable". Afirmaba a menudo que el traidor merece "las torturas del infierno político". Sin embargo, no sólo Perón, muchas veces los dirigentes políticos, de todos los partidos las aceptaban de hecho, en la praxis concreta. Yrigoyen, en el plano ideal, fundó el radicalismo, al que llamó la Causa, recuerdan los historiadores, como una suerte de religión. De allí el uso de "correligionario", para nombrar a sus seguidores, pero como movimiento real no estuvo ajeno a traidores y traiciones. Jaureche, al que ya hemos citado, abandonó su pertenencia al radicalismo denunciando al "alvearismo", como una traición a los postulados de Yrigoyen. Vandor, que llegó a enfrentar los mandatos de Perón desde su exilio –su líder al que le juraba fidelidad- en una elección clave, fue declarado traidor, por su conducta. Apoyó un candidato que no era el de su jefe y además se alió con el golpismo de Onganía, poniéndose corbata por primera vez en su vida para su asunción.
Toda la política de resistencia al golpe de 1966, asonada que contó con la complicidad de un importante número de dirigentes sindicales peronistas, políticamente fue llevada a cabo por la llamada CGT de los Argentinos, liderada con el gráfico Raimundo Ongaro, entre otros, que se realizó denunciando a los traidores, bautizados como "burócratas".
La lucha interna dentro del peronismo, se daba entre leales y traidores, pero a veces tenían significados cambiantes. Incluso Perón distinguía entre enemigos externos y enemigos "de adentro", sin que fuera ese hacia adentro del Movimiento una praxis consecuente. Incluso en la historia de los partidos socialistas y los que se definían como liberales las acusaciones de traidores y leales, marcaron sus repetidas divisiones.
En la literatura política e histórica, hay muchos aportes importantes sobre el tema. Mario Casalla trae a colación una carta del propio líder a su entonces delegado, que actuaba como conducción local, Perón le responde a Cooke: "…en cuanto a las actitudes de los compañeros que usted me menciona (dos importantes ex gobernadores de la primera época, tentados por el llamado neoperonismo) recuerde que más que traidores son gente que tiene sucesivas lealtades". Fina ironía –escribe Casalla- que sin dejar de descalificarlos- buscaba frenar el lógico ímpetu de su delegado, en favor de conservarlos en el redil al menos por un tiempo. Es que tanto el peronismo (como también el radicalismo) tienen una larga tradición de traiciones, rupturas y reinicios. ¿La traición es –como sostienen algunos pensadores- otro motor de la historia?, se pregunta quien aporta el recuerdo de la carta.
La pregunta surge espontánea y dura: ¿Alguna vez habrá que darle, entonces, su justo lugar a la traición, como uno de los "motores de la historia"? Un poco a la manera de aquella Historia universal de la Infamia que imaginó Borges, aunque traición no es lo mismo que "infamia", ya que, hay para él traiciones y traiciones. ¿Qué hubiera sido de una historia sin traidores?, se pregunta. La traición -injustamente escamoteada, o verbalmente disfrazada-, permite reintroducir en la consideración de los procesos históricos y sociales el factor personal, que una historia demasiado abrumada por la economía y la política, terminó por relegar a un segundo plano. Además, a través de la traición, volvemos a reintroducir con peso el juego del azar, otro factor importante que las totalizaciones prolijas (aún a costa de la veracidad) rehúyen como del demonio. ¿Será así?
Apunte curioso
Daniel McCoy señala a la traición como "el más cruel de los vicios, pues ataca por la espalda solo después de invitar a la puerta. Sus víctimas no la vieron venir, y por eso su dolor es más profundo y duradero. Es la infidelidad que destruye a una pareja. Es el vértigo que se instala cuando una amistad de décadas se desmorona en una conversación de minutos. Es cuando personas esperanzadas y felices se convierten en corazas duras e invisibles". Pero, a pesar del rechazo, perdura.
La literatura argentina refleja ese mundo de traiciones y traidores. ¿Se puede considerar, como piensa Borges, que estamos ante otro motor de la historia? No se trata de un elogio, sino de un reflejo de las ambiciones, de una doble moral, de interés económicos o de facción. Que se rechazan, pero que existe. En política el rechazo teórico suele ser desplazado por una praxis que lo admite.
La traición persiste en el tiempo, es más que evidente. Con ese sello de personal y azarosa que la hace tan singular. ¿No da acaso qué pensar -como señalan estudiosos de la lengua, el hecho de que la misma palabra latina (traditio-onis) que se refiere a la "tradición" signifique, simultáneamente, "traición"? ¿Es esto pura casualidad, o acaso sea menester pensar la tradición -entre otras cosas- también como un cúmulo de traiciones?
El sitio Daily Writing Tips apela a una versión creada con inteligencia artificial que señala que "tradición" y "traición" comparten un origen etimológico común en el latín traditio, traditionis, derivado del verbo tradere, que significa "entregar", "transmitir" o "dar". Aunque evolucionaron a conceptos opuestos, ambas implican la entrega o el paso de algo de una persona o generación a otra. Mientras la tradición se refiere a la entrega de cultura, la traición en cambio es trasmitir información o personal al bando contrario.
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