Día del Editor de Libros
Una reflexión sobre el paso del tiempo como homenaje a Alberto Burnichon
Barbi Couto
El lunes 16 de marzo pasado, participé en un homenaje al editor Alberto Burnichon en el Archivo Provincial de la Memoria, al que me invitaron para decir unas palabras como editora. Comparto a continuación una edición posible de lo que dije ese día, ya que fue una reflexión armada a partir de borrador en proceso. Ojalá guste. ¡Feliz día del Editor de Libros!

Tengo esta intuición: No hacemos libros porque queremos cambiar el mundo, quizás es justo al revés: hacemos libros porque el mundo nos cambia, porque el mundo nos duele, nos maravilla, nos presenta la belleza, también la oscuridad, nos ilumina, Nos rompe, nos separa, nos encuentra, nos pone en ronda, nos enfrenta, nos interpela. Nos dice muchas cosas. Entonces me pregunto si será, quizás, que no hacemos libros porque queremos cambiar el mundo, sino que hacemos libros porque nuestra forma de habitar el mundo es hacer algo con eso que el mundo hace con nosotres.
Queremos hacer rodar la palabra, que nos encuentre, hay algo ahí en la edición que está ligado a la comunicación. Quizás es mi manera de entender el oficio porque vengo de una formación en comunicación… Pienso que las y los autores, las artistas, ilustradores, músicos, tienen un vínculo a flor de piel con lo que el mundo les dice y lo convierten en una obra artística. Las editoras y editores vemos ese mundo, vemos esa obra artística y queremos que circule, por eso digo que hay ahí algo propio de una mirada desde la comunicación. Queremos poner a rodar ese sentimiento, esa exploración.
Me gusta imaginar que justo ahí hay una relación diferente con el tiempo o con el espacio. No ya el de la creación de la obra, sino el de todo lo que sucede alrededor. Me quedo en esta ocasión pensando en el tiempo. Cuando Ramiro Iraola me invitó a participar del homenaje a Alberto Burnichon en el Archivo Provincial de la Memoria y me senté a preparar estas palabras, me di cuenta de que los insumos del pensamiento una los toma de lo cercano, de lo cotidiano, de las cosas que le importan y que usa de abono para la reflexión. Y yo, hace tiempo ya, que me siento muy interpelada por el paso del tiempo. En este momento más aún, estamos hablando de los 50 años de la dictadura, de los 50 años del asesinato de Alberto Burnichon, de los 50 años del nunca más, de los 50 años que han transcurrido con abuelas buscando incansable e incesantemente a sus nietos. Hoy aparecen estos doce desaparecidos, con los hallazgos de sus restos en La Perla y nos emociona inconmensurablemente, nos permite identificar qué pasó con esta gente militante, necesaria, querida, en estos 50 años. De pronto, una medallita llevada casi como amuleto puede convertirse en un símbolo de ese paso del tiempo y de la memoria.
Estamos hablando del paso del tiempo y ¿qué es la memoria, sino la manera más tangible de tener presente el paso del tiempo, justamente? Soy editora y como editora me gusta pensar que, cuando hacemos libros, esos libros que hacemos pueden ser entendidos como un artefacto, como un pedazo de cultura, como un dispositivo tangible, presente, que perdura en el tiempo. Y es justamente eso lo que queremos hacer: Queremos producir artefactos que perduran en el tiempo. Esos libros que nosotros decidimos, proyectamos, planificamos, incluso los que soñamos… Queremos que sean artefactos que queden, que le hablen el futuro, al futuro de nuestra comunidad, que permanezcan y que digan lo que tienen para decir. Siempre van a hablar sobre un tiempo presente, hoy, que es el que estamos viviendo. No pueden más que hacer eso, aunque hablen del pasado, porque están hablando del tiempo en el que fueron confeccionados. La edición es eso, es de alguna manera el paso del tiempo reflejado en un objeto.
Y hoy es un tiempo complejo, es un tiempo acelerado. Me gusta pensarlo incluso como un tiempo privilegiado, en el que estamos siendo protagonistas de un momento en el que el tiempo se ha vuelto vertiginoso, los avances tecnológicos se han vuelto muy veloces y eso está afectando nuestra socialidad, o su ausencia. Está afectando todo lo que somos y no sé si terminamos de percibir qué tanto está afectando lo que va a venir. Me refiero a tecnología, celulares inteligentes, redes sociales, inteligencia artificial, pero también al avance y reconocimiento de derechos humanos, el feminismo y reconocimiento de muchas luchas y de tantos logros alcanzados. Estamos viviendo una época compleja, turbulenta, violenta. De ataques y discriminación a migrantes, de guerras, de un genocidio en Gaza, por mencionar solo algunas de las atrocidades que duelen en las noticias.
Creo que como editoras y editores tenemos una profesión estratégica. Al hacer libros, al querer hacer, o retratar, o reflejar, o capturar pedazos de cultura que perduren en el tiempo, estamos de alguna forma construyendo herramientas, instrumentos, artefactos, artilugios, interrogantes, dispositivos, excusas, para poder dar la conversación, para poder imaginar un futuro, para poder enfrentar una vida que es y solo puede ser comunitaria, con esperanza. Podemos, o estamos en un lugar privilegiado para, de alguna manera, poder parar el tiempo, ser capaces de pensar, tener una mirada crítica, o al menos intentarlo, del paso del tiempo. Y que con esos libros que hacemos, podemos incidir, podemos ofrecer al futuro un pedazo de memoria del tiempo que habitamos y vivimos en nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestra provincia, nuestro país. Que no nos roben la posibilidad de imaginar futuros, que la posibilidad de imaginar futuros no la tengan solo las grandes corporaciones que quieren colonizar Marte o mantenernos aislados e inmóviles en plataformas de redes sociales que controlan, sino que podamos ofrecerle algo bello, sentido, tangible, que perdure, a la comunidad que nos rodea, para que quede un signo de la memoria de la época que nos tocó vivir, para los que vengan después.
Anoté estos pensamientos en este cuaderno que tengo hace tiempo, donde guardo las ideas importantes que no quiero olvidar. Les leo algunas:
- De la lista de tareas que tenía mi hija Ema durante la pandemia: leer todos los días, pensar algo divertido, ordenar los juguetes, tender la cama, acariciar a los gatos, decirle a mi mamá cosas lindas, bailar en el living, jugar a la rayuela, darle un abrazo a mi abuela…
- De la lista de 10 cosas que me pongan feliz para no morir de tristeza en otoño: acercarme lo más posible a los doce abrazos por día para poder ser feliz
- Una pregunta: ¿Estamos realmente los profesionales del mundo de la edición resignados a dejar el encuentro y la mediación lectora en manos de las redes sociales? Si la respuesta es «no», debemos abrazar y comprometernos con la lectura profunda, pausada, tranquila, de manera urgente.
- De mis anotaciones sobre el libro Ciencia Ficción Capitalista: «¿cómo lograr una mirada equilibrada que le dé posibilidad a la imaginación, a algo posible, pero sobre todo creíble en estos días de escepticismo?»
Alberto Burnichon marcó una forma de editar libros, recorriendo el país, convidando poesía y compartiendo arte. El Día del Editor de Libros en nuestra provincia y el Premio Alberto Burnichon al libro mejor editado en Córdoba, llevan su nombre. Solo espero que quienes editamos hoy seamos capaces de continuar ese camino.
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