Dos historias de Navidad
Javier Marín
El jornalero

El 20 de diciembre, sábado a la tarde, fui a un cajero automático de Villa Allende pensando en que tendría que hacer una larga fila, si es que todavía el cajero tenía dinero, algo que no sucede habitualmente. Al entrar, solo había un hombre que caminaba hacia la salida, pero antes me preguntó: "Perdón, ¿usted sabe cómo puedo sacar un recibo de sueldo?" Lo miré con desconfianza, como para comprobar si estaba iniciando una maniobra para robar o estafarme, pero de inmediato me tranquilicé; tenía un aspecto inofensivo, parecía pobre, muy pobre; vestía ropa de trabajo gastada y unos borceguíes sucios. Pensé en un jornalero o algo así y le respondí con sinceridad pero sin interés en solucionarle el problema: "no sé, no sabía que se podía sacar el recibo por cajero". Me miró desorientado, con un aire de desconsuelo que debería haberme importado, pero yo ya me había concentrado en lo mío. Metí la tarjeta y empecé a apretar las teclas. De inmediato oí una voz firme pero calma que le decía al hombre: "A ver, qué le pasa. Qué necesita". Pude ver borrosamente a un tipo que acababa de entrar. En ese momento pensé que el presunto estafador podía en realidad ser el próximo estafado. "Nunca hay que compartir datos con extraños", me repetía en silencio, como si quisiera que los otros me leyeran la mente. El laburante hizo un nuevo intento para obtener su recibo, intento que no prosperó y el recién llegado pareció ponerse ansioso. Mi alarma creció cuando oí que el tipo le pedía al laburante la tarjeta y la clave PIN. A partir de ahí, demoré deliberadamente en terminar la extracción, a la expectativa de lo que sucedía a dos metros de mí. Con la misma voz firme y segura el tipo comenzó a explicar: "hay que seleccionar Consultas/Solicitudes, después se elige Comprobante Previsional, ¿ve? Así, y ahora lo imprime". El hombre permanecía callado, sumiso, hasta que oí que, papel en mano, preguntaba: "¿Y esto qué es?". "El recibo de sueldo, ¿ve? Ahí está lo que cobró: doscientos cincuenta mil pesos de salario y ciento veinticinco mil de aguinaldo". Entonces pensé: "qué miseria, cómo puede ser que cobre eso". Tampoco me pareció bien que el otro le leyera en voz alta lo que cobraba; casi que era una humillación. Entonces pasó algo. El hombre pareció darse cuenta de lo que había hecho y mutó el estilo y el tono de voz, se hizo más relajado, casi condescendiente. "¿Tenés chicos, vos?", le preguntó. "Sí, señor" respondió el laburante. "Bueno, acá tenés esto, compráles algo para Navidad". "Noo, señor, no, por favor, no se lo puedo aceptar". "Dale -insistió el hombre- les comprás alguna cosa linda". Pude ver entonces que el pobre tipo tenía en su mano un fajo de billetes que no se decidía a guardar en el bolsillo; inútil saber cuánto dinero podía ser, pero probablemente fuera un aguinaldo extra. En ese momento me sentí mal por no haber ayudado de entrada, pero también vergüenza por haberme quedarme callado y, más ampliamente, por sentir que de alguna forma, por omisión o por acción, era también responsable de que un laburante estuviera cobrando esa limosna de sueldo. Entonces me di vuelta para salir y ahí levanté la vista, ahora sí, sin disimular mi curiosidad, y puede ver bien al tipo que había pospuesto sus asuntos para ayudar al laburante. Era un hombre de unos cincuenta años, corpulento, con aspecto de empresario exitoso y un aire opaco de triunfador callejero. Me miró un instante con una sonrisa canchera y se adelantó para salir por la puerta del cajero. Entonces, bajó de la vereda, se subió a la Amarok y se fue.
El carnicero

Un día se presentó en la puerta de mi casa ofreciendo sus servicios de jardinería. En su vieja y poco socorrida F100 llevaba las herramientas habituales. La primera impresión que me dio fue la de un hombre aún en sus cuarenta, desgastado, algo gordo, pero con una fortaleza física inusual. No sé cómo dije que sí, pero a los pocos minutos ya estaba atacando las plantas con el desconocimiento propio de un aficionado inexperto. Le dije lo que pensaba: que parecía más un carnicero que un jardinero. El tipo apagó la guadaña la dejó en el suelo y mientras encendía un cigarrillo dijo: "Es que soy carnicero". No pude menos que sonreír. Entonces me contó que había cerrado su negocio a principios de año, aunque en ese momento no dio más explicaciones. Yo tampoco las quería escuchar.
A falta de otras opciones, siguió cortando el pasto en casa. Venía más o menos regularmente; una vez por semana en verano, una vez al mes en invierno. Asumía su tarea sin sutilezas, tan ajeno a las artes de la jardinería como a la prosa de James Joyce. Había que vigilarlo constantemente para evitar que se le fuese la mano en alguna enredadera o destruyera los brotes de las albahacas.
Un día tórrido, seco, de principios de diciembre, mientras le alcanzaba un vaso de agua, se quejó de tener que cavar un pozo en un día como ese. "Peor es la cárcel", le contesté. Me miró y en un murmullo dijo: "Más vale que es peor". Lo miré pidiendo una aclaración. "Lo digo por experiencia propia", agregó. Con una curiosidad que superó la prudencia que ameritaba el caso, le pregunté cómo había sido eso. No me dio detalles, apenas dibujó algunas circunstancias confusas, pero no intentó justificar su inocencia. Tampoco me quiso contar cómo lo había pasado en el presidio, pero imagino que no le costó nada abrirse paso en esa jungla.
Ahora bien, debo aclarar que el carnicero puede ser brutal, pero no es violento. Es de esos hombres empujados a sobrevivir como pueden y saben cómo defenderse. Pero esa temporada en la cárcel fue nada más que el prólogo de lo que tuvo que soportar a partir del día en que logró abrir su propia carnicería, muchos años después.
Hay que oírlo contar esta historia; lo hace con la naturalidad propia de quien carece de la imaginación como para elaborar una mentira. Librada de sus redundancias y ocasionales digresiones, se la puede resumir así: Desde joven, el carnicero había aprendido el oficio detrás del mostrador del negocio de su padre, pero siempre quiso independizarse. Cuando al fin recuperó la libertad, tuvo la oportunidad de instalar su propia carnicería; pero supo que tomaba ciertos riesgos: le habían ofrecido un local gratis, a condición de que pagase los impuestos y servicios, pero en una barriada hostil a toda forma de convivencia pacífica, uno de esos suburbios donde sólo ingresan policías corruptos con salvoconductos especiales o policías en busca de ascensos dramáticos. El carnicero confiaba en el poder disuasivo de su estampa maleva y en la contribución mensual que debía abonar a los uniformados de la comisaría. Nada de eso sirvió. Apenas una semana después de haber inaugurado se presentó un chico de trece o catorce años, sacó una pistola.22 y le apuntó a la cabeza. El carnicero le entregó todo el dinero que tenía en la caja.
Luego del primer asalto vinieron los otros, más feroces. En apenas diez meses ya habían saqueado su negocio en cuatro oportunidades. El carnicero ya acumulaba una herida de bala que le rozó el cuello y un par de ampollas en las manos de tanto serruchar carne, ya que en el último de los robos habían desmontado y se habían llevado la sierra eléctrica.
Era un 24 de diciembre a las nueve de la noche, se aprestaba a cerrar las rejas e irse a festejar con la familia tras haber hecho una buena plata, cuando tres adolescentes armados entraron al negocio, le pegaron a mansalva, robaron todo lo que pudieron, incluida la carne que quedaba, y se lo llevaron en su propio auto, un desvencijado Renault 12, maniatado en el baúl. En un descampado bajaron a la orilla del canal maestro y allí se pusieron a tomar algún brebaje alcohólico y a jugar a la ruleta rusa, apostándose una y otra vez las partes del magro botín. Él permanecía en la oscuridad del vehículo, ahogado en el polvo, con el pecho saliéndosele por la boca y la transpiración cegándole los ojos. Intuyó lo que pasaba afuera por la charla enardecida de sus secuestradores y sintió un arrebato de pánico como jamás tuvo en su vida, peor aún que en las requisas o los motines. De alguna manera milagrosa, nadie había salido herido en los primeros minutos, pero luego hubo una detonación. Apenas escuchó el balazo, el carnicero se meó en los pantalones. A los pocos segundos lo sacaron a la rastra del baúl, le cortaron la cuerda y lo sentaron a jugar. En la semi penumbra de la luna llena pudo ver a su lado a un chiquilín, de no más de once años, con un ojo hueco, inmenso, despatarrado en la hierba. Cuando le llegó el turno tomó la pistola y sin dudar un instante la tiró al agua del canal a pocos metros de allí. Le cayeron encima a golpes y patadas. Pero demasiado colocados como estaban, no pudieron evitar que el carnicero se arrojara al agua y se perdiera corriente abajo, sangrante y mareado. Todavía no entiende cómo no murió ahogado.
Estuvo varios días en el hospital y cuando salió se mudó a un área poco habitada de Villa Allende. No volvió a ese barrio, ni siquiera intentó recuperar lo que había quedado de sus pertenencias en el negocio abandonado.
El carnicero vive ahora de la jardinería, y ocasionalmente, de la caza y de la pesca. Su casa enfrenta el campo abierto y allí mismo se las ingenió para trazar una huerta. Cuando quiere cazar se interna tierra adentro y vuelve con una nutria, una corzuela, una liebre. O pesca en alguna laguna cercana.
Por cuestiones estrictamente profesionales, en casa finalmente decidimos no requerir más de sus servicios de jardinero. Pero cada tanto lo cruzamos en el pueblo; va con su camioneta, sonriente, un poco agitado, y nos saluda sin rencor.
Comentarios
- Fernando Vélez: Me dió miedo
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