Editorial Septiembre 2026
Las conversaciones septembrinas

Septiembre nace niña y ha madurado ya en breve, desde el primer chirlito en la nalga, al intento de soltarse del aliento del céfiro celoso, para cumplir su sino. En las hojas de su diario le ha sido revelado por la indiferencia de las horas/páginas que pasan mirando hacia otra parte, que con ella siempre nace una promesa de sol y justo a su luz rasante descubre el nuevo número de Tierra Media, al pie de los altarcitos de maestras y maestros. Los maestros muertos y los vivos aún departen por igual en los días septembrinos. Algunos frente a nosotros, otros dentro como estaremos mañana ambos, sin que por eso se detenga la conversación. Cada tanto, señalan caminos con el dedo en el aire.
Hay, hubo, habrá maestras, maestros en Tierra Media. Muestran sus talentos con la imagen y la palabra, nos proveen de imaginarios y de conocimientos, o son citados, aludidos, retratados, recordados. La maestría sin presunción. Enseñar como quien señala caminos posibles, tras haber mostrado a la vez los datos duros y la poesía del vivir.
No sabemos si hay un plan maestro, es posible que sí o que no. El que enseña nos muestra dónde estamos parados, o imagina otras formas del relato, o nos regala aire para respirar. Nos señala, dentro de lo posible, qué opciones tenemos para decidir y cuánto existe por descubrir. Hay otros saberes, otros paisajes. Otras preguntas. Otros nosotros.
Tierra Media cuida los altarcitos domésticos de nuestros maestros, los cuidamos entre todos. Y resguardamos también todo lo posible la producción de imágenes, de palabras, de inspiraciones que nos han confiado y nos confían maestras, maestros, con generosidad. Dicen hallar en estas páginas campo libre para desarrollar sus juegos, sus construcciones y sus dudas.
Tierra Media no tiene un plan maestro, solo la asamblea donde nos escuchamos, nos leemos, y eso nos enriquece a todos y a todas, y nos enorgullece. Esto incluye, por supuesto, a lectores y lectoras reales de unas páginas fantasmas que se multiplican, no obstante, como panes amasados con amor infinito.
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