El arte de descartar boludos
Arturo Jaimez Lucchetta
A Juan Billoro que me recordó a Geronazzo.
A Mariano Hamilton me que dio la letra.
A Osvaldo Ardizzone que me dio la música.

Treinta años antes que Tato Bores inventara la máquina de cortar boludos, Argentino Geronazzo creó un método para descartarlos: "La primera vez que vi a los jugadores me dije, 'Ningún equipo puede jugar bien si tiene más del 30 por ciento de boludos'. Bajé el porcentaje y fuimos campeones" sentenció el Loco cuando le preguntaron como había armado el plantel del Chacarita campeón del Metropolitano 1969.
Bueno sería que los ciudadanos pudiésemos usar el método Geronazzo antes de elegir presidente y que los presidentes lo conocieran, antes de nombrar a sus ministros.
En la misma sintonía se había pronunciado Juan Domingo Perón quien, en otros términos, había declarado desde el exilio que los boludos eran más peligrosos que los malvados. "He visto malos volverse buenos, pero jamás vi un bruto volverse inteligente" sentenciaba el General.
Tal vez por eso no era casual que Geronazzo lo nombrara en alguna de sus ironías: "Troilo, Perón y mi prima", contestaba el maestro cuando le preguntaban la formación de Chaca para el partido de esta tarde. "Troilo, Perón y mi prima", era una forma del míster, de evitar confirmar la escuadra del Funebrero y jugar con el misterio para que el rival no tuviera pistas de su estrategia. Esto que en el fútbol moderno puede ser una práctica más o menos habitual, era una excentricidad que sólo compartía su amigo Osvaldo Zubeldía, allá por los 60.
El descarte de los descartables y la entronización de los imprescindibles fue el paso seminal. Un arquero serio, eficiente y cumplidor como Eliseo Petrocelli, quien tuvo asistencia perfecta en toda la temporada. Un capitán con voz de mando, inteligente y goleador como Ángel Alberto Marcos, quien anotó 10 goles e integró la Selección argentina eliminada por Perú para la Copa del Mundo México 1970. El equilibrio de Luis Recúpero, la garra y creatividad de Juan Carlos Puntorero, más un reparto de partenaires guapos y trabajadores, formaron parte de la argamasa de aquel Chacarita Juniors campeón.
Primero el equipo, después el trabajo físico y táctico en doble turno y por último los rivales.
Geronazzo fue el primer entrenador que utilizó los espías en el fútbol argentino. Mandaba a un miembro de su cuerpo técnico a ver los partidos y entrenamientos de sus próximos oponentes, para armar su estrategia. Hasta entonces la mayoría de los directores técnicos confiaban en sus jugadores y armaban su esquema pensando en lo que sus hombres podían hacer y no tanto en la maquinaria que podía presentar el adversario.
Más allá del pizarrón que impuso, la profesionalización que obligó y el compromiso que exigió, el Loco Geronazzo trabajaba con la ironía, la lógica, el humor y el sentido común. Cuándo los periodistas le preguntaron cuál había sido su mejor decisión para lograr el título con un equipo de barrio, Geronazzo respondió: "Mi mejor aporte fue haberme ido".
Si bien el Profe armó el equipo, se fue antes de la vuelta olímpica, que condujo el exfutbolista tricolor, Federico Pizzarro.
Estudioso e intuitivo, convencido en la eficacia de la táctica que abrevó en su paso por el fútbol italiano, Geronazzo no renegaba del talento. Adelantándose 40 años a Diego Armando Maradona, Argentino jugó en el Nápoli y trajo al país, tanto el catenaccio, como la libertad de los talentosos.
Estratega de Osvaldo Subeldía, compañero de forja del Estudiantes de la Plata tricampeón de América y campeón del mundo, Geronazzo fue acusado de defensivo, violento y antifútbol. Él se defendía con una frase corta y contundente: "jugando de contragolpe también se puede golear".
El Loco no se hacía cargo de las artes usadas por el equipo de Zubeldía en el Pincha. Juntos habían escrito el libro Táctica y estrategia del fútbol, en 1965 y juntos diseñaron la etapa más gloriosa del León platense.
Más allá de un lustro lleno de gloria, el equipo quedó estigmatizado, luego de la violenta final de la Copa Intercontinental 1969, donde el equipo argentino perdió y protagonizó una verdadera carnicería, que llevó a tres de sus jugadores a la cárcel. Alberto Poletti, Ramón Aguirre Suárez y Eduardo Luján Manera, estuvieron 30 días en el penal de Devoto por orden del dictador Carlos Onganía.
El partido fue tan escandaloso que hasta Juan Domingo Perón opinó, desde su exilio en la quinta 17 de octubre, del barrio Puerta de Hierro en Madrid: "Me parece que los muchachos quisieron entrar en la historia a garrotazo limpio, como Onganía", dijo el expresidente sobre los jugadores de Estudiantes y el tirano de los "bastones largos".
Luego de su derrotero junto a Subeldía en Estudiantes y la Selección argentina, el profe se fue encerrando. Tal vez esquivando esa asociación que lo estigmatizaba o quizá simplemente por una decisión filosófica.
Era un hombre de convicciones, por eso se fue de Independiente de Avellaneda, cuando la dirigencia no cumplía sus peticiones. En varias ocasiones le había dicho a los dirigentes que necesitaba 20 pelotas para entrenar. Como solo le daban 10, pateó todos los balones a las vías del ferrocarril General Roca y se fue para no volver.
Geronazzo estaba convencido que entrenar más y mejor aseguraba resultados, por eso una vez que un jugador le pidió un día para dedicarlo a un tema personal, el míster le respondió que "podía tomarse todos los días que quisiera", por que no iba a jugar más en el equipo.
No se enojaba, era serio, conversaba con todo el mundo; pero no se dejaba pasar por arriba. Una vez dirigiendo a Gimnasia y Esgrima de La Plata, perdió un partido y la barra brava lo esperaba afuera. El entrenador convenció a sus muchachos y salieron al Bosque a darles una paliza a los violentos. Otra vez salió solo y se fue caminando hasta la estación de trenes. Algunos dirigentes lo habían querido acompañar, pero él no aceptó. Salió caminando y al llegar a la estación del tren, vio que una patota de diez hombres lo insultaban y amenazaban con pegarle. Geronazzo sin ponerse nervioso se puso de espaldas al paredón y los esperó. Le dio tremenda tunda a los diez, con la cadencia de Kwan Chang Kaine, el pequeño saltamontes.
Igual que el personaje de la televisión protagonizado por David Carradine, el Loco había estudiado artes marciales y sabía como atender estas disputas sin perder la templanza. Con todo el repertorio de golpes de puño, antebrazos, patadas y bloqueos, venció a los violentos y abordó el convoy rumbo a Constitución.
Según pasaron los años estas pasiones por la cultura asiática se fueron acentuando y así priorizó su parte espiritual. Se declaraba discípulo de Lao Tse y lo citaba: "¿Sabe qué pregonaba el maestro 600 años antes de Cristo? Que el sabio tiene que parecer ignorante, porque los que saben no hablan y los que hablan no saben".
Tal vez por eso despreció una propuesta para dirigir la Selección argentina: "Me puede llamar en otro momento, ahora estoy viendo Bonanza", respondió Geronazzo a un interventor militar de la AFA.
En los últimos tiempos se había propuesto trabajar cerca de su casa para poder "hacer la siesta". Puso la punta de un compás en un mapa de la ciudad de Buenos Aires y abrió el lápiz hasta la cuadra número 30; luego cerró la circunferencia. Cuando le llegaba una propuesta de trabajo, se fijaba en el mapa si el club en cuestión estaba dentro o fuera del círculo. Si estaba adentro, aceptaba y si estaba afuera lo rechazaba, sin importar la magnitud de la oferta.
Sus enseñanzas todavía resuenan en los vestuarios y son axiomas para los nuevos estudiosos del más popular de los deportes. Jorge Valdano recordó al maestro en aquello de evitar el exceso de boludos. "En el fútbol está prohibido abusar de la tontería. Todo equipo que represente a la condición humana debe incluir a un par de tarados, pero de ahí no puede pasar la cosa", expresaba el delantero campeón del mundo con la Selección argentina en México '86.
La capacidad integradora de Argentino Geronazzo saltó la grieta Menotti – Bilardo antes de que ésta se abriera. La vocación de buen trato de pelota con ética y estética lo emparentaban con el Flaco. El resultadismo y el pizarrón lo arrimaban al Narigón. Tal vez por eso los dos entrenadores campeones del mundo, lo recordaban con simpatía.
Carlos Salvador Bilardo siempre se reconoció alumno de la escuela de Zubeldía y Geronazzo. "Hay que tener jugadores inteligentes que entiendan el juego, la táctica, la estrategia y sean capaces de transpirar la camiseta durante los 90 minutos".
Por su parte, César Luis Menotti destacaba el interés que el Loco ponía en el goce de la gente, el espectáculo del fútbol. "El buen fútbol le da alegría a la gente, el fútbol corporativo produce amargura a los espectadores".
El viejo maestro murió en 1992, por lo tanto vio consagrarse a los dos y, aunque no encontramos opiniones suyas sobre Argentina 1978 ni México 1986, pensamos que debe haber visto mucho de su influencia en ambas escuadras. Pocos boludos, muchos sacrificados, algunos talentosos, un "Matador" y un "D10s". Las cuentas que le cerraban a Geronazzo para lograr los objetivos de ganar; jugando bien, al ataque o de contragolpe, haciendo feliz a la gente, doblegando al adversario.
Casualmente o causalmente, el míster nació en 1931, año de la profesionalización del fútbol argentino. Pasó la Década Infame entre la escuela y las inferiores de Vélez Vélez Sarsfield, donde debutó en 1952 y jugó hasta 1954. En pleno apogeo del peronismo, logró gambetear el paro y el éxodo de futbolistas un par de años, para emigrar al Napoli de Italia. En 1957 volvió al país para jugar algunas temporadas en Argentino de Quilmes. Con el "Mate" fue subcampeón de Segunda División, en dos oportunidades y se retiró en 1959.

El fin de su carrera como futbolista fue el nacimiento de su leyenda. Como teórico del fútbol fue admirado hasta por los opositores del juego científico. Dante Panzeri, periodista destacado de la época; autor del libro "Fútbol, dinámica de lo impensado", quien odiaba la hegemonía de los directores técnicos, respetaba a Geronazzo. El comunicador cargaba contra la mecanización del fútbol y su negocio, pero valoraba la profundidad de concepto y la honestidad de Geronazzo. "Geronazzo es uno de los pocos estudiosos verdaderos del fútbol", sostenía el periodista nacido en Las Varillas, provincia de Córdoba. Para Panzeri, la sigla DT lejos de identificar al director técnico, significaba: "Dan tristeza, detestables trotamundos, dóciles títeres, decí tarado..."
Sin embargo Geronazzo escapaba a esa caracterización que Panzeri hacía de los entrenadores en la revista El Gráfico y otros medios. Le caía simpática la teoría del 30 % de boludos y lo separaba de otros entrenadores que formaban parte de su lista negra. "Ladrones de azul, hombres de dignidad resentida, defensores de la chantocracia", les decía a Osvaldo Zubeldía, Juan Carlos Toto Lorenzo, entre otros.
Menos confrontativo y converso, Osvaldo Ardizzone, el poeta del periodismo deportivo, también prefería al fútbol de los habilidosos y sus habilidades, pero cayó rendido ante la evidencia. Defendía la generosidad del juego ofensivo y estético, que la época interpelaba. Sin embargo admiraba a Geronazzo, defendió la dupla con Zubeldía y su mecánica demoledora: "¿Qué ocurre? Que siempre saben el libreto, que nunca improvisan, que nunca se asombran ni se desconciertan... Nada queda librado al azar. Nada. Ni el más mínimo detalle. Por ahí puede ganar algún pequeño privilegio Verón... Lo demás todo es cerebro, es razón pura y disciplina inquebrantable, responsabilidad inclaudicable... Por mi parte me rindo. Si sirve para ganar debe ser bueno. En todo caso debe ser mejor que aquel fútbol que pierde".

Fue al propio Ardizzone a quien un día Geronazzo le confesó: "quería sentirme héroe, vivir como alguien distinto a los mediocres que transitan refugiados en su pusilanimidad, cerca de la hazaña, merodeando el gesto noble de los elegidos: pretendía sentirme en paz conmigo mismo, contento por dentro. Me había propuesto, después de largas meditaciones, huir de los miedos que agobian a los especímenes que más presumen de poderosos.
"Un loco que nunca estuvo loco", escribió Don Osvaldo en "La digna honestidad de su locura".
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