El arte es para el hombre
Adrián Savino

Sucedió en la Ferretería ZZ Top.
La llamo así porque los dos hermanos que la atienden, se parecen bastante a los miembros de esa banda de blues-rock tejana.
Paso una mañana por allí, y la música que suena me distrae de lo que voy a buscar.
Buen día, les digo a los hermanos, y señalándoles el parlante, agrego: Buffalo Springfield.
Entusiasmados como dos beduinos que se encuentran con un semejante en pleno desierto, ellos comienzan a darme charla sobre cómo Neil Young a los ochenta está más rockero que nunca.
Yo les comento que hoy, cuando esa manera de hacer música parece estar convirtiéndose en una pieza de museo, no dejan de surgir sin embargo asombrosos signos de vitalidad. Les cito, por ejemplo, el último disco de Divididos.
Ellos me dicen que efectivamente, lo habían escuchado tres veces la última semana. Y me hablan también del último de Eruca Sativa, y gente más joven como Milo J y Dillom.
Uno de los Hermanos Ferreteros concluye, como pensando en voz alta: "Es como si en tiempos de crisis como éstos, aflorara más la creatividad".
Me quedo pensando en esa frase al salir, minutos más tarde, con los veinte tacos fischer del 6 con tope que necesitaba.
Recuerdo, de paso, una frase bíblica que leí hace poco en un libro de psicología. Se le atribuye al mismísimo Jesús, y dice así:
"El sábado ha sido instituido para el hombre, y no el hombre para el sábado".
O sea que la Ley está a nuestro servicio, y no a la inversa como a menudo nos quieren hacer creer.
Y esa convención social conocida como "arte", tampoco escapa a las generales de la contundente frase cristiana.
Lo que damos en nombrar de ese modo, cuyo principio activo se sintetiza, por ejemplo, en que "si trabajás al pedo y estás haciendo algo nuevo, ¡adelante!".
Lo esencial, entonces, es el deseo. El resto viene por añadidura, y allí entra buena parte de toda esa bola institucional-consagratoria del arte y coso.
Pero si el deseo pasa menos por tener algo que decir, que por formar parte del "circo de los artistas", entonces estamos fritos, angelitos.
Y tener algo para decirle a la ciudadanía del mundo actual, recurriendo a las viejas formas instituidas, pinta, de mínima, como una tarea muy complicada.
¿Qué hacemos entonces? ¿Nos quejamos de que ya no nos leen, no nos escuchan, no pagan entrada para vernos, no nos apoyan? No, ches... como que no da.
Si nos metimos en esto de "hacer algo nuevo", fue justamente para buscar la manera de encontrarnos con el otro, y no para renegar de él.
Si el otro, por ejemplo, cree que Netflix es la superación de la literatura, pues tratemos de demostrarle que no, ¡que está equivocao pa´ la mierda!
Pero eso nomás va a ser posible y viable, siempre que respetemos y asumamos sus códigos, por lejanos que parezcan a los nuestros.
Porque a fin de cuentas eso nuevo que hacemos o intentamos hacer, tendrá que estar destinado, prodigado, a ese Otro; porque si no, no será nada.
Corta la bocha.
Y si en el camino hay que reconvertirse y hasta echar mocos, ¡ok, adelante!
Como bien supo expresarlo Ray Davies de The Kinks (contemporáneo de Buffalo Springfield, y sofisticado autor decimonónico "reconvertido" en rockstar):
Preservando a las viejas formas / de ser abusadas. / Protegiendo a las nuevas / para mí y para vos. / ¿Qué más podemos hacer?
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