El campeón de la lealtad

10.06.2026

Arturo Jaimez Lucchetta


Pascual Pérez fue uno de los primeros exiliados del deporte argentino. Una de las víctimas más reconocidas del "genocidio deportivo" perpetrado por la autodenominada Revolución Libertadora.

Pascualito fue el boxeador más grande y el más digno. El único compatriota que obtuvo la medalla de oro y el título mundial de boxeo profesional en más de cien años de historia.

El "Pequeño gigante" mendocino fue, también, el más leal y agradecido a las políticas que forjaron la década de oro del deporte argentino. Fue amigo del presidente Juan Domingo Perón, quien, al retorno de su proeza en Londres 1948, le regaló una casa y le dio trabajo en la legislatura. También le obsequió un automóvil que el dictador Francisco Franco le había regalado a Evita.

Pascual Pérez nació en Tupungato, Mendoza el 4 de mayo de 1926 y fue una más de las víctimas de la década infame, explotado, reducido a la esclavitud del trabajo infantil, junto a una familia de peones rurales viñateros del Valle de Uco.

"Ya a los 9 años yo era un peón de viña, empuñaba la zapa y la mancera del arado desde que amanecía hasta el anochecer. Quizá el trabajo rudo fortaleció mis músculos, por lo que pegaba muy fuerte para mi edad y pequeño físico", decía el León mendocino.

Pascualito fue silenciado por la dictadura de Lonardi, Aramburu, Rojas y su propaganda, que prefirió la figura de José María Gatica, el Mono, para asociarla al peronismo. Para los fusiladores del 55 era más útil el perfil alto de un deportista vicioso, mujeriego e indisciplinado, que dilapidó su talento y potencial por culpa de actitudes afines al populismo peronista.

Mientras el Tigre de Villa Mercedes (así le gustaba a Gatica que lo nombren, odiaba que le digan "Mono") brillaba en el profesionalismo y ocupaba las principales páginas de los diarios y El Gráfico, el León entrenaba con obstinación para lograr el objetivo olímpico. 

Gatica era un descamisado más, gozaba de la protección y la amistad de Eva Perón y exponía su militancia a viva voz. Entraba permanentemente en conflicto con el antiperonismo y respondía con bronca cuando le decían Mono. El apodo no era casual, era la manera que los cajetillas del ring-side utilizaban para insultarlo. "Mono las pelotas", respondía el mercedino, tal como quedó reflejado en la película Gatica, el Mono, de Leonardo Favio.

Pérez no esquivaba el apoyo al gobierno, pero era más amable y menos confrontativo. Mostraba una personalidad más austera y familiar. Hay un video donde se lo muestra con su esposa y sus hijos en el living de su casa, entre risas y parodias boxísticas con los niños.

A la historia oficial le servían más los mitológicos cigarros prendidos con billetes de 100 dólares del Mono, que el profesionalismo austero y eficiente de Pascualito, quien se fue al exilio en pleno apogeo, con el título en su poder y una década de gloria por delante.

Pascual Pérez debió abandonar el país, cuando la Revolución Fusiladora derrocó el gobierno constitucional del General Perón. El Luna Park, siempre alineado a los gobiernos de turno, así como hasta el '55 acogió a Perón, a partir de su caída le dio la espalda a todo lo que rozara su figura, y Pascualito olía a "Tirano Prófugo" y a "Régimen Depuesto".

En el gobierno de la "libertad", se prohibía nombrar a Perón y promover a Pascualito, peronista y campeón.

Si bien el Luna Park de Pepe Lectoure programó un par de veces al campeón del mundo, lo borró después y lo obligó a combatir en estadios de fútbol primero; y al exilio, después. En San Lorenzo y en Boca, Pascualito reventó los estadios con cerca de 80 mil personas, transformándose en el boxeador más taquillero de todos los tiempos.

Cuando la dictadura comenzó a perseguir a centenares de atletas, con la complicidad de gran parte de la "alta sociedad" argentina, incluido el periodista Dante Panzeri, quien confeccionó las listas negras contra los deportistas adictos al peronismo, el mendocino eligió emigrar a la República Dominicana, donde vivió con Perón en el Hotel Paz, luego alquiló cerca y fue su vecino.

En esos tiempos Pérez le donó al General más de 40 mil dólares, para que pudiera solventar los gastos de la quinta que alquilaba en Santo Domingo, hasta la asunción del presidente Arturo Frondizi, quien devolvió a Perón sus fondos de exmandatario, aunque nunca en la cantidad que marca la constitución.

Pascual Pérez fue el primer campeón mundial del boxeo argentino, el único que fue además campeón olímpico y, para muchos especialistas, el mejor pugilista de nuestro país de todos los tiempos. Obtuvo 17 títulos. Fue campeón mendocino, argentino, latinoamericano y olímpico amateur; Campeón argentino y mundial profesional y sudamericano postmortem, en tiempos de una sola entidad y sólo 8 categorías. Reinó entre los moscas durante más de 5 años, realizando ocho defensas de su título de la Asociación Mundial de Boxeo, que disputó en 12 oportunidades.

La propia AMB, primera entidad del boxeo mundial, lo reconoció como el mejor peso mosca de la historia.

El pequeño gladiador de un metro cincuenta de estatura y 47 kilos de peso, obtuvo la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Londres en 1948; no fue el único, también subieron a lo más alto del podio el peso pesado Rafael Iglesias y el maratonista Delfo Cabrera. Argentina sumó también tres preseas de plata y una de bronce, transformando a Londres 1948 en una de las tres mejores actuaciones olímpicas de la historia argentina.

Para el consagrado periodista de la revista El Gráfico, Félix Daniel Frascara, quien fue testigo presencial de su consagración, como enviado especial, Pascualito fue el mejor deportista de la delegación argentina. Frascarita fue quien lo apodó el "Pequeño gigante" destacando su velocidad, potencia y estilo, con un manejo perfecto de los tiempos para pegar y no dejarse pegar.

La delegación argentina también brilló en Helsinki 1952, continuando un período virtuoso que se publicitó desde la propaganda peronista como "La década de oro del deporte". Pero Pascualito perdió en la eliminatoria hacia los Panamericanos y decidió pasarse al campo rentado, en busca de una consagración inédita para nuestro país.

Las cinco medallas en Finlandia, incluida la dorada en Remo con la dupla Tranquilo Capozzo y Francisco Guerreo, sumadas a las 7 preseas logradas en Londres 48, más el campeonato mundial de Básquetbol, en 1950 y la consagración de Pérez en 1954, hacían indiscutible la proclama justicialista, incluyendo al deporte en la Comunidad Organizada.

Mujeres como la tenista Mary Terán de Weiss, top 5 del mundo durante una década, la nadadora Enriqueta Duarte, primera mujer latinoamericana que cruzó el Canal de la mancha nadando, la maratonista Noemí Simonetto, medalla de plata en Londres 48, demostraron el carácter inclusivo de la política deportiva del peronismo.

El éxito no fue por arte de magia ni por generación espontánea. Fue la entronización del deporte en la cultura, la educación y la salud. El peronismo no inventó el deporte en la Argentina, pero si lo militó y lo puso entre sus prioridades. Lo incluyó en la Comunidad Organizada y lo democratizó. Hasta el 17 de octubre de 1945, como muchas otras cosas, el deporte era exclusividad de las élites.

Desde 1946 el deporte fue para todos, empezando por las infancias, siguiendo por las mujeres e incluyendo a las personas mayores, con el Decálogo de la ancianidad, que contemplaba la recreación deportiva en la vejez.

Para esta socialización del deporte fueron imprescindibles los derechos laborales: la reducción de la jornada laboral a 8 horas y el sábado ingles de trabajo mediodía, dieron un impulso extraordinario a la práctica deportiva competitiva y recreativa.

Pascual Pérez fue fruto germinado en esa revolución. Desde el trabajo infantil, de sol a sol, en los viñedos de Mendoza al equipo olímpico argentino. Esa movilidad social ascendente que experimentaba Pascualito, se multiplicaba por cientos en toda la República Argentina. Por eso, no extraña que hayan sido más de 500 los atletas perseguidos por la dictadura cívico-militar-rural-eclesiástica, gestada en los bombardeos de Plaza de Mayo y la partida posterior de Perón en la Cañonera.

El decreto 4161 dio comienzo al "genocidio deportivo" argentino. La Comisión 49 investigó los supuestos delitos deportivos. Se acusó a los deportistas cercanos al peronismo de aceptar prebendas. La lista de excelentes deportistas que cayeron en desgracia fue interminable: Mary Terán de Weiss, Delfo Cabrera, Miguel Ballícora, José María Gatica, Eduardo Guerrero, Tranquilo Cappozzo, Enriqueta Duarte, Osvaldo Suárez, el Profesor Canavesi y los campeones mundiales de Básquet de 1950.

El periodista Dante Panzeri, tan reivindicado por el progresismo argentino fue partícipe necesario, cómplice de la Revolución "Libertadora". Fue interventor de la Federación Argentina de Ciclismo durante la dictadura antiperonista y nunca denunció la persecución de deportistas ni la intervención de las federaciones y justificando el encarnizamiento contra verdaderos próceres del deporte nacional.

La ecuación de la coherencia parece cerrarle mejor a Pascual Pérez, quien eligió la lealtad. Pintarse de verde olivo tal vez le hubiera convenido, pero prefirió el camino de sus convicciones y aún así la matemática le devuelve una cuenta más que positiva de 125 peleas amateur y 92 combates profesionales.

Si bien no hay registros oficiales de las peleas de aficionados en la Argentina de la década del 40 si hay documentos que indican que Pascual Pérez ganó todos los campeonatos amateur que disputó, salvó uno, son 17 competencias locales, nacionales e internacionales. El único título que le faltó fue el panamericano: sorpresivamente, Alberto Barenghi (luego ganó el oro) lo derrotó en las eliminatorias para los Juegos Panamericanos de 1951, disputados en Argentina.

En el profesionalismo Pérez disputó 92 combates, con 84 victorias, 57 por nocaut, 7 derrotas y un empate.

Cuando volvió la democracia Pascualito regresó al país y llevo a cabo una vida tranquila y humilde. En un anonimato obligado en parte y elegido por otro lado, no terminó en la pobreza extrema como muchos dijeron, pero más de una vez necesitó esos dólares que le regaló a su líder.

"Mi viejo era una buena persona, un deportista que entrenaba mucho, se transformaba arriba del ring, era un león, no le gustaba que le peguen", afirmó el hijo del campeón, también llamado Pascual Pérez. "Fue un padre presente y cariñoso. El le dio todo a Perón, porque siempre fue un agradecido. El General hizo la gestión para que venga el campeón mundial Yoshio Shirai a pelear con él en Argentina y después también gestó el viaje a Japón para que papá se consagre".

El apoyo estatal fue vital para su consagración, pero sin su talento hubiese sido imposible. Sin la diplomacia, pelear por un título mundial era una utopía y el General hizo su parte, para que en el cuadrilátero el León mendocino terminara de escribir la historia.

"Fue el mejor de todos los tiempos. Ganó 17 títulos. Fue a pelear por razones políticas absurdas de aquella época fuera del país, y esto es tener agallas y capacidad porque hay que combatir ante un marco frío y opositor", opinaba el reconocido periodista Ulises Barrera.

"Pascualito fue el más grande, el único campeón olímpico y mundial. Un boxeador completo que tuvo que brillar de visitante porque en Argentina estaba proscrito por peronista. Fue campeón en tiempos de sólo 8 campeones, entre los 50 y los 100 kilos. Hoy con 16 categorías Pérez hubiese reinado en los peso paja, minimosca, mosca y supermosca. Quizá también en Gallo. Pesaba 47 kilos y pegaba como un ligero de 60", aseguraba el relator Rubén Torri, quien además estaba seguro que su exilio lo perjudicó terriblemente.

Pascual Pérez fue un señor. Como Shirai le dio la oportunidad, él también se la dio y en la tercera lo puso nocaut. Lo propio hizo con Sadao Yaoita, quien lo venció sorpresivamente en una pelea fuera de campeonato. Pascualito le dio la revancha por el título y en Japón, pero en esta oportunidad el argentino le dio una clase de boxeo al japonés, ganándole por nocaut en el decimotercer round.

Pascualito fue mimado y perseguido por el poder político, fue amado y olvidado por la gente. Uno de los más grandes ídolos del boxeo junto Justo Suárez, José María Gatica y Nicolino Locche. Reventó la taquilla de los estadios de fútbol y terminó en el anonimato. Su muerte por un fallo hepato-renal a los 50 años, le devolvió las páginas principales de los diarios y la manifestación silenciosa de un pueblo nuevamente oprimido por la dictadura, en 1977.

Pascualito es como el tango, que siempre vuelve, el tango que lo homenajeó en la voz de Héctor Mauré. El tango que es nostalgia, que es memoria y que resiste.

"Cumplí mi General", dijo el mendocino y no mentía. Cumplió en el ring y en la vida, sin estridencias dio la vida por Perón. Cumplió ese grito que muchos prometieron, esos mismos que ignoraron la dignidad del campeón de la lealtad.





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