El derecho a no entender del todo

10.02.2026

Noelia Pajón


La primera vez que no entendí una obra, sentí culpa. No incomodidad: culpa. Como si el problema fuera mío. Como si hubiera llegado tarde a una conversación que todos los demás ya habían tenido.

Miré alrededor buscando pistas —un texto de sala, un programa, una explicación salvadora— que me dijera qué debía sentir, qué debía pensar, por dónde entrarle a eso que estaba frente a mí. No la encontré. Y, contra todo pronóstico, me quedé.

Era una muestra pequeña, en una sala silenciosa, con textos fragmentados y sonidos que aparecían y desaparecían sin aviso. Nadie explicaba nada. Nadie parecía apurado por hacerlo. Había personas leyendo en voz baja, otras mirando desde lejos, alguien que se sentó en el piso y cerró los ojos.

Durante un buen rato no entendí qué estaba pasando. Pero tampoco sentí que estuviera haciendo algo mal. Por primera vez, no entender no venía acompañado de vergüenza.

En la imagen se ve a muchas personas caminando, viendo las obras. Cada uno a su ritmo.
En la imagen se ve a muchas personas caminando, viendo las obras. Cada uno a su ritmo.

Durante años, la cultura nos entrenó para creer que comprender es un requisito. Que si no entendemos, fallamos como público. Que hay una lectura correcta, una interpretación legítima, una clave que ordena todo.

En ese esquema, la accesibilidad suele confundirse con la necesidad de explicar, de aclarar, de guiar cada paso. Y muchas veces eso es necesario. Pero otras, esa obsesión por la comprensión termina cerrando experiencias que podrían ser más abiertas.

Acceder a una obra no es lo mismo que resolverla. Participar de una experiencia cultural no siempre implica entenderla de inmediato, ni siquiera entenderla del todo. A veces se trata de quedarse con una sensación difusa, con una imagen que vuelve días después, con una frase que no se puede explicar pero insiste. Eso también es participación.

Pienso en una función de teatro donde los subtítulos no traducían palabra por palabra, sino que acompañaban el ritmo, el clima, los silencios. Algunas personas seguían la historia, otras miraban el movimiento, otras leían y volvían a mirar. Nadie parecía hacerlo "mal". La accesibilidad no estaba en ofrecer una única forma de entender, sino en permitir muchas.

Para muchas personas con discapacidad, la exclusión no aparece cuando algo no se entiende, sino cuando no hay manera de entrar. Cuando el espacio no permite quedarse, cuando el lenguaje no admite mediaciones, cuando el tiempo corre demasiado rápido. Pero una vez adentro, también existe el derecho a no comprender todo, a no llegar a una conclusión clara, a no poder explicarlo después.

Explicar puede ser un gesto de cuidado. Pero también puede volverse una forma sutil de expulsión si se transforma en obligación.

Hay textos curatoriales que parecen exámenes encubiertos, visitas guiadas que no dejan espacio para el silencio, mediaciones que corrigen interpretaciones en lugar de acompañarlas. En nombre de la accesibilidad, a veces se clausura la experiencia.

Recuerdo una biblioteca donde los libros no estaban ordenados por género ni por autor, sino por palabras sueltas: "cuerpo", "memoria", "viaje", "ruido". Nadie te decía por dónde empezar. Algunas personas preguntaban, otras elegían al azar. Era un caos amable. Un espacio donde no entender el sistema también era parte del recorrido.

La cultura accesible no es la que lo traduce todo, sino la que no penaliza la duda. La que no te apura, no te evalúa, no te hace sentir fuera de lugar por no captar algo a la primera. La que entiende que hay personas que necesitan tiempo, pausas, rodeos.

Personas que se vinculan desde lo sensorial, lo emocional, lo fragmentario.

No entender también es un acto político. Porque rompe con la idea de que solo ciertas personas —las formadas, las entrenadas, las que manejan determinados códigos— tienen derecho a opinar, sentir o crear sentido.

En la imagen se ven unas manos tocando fotografías
En la imagen se ven unas manos tocando fotografías

Cuando una experiencia cultural admite preguntas sin respuestas inmediatas, se vuelve más democrática. Cuando no exige un capital simbólico previo, amplía su público.

Hay espacios donde esto sucede sin anunciarse. Lugares donde podés entrar tarde, irte antes, levantarte, moverte, volver. Donde nadie pregunta por qué. Donde la accesibilidad no está escrita en un cartel, pero se siente en el cuerpo.

En esos lugares, no entender deja de ser un problema y se transforma en parte de la experiencia.

Tal vez la pregunta no sea cómo explicar mejor la cultura, sino cómo volverla más hospitalaria. Cómo construir experiencias donde nadie sienta que llegó sin las herramientas correctas. Donde la confusión no sea sinónimo de exclusión.

La cultura accesible no promete comprensión total. Promete algo más simple y más profundo: la posibilidad de quedarse. Quedarse aunque no se entienda todo. Quedarse aunque incomode. Quedarse aunque no sepamos poner en palabras lo que nos pasó.

En ese quedarse —frágil, incompleto, abierto— también hay derecho. Y también hay cultura.





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