El Gran Chaco, entre la belleza y la apatía
Crónica de viaje
Andrés Dunayevich

El hombre acababa de salir de la cárcel. Estamos sentados frente a un campo abierto y evita levantar la vista. Lo miro antes de iniciar la entrevista y me dice que le da miedo mirar al horizonte. No era una metáfora. Después de años viendo paredes a pocos metros de distancia, la inmensidad le producía vértigo.
(De la Serie Atrapados sin salida al Mar)
https://www.youtube.com/watch?v=LzH-3-2f_cg&list=PLrg3Z4_XHTcG2JtGe1fMdrtvMnExq6pJ3)
Volví a recordar esta conversación una mañana de mayo en la altura e inmensidad de Colanzulí, Iruya, Salta, mientras Olga nos cantaba una copla.
Comenzamos el viaje. Nos dirigíamos al norte argentino. Somos un pequeño equipo de documentalistas contratados para registrar seis experiencias comunitarias en Salta y Jujuy. La consigna es sencilla: Encontrar historias de personas que intentan construir futuro. Como siempre, la realidad resultó bastante más compleja.
Intercambiamos lentes para salir a mirar
Lo micro, mirar de cerca requiere concentración, una textura, una hoja, unas manos, unos tamales. Eso hace que el espectador agudice la mirada. El ojo humano necesita ajustar el grosor del cristalino, las pupilas se abren y cierran para enfocar. El espectador naturalmente repite ese mismo mecanismo cuando mira la pantalla. Por el contrario, al cambiar de lente para mirar lo grande, lo inmenso el espectador se relaja. Mirar el horizonte, la montaña, la llanura, el mar, la vista descansa. Si lo combinamos con música la sensación se potencia al %100. Así entre lo micro y lo macro, lo pequeño y lo grande, la relajación y la concentración se va hilando la trama.
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El futuro es el pasado
La primera parada fue en Tartagal, Salta. Llegamos a una radio comunitaria indígena. Allí nos recibió Felisa Mendoza, referente guaraní y directora de la radio. Le pregunté si todavía era posible vivir de la tierra. Su respuesta fue inmediata.
—Sí. Si un joven se pone a sembrar puede vivir bien. Antes teníamos todo. Chanchos, gallinas, huevos, pesca, caza. No necesitábamos comprar casi nada.
Hace una pausa.
—El futuro es el pasado.
La frase quedó flotando en el aire.
Felisa habla desde la experiencia. Ahora se sufre, todo es plata. Si no tenes plata no tenes para comer y el problema es que a los jóvenes les es muy poco atractiva esta propuesta, pero tampoco tienen otras opciones que no sea irse a la ciudad a trabajar para sobrevivir y apenas tener para comer.
Las mujeres de la organización nos hablan de la defensa del territorio, del agua, de los incendios y de las amenazas permanentes sobre sus tierras.
¿Cómo seguir construyendo comunidad en un tiempo donde todo parece empujar hacia el individualismo?


Aprender a cultivar de nuevo
Desde Tartagal seguimos viaje hacia Santa Victoria del Este, un clima totalmente distinto. Desde la ventanilla del vehículo el paisaje parecía no terminar nunca. Calor, mucho calor. Monte bajo, mucha tierra. Cabras, chanchos. Casas y ranchos aislados.
Un corte de ruta nos obliga a detenernos. Nos bajamos para hablar y negociar para que nos dejen pasar. Están pidiendo medicamentos, herramientas para trabajar la tierra y hacer un cerco. Un cerco es la forma de delimitar el espacio de siembra, ya sea alambrado o realizado con ramas así no entran los animales a comerse el cultivo.

