El hombre de la cabeza triangular

10.09.2026

Un cuentito dedicado a los que se van sin saludar tal vez solo para otorgarle algo más de misterio a las conversaciones.


Omar Hefling


Ilustración: Selene Cráteres
Ilustración: Selene Cráteres

Desconocía el Rodi las propiedades de los tetraedros y al mirar de frente al flaco que se había sumado a la mesa, lo bautizó sin pestañear: El hombre de la cabeza triangular.

Según relata, el coso estaba sentado al frente, de espaldas a la mesa que compartían el Mono y el Turco.

Cuando el visitante oyó la sentencia del Turco sobre las plantas —Parece mentira, son como seres humanos— giró la silla y quedó enfrentado a los tres. Miró sonriente, con voz grave y acento de maestro se despachó con una serie de conceptos de la vida vegetal.

Sobre la superficie de neolite un par de porrones encauzaba el relato de los amigos. Casi dos metros media, aseguró el Mono, bastante flaco y mal vestido, un saco grande y gastado, manos finas como las de un punga y la cara como un triángulo equilátero. El centro del filoso mentón era el vértice desde donde se abría ese rostro extraño que contenía unos ojos oscuros y penetrantes, separados como los de un toro.

El coso sabía de todo, dijo el Rodi; sabés cómo hablaba de las pinturas, del cubismo y no sé qué macana, de ciencia, de fútbol de todo. Según el relato del Turco, el bar estaba como siempre. El mozo apoyado en el mostrador mirando hacia la estación del ferrocarril Belgrano, la Yoli en la mesa de la ventana y los giles de ocasión, cada uno en su negocio.

Los tres se adjudican haberlo visto en lugares distintos.

-Yo me juego la cabeza que era él, en un clásico Talleres – Belgrano estaba con la barra brava de los piratas y gritaba y saltaba como una bestia, enfatizó el Turco. En cambio para el Mono el supuesto encuentro se había producido en un baile en el Sargento Cabral.

El dato del Rodi desorienta o agrega algo más de misterio sobre el Hombre de la Cabeza Triangular, dice el Rodi que un par de semanas atrás le pareció verlo en un bar del centro con un par tipos más.

Y eso qué tiene de extraño? Interrogó el Turco.

Escuchá bien, se defendió el Rodi, todos con unos trajes como si fueran esos garcas de la timba financiera y encima se estaban desayunando con unos wiscardos. Son de esas caras que vez una vez y no te la olvidás más en la reputa vida. Se te quedan grabadas en la memoria y cuando te los volvés a cruzar decís de donde carajo lo juno al tipo éste.

-Para mí que era un estudiante que se volvió colifa evaluó el Turco, está lleno de cirujas que fueron estudiantes y se rayaron de pronto.

-O un filósofo, andá a saber. Esos tipos llevan una vida dispersa, aseveró el Mono mientras seguía con la mirada a través del vidrio a una rubia que se perdía en la puerta trasera de un táxi.

-Esa noche estuvo genial, el coso habló de todo- vuelve a repetir el Rodi. Mirá que nosotros estamos siempre con la ciencia al día no había revista del género que no hayamos leído todas las que llegan al kiosco donde labura el hermano del Turco, leemos todo sobre computadoras, plato voladores y la mar en coche pero el tipo éste siempre nos dejaba con la boca abierta.

Mientras los porrones que caían sobre la mesa como bombas en la selva vietnamita acrecentaban rápidamente el espíritu científico el Mono recordó que cuando el Rodi comentó algo sobre aquellos tipos que comenzaron a hinchar las pelotas con que la tierra era redonda y no plana como una mesa de billar; el flaco, escuchá bien lo que te digo, se descolgó diciendo que 2200 años que naciera, que este negro pegara el primer grito sobre el planeta la Tierra, un tal Erastóstenes, un astrónomo, filósofo, historiador, geógrafo, poeta, fíjate bien lo que te digo, poeta; un bocho lo que se dice un bocho, Erastóstenes se había apiolado que la tierra era redonda con un par de troncos tomando a la referencia a la misma hora en dos ciudades distantes las sombras que proyectaban los palos eran con ángulos diferentes. El coso éste dibujó el ejemplo en una servilleta y así, podés creer lo entendimos todo hasta el Mono que es medio durazno de entendedera.

El Mono trajo a la memoria que en aquella época estaba por lanzarse a la venta de abanicos en los bondis y sabés que hizo el coso, empezó a hablar de los hombres gentiles y la coquetería, parecía un gentleman, parecía. Se dio una clase magistral, parece ser que los abanicos no son como ahora que lo usan las viejas para tomar el té en verano, lo usaban como un arte para la seducción en la época del pedo, de la restauración de los Estuardos.

El Turco lo miró al Mono como si le hablara en mandarín. El Mono para salir del paso remató que era una familia de mucha guita de la época y se desentendió.

Todo estuvo bien hasta que el coso se levantó con la excusa de ir al baño.

Un halo de tristeza pareció caer sobre la mesa. El Rodi, pausadamente concluyó con el relato seguido atentamente por los amigos.

-Cuando arrancó para el baño, parecía uno de esos pájaros grandotes, cómo mierda es que se llaman…

-Albatros…-colaboró el Mono.

-Albatros, eso albatros si es que todavía quedan y no se los vendieron a los ingleses, abría los brazos como si fuera a volar. Se metió al baño para no salir más. Nunca más lo vimos.

Esperamos como media, llamamos al mozo y fuimos a ver qué pasaba. No estaba en ningún lado.

El mozo dijo que a lo mejor, para no pagar se había pirado por el patio y luego por los techos pero lo cierto es que la puerta del patio estaba con llaves. Todos miraron hacia el ventanuco en una de las paredes del baño y la misma era demasiado pequeña para que semejante pájaro alcanzara la libertad.

El Turco algo emocionado cuenta que se quedó mirando hacia el fondo del inodoro del baño como esperando que el agua lo devolviera. Y no lo volvimos a ver más como si esta repodrida ciudad se lo hubiera tragado.




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