El Hueco
Marta García

En la manzana de enfrente una vecina adopta la conducta de un gusanito. No porque sea inofensiva sino porque avanza despacio y deja un rastro. Tratamos de no molestarla con nuestras miradas detectivescas porque demasiado tenemos ya sospechando de las ofertas en la verdulería. De todos modos, no le dejamos pasar una y seguimos desde nuestra manzana el hilo húmedo que va dejando en la suya. Con los datos obtenidos en dichas pesquisas oftalmológicas trazamos el siguiente perfil biológico y socio-ambiental de la investigada, con un rigor científico que nunca encontramos porque somos dogmáticos barriales:
Su casa es una emboscada que tiene puertas donde van las ventanas y ventanas donde van los rincones y vive junto a una hija con el comportamiento de una enredadera. Ya no le caben más catástrofes en la billetera ni en las anécdotas. Y tiene al lado un edificio que no es capaz de guardar un secreto.
A una letra de tango le cerró el cuaderno en la cara porque no le contaba su condena y no le decía ni una palabra sobre su fracaso. Se enojó con una letra tan vueltera y la dejó en situación de calle. Luego le dio remordimientos. Sabía que no lograría sobrevivir en un barrio cuartetero. Rogó que no fuera rencorosa y dejando el cuaderno abierto espera que la letra vuelva a hablarle simplemente de aquel amor ausente.
Compró en un negocio de antigüedades del barrio Güemes un álbum con fotos antiguas de una familia feliz y ajena para hacerle creer a su hija que sus antepasados tenían buen carácter. Pero como tenían color sepia y ellas una blanca palidez la hija no le creyó y siguió trepándose por las paredes.
Con esta información preliminar nos planteamos distintos interrogantes sobre el móvil, la mecánica del hecho que la llevó a ser tan jodida con nuestro espíritu gregario. ¿Qué le habrán hecho cuando era chiquitita para que nos mire con ganas de acuchillarnos? ¿Le pasaron la lengua hasta que se les cansó la saliva? ¿Ahogaron sus travesuras en un fuentón de manoseos? ¿Le descubrieron la inocencia refugiada en su espalda? ¿Cuánta crueldad hace falta para dejar a un triciclo sin mamá? ¿Y si en una de esas mató al monstruo que en la fiesta sorpresa del abuso la partió como una tostada y no le creyeron las heridas?
Sigue siendo un indicio lleno de anomalías que no entendemos. A pesar de que nos queda claro que cuando nos saluda solo quiere extinguirnos, hay algo en ella que dan ganas de abrazarla sin importar las consecuencias, como un gesto tardío y honesto de aceptarle la denuncia.
Un día el gusanito adoptó la conducta de una vecina y abandonó la manzana. Se llevó a su hija enamorada del muro, su casa-emboscada, su letra de tango sin viejo rencor, su familia sepia… el hilo húmedo de sus catástrofes.
Como dejó un hueco en la manzana me lo traje a vivir conmigo. Y seguimos juntos desde entonces.


