El Kid Karate

10.10.2026

Adrián Savino


Una vez, al extraordinario (en todo sentido) cantante Scott Walker le preguntaron qué había estado haciendo en los casi diez años entre su disco anterior y el que estaba publicando.

"Viví", fue la respuesta de Scott. Que puede parecer mezquina, pero si se la piensa, sería más bien todo.

Como si la creatividad se basara no sólo en inspiración, transpiración y "un cuarto propio" (todo más o menos por fuera del resto de la vida), sino además (y quizás fundamentalmente) en un rumiar cotidiano de ideas y ensoñaciones, que por vías más o menos subrepticias van persiguiendo la forma de lo que será una obra.

Es una falsa dicotomía, que veo plasmada de manera simple y profunda en una emblemática secuencia de El Karate Kid: esa en la que el maestro Miyagi le encarga a su discípulo Daniel San, la labor de lijar y pintar toda la cerca del jardín de su casa.

Daniel, sin otra alternativa que confiar en él, le hace caso. Pero a medida que avanza con el trabajo, se irrita y comienza a sospechar que su supuesto sensei en realidad puede ser un chanta abuso y explotador.

Y ya lo vimos: ni bien Daniel tira la bronca, Miyagi le demuestra cabalmente cómo aquellos rutinarios y agobiantes movimientos, también eran eficaces ejercicios de afiatamiento para el karateca.

Dicen que el karate es un arte marcial. Pero por mucho que lo he pensado e investigado, al final tengo más claro lo de "marcial" que lo de "arte".

Así es: a esta altura no alcanzo a "cachar" del todo de qué hablamos cuando hablamos de arte. Por lo tanto, para referirme a otras producciones tipo libros, cuadros, canciones, pelis, etc., preferiré decir: "artes no marciales".

En el campo de esas artes, hay situaciones en las que el proceso sería el inverso al de Miyagi-San. Casos en que la destreza o talento en alguna actividad de índole más creativa, ayuda al desarrollo de otras labores más pragmáticas y urgentes.

Por ejemplo: escribir una novela supone un proceso paciente y metódico de borradores, investigación, observación, manuscrito, tipeo, lectura, relectura, marchas, contramarchas, revisiones, correcciones… Y así hasta llegar al texto concluido.

Pero puede ocurrir que un día, el novelista se encuentra con que no va a ser Stephen King ni Mariana Enriquez; así que va a tener que parar la olla con alguna otra cosa. Como por caso Daniel Moyano, que en su exilio madrileño tuvo que lanzarse como plomero.

El plomero Moyano seguramente advirtió, durante el curso del cambio de un cuerito, que igual que en la escritura, en la plomería también había tarea gruesa, tarea fina, y final de obra. Etapas que difícilmente podían ser cumplidas y superadas, sin una metódica disposición de carácter hacia la paciencia, la constancia, la observación, el perfeccionismo.

Moyano resultó tan buen plomero como escritor, del mismo modo que Daniel San se hizo karateca por el camino del pintor de obra.

Por todo esto es que en tiempos tan crueles y despiadados para los artistas no marciales (y para los marciales también, qué tanto…), defiendo y propongo esta dinámica de nombre invertido: el Kid Karate.

Método de trabajo(s) que, si nos da el cuero (o cuerito), permite alcanzar aquello que alguna vez postuló el pensador E. Bullrich, sobre la importancia de aprender a "disfrutar la incertidumbre" en situaciones de crisis tanto económica como estética.

"Pensador", jeje… terrible garca. Pero en fin, es de buen karateca saber aprovechar la fuerza del adversario.





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