El olor

10.08.2026

Marta García


Foto: Hervé Guibert
Foto: Hervé Guibert

Mechita, la vecina del cuarto piso, tiene preocupado al consorcio de nuestro edificio. Un edificio sin administración porque como nadie paga los gastos comunes dejamos que las deudas fluyan con la tranquilidad que nos da el ser parte de un colectivo.

Al no tener reuniones de consorcio nos sobra el tiempo para olfatear al portero que no compra desodorantes porque no le pagamos un sueldo ni le proveemos de lavandina para limpiar los espacios comunes. Mientras soportamos el mal olor en todo el edificio, hemos advertido que Mechita nunca sale. Según el portero que todo lo ve porque no desperdicia su vida limpiando, la cuestión no es que ella no sale sino que no siempre vuelve y tiene que esperarse para poder salir.

Las emanaciones aristotélicas del trabajador nos taponaron la nariz pero sus deducciones nos destaparon la mente y llegamos a la conclusión de que todo se debe a que Mechita queda encerrada en espacios paralelos al consorcio: La sala de un hospital con gente a la que le queda solo el tiro del final, el velatorio de una amiga que le prometió serlo para siempre y ahí está la muy tonta calladita la boca, en una iglesia esperando la resurrección de la carne que tarda más que el colectivo, en la cola del cajero automático maldiciendo la vida perdurable, en la tribuna rival gritando un gol anulado… amén. Al demorarse en esas catástrofes queda esperándose en su departamento. Lo hace para no pensar que nadie la recibirá e imaginar que hay alguien preocupado por su ausencia y que la va a recibir sin preguntarle dónde estuvo y por qué no se la llevó si iba a demorar tanto.

Nos vamos aburriendo de la Mechita que no sale. La que nos inquieta ahora es la Mechita que no vuelve. Tememos lo peor y que siga en el departamento del cuarto piso, esperándose inútilmente.

Un día perdimos el temor y si bien volvimos a las reuniones de consorcio, nos acogimos a innumerables moratorias, pusimos al día los sueldos del portero que volvió a bañarse como un bebé e inundamos de lavandina los espacios comunes, algo siguió oliendo mal.

Al forzar la puerta del departamento del cuarto piso descubrimos que Mechita se había ido hacía rato y la Mechita que seguía allí olía a nuestra falta de humanidad. Logramos, con más lavandina que amor y un estropajo sin amistades, borrar del departamento del cuarto piso a la que seguía allí y olvidar a la que se había ido.

Sin embargo, todo sigue oliendo mal.





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