En la fila eterna

10.06.2026

David y Pepe, allí de donde no se vuelve


Norberto "Negro" Santellán


En el purgatorio, el tiempo no existe, pero la espera pesa como una eternidad. Allí estaban David Lynch y José "Pepe" Mujica, dos hombres que nunca se habrían cruzado en vida, ahora juntos en una fila que no avanzaba. El paisaje era un gris nebuloso, suspendido entre lo real y lo imaginario, como un sueño que Lynch habría filmado, pero cargado con la densidad humana que Mujica habría narrado. Entre ambos, la eternidad se revelaba como un escenario inesperado, un absurdo lugar al que no sabían cómo habían llegado, mucho menos por qué. David, con su cabello desordenado y su eterna mirada inquisitiva, encendió un cigarrillo imaginario, el gesto mecánico de quien nunca termina de entender lo que tiene frente a sí. "Curioso lugar, este. ¿No crees? Entre el absurdo y la redención. Todo aquí se siente como un guion que no escribí."

Mujica, con su calma de sabio campesino y su voz áspera como los surcos de la tierra, esbozó una sonrisa irónica. "No sé, gringo. Para mí, el purgatorio siempre fue la vida. Este lugar es apenas una sala de espera… y sin mate." Lynch dejó escapar una risa seca, casi un murmullo. "Sala de espera… Me gusta eso. Aunque nunca creí en nada de esto. En mi mente, esto debería ser nada. Un corte en negro, como al final de una película."

"Yo tampoco creí en estas cosas," replicó Mujica, con un encogimiento de hombros. "A veces pienso que los hombres inventamos el purgatorio porque no soportamos la idea del vacío. Nos da miedo la nada, ¿sabés? Así que llenamos el silencio con colas, pecados y culpas. Un sistema de puntos que ni siquiera nosotros entendemos."

Lynch asintió, mirando al frente de la fila donde una luz, tenue pero constante, parecía llamarlos sin apuro. "Supongo que, como director, debería apreciar el simbolismo de todo esto. Pero no puedo evitar preguntarme: ¿Qué hacemos aquí, si ni siquiera creíamos en este lugar?"

"Capaz que el purgatorio es el consuelo de los ateos," dijo Mujica, con una sonrisa que mezclaba burla y resignación. "Un lugar para reflexionar sobre lo que hicimos, sin que nadie venga a darnos sermones. Y aunque no creo en dios ni en el diablo, me gusta pensar que algo tiene que quedar de todo esto. Algo más que huesos."

"¿Algo como qué?" preguntó Lynch, ladeando la cabeza, como si intentara descifrar una escena complicada.

"Las pequeñas cosas. Una flor que plantaste y alguien regó. Una idea que dejaste y que alguien hizo crecer. Yo nunca fui creyente, pero viví para dejar algo mejor. Aunque sea poquito."

Lynch exhaló el humo imaginario de su cigarro y sonrió. "Es curioso. Yo hacía películas para explorar lo inexplicable, para abrir puertas a mundos extraños. Tú sembrabas para alimentar a otros. Pero al final, los dos tratamos de tocar algo más grande que nosotros, algo que no entendíamos del todo."

"Es que nadie entiende del todo," sentenció Mujica. "Ni los creyentes, ni los ateos, ni los filósofos. Por eso inventamos cosas como esta fila. Nos da tiempo para aceptar que no hay respuestas. Y está bien así."

El director de sueños y el sembrador de utopías compartieron un largo silencio, mirando al frente de la fila, donde nadie sabía quién llamaba ni por qué. Mujica se inclinó hacia Lynch, su voz baja como un secreto compartido. "¿Y si este lugar no es para expiar nada, sino para aprender? Capaz que aquí no nos juzgan; solo nos hacen esperar hasta que entendemos algo que se nos escapó allá abajo." Lynch entrecerró los ojos, como si analizara cada palabra. "Quizás sea eso. Una última película que no se proyecta, sino que se vive."

"¿Y qué hacemos mientras tanto?" preguntó Mujica.

"Hablamos," respondió Lynch. "Que el purgatorio no nos gane." Y así lo hicieron. Hablaron del peso de las sombras y la fuerza de las luces, de los misterios que Lynch nunca resolvió en sus filmes y de los sueños simples que Mujica sembró en la tierra. Entre ambos construyeron una pequeña utopía hecha de palabras, un puente entre mundos que nunca se habrían cruzado. Y si al final de la fila había algo más, no importaba. En ese purgatorio, habían encontrado una respuesta: la espera no era un castigo, sino una oportunidad de compartir.



Norberto "Negro" Santellán (65 años) es un apasionado de la vida, el amor y el arte, y un orgulloso padre de cinco hijos. Lector voraz desde la infancia, encuentra en la música, el cine y la exploración de las artes plásticas su mayor fuente de inspiración y disfrute. No se define como un escritor profesional, sino como un cronista de sus propias sensaciones, uniendo la militancia de sus raíces con la palabra escrita. A través de poemas, crónicas y relatos, plasma las reflexiones y búsquedas que le conmueven el alma. Su escritura es, en esencia, el registro vivo de un hombre que siente de manera profunda y comparte su mirada del mundo



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