En los pliegues del interregno
El arte de resistir o resistir por el arte
Cristina Gómez Comini

"Una cierta demencia se ha infiltrado en el mundo, gota a gota, y está tomando cada vez más fuerza.// Los bordes de la realidad han comenzado a sangrar, y muchos tenemos la sospecha -una sospecha que confirmamos todas las noches al soñar o cada vez que prendemos el televisor- de que esta pequeña ciudadela, el castillo de razón y orden que hemos construido, está rodeada por todos lados, y que sus muros, sin importar cuán altos los elevemos, pueden ser fácilmente derrumbados, no sólo por quienes los asaltan desde afuera, sino también por las fuerzas que los embisten desde adentro" dice el escritor holando-chileno Benjamín Labatut en un iluminador ensayo titulado La piedra de la locura (2021). El libro es una reflexión profunda sobre el caos, los límites entre la razón y de la locura en el mundo contemporáneo. En el epígrafe Labatut cita las conocidas palabras del pensador italiano marxista Antonio Gramsci las cuales están reapareciendo con fuerza en estos tiempos en diversos campos del análisis social. Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel (1929-1935) escribe: "La crisis consiste precisamente en que lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer: en este interregno surgen los más variados síntomas mórbidos". Esos síntomas mórbidos o fenómenos morbosos serían los signos de descomposición política, social y cultural que surgen frente a una crisis de estructuras que fueron históricamente hegemónicas.
Es innegable que estamos atravesando un momento político-social de pérdida de certezas colectivas, de crisis institucional, colapso de relatos tradicionales y polarización ideológica. Un interregno mediado al extremo por la tecnología y las fakes news donde las personas experimentan una desconexión y desconfianza sistémica hacia lo público, traduciéndose en un sálvese quien pueda digital y laboral (como la economía gig que se define como un modelo laboral basado en tareas esporádicas, proyectos cortos o servicios independientes coordinados a través de plataformas y aplicaciones digitales). Se tiende a vivir en un aislamiento hiper conectado y se renuncia a proyectos colectivos presenciales a largo plazo.
Diagnósticos actuales hablan del desapego total de los ciudadanos hacia los partidos políticos clásicos, hacia la democracia liberal tradicional y las corporaciones; hablan también de la incapacidad de los movimientos sociales para consolidar alternativas estables, de la normalización del odio en el ecosistema digital, del pensamiento radical y la búsqueda de chivos expiatorios para explicar la crisis sistémica.
En este contexto que se desintegra, crece la frustración y el desencanto de las personas por todas aquellas estructuras que las sostuvieron. No es de extrañar entonces que aparezcan personajes políticos que se erijan como salvadores carismáticos y disruptivos, seguidos con una fe ciega en pos de lo que predican: una suerte de destrucción purificadora.
No es nuestra intención entrar en un análisis político social profundo para el que ciertamente careceríamos de herramientas, pero nos importa contextualizar a fin de entender otros aspectos que sí nos competen.
Cuerpo e interregno
Como trabajadora de la danza y de las artes escénicas vivas me preocupa la forma en que los cuerpos receptan esta realidad mutante que parece no tener anclaje alguno. En la revista Nueva Sociedad puede leerse que hoy en Argentina el interregno actúa como una fuerza que despoja al cuerpo de su red de contención institucional. Convierte la biología de los ciudadanos en el territorio último donde se resiste, se padece y se procesa la crisis de un orden que se debilita frente a un futuro que aún no termina de consolidarse.
Un antecedente de cierto "interregno" en nuestro país, donde el cuerpo fue protagónico, es la última dictadura militar que nos remite a cuerpos sufrientes, blanco de todo tipo de torturas y vejaciones, a desaparición física de personas y apropiación de bebés. Las fuerzas represivas operaron directamente sobre los cuerpos físicos para disciplinar y desarticular la organización social previa. El reclamo de los cuerpos de los desaparecidos se convirtió en el eje de la reconstrucción democrática. Poco después, en el breve interregno determinado por la transición de la dictadura a la democracia (1982-1983), los cuerpos gestan una explosión de fenómenos sociales y escénicos sin precedentes. Fue un momento bisagra donde se rompieron las ataduras de la censura y un sinfín de artistas apoyados por la sociedad, convirtieron el espacio teatral en un bastión de resistencia civil. Cuerpos liberados, eufóricos, henchidos de deseos de expresarse escribieron un nuevo y fructífero periodo de nuestra historia.
Hoy en día, en una democracia desgastada, los cuerpos viven un estado generalizado de incertidumbre, ansiedad, angustia y despojo permanente. Muchos cuerpos han sido literalmente echados a la calle, abandonados por el sistema en medio de discursos que vociferan una presunta disminución de la pobreza. Sin embargo, ante la falta de certezas institucionales, los lazos comunitarios se reorganizan poniendo "el cuerpo" en el espacio público mediante manifestaciones, asambleas, protestas, ollas populares como la principal herramienta de demanda y subsistencia.
Paralelamente (y aunque no sea efecto del interregno propiamente dicho forma parte de él), no podemos soslayar el uso y abuso de la tecnología celular y redes sociales que, muchas veces, potencian estados de soledad y frustración. Numerosos análisis globales han demostrado que la llegada masiva de los smartphones y las redes sociales hacia el año 2010 coincide de manera exacta con un pico histórico y global en los diagnósticos de ansiedad, depresión y crisis de salud mental en adolescentes.
Pero no sólo los cuerpos jóvenes viven los efectos de los celulares y esa sensación permanente de bombardeo de lugares, cosas y cuerpos inalcanzables, sino también nosotros, los adultos, para quienes el aparatito celular se ha convertido en un arma de doble filo: por un lado necesitamos esa herramienta que es parte constitutiva de nuestra vida laboral y social y por otro, a menudo nos aleja del encuentro real con nosotros mismos y otros cuerpos, de la consciencia del tiempo y la paciencia de los procesos humanos.
Se sabe lo que no funciona, tratamos de asimilar la tecnología que invade nuestras vidas como un vendaval, tratamos de asimilar una realidad confusa y seguir adelante pero no hay garantías de hacia dónde vamos. Eso es el interregno por definición: un periodo de suspensión, de no definición, de limbo.
La irrupción de lo nuevo, dice Labatut, es un proceso traumático. Hoy, los monstruos y maravillas de la ciencia y de la tecnología nos tienen paralizados. Debemos hacer un esfuerzo constante para no ahogarnos entre las rompientes de una interminable marea de cambios, mientras los poderes políticos y económicos nos apalean hasta la sumisión, y las grandes compañías que habían prometido "no hacer el mal" nos espían con su enjambre de algoritmos.
En este escenario de suspensión, el cuerpo se convierte en territorio prioritario de disputa. El cuerpo del artista de las artes vivas (danza, teatro, performance) busca en la calle un lugar para manifestarse y llegar rápidamente a comunicarse con su entorno. Quiere generar conciencia, provocar reflexión y presionar para lograr cambios en cuestiones ambientales, feministas, de derechos humanos o políticas. Este tipo de manifestación artística se ha dado en llamar Artivismo que no es otra cosa que la combinación de las palabras arte y activismo. A diferencia de los lenguajes teatrales convencionales, las prácticas artivistas de este momento histórico se sostienen sobre tácticas específicas de supervivencia y resistencia estética. En lo que respecta a la danza específicamente, salir a la calle a bailar es un grito desesperado no sólo de reclamo social sino de supervivencia de ella misma. El cuerpo de la danza en nuestro país está en un interregno crónico, en un estado de transitoriedad permanente del que sólo logra liberarse por breves periodos.
Manifiesto
* Si hay algo que todos los artistas tenemos claro en los momentos de crisis y puntualmente ahora, en este interregno que no sabemos cuándo ni cómo terminará, es que es necesario resistir, producir como sea, como se pueda, no quedarse quieto porque el arte es nuestro instrumento y nuestra forma de estar en el mundo. El arte es una herramienta contra la deshumanización. El arte en todas y cada una de sus formas genera espacios de comunidad y resguardo psicológico. Permite procesar el duelo colectivo de lo que se está perdiendo. El arte nombra y da cuerpo a los monstruos, hace visible lo invisible. El poder en crisis suele endurecer su discurso a través de la propaganda o la postverdad, el arte resiste desmantelando esos códigos mediante la ironía, la metáfora y la deconstrucción de la narrativa oficial. El arte va más allá de la razón, puede imaginar utopías y formas de vida alternativas; ensaya el "nuevo mundo" antes de que éste exista.
* Ciertamente resistir, pensar y tener iniciativa propia mientras tratamos de ver con otros ojos la realidad que nos rodea es tarea de cada sujeto social y no sólo de los artistas. Así como la pandemia nos puso a prueba también lo hace este interregno confuso, extremo y desestabilizador. Coincidimos con Labatut en que "debemos aprender a ver las cosas bajo una luz nueva, porque la llama de la razón ya no alcanza a iluminar el complejo laberinto que va tomando forma lentamente (aunque algunos dirían que está siendo construido) a nuestro alrededor".
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