Encuentro con Borges
Especial para Tierra Media
Marcelo Casarin

La vida puede ser generosa y ponernos frente a circunstancias que nos marcan, que nos conmueven o que de una manera u otra nos afectan. En mi caso, los encuentros que tuve con Borges, sin duda, fueron clave en mi decisión de hacerme escritor.
Hay distintas maneras de ser escritor. Yo me considero escritor, no tanto por los textos que escribí, o por los publicados en libros o revistas, sino por los que todavía no escribí o estoy escribiendo. Estar escribiendo, desde los 15 años, es lo que me indica, creo, que soy escritor.
En el año 1982, en marzo, a instancias de una tía conseguí un trabajo en el Instituto del Profesorado en Educación Física (IPEF). El puesto era de bibliotecario, profesión que no me correspondía y tarea que ignoraba casi a la perfección, aunque contaba con una modesta experiencia de usuario de biblioteca, es decir, del otro lado del mostrador. Lo cierto es que me encontré manos a la obra, con el entrenamiento de apenas un par de horas, que consistió en el ABC de la catalogación y registro de préstamos, guiado por una mujer idónea a la que debía reemplazar por unos meses.
Los estudiantes de educación física, al menos los de ese instituto, no parecían interesados por los libros; entonces, mis cinco horas diarias de trabajo (de guardia, podría decirse), transcurrían sin sobresaltos y eran una gran oportunidad para ese estudiante de letras y aprendiz de escritor que era yo entonces: cinco horas para leer, escribir y cumplir con las tareas de la universidad. Y con un sueldo. La paga no era gran cosa, pero se parecía más a una beca que a un trabajo.
De esa época data una serie de poemas que, afortunadamente, se extraviaron en una mudanza. Tuve la suerte, o la desgracia, según se mire, de tener compañeros de la universidad que a los 20 años ya eran poetas: habían publicado algunos poemas por ahí y eran capaces de leerlos públicamente sin pudor. A mí me horrorizaba esa escena, tanto como la sola idea de dar a leer mis textos. Escribo para mí, me decía.
Un tiempo antes había comenzado a escribir narraciones que yo llamaba cuentos, pero me salían muy breves, no tenía paciencia, me negaba a revisarlos. Es en esa época también que, conmocionado por la guerra de Malvinas, a la que fueron enviados varios soldaditos de mi propia clase, escribí una prosa (hoy no diría que es un cuento) que tiene por nombre "Después de la noche, la noche." Su escritura empezó en la biblioteca y concluyó en mi casa, en una noche de insomnio; no recuerdo qué día de abril. Ese texto tuvo una fortuna inusitada, pero no vale la pena extenderse en ese detalle sino ir al asunto.
En agosto de ese mismo 1982, se anunciaba la presencia del escritor Jorge Luis Borges. Se invitaba a una conferencia en el Teatro del Libertador General San Martín, el coliseo mayor de la ciudad. El evento estaba organizado por el más persistente matutino de Córdoba: La Voz del Interior. Con 20 años recién cumplidos asistí a la conferencia "El lugar de la poesía en la vida humana". Guardo una imagen imborrable, como una fotografía, de ese anciano sentado en el enorme escenario, acompañado por su presentador, Carlos Fernández Ordoñez. A Borges, replegado con sus dos manos sobre su bastón, se lo veía empequeñecido. Hasta que apareció su voz, con su áspero encanto y el recinto se llenó de silencio. Dijo que estaba muy feliz de que tanta gente acompañara a ese modesto lector y que solo una distracción lo había llevado a aceptar pronunciar una conferencia y que prefería que fuera una conversación. De todo lo dicho, de los tantos nombres que pasaron por sus labios, como respuesta a preguntas (algunas repetidas hasta el hartazgo, después lo supe), recuerdo que dijo: sobre Cortázar, que creía haber sido él el primero en publicar un cuento suyo, "Casa tomada", en Los anales de Buenos Aires; de Federico García Lorca, que no le gustaba, pero que seguramente era un problema de él, que no lo comprendía; de Pablo Neruda, que le parecían interesantes los poemas en los que se apasionaba por la política. Guardo unas pocas imágenes en la memoria: la atmósfera particular generada por la palabra mágica de Borges, el silencio respetuoso del público y la ovación al final.
Al salir, me encontré con un amigo nuevo de entonces, Martín Sosa, quien me saludó eufórico por la experiencia vivida y me dijo que estaba invitado a un agasajo a Borges; que participarían unas pocas personas; y que si quería podía acompañarlo. Entonces yo era más estúpido que ahora, de modo que, mezcla de pudor y molicie, le dije que no, que gracias, que prefería no hacerlo, que no sabía que haría en una reunión en la que no conocía a nadie. No seas tonto, me conocés a mí, me dijo, y salimos caminado hacia el lugar de reunión.
El asunto sería en la casa del escritor Enrique Revol, me informó Martín. Fuimos caminando en contra de la mano por la avenida Vélez Sarsfield/General Paz, llegamos al río y atravesamos el Parque Las Heras: al frente estaba la casa de destino. Martín tocó la puerta, apareció una mujer que él conocía y parecía ser la dueña de casa; me presentó y entramos. Enseguida me hizo saludar al anfitrión que lanzó un gruñido; y luego a su padre, el también escritor Emilio Sosa López, quien en contraste me propinó un abrazo intimidante, acompañado de un "Marcelo, qué maravilla, un joven entre tanto vejestorio".
Era un living amplio y no había mucha gente. Martin me arrastró suavemente y me sentó a su lado en un sillón y nos pusimos a hablar de cualquier cosa. En intervalos variables, sonaba el timbre y enseguida ingresaban, de a una o de a dos, las personas invitadas. No pasó mucho tiempo para que ingresara Borges. Entró del brazo de María Kodama, escoltados por la persona que lo había presentado en la conferencia.
Inmediatamente todos los presentes se arremolinaron en torno al maestro, lo saludaron con más o menos efusión: varios hablaban al mismo tiempo y querían decirle cosas y Borges sonreía: miraba a la izquierda y a la derecha sin pronunciar palabra; en un momento dado el dueño de casa, le dijo venga Jorge Luis, acérquese por aquí; y condujo a él y a Kodama a un lugar donde había dos sillones y alrededor otros y una mesita ratona. Los demás, en un pase de comedia se apresuraron a sentarse lo más cerca posible de Borges, pero el dueño de casa tomó la delantera y se puso exactamente a su lado. Yo quedé en un segundo plano, sentado por ahí observando, viendo esa escena en la que el homenajeado gesticulaba con la vista fija en un punto o girando su cabeza alternativamente a la derecha o a la izquierda sin mirar a nadie en especial pero muy atento a las preguntas, que muchas veces se solapaban, y a veces se convertían en pausas o silencios incómodos.
Pronto una persona ataviada con un delantal comenzó a servir bocaditos y a llenar copas con vinos tintos, blancos, espumantes, agua, alguna gaseosa. Perdí un poco la noción del tiempo: quizá haya pasado poco menos de una hora; se comió bastante (yo tenía hambre, pero la bandeja estaba en una mesa alejada y yo tenía que pasar por encima de alguna persona para hacerme de un bocadito).
Al rato, unos hombres salieron a un patio a fumar y la mayoría fue por allí; en un momento Kodama le dijo algo al oído a Borges y Borges asintió; no sé qué le habrá dicho, pero Kodama se fue detrás de los hombres, quizá a fumar también. Entonces Borges quedó sin su custodia; de hecho, quedamos Borges y yo, el uno frente al otro, pero con una distancia de más de tres metros, entonces Borges me dijo:
– ¿Por qué no se acerca ahora que se fue la multitud? Así conversamos un poco.
–Oh sí maestro cómo no, le dije con voz un poco temblorosa.
–No me diga maestro por favor porque me inhibe; dígame su nombre jovencito,
–Marcelo.
–Marcelo cuánto.
–Marcelo Casarin.
–¿Marcelo es su único nombre?
–Sí, solo Marcelo.
–Qué sensatez la de sus padres, qué quevedianos. En cambio, los míos muy gongorinos: Jorge Francisco Isidoro Luis. Creyeron rendir algunos tributos con semejante desmesura. ¿Su apellido de dónde es?
–Bueno mi apellido, mis antepasados son italianos, pero le oí decir a mi padre que el origen es polaco.
–Con razón, con razón ¿y usted será rubio?
–Bueno de niño fui rubio ahora no lo soy,
–¿Y tiene ojos claros?
–Sí, tengo ojos claros.
–Claro, claro entiendo, ¿y sus ancestros por el lado de su madre?
–Más vale españoles y criollos. Pérez.
–Ah Pérez. Más que apellido es uno de los nombres de la multitud. Pérez, cuántos Pérez. Bueno ¿y qué hace usted aquí? ¿es familiar?
–No maestro, yo fui a escucharlo a la conferencia y un amigo me invitó. Quería felicitarlo porque la conferencia fue extraordinaria; muy reveladora para mí, me emocionaron muchos momentos.
–Vaya, nunca pensé que mis palabras pudieran emocionar. Sepa que yo tengo mucho pudor para hablar en público… como lo dije allí, propuse que sea una conversación. Una charla, como nos gusta decir a los argentinos, es siempre más llevadera que una conferencia: hay alguien que habla y los demás callan. De hecho, he tenido por años una inhibición muy grande para hablar en público. Recién en el año 1946, y por necesidad, me animé a esto de dar conferencias; e incluso, con mucha temeridad, incursionar en la docencia. A las asistentes a mis primeras clases les debo, a su paciencia, haber aprendido los rudimentos de la pedagogía. ¿Y a usted a qué se dedica, joven polaco italiano?
–Bueno, yo quisiera ser escritor. Bah, quiero ser escritor. No me animo a decir sí soy escritor. He escrito un puñado de poemas, que no me gustan casi nada. Y también algunas narraciones. Me da un poco de pudor decirle esto, porque yo lo admiro.
–La diferencia que tenemos usted y yo es de edad. Pero su voz y su cercanía me hacen pensar que podríamos ser amigos.
–Oh, maestro.
–No insista con lo de maestro, porque me compromete. Me obliga a la clase magistral con esa denominación. Podemos ser colegas. Somos colegas.
–¿Cómo quiere que le diga? ¿Borges? Yo lo admiro, Borges.
–Dígame, Georgie, es como me llaman los amigos, un poco con sorna porque es mi nombre familiar.
–Yo no puedo ser su colega. Mi padre me regaló para un cumpleaños hace dos o tres años… su libro verde. El libro gordo. ¿Cómo le digo? Las obras completas…
–Sí, hubo una discusión sobre eso. Sobre las obras completas… Me resistí un poco al nombre por dos razones. Primero, por los libros que quedaron afuera. Mis primeros libros. Y segundo, por los que quisiera estar escribiendo o los que escribiré. La verdad es que... Obras completas congela, me congela, ¿no? Me manda a un archivo. Es decir, obras completas: C'est fini.
–Sí, es verdad... yo lo que quiero decirle que no he podido leer todo el libro. Leí los tres primeros libros de poemas, que me gustan mucho. Y no puedo creer que sea... que usted haya escrito esos tremendos poemas a la edad que hoy tengo yo, que soy incapaz de escribir un verso aceptable.
–Bueno, no se trate así de mal. A propósito, ¿qué edad tiene usted, joven Marcelo?
–Tengo 20 años. Recién cumplidos. El 23 de agosto de 1962 nací.
–Ah, qué curioso. Prácticamente podríamos festejar los cumpleaños juntos. Yo nací el 24 del mismo mes. ¿Usted lo sabe?
–Sí, lo sé, lo sé, Georgie… No me sale llamarlo así.
–Llámeme como quiera Marcelo. Habría que ver qué es lo que está escribiendo. No tendrá nada aquí para que leamos, ¿no?
–No, no, y si lo tuviera no me animaría a compartirlo con usted.– Dije esto y me ruboricé y me sentí pésimo por partida doble: por no revelar que en verdad en mi morral siempre me acompañaban los pocos textos sobrevivientes de las pocas revisiones que me permitía y, entre ellos, una versión dactilográfica de "Después de la noche…"; y por sentir alivio en saber que con o sin rubor, Borges no advertiría mi alteración (o al menos eso me creí).
–Bueno, esperemos un poco. Ya se animará y ya verá que en algún momento hay que dar a leer. Hay que dar a leer para saber qué está escribiendo uno. No hay literatura sin lector. Para empezar, al menos un lector hace falta. ¿Usted no tiene quien lo lea?
–Sí, por ahí está: es quien me invitó a esta reunión, Martín. Él me ha animado mucho. Y ha sido muy riguroso en sus devoluciones. Tengo también un amigo que trabajó en un diario de La Rioja. Es mi tocayo y es más complaciente que Martín y me ha animado a que prepare un cuento para publicar en aquel diario.
–Entonces está en camino. Solo puedo recomendarle que no se precipite a publicar, pero que procure hacerlo.
–Bueno, volviendo al libro verde, quiero decirle, Maestro, que he leído... los tres primeros poemarios; y no pude entrarle a Evaristo Carriego, le digo la verdad. Pero he leído con mucho interés los ensayos de Discusión. Y con muchísimo interés los cuentos de Ficciones y El Aleph. Es difícil leer sus textos, Maestro, sin sentir una tremenda sensación de orfandad y una gran inhibición para escribir. Imagínese.
–Todos hemos pasado por eso. Creemos que después de leer el Quijote, después de leer a Shakespeare, después de leer a Joyce, etc., etc., yo no podría escribir nada. Le recomiendo que varíe y amplíe sus lecturas y, en lo posible, no reincida en leer mis textos.
–No diga eso. Mire, yo he leído a Cortázar con pasión y fruición… Bueno, en realidad a Cortázar lo empecé a leer antes de saber que lo estaba leyendo cuando leía sus traducciones de Poe. Leí los cuentos completos de Poe traducidos por Cortázar.
–Nada mal empezar por Poe.
–Debo suponer que a usted Cortázar no le interesaba mucho…
–Mire, como recordé esta noche: no solamente publiqué, según él me confirmó, por primera vez un cuento de él que apareció en una revista que yo dirigía; sino que además ahora me han ofrecido prologar una serie de libros de mi "biblioteca personal" y el primer volumen está destinado a los cuentos de Cortázar, una antología. 200 páginas de cuentos de Cortázar, ¿qué le parece?
–Me asombra y me reconforta Jorge.
–Bueno, ¿y usted cómo se prepara para ser escritor? ¿Qué hace para ser escritor?
–Bueno, mire, estoy estudiando letras en la universidad: al principio cuando me inscribí pensaba que eso me ayudaría a escribir, pero ya transito el segundo año y no hay ni un atisbo de algo que enseñe a escribir. Veremos si me sirve para aprender a leer.
–Uy, me avergüenzo un poco, yo apenas terminé el bachillerato.
–Alguien me ha dicho que para ser escritor no es necesario estudiar en la universidad.
–Eso es cierto, pero no despreciemos las ventajas de la lectura ordenada, sistemática. Yo he sido un diletante y eso tiene su precio.
–Ahora yo tengo la ventaja de que trabajo en una biblioteca.
–Vaya, qué oficio noble el suyo.
–Bueno, estoy haciendo una suerte de ejercicio ilegal de la profesión. Nunca estudié bibliotecología y trabajo en una biblioteca donde los estudiantes no van. Es la de un instituto de educación física. Y paso mañanas enteras sin visitas.
–Bueno, algo parecido a eso es lo que yo viví entre 1937 a 1945. A mi padre le pareció que ya a los 38 años tenía que tener un ingreso fijo y no los esporádicos estipendios de las colaboraciones eventuales en diarios y revistas. Entonces me consiguió un trabajo en la biblioteca municipal Miguel Cané. Eso fue muy estimulante porque no estaba entre mis funciones atender al público: cumplía con mis tareas rutinarias muy rápidamente (inventariar y catalogar libros, una cantidad determinada por día…) e inmediatamente podía dedicarme a leer y escribir. De esa época datan los cuentos que usted se molestó en destacar.
–Mi admiración es sincera.
–La decisión de mi padre de conseguirme trabajo ya siendo un grandulón y viviendo en la casa familiar, fue una premonición, o una previsión en todo caso de mi progenitor, porque cuando murió al año siguiente nos quedamos sin ingresos. Y desde entonces fue mi sueldo el que nos permitió a madre y a mí vivir con austera dignidad. Después, en 1946, cuando el tirano se hizo presidente, y porque yo había tenido unas manifestaciones contrarias a sus formas, me condecoró: me ascendió y me nombró inspector de aves en el mercado municipal… una afrenta para quien estaba perdiendo la vista y lo único que sabía hacer entonces era catalogar libros. En consecuencia, renuncié y me quedé sin trabajo nuevamente.
–Debe haber sido muy duro para usted…
–Lo fue, pero yo me considero una persona afortunada que siempre ha tenido una mano amiga cerca, como la persona que me dijo: Borges con todo lo que has leído y todo lo que sabés, tendrías que poder dar conferencias, te pagarían bien por eso. Al poco tiempo apareció y me contó que tenía una conferencia para ofrecerme. Me contratarían en Montevideo por 200 pesos para hablar de lo que yo quisiera. La suma era superior a la que yo ganaba por mes en la biblioteca. Pero yo no estaba preparado para hacer eso, me daba terror estar en público, etcétera, etcétera.
Borges se llamó a silencio y yo no me animé a decir nada. No sé cuánto tiempo pasó, hasta que volvió a hablarme:
–Joven, perdóneme que le haga un pedido tan personal... Mire, necesito ir al baño y no quiero molestar a María; la próstata a veces me juega malas pasadas.
–No, no, no, claro Jorge, Georgie, déjeme que yo lo acompaño.
Entonces le extendí el brazo, como vi que hacía María Kodama, y se tomó con suavidad y firmeza de mi antebrazo. Lo llevé los pocos metros que separaban el estar de un baño. Cuando llegamos a la puerta me dijo:
–bueno, no se aleje mucho, pero déjeme solo que me conozco y me las arreglo.
Al ratito Jorge salió del baño: me acerqué, le extendí el brazo, volvimos caminando y lo acompañé a sentarse.
–¿Y en qué estábamos, joven, de qué estábamos hablando?
–Yo le decía que lo admiraba mucho y hablamos de Cortázar. ¿Usted leyó Rayuela?
–No, la verdad que no he leído sus novelas y no creo que lo haga ya a esta altura del partido; pero sus cuentos me gustan. Como le digo, hemos reunido 200 páginas de sus cuentos, es uno de nuestros grandes cuentistas.
–Usted es uno de nuestros grandes cuentistas, Jorge; recuerdo especialmente los relatos que ocurren en ámbitos rurales, no sé por qué. Me gusta "El Fin", me gusta "Tadeo Isidoro Cruz", me gusta "Funes el memorioso".
–Ah, le gustan los relatos que escribí con Hernández, como me gusta decir. "Funes el memorioso", creo, es un buen cuento. Es el resultado de una noche de insomnio, ¿no? De una convalecencia y un insomnio, podríamos decir, prolongado. El sueño nos ayuda a olvidar las penurias de la vigilia y la idea de una memoria infinita es insoportable. Quizá sea por eso que Ireneo murió tan joven.
–Creo haber percibido esa pesadumbre cuando lo leí... Otra preguntita Jorge: usted dijo que no estaba de acuerdo con lo de "obra completa"; entiendo esto sobre la obra futura, la que está escribiendo. Pero mencionó libros excluidos…
–Usted me confió que había perdido su tiempo leyendo mis primeros libros de poesía. Fíjese que, entre ellos, escribí tres libros de ensayos: El tamaño de mi esperanza, El idioma de los argentinos e Inquisiciones. Son tres libros que decidí no incluir en la obra completa. ¿Y a qué se debe? Hay varias razones que podría presentarle. La primera, puede verla como un homenaje póstumo a mi padre, hombre prudente e ilustrado que me dijo: antes de publicar un libro, hay que quemar tres. Cuando publiqué esos libros yo no había llegado siquiera a los 30 años. La juventud no sabe de prudencia y menos de obediencia.
–Es un lindo homenaje, pero esta razón no me parece suficiente para excluir tres libros…
–La segunda razón es que esos libros están escritos en una lengua en la que no me reconozco: yo quería escribir con todo el diccionario, inventar metáforas y violentar la sintaxis. Además, varios de los temas de los que me ocupo en esas notas fueron recuperados, en mejores versiones, en Discusión, en Otras inquisiciones, etcétera
–Me imagino que esos tres libros serán difíciles de conseguir…
–Ojalá fueran inconseguibles. Le cuento una anécdota: Una tarde de 1971, después de recibir una inmerecida distinción en la Universidad de Oxford, María y yo nos quedamos conversando con unas personas y alguien mencionó El tamaño de mi esperanza. Yo me apresuré a decir que ese libro no existía y que no había que buscarlo. Al día siguiente alguien me llamó por teléfono al hotel y me dijo que había un ejemplar del libro en la biblioteca de la universidad. Por años pensé en ofrecer recompensa por esos libros para asegurarme su destrucción.
–Ahora tengo mucha curiosidad por conocer esos libros…
–Ojalá nunca le ocurra Marcelo: lo menos malo de lo que escribí está en el libro verde que su padre tuvo la imprudencia de poner en sus manos.
Nos reímos y hablamos de alguna otra cosa que no recuerdo, hasta que apareció María Kodama. Borges le dijo: Te presento al joven escritor Marcelo Casarin, quien con su amable conversación ha hecho más llevadera tu ausencia.
Se acercaron las demás personas y ya no pude hablar con Borges. Enseguida Martin me avisó que se iba y yo consideré que también debía retirarme. Entonces me acerqué a Borges, le tomé la mano y le dije que le agradecía su conversación y su compañía. El agradecido soy yo, me dijo y agregó: lea mucho Marcelo, escriba bastante y publique poco.
No fue la última vez que estuve con Borges.
Varios años después de este encuentro, publiqué en el diario La voz de Interior una nota que llevaba por título "Borges y sus libros olvidados", en la que me ocupaba de los excluidos. Hice propias como hipótesis las dos razones que me confió Borges: 1. el homenaje a padre (la obediencia retroactiva); y 2. su rechazo por esa escritura en que decía no reconocerse; y yo agregué una tercera: los excluyó para llamar la atención de los lectores sobre ellos. La publicación post mortem de esos libros parece validar esta última.
Volví a verlo dos veces. Quizá pueda, en otro momento, recuperar esos encuentros.
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