Érase una vez en Cuesta Blanca

10.02.2026

Adrián Savino


No es un camping como solemos concebirlo, tipo empresa o emprendimiento comercial, sino un emplazamiento espontáneo y gratuito de decenas de carpas.

Está en un sector del río a unos tres kilómetros del puente de Icho Cruz, donde se encuentra la planta potabilizadora del agua que se consume en Carlos Paz.

Allí, a unos doscientos metros de los filtros, está el almacén de Antonio. Éste hace las veces de "proveeduría", con pool, metegol y un discreto mirador de cemento encofrado.

Antonio es flaco, barbudo y estrábico. Lo acompaña su esposa, conocida por todos como "la Negra", siempre ceñuda y seria, y con fama de muy muy mala.

Desde el mirador puede apreciarse a la derecha la desembocadura de un arroyo en el río, y a la izquierda el balneario propiamente dicho: un recodo espectacular con playa y olla, coronado por el trampolín natural de piedra conocido como "la cabeza de mono".

Llegamos allí con Cabeza y su papá, habitués del lugar desde hace varios veranos.

El camino va subiendo y bajando entre la sierra, acompañado por el trayecto de dos tubos que transportan el agua de la planta y que van sobrevolando tramos a diferentes alturas.

Antes de llegar se cruza el vado del arroyo. Es una bajada-subida bastante pronunciada, que los caños atraviesan a unos diez o quince metros de altura.

El padre de Cabeza nos cuenta que antes, esos tubos no eran dos sino uno solo. Y que una vez que el arroyo estaba crecido y el vado era impasable, un muchacho que debía volver sí o sí a Córdoba para trabajar al otro día, cruzó haciendo equilibrio los treinta metros de caño hasta el otro lado. Al llegar, dice que el tipo se clavó media botella de whisky de un trago.

Los días de vacaciones transcurren entre la carpa, el río y lo de Antonio. Hay bastante gente, incluidas algunas chicas con las que entablamos relación pero sin poder avanzar todo lo que quisiéramos. A un par de ellas, con el correr de los días, las llegan a visitar los novios de los que ellas no perdían ocasión de hablar al mismo tiempo que nos coqueteaban.

También hacemos amigos porteños, punks y afterpunks.

Los primeros son Los Des-K-Ria-2: un supuesto trío musical que llega incluso a interpretarnos a capella una de sus canciones. Ésta habla de la novia de uno de ellos, una menopáusica a la que le encanta que le rasguen las tetas con una gillette.

El afterpunk es Iván, un rubio con corte carré y siempre vestido de negro pese al calor. Es hijo de una periodista cordobesa, novia de un encumbrado político progresista brasileño, que años después será rotundamente abducida por el Grupo Clarín.

Iván nos hace escuchar un TDK cromado con una música aterradora e irresistible: es el disco In the flat field de Bauhaus, al que todavía le faltan un par de años para su edición argentina.

Con la partida de tan singulares amigos, quedamos de pronto sumidos en un estado de aburrimiento que ni el exquisito morfi de campamento del papá de Cabeza consigue mitigar.

Es la siesta. No hay ganas ni de río ni de Antonio. ¡¡Ni de chicas!!

Cabeza señala hacia arriba y nos dice: miren. Levantamos la vista y vemos la montaña más alta de la zona, coronada por una visible cruz de madera.

-Todos los veranos vengo y tengo que ver esa cruz de mierda –afirma Cabeza como pensando en voz alta-. ¿Por qué nos tiene que dominar, digo yo? Subamos y la hagamos bosta, no la quiero ver más.

Así que allá vamos al otro día temprano en la mañana, los cuatro con un hacha.

Llegamos, y desde lo alto se ve todo, todo, todo: los filtros, el puente, el vado al otro lado, el camino a la isla de los hippies…

Por turnos le vamos dando a la cruz, son dos horas y media o tres meta hachar, hasta que por fin cae.

Cae la cruz y bajamos como tiro por la montaña, cagándonos un poco de risa y otro del cagazo mismo.

Nos pasamos el resto del día sin hablar de otra cosa, entre orgullosos y avergonzados de la proeza.

Al otro día nos levantamos y miramos: la cruz ya no está.

Otro día, y otro más, y después ya casi no volvemos a mirar.

Hasta el último de esas vacaciones, que uno (no me acuerdo quién), levanta la vista: ¡¡¡Miren culiados!!!

Hay una cruz nueva en el cerro más alto.

Mucho más chica pero no hay caso, ahí está nos guste o no: una cruz al fin.