Estamos comiendo mucho pan

10.06.2026

Marta García


Foto: Arthur Tress
Foto: Arthur Tress

Su vida transcurría algo feliz y en aquella barriada eso ya era una señal de dicha extrema. La mamá le había puesto de nombre Sansón porque imaginó que esa sería la única manera que tendría aquel bebé escuálido y con mirada alucinada de imponer cierto respeto a lo largo de su vida. Como nunca nadie le preguntó su nombre, básicamente no gozaba de respeto alguno por lo que decidió prescindir de las aprobaciones del afuera y se dedicó a vivir con lo que tenía adentro.

En su casita de mazapán con vista al País de Nunca Jamás y no al autoservicio de la esquina, horneaba para un duende un exquisito pan integral con uñitas recién cortadas de elfos y pellejitos tostados de dragón renovando el cuero.

El aroma no tardó en meterse en las casas ajenas sin pedir nada a cambio. Como se trataba de un olor demasiado fantástico para la certeza de sus vidas la vecindad no lo soportó y dio aviso a su familia. Al verlo en situación de magia se inquietaron no por el pan sino por esa felicidad sin fisuras, sin deudas, sin ciudadanía. Y que no dejaba rastros como para seguirle la pista y alcanzarla.

—Esto no es normal —dijo un familiar—. Nadie puede estar así de bien sin deberle algo a alguien.

Le plantearon una salida posible ante lo imposible de una cocina abarrotada de ingredientes inexplicables.

—Vámonos, Sansón. ¡Estás consumiendo muchos disparates!

La frase quedó flotando en la cocina igual que una mosca pesada a la que le queda poco aire. Para calmar los ánimos aceptó mudarse a un departamento de cemento con vista a la vida ajena, un ascensor que subía dudando y un encargado que hablaba entre dientes para que su palabra no fuera usada en su contra. Un lugar sano, en términos policiales: todo visible, todo comprobable… menos lo que se esconde de uno mismo en la garganta y del consorcio detrás de las mirillas.

Ya instalado comenzó a hornear panes con harinas saturadas de ceros. Se tranquilizaron al verlo hacer las mismas cosas que día tras día hacían ellos. "No está muy feliz que digamos ¡pero es tan real!" comentaban sus seres queridos por el fisco. Cuando se dieron cuenta de que consumir pan ordinario los estaba inflamando y al verlo menos utópico y más sensato, se animaron a planteárselo:

—Nos vamos, Sansón. Estamos consumiendo mucho pan.

Le sonó a despedida definitiva y sintió que había llegado la hora de volver a ese pliegue del mundo donde las cosas todavía aceptan ser improbables. Ese pliegue en el que si bien sabían su nombre las criaturas lo respetaban por sus panes alucinantes.

Para que no se preocuparan les dejó una nota:
Ya vuelvo. El duende tiene hambre…





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