Evasiones del último gaucho Mugas

10.04.2026

Víctor Ramés


En abril de 1903 tuvo lugar una fuga de un nutrido grupo de reclusos de la cárcel penitenciaria de Córdoba, por medio de un túnel que llevó varios meses excavar, y que costó la vida de cuatro de los prófugos. Sobresale en el relato la figura de Jesús Mugas, bandido rural que se había labrado una leyenda a sangre, facón y balas.

Jesús Mugas, dibujo en diario La Libertad, abril de 1903
Jesús Mugas, dibujo en diario La Libertad, abril de 1903


Algunos bandidos rurales adquirieron fama vinculada a ideales de resistencia y valor, al arquetipo de una reivindicación frente a los innegables abusos de un estado que, si no tenía del todo la vaca atada, se aprestaba a cerrar el moño a comienzos del siglo veinte.

A caballo entre la leyenda popular y el galope de la historia, dos décadas después de la muerte del Juan Moreira real (1872) y en tiempos en que se producía su mutación en personaje de teatro y sintonizaba con el imaginario popular, se hacían conocer en la campaña ganadera cordobesa y santafecina los gauchos Mugas. Se dedicaban a robar ganado y caballos, o a asaltar proveedurías, actividades que se diría heredada de los pueblos pampas que usaron esas tácticas a lo largo del siglo XIX. Una de las hazañas de los gauchos Mugas, siempre salvando el pellejo entre las balas y volviendo como promesantes a las correrías de su oficio, fueron sus fugas. Dado que hubo varios hermanos comprometidos en actividades del otro lado de la línea de la ley, sus identidades acabaron siendo ocasión de confusiones, superposiciones, e incluso supersticiones. Esto no es difícil de aclarar en base a documentos, y pasando en limpio la leyenda, como lo haremos unas líneas más adelante.

Para empezar esta historia focalizamos la figura de uno de los hermanos, Jesús Mugas, quien para 1903 ya llevaba a sus espaldas una serie de episodios delictivos y hazañas en el orden de la franja criminal, del tipo que genera empatía en el imaginario popular.

Preso en la penitenciaría cordobesa, Jesús Mugas fue uno de los promotores de un plan de escape en la que varios reclusos lograron huir y cuatro de ellos fueron muertos por las balas policiales.

Se sigue la cobertura del hecho en la edición del semanario porteño Caras y Caretas del 2 de mayo de ese año. El artículo refiere el episodio en versión de un corresponsal del semanario que se detiene a transmitir los detalles del plan y de la excavación del túnel por el que salieron, algunos a la libertad y a la muerte otros, varios presos que cumplían diferentes condenas. La figura de Jesús Mugas no era mencionada hasta la segunda mitad del informe, al darle crédito como la figura más conocida que había tomado parte en la evasión. Transcribimos en primer lugar los hechos generales de la noticia, luego de lo cual volveremos a encontrarnos con los Mugas, sus acciones y su leyenda.

                                          Crónica de sangre en un semanario

"Córdoba, ordinariamente tan tranquila, ha tenido en la pasada semana su pequeño episodio dramático que pudo haber degenerado en detestable historia de criminales alzados ante la autoridad, impotente para contenerlos dentro de muros, en la penitenciaría.
Un preso hábil, Isidoro Méndez, condenado a tiempo indeterminado por asalto y homicidio, imaginó un medio sencillísimo de evasión, puesto en práctica con éxito en remotas épocas, y que, con sorpresa, vemos aún de fácil intentona en algunos de nuestros establecimientos penales.
Méndez practicó un agujero en el piso de su celda, la última del pabellón número 5, consiguiendo sacar un trozo del cemento que forma el piso y disimulando luego las ranuras, al punto de confundirlas con las producidas por el desgaste, valiéndose de una pasta mezcla de ceniza y jabón. Hecha la abertura, cuya forma trapezoidal medía 40 centímetros en la base mayor, 20 en la menor y 50 de altura, se practicó hacia el este la excavación buscando la pared externa de la cárcel, para lo cual después de atravesar un cuarto de baño, de suelo nada resistente, en que además un pozo permitía esconder la tierra sobrante, se llegó al espacio intermedio entre las paredes de los pabellones, y estrechándose más y más el pasaje hasta el grueso murallón que circunda el edificio, cuyos cimientos fueron salvados ahondando en dos metros el subterráneo. Tarea hábil, admirable es ésta en que Méndez valiéndose de un instrumento que no pudo ser más que un cuchillo, ha perforado en menos de un año, 12 metros, sin que en ningún momento el celador encargado de batir diariamente los pisos advirtiera nada sospechoso ni extraordinario en la celda.
Para colmo, el émulo moderno del abate Faria, y del conde de Monte Cristo, logró fugarse, sin arriesgar ninguno de los novelescos peligros de sus predecesores, si bien el «chateau d'If» cordobés ha sido menos clemente para cuatro de los ocho que imitaron su fuga en los primeros momentos. Vengamos al hecho: Méndez se fingió enfermo la noche del 20 y obtuvo de uno de los alcaldes que le acompañara en su celda otro penado, Ignacio Peralta, con quien desapareció por el subterráneo antes de la madrugada.
Al día siguiente, a las seis, hora en que se acostumbra abrir las celdas para hacer la limpieza, acudieron los demás presos a la de Méndez, con objeto de «ver al enfermo», deslizándose en su lugar bonitamente, por el agujero, a medida que entraban y saliendo después al campo, donde la casualidad los hizo descubrir. Moisés Pueblas, ordenanza del mayor Tabares, que pasaba a caballo como a 25 metros de la brecha, notó en aquel punto de la muralla, algo extraño, vio a un hombre y luego a otro surgir por aquella puerta inusitada, y dando la voz de alarma al subteniente Juárez, jefe del piquete, cumplió éste con su deber persiguiendo a los prófugos Joaquín Romero y Elíseo Machado, condenados a 13 años, fueron muertos, y los condenados a tiempo indeterminado, Florencio Retamoza y Estanislao Sánchez, heridos tan gravemente que los dos fallecieron algunos días más tarde."

Citando un poco más sobre ese episodio cordobés que tenía eco en la publicación de Buenos Aires de 1903, el informe ofrecía los antecedentes de los demás reclusos involucrados, los que fueron atrapados con vida:

"Pascual Caeiro, muchacho de 21 años, que hace tres mató alevosamente a un octogenario por robarle una yegua y sesenta centavos; Benito Gómez, Luis Oviedo, Cruz Delgado e Ignacio Peralta, homicidas condenados respectivamente a diez, seis, trece y quince años de presidio, completándose la lista con Leandro Oviedo, condenado a cuatro años por robo, y con Isidoro Méndez, el héroe de la evasión, condenado a presidio por tiempo indeterminado. De todos ellos, Luis Oviedo e Ignacio Peralta, fueron capturados el 25 por don Rafael Molina, subcomisario «ad honorem» de la pedanía de Santiago en el departamento de Punilla."

Una emotiva mención se hace sobre un papel hallado en el bolsillo de uno de los prófugos muertos en el intento:

"En los bolsillos del penado Eliseo Machado, que fue muerto, encontráronse unos versos dedicados a su prima y que terminan con estas estrofas:
«Escribo y por un momento — doy a mi espíritu calma — Pero las penas de mi alma — renuevan mi sentimiento — Canto lo mismo que escribo — Que es una plegaria cruel — y vierto sobre el papel — lágrimas de triste duelo — ese éxtasis que apelo — con toda mi voluntad — El llanto me matará — Pero en él hallo un consuelo — Cuál es aquel que en la vida — no ha sufrido algún quebranto — cuál es aquel que en el llanto — no ha encontrado algún consuelo. —E. M.»"

Isidoro Méndez, quien excavó el túnel; al medio, los penados muertos: Estanislao Sánchez, Eliseo Machado y Joaquín Romero. A la derecha, el ordenanza Moisés Puebla, quien dio la voz de alerta.
Isidoro Méndez, quien excavó el túnel; al medio, los penados muertos: Estanislao Sánchez, Eliseo Machado y Joaquín Romero. A la derecha, el ordenanza Moisés Puebla, quien dio la voz de alerta.


Si te fugas, tú eres Mugas

Una vez la trágica crónica ha cruzado la cumbre de sangre de los hechos, aparece recién la figura de Jesús Mugas (Muga, en versión del corresponsal), con merecidos párrafos aparte.

"Los evadidos son personajes siniestros, de biografías espeluznantes, como el bandido Jesús Muga, salteador terrible del departamento de San Justo, condenado a perpetua cárcel y que ahora reincide en el delito de evasión", dice la nota de Caras y Caretas. Y ofrece el semanario, a continuación, una reseña de los antecedentes de Jesús Mugas, relato del que sobresale su milagrosa supervivencia en una anterior balacera:

"Se evadió en 1897 de la Penitenciaría de Córdoba, donde cumplía una condena de 15 años que le fue aplicada por varios asesinatos cometidos en el departamento de San Justo. Escapóse junto con los Ferreyras, que fueron muertos por la policía. Muga fue herido y aprisionado nuevamente en la estancia de Rodríguez Galisteo, próxima a la estación López. Rodeáronle la casa y al pretender salir por una ventana, armado con un Winchester, le hicieron una descarga, de la que 14 balas dieron en el blanco, una de las cuales penetrándole por la parte posterior de la base del cráneo fue a incrustarse en el pómulo izquierdo.
De allí fue conducido a San Francisco, de donde se lo remitió a Córdoba. Fue condenado a presidio por tiempo indeterminado, y cumplía esta condena cuando se fugó con los demás presos, en la reciente evasión."

Otros datos sirven para encuadrar la figura de este personaje en el historial del delito cordobés y junto a sus hermanos. Los bandidos rurales de ese apellido eran tres hermanos, Lindor, Pedro y Jesús Mugas. Según algunos testimonios, el que dejó los huesos más temprano en un enfrentamiento fue Pedro Mugas, quien cayó bajo las balas de la policía en 1890, en la Villa Concepción del Tío, en el mismo procedimiento en el que Lindor y Jesús Mugas se trenzaron a facón limpio con los uniformados, dejando un tendal de policías heridos antes de que lograran prenderlos y encarcelarlos. Los dos hermanos se fugarían poco después, y tomaron rumbos diferentes para salvar sus vidas. En enero de 1890 informaba el diario El Porvenir la noticia de una gran fuga de presos de la cárcel pública de la ciudad de Córdoba -donde actualmente se levanta el Patio Olmos- por medio de un túnel por el que se escapó "el 25% de la población de la cárcel". En la larga lista de evadidos figuraba Lindor Mugas, de quien el diario no ignoraba su historial. La misma publicación periodística recogía, dos años más tarde, noticias de la muerte de Lindor a manos del comisario de Quebracho Herrado, Eugenio Cueva, de un tiro de winchester. Informaba que Cueva conocía a Mugas, porque ambos habían sido compañeros de colegio.

Así, de "los gauchos Mugas" sólo quedaba vivo, a comienzos del siglo veinte, Jesús, quien heredó las historias de sus hermanos y hasta llegó a circular la versión de que siempre se trataba del mismo gaucho. El sobreviviente prosiguió agitando el apellido en hazañas delictivas y brindando tema de conversación a los cordobeses. Su especialidad fueron las fugas carcelarias, dadas las varias ocasiones en que logró huir de sus encierros, lo que distinguió su nombre en el relato popular.

En 1897, el diario Los Principios de Córdoba improvisaba un epígrafe largo para acompañar un retrato a grafito de Mugas, que había cedido el director de la Revista Policial, Miguel Rodríguez. Allí se lee: "Jesús Mugas es ya toda una celebridad. Su nombre ha cundido por toda la república; y durante mucho tiempo ha estado en los labios de los habitantes todos de la provincia. Y su nombradía no data de su fuga reciente de la Penitenciaría en la que las crónicas le asignan el rol principal. Antes de ese hecho que con tanta razón conmovió profundamente al público, Mugas era ya mentado. Siempre ha dado muy mucho que hacer a las autoridades de San Justo, el lugar de su nacimiento; y últimamente ha sido menester que fuera contra él toda una gruesa partida armada y que penetraran en su cuerpo de fierro catorce proyectiles para prenderlo. Esta celebridad de Mugas y el deseo general que hay por conocerlo, autoriza la aparición de su retrato en estas columnas. (…) Mugas tiene 37 años próximamente y su fisonomía es simpática. Sus modales son bastante correctos, lo mismo que su conversación que es suelta y expresiva. No es él como pudiera creerse, el tipo de un paisano incivil."

Para epílogo de esa carrera del último gaucho Mugas, hay que agregar que no fue capturado- nos lo brinda una carta suya recibida por el repórter policial del matutino cordobés La Libertad, publicada en sus páginas el mismo mes de mayo de 1903 y fechada en Brasil unas semanas antes. En sus líneas finales Mugas deja flotando palabras que siembran dudas sobre la honestidad de la policía cordobesa: «No me encuentro mal en la tierra del café y de la yerba mate, por más que eche de menos los campos de San Justo donde con varios compañeros tantas veces nos hemos impuesto a las autoridades de campaña, que nos tenían miedo y nos dejaban tranquilos matar y robar. (…) Lo único que creo es que no me prenderán: antes de que esto acontezca, más fácil es que reingresen por el ojo de la llave de la caja del banco Provincial los 20 mil pesos extraviados.»





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