Friedrich Hacía Calor

10.08.2026

Luis Eliseo Altamira


A fines de la década del ´10, principios de la del ´20 del siglo pasado, Federico García Lorca llegó a la Residencia de Estudiantes de Madrid, proveniente de la Universidad de Granada, donde cursaba abogacía. Luis Buñuel, por entonces huésped de la Residencia y estudiante de agronomía, lo describió así: "Brillante, simpático, con evidente propensión a la elegancia, la corbata impecable, la mirada oscura y brillante, Federico tenía un atractivo al que nadie podía resistirse. (…) Ya se pusiera al piano para interpretar a Chopin, ya improvisara una pantomima o una breve escena teatral, era irresistible. Podía leer cualquier cosa y la belleza brotaba siempre de sus labios. Tenía pasión, alegría, juventud. Era como una llama".

La amistad entre ambos nació en el primer encuentro. El nuevo mundo que el poeta le fue revelando al áspero atleta provinciano (y futuro director de cine), terminó transformándolo. Tiempo después llegaba a la Residencia de Estudiantes, proveniente de Figueras, Salvador Dalí. Así recordó el pintor catalán su primera impresión de Lorca: "El fenómeno poético en su totalidad y en carne viva surgió súbitamente ante mí hecho carne y huesos, confuso, inyectado de sangre, vibrando con un millar de fuegos de artificio y de biología subterránea, como toda materia dotada de la originalidad de su propia forma".

Por entonces, Federico ya era conocido en el mundo cultural madrileño y su habitación de la Residencia, uno de los puntos de reunión más solicitados de la ciudad. Los amigos de la autodenominada Orden de Toledo (presidida por Buñuel, e integrada por el mismo Lorca, Dalí, Pepín Bello, Pedro Garfias, Eugenio Montes y otros) lo acompañaban todas las noches a acostarse. "Una vez en la cama – cuenta Salvador Dalí - encontraba el medio de prolongar indefinidamente las conversaciones poéticas más trascendentales que han tenido lugar en el siglo".

El pintor empezó a sentir la sombra de la personalidad de Federico oscureciendo la virginal originalidad de su espíritu y de su carne (cito sus propias palabras). Comenzó entonces a evitarlo (a él y al grupo), "que cada vez se convertía más en su grupo. Era éste el momento culminante de su irresistible influencia personal – y el único momento en que creí atisbar la tortura que puede haber en los celos -. A veces estábamos paseando, el grupo entero, por el Paseo de la Castellana, en dirección al café dónde celebrábamos nuestras usuales reuniones literarias y dónde yo sabía que iba a brillar Lorca como un loco y fogoso diamante. De pronto, me escapaba corriendo, y en tres días no me veía nadie".

Pero la pasión que Federico sentía por Dalí, acrecentada por la partida de Buñuel a París, en 1925, acercó y estrechó la relación entre el poeta y el pintor, alcanzando ésta, en 1927, su punto culminante. El Libro de los putrefactos (de dibujos de Salvador, que quedó sin imprimir debido a que Lorca no envió el prólogo), la Oda a Salvador Dalí y los perfiles entrelazados de ambos en varios retratos del pintor, preludiaron los decorados que éste realizó, en junio del ´27, para el estreno de la obra Mariana Pineda, en Barcelona, y la siguiente exposición de dibujos lorquianos en la galería Dalmau, en la capital catalana, apadrinada por el mismo Dalí.

Pero en el verano de ese año, Federico intentó poseer físicamente a Salvador, lo que impulsó a éste último a marcar las distancias (y, seguramente, a acentuar las diferencias estéticas). Dice Agustín Sánchez Vidal, en su biografía Dalí: "Lorca y los de la generación del 27 pretendían armonizar la tradición culta, el fermento popular y la vanguardia, como puede observarse en el Romancero gitano. Buñuel y Dalí (influenciado ahora más que nunca por éste, quién, desde París, se hallaba cerca de las últimas novedades, particularmente del surrealismo) perseguían una ruptura radical, liberando los elementos irracionales sin coartadas estéticas".

De todos modos, en 1964, Salvador reconoció la deuda de muchas de sus ideas con "esa especie de masa confusa, hormigueante e integral que es la poesía de García Lorca. Lo que yo he hecho ha sido desarrollarlas; y, como soy ligeramente fenicio, he especulado mucho tiempo con las ideas que él lanzaba de una manera confusa, con una generosidad realmente deslumbrante".

En 1934, Luis Buñuel retomó su amistad con Federico, viendo que por entonces se dejaba sumergir por un número demasiado grande de admiradores. En 1936, cuatro días antes del desembarco de Franco en la península ibérica, el poeta decidió marcharse a Granada. Buñuel intentó disuadirlo, diciéndole que estaría mucho más seguro en Madrid. Lo mismo le aconsejaron otros amigos. Lorca partió igual, muy nervioso y asustado.

"Federico sentía un gran miedo al sufrimiento y a la muerte – recuerda el cineasta, en su autobiografía -. Puedo imaginar lo que sintió, en plena noche, en el camión que lo conducía hacia el olivar en que iban a matarlo. Pienso con frecuencia en ese momento".





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