Orillas recortadas de una ciudad
Gabriel Abalos
Fotos de Córdoba devuelven casas y calles desaparecidas ochenta años atrás, al organizar el arroyo La Cañada. Y exponen fragmentos de vida en esos lugares. Extraordinario aporte del nuevo libro de Cristina Boixadós.

Unos archivos octogenarios
Hay algo detectivesco en perseguir documentos sobre los que se poseen ciertas referencias, pero que aún no han sido encontrados. Y en verdad, la investigación histórica, como la que ejerce Cristina Boixadós -una referente inapelable en historia de la fotografía en Córdoba- está llena de pistas falsas, de revelaciones a veces tardías, de felices sorpresas y también de milagros. Todos los tipos de recorridos en pos de hallar materiales valiosísimos, o parte de ellos, le han tocado a Cristina. Se puede mencionar el encuentro accidental de material tirado a la calle, porque no se sabía qué hacer con él, porque ocupaba un lugar desde hacía demasiado tiempo. Esos momentos que podrían no haber ocurrido y, por lo tanto, no haber dejado ninguna conclusión, ni inaugurado un tiempo de changüí para materiales antiguos. Esa es la parte milagrosa.
Con su trabajo, Boixadós ha realizado aportes decisivos al campo de conocimiento del oficio de los retratistas y reporteros gráficos y, en no menor medida, al deseo de ver revelada a través de esas obras a nuestra Córdoba, sus calles, sus habitantes, sus casas tal como eran en el pasado.
Un pasaje decisivo de esa novela de detectives es narrado así por la autora de "Fuera de registro – Los bordes de una ciudad y de su gente". Allí se lee:
"En un cuartucho estaba amontonado y tirado al azar el tesoro de la acción humana sobre la naturaleza. Entre pilas de carpetas, dos retratos de gran porte de Carlos Casaffousth y de Juan Bialet Massé nos saludaban apenas abrimos esa puerta. Sus miradas al unísono nos decían 'el agua deja sus marcas'. Comprendimos rápidamente que, en esa montaña de papeles, llevaría un buen tiempo encontrar lo que buscábamos. Muebles antiguos de madera finamente confeccionados, planeras, ficheros y un armario protegían algunos documentos.
En este último mueble encontramos lo que buscábamos: los dos tomos de la obra fotográfica de Jorge B. Pilcher.
Seguimos hurgando. En uno de esos estantes, una caja de cartón nos llamó la atención. Algo guardaba con recelo.
Esa caja olía a misterio y a ausencia. La abrimos. Había tres álbumes apaisados, con solapa, broche y su tapa marrón de tela encolada con la inscripción Obra La sistematización de La Cañada. Contenían negativos 6 x 9 cm protegidos por ese papel fino amarillento, que bien podría ser 'papel araña'. Eran los frentes e interiores de las casas a demoler para ejecutar la obra de ordenamiento del arroyo, anunciada y decretada desde 1939. También encontramos las planillas con los datos de las casas a expropiar, que luego fotocopié. La demolición -dice una columna de este registro- repercutió en 18 manzanas de la trama urbanizada, desde la calle La Rioja, al norte y la Perú y Julio A. Roca, al sur. Por eso ahora, cuesta entender cómo era ese tramo del tejido urbano anterior a 1944 cuando el arroyo perdió sus curvas, sobre todo en la calle Lavalleja al 100 y en la Ayacucho, entre el 700 y el 1100."
Como resultado de esa búsqueda y de ese descubrimiento, cuenta la autora, junto a su estrecha colaboradora en la investigación, Ana Sofía Maizón "desde 2015 guardamos estas imágenes y callamos este hallazgo. Nuestro pacto con Sofía fue hacer un libro, bien lo valía. Inventamos títulos, formas de abordarlas, de escribir una historia. Pero yo, ya retirada de la docencia, estaba con otros proyectos y Sofía tenía nuevas responsabilidades laborales."
El final -o, en realidad, el comienzo- de la historia es este libro entre las manos: "Fuera de registro – Los bordes de una ciudad y de su gente". El encuentro casual de esos archivos ocurrió setenta años después de tomadas las fotografías. Hoy aquellos originales puestos en el libro, tienen ya ochenta años.

Pasan casas, calles, gentes
El título del libro firmado por Cristina Boixadós contiene las palabras "ciudad" y "gente", y las fotografías reunidas se detuvieron a retratar casas y calles. Todo esto recuerda un libro (que no se ha vuelto a editar), llamado "Gente, casas y calles de Córdoba", de Manuel López Cepeda, que apareció en 1965. Sin cámara de foto de por medio, López Cepeda conservó datos sobre el paso del tiempo medido en la ocupación de inmuebles, su edificación, su desaparición, como fascinado de ser testigo de esos cambios que estaban ocurriendo delante de sus narices. Leer el libro equivale a imaginar a su autor deteniéndose ante viejas casonas para cotejarlas con la ciudad de su memoria, la de esa cuadra, la de esa calle. Lo imaginamos tomando notas sobre una sucesión de hechos, un cambio de dueños, la desaparición de cierta tienda y el advenimiento de un cine, de un "biógrafo". Había comprendido el inmenso valor de todo breve retazo de una memoria atenta. Y hacía memoria.
Por su parte, Cristina Boixadós exhuma material de hace ochenta años, que registra un tiempo previo a la entronización de la memoria en su propio trayecto y en su experiencia de vivir la ciudad. No estuvo frente a esas casas retratadas por un fotógrafo anónimo. Pero allá están, en esas fotografías previas a la acción del pico de la demolición. Ella habría deseado estar allí, pero ha tenido la ocasión de recorrer, fotos mediante, esas calles, e invitarnos a esa caminata por una parte de Córdoba que ya no existe.
Ella ama esas fotografías que, además, se encuentran justo al medio entre el documento y el arte. Las fotografías pueden aunar ambas dimensiones. Es en esa zona donde crece la figura del fotógrafo, un intermediario con ese pasado (como lo fue con su escritura López Cepeda). Ha tomado sus imágenes únicas, parsimoniosas debido al peso del pasado, y más aún frente a la certidumbre de que esas construcciones, esas casas, esas calles y esas gentes -y él mismo- no son sino parte de un tiempo sin retorno. Intenta ralentizar, a lo sumo, el correr de los años que todo se devoran.
Retratos de un tiempo olvidadizo
Algo casi epopéyico, o sin el casi incluso, si lo vemos desde nuestros ochenta años más tarde, en nuestro tiempo donde un dispositivo capaz de fotografiar, filmar, grabar sonidos, cosas que se despliegan en frente de nosotros, de una manera tan sencilla y sin pausa, porque cada persona posee uno y puede tomarse selfies con amigos, registrar el juego de los niños y su crecimiento, los cumpleaños, las fiestas pasadas, los paseos. Un artefacto universal que convierte la ceremonia del registro en un gesto cotidiano sin valor intrínseco. La comida a punto de ser ingerida, los retratos casuales tomados de tiempos inmediatos, el encuentro reciente, la actividad del instante. Se pregunta uno ¿quién ordenará esos archivos de viejos celulares reemplazados por otros, cuando ya no importe el friso, el inmenso collage de momentos, de viajes, de últimas fotos de muertos y muertas que sonríen en esa memoria inocente de cualquier dramatismo? ¿De tiempos e infancias ya gastados? ¿De memorias que se inclinan hacia adelante, como queriendo olvidar?
Fotografiar era un procedimiento y también un ritual. Es notable cuánto de encanto, de arte de la luz se puede encontrar en un relevamiento de viviendas barriales para su expropiación y demolición. Parece imposible al fotógrafo el no traslucir la belleza de un retrato, de una memoria. Evoca ese dramatismo con que se fotografía a un condenado a muerte momentos antes de su ejecución, o incluso esas fotos mortuorias después de los disparos del pelotón. Lo efímero arroja una luz oblicua, una luz que devela el peso a veces insoportable de la historia.
Casas, vidas llamadas a la demolición del tiempo, o de un plan de obras. Como un árbol justo antes de caer con su estruendo. Esa "segunda vez" de los gestos, de las vidas presas de su tiempo que sonríen al hoy. Y siguen sonriendo, porque una luz ha atravesado la caja oscura y ha capturado ese hoy con unción, no con distracción o ese repentismo que tanto podría estar, como no estar presente.
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Años guardados en papel sensible
Cuando parecía que los aportes de Cristina Boixadós a la historia de la fotografía en Córdoba y también a la historia de Córdoba a través de la fotografía, ya habían alcanzado un pico, tras veinte libros publicados, haber dado a conocer la obra fotográfica del reportero gráfico Antonio Novello, de haber rescatado fotografías del viejo cauce de la Cañada, fotos urbanas de entre 1870 y 1930, haberse familiarizado con los oficios de los fotógrafos cordobeses de dos siglos, haber puesto en valor desde sus originales la colección de fotografías de Jorge B. Pilcher que retrataron a Córdoba de 1870 a 1890; haber encontrado la colección de fotos de tres generaciones de la familia Righetti, cuyos miembros transcurrieron su vida entre la Argentina y Suiza; no imaginábamos que todavía quedaba por develar este precioso proyecto que acaba de presentar la investigadora, que vuelve a descorrer una cortina que da al pasado de la ciudad. Casas, vidas, épocas, cotidianos quedan expuestos a la sensibilidad de lectores y lectoras.
El nuevo libro de Cristina nos revela páginas de la historia de Córdoba a mediados del siglo veinte, que no sabíamos que existían. Son imágenes durante décadas conservadas casi por azar, corresponden a los tempranos años cuarenta y se desconoce el nombre del fotógrafo (la autora decide rebautizarlo como Juan, por una necesidad emotiva, dado el tesoro que aquel ha legado a la ciudad).
Allí surge este reportaje visual a los bordes de una ciudad que se han borrado, pero al ver las fotos la reconocemos, no por haberla conocido sino porque se repite una arquitectura, unos modos de vida, una época y un "algo" indefinible de este lugar, de esas vidas, que nos pertenecen. Creemos haber conocido esa casa de esquina, transitado esas calles, haber visto esos patios y esas, o parecidas escenas de chicos jugando, que son nuestras de un modo sin duda apenas simbólico.
Los rostros y los cuerpos de las fotos interpelan nuestra propia condición efímera, sus miradas hacia un punto concreto, que viajan con ansiedad hacia el objeto cámara, desconociéndolo todo acerca del futuro. Recorriendo ese acervo de la ciudad, Cristina Boixadós ha viajado a su propio interior, ha caminado esos lugares perdidos, ha escrito sobre cada foto una ficha que informa, sitúa, compara e historia, en lo posible, y que desborda de amor por esos lugares y esos seres sin nombres.
Magníficamente editado, un objeto hermoso para abrir y para descubrir revelaciones de una Córdoba infinita hacia atrás, que de pronto se detiene y expone a nuestros ojos una ciudad viva que estaba a punto de desaparecer, pero no todavía, no ya para siempre, gracias a estos retablos de valor incalculable.
"Fuera de registro / Los bordes de una ciudad y de su gente" se puede conseguir regularmente en Rubén Libros (Pje. Sta Catalina, Deán Funes 163, Locales 1 y 2); El Espejo Libros (en el mismo Paseo, locales 4 y 5); Librería Quade (tiene varias sucursales en Nueva Cba., Paseo del Jockey, Córdoba Shopping, Paseo Rivera Indarte); Librería del Palacio (Ituzaingó 882) y Blackpool (Dean Funes 395).

Gabriel Abalos
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