Fútbol y filosofía
Alfredo Lemon

A esta altura del año y habiendo transcurrido el tiempo, pudimos apreciar que por más de un mes, el hombre común, el individuo hipotéticamente promedio de distintas latitudes del mundo, en su cabeza vibró, mayormente, en una misma onda de frecuencia: el gol. Palpitó fútbol, transpiró fútbol, sufrió fútbol, consumió fútbol, se lamentó por el fútbol, lloró fútbol, festejó por el fútbol, se hartó del fútbol. Se trata sin dudas de una pasión difícil de explicar desde la teoría o el intelecto, que además de sentirse como emoción en el centro del corazón y casi como un tango melancólico, permite ser pensado no sin cierta prevención: una cosa es reflexionar desde afuera (verlo frente a una pantalla) y otra es, hacerlo desde dentro (jugándolo). Se puede entonces filosofar sobre este fenómeno global, sumamente real, alimento de sueños, fantasías colectivas, del que puede observarse como espectáculo, apoteosis, como lenguaje y comunicación; más allá del negocio gigantesco que significa o la utilización política que lamentablemente se ha hecho muchas veces con el deporte.
Deseo de cuero
Convengamos que la relación entre el fútbol y los intelectuales siempre ha sido compleja: llena de odios o indiferencias, pero también de respeto y de admiración. Jorge Luis Borges, sin ir más lejos, primero preguntaba con ironía: "¿qué es el fútbol?" y seguidamente advertía: "la idea que alguien gane y que otro pierda me parece desagradable, hay una idea de supremacía, de poder, que me resulta horrible, se hace de un triunfo o una derrota algo de vida o muerte; se trata de un juego brutal, feo estéticamente, innoble y agresivo".
Desde otra óptica, dos existencialistas de la talla de Albert Camus y Martin Heidegger fueron considerados amantes paradigmáticos de este juego. El primero, autor de "La peste" y "el Mito de Sísifo", fue arquero del equipo de la Universidad de Argel y llegó a sostener: "después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol, lo que aprendí en el equipo no puedo olvidarlo". Por su parte, el segundo, autor de "Ser y tiempo", jugó en su juventud de puntero izquierdo y confesó su excitación frente a las trasmisiones televisadas de la Copa de Europa y su admiración por la delicadeza con que Franz Beckenbauer trataba a la pelota.
Hace unos años, en Buenos Aires, escuché decir a Umberto Eco que las imágenes televisivas del campeonato nos convierte en seres pasivos, meros mirones de lo que los otros hacen. La paradoja fue que él mismo hizo lo imposible para desligarse del auditorio donde se encontraba, para ver el partido que disputaban en esa instancia Italia con Noruega.
Desde la sociología, Juan José Sebreli en su libro "La era del fútbol" dice que, en ese ámbito, desde el poderoso dirigente hasta el hincha anónimo, pasando por el ídolo, puede analizarse el proceder del grupo social en su totalidad y comprobar a través de esa micro-sociedad, las tendencias latentes o manipulaciones de la macro-sociedad. El fútbol no es solamente fútbol. Del mismo modo que lo fue el Olimpo en la Grecia de Pericles, el Circo en el Imperio Romano o el Hipódromo en el Imperio Bizantino, el estadio es un espejo de la sociedad actual. "La identificación apasionada con el propio grupo y la hostilidad hacia los que no pertenecen, son rasgos de la personalidad autoritaria que comparten por igual la ideología y el deporte". En síntesis, encara al fútbol no como mera diversión sino como algo serio que ha venido a reemplazar y a llenar el vacío existencial que dejaron las grandes religiones y ciertos sistemas políticos, incluido el socialismo. Plantea además, que durante el campeonato mundial, la ciudad adquiere una atmósfera particular, calles semivacías, enormes pantallas ubicadas en esquinas estratégicas, bares y negocios con televisores encendidos, taxis con radios escuchando los partidos, escuelas que dejar de trasmitir educación, empleados que descuidan sus trabajos y principalmente, la imposibilidad de permanecer ajeno al fenómeno de esta omnipresencia deportiva.
Pasión de tango
Juego, luego soy: el estilo de jugar es un modo de ser, que revela el perfil propio de cada comunidad y afirma su derecho a la diferencia.
Dime cómo juegas y te diré quién eres. Hace ya muchos años que se juega el fútbol de diversas maneras, distintas expresiones de la personalidad de cada pueblo, y el rescate de esa diversidad aparece hoy, más necesario que nunca. Nunca el mundo ha sido tan desigual en las oportunidades que ofrece y tan igualador en las costumbres que impone. En este mundo ansioso, contradictorio, descreído y solo, quien no muere de hambre, muere de aburrimiento.
Desde este entendimiento, cobran fuerza las ideas de Jorge Valdano, ex-delantero del seleccionado argentino campeón mundial de 1986, que además cursó estudios de filosofía en Europa, y afirmó: "se juega como se vive, somos como jugamos y el fútbol es el juego que elegimos. Niños descalzos en cualquier arrabal de la América nuestra, niños con zapatillas prósperas en un parque de la Europa rica; donde salta un balón se implica el alma de un hombre en proyecto".
Fiesta y batalla; aplauso y conflicto. Los que miran se involucran, juegan por delegación, no de un modo virtual sino vivenciando los sucesos de la cancha en carne propia, en el recinto más íntimo de su ánimo. Estos impactos, estas fuerzas son más emocionales que cerebrales, más proclives al fervor que al raciocinio; tal vez porque lo adulto y lo civilizado tienen siempre que ver con lo venidero y el fútbol nos da la ocasión de manotear cierta dosis de placer presente o rasguñar un poco del retazo de la infancia.
Esta es quizás, no sólo en nuestra patria, una de las pasiones más compartidas por el pueblo; en donde muchos adoradores de la pelota (o de los libros) aunque nunca hayamos sabido jugarla bien, integramos la platea digital cuando interviene nuestra selección. Porque en los instantes del partido, sentimos esa pertenencia común y esos veintidós jugadores, durante noventa minutos, el césped de la cancha y la tribuna, son capaces de desplazar al universo. Porque durante ese breve espacio de tiempo sin tiempo brincamos también detrás de una pelota y pateándola, aunque más no sea con la mirada atenta, le demostramos amor y podemos ser felices.
Ante esa llama encendida en el alma de tantos hombres, cabe preguntarse: ¿es posible tamaña equivocación, estamos tan errados todos, en todas partes del orbe, los japoneses, africanos, latino americanos...? ¿somos todos engañados? ¿esta ilusión generalizada nos envuelve a todos, en todas partes del mundo en un mismo momento ¿fue durante esos días un humo de opio sobre nuestras conciencias?...
Jugar es existir, existir es ser
Coincido con el planteo poético de Eduardo Galeano que, en "El fútbol a sol y a sombra", enuncia audazmente la metáfora del gol como el orgasmo del fútbol. Y también cuando confiesa que a medida que van pasando los años, como un mendigo suplica: "una buena jugada por el amor de Dios..." y que cuando eso ocurre, agradece el milagro sin importarle cuál es el club o el país que se lo ofrece. El escritor uruguayo observa que la historia oficial tiene un descuido asombroso al ignorar el fútbol. Es cierto, ni los textos de historia contemporánea ni los diccionarios de teoría de la comunicación lo mencionan, en países donde ha sido y sigue siendo un signo de identidad colectiva.
A quien sepa sondear en lo profundo de las vicisitudes de la vida, el fútbol le develará verdades del entramado social y psicológico del hombre; aristas de luz que sólo las grandes intuiciones pueden percibir.
Y ahora cierro esta divagación como quien patea el fútbol afuera. Le pongo un punto final con esa melancolía que podemos sentir después de escribir un poema, bailar un tango, hacer el amor, pasar la página o terminar un partido.
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