Hay que ser muy estúpido
Marta García

Sabe perfectamente cómo sobrevivir en la vigilia y acepta que no lo logren la mayoría de las cosas con las que sueña. Se despierta todos los días con un beso administrativo, baboso. Y salta de un estado a otro del mismo modo en que baja de un colectivo en movimiento. Ella no es feliz rebotando entre la narcolepsia y el mundanal ruido pero se entretiene con las desgracias de los despertares: cepillarse el pelo y los dientes, hacer pis y café, salir a correr a la plaza y a los ómnibus, cocinar sopitas y revanchas, trabajar fuera de la casa y de las expectativas, olvidarse de sus necesidades y del papel higiénico…
Hasta que un día se harta. A quién se le ocurre poner una escena en la que te babosean dormida. Y toma una decisión tan necesaria como inquietante: despertarse por sí misma. Y dando un salto salvaje y mal calculado cae en un vórtice que la chupa sin baba... y agarrándose con la punta de los dedos al borde de la cama, despierta. Pero no cae sola. Trae pegado en las sábanas al sueño mismo. Sabe lo que ha provocado: el sueño tiene los minutos contados. La vigilia se lo comerá crudo. Se hace cargo. Lo sienta al borde de la cama, lo abraza y le da indicaciones.
"Mirá, este mundo de concreto te despierta con besos y después te agarra del cuello… con horarios, con ruidos, con la cotización del dólar y las batallas por las migas del pan. Vos quedate en casa y resistí. Apenas vuelva por la noche de la fábrica, nos vamos a dormir y te saco de esta pesadilla".
Ella sabe que no solo es bruta para despertarse. También lo es para tropezar dos veces con el mismo vórtice. El sueño no resistiría tantos cambios de plano. Y toma por segunda vez una decisión necesaria e inquietante: no se despertará nunca más. La relajación alcanza hasta los músculos de su garganta.
Llega el príncipe no en un caballo blanco. Llega tarde. Tampoco es príncipe. Solo un inquilino que debe el alquiler. Cuando se dispone a estamparle su baba, un sonido potente sale de la boquita aletargada. El pusilánime se asusta. "Esos ruidos no figuraban en el guión", reclama a las paredes. No se le pasa por su cabeza envasada al vacío que allí está una mujer entregada al abismo del sueño que rescató.
La sacude como quien golpea una heladera para ver si arranca. Nada. Piensa en una patología mal curada, una falla del producto. "Ninguna princesa del catálogo hace esos ruidos". Se cansa de no despertarla y encima tener que escuchar sus estertores y huye no sin antes arrancarle de los labios los besos que le dio. "Estarán usados pero con un poco de saliva van a quedar como nuevos". Ignorando la fatalidad que le espera, la porquería ésta se va a otro cuento.
Ella ya está muy lejos de las desventuras, junto a su sueño y los estrépitos de la respiración, narcoléptica y despierta, según se lo mire como diagnóstico o sublevación.
"La princesa respira raro. Qué tendrá la princesa?"
Apnea... príncipe pringoso.
Y una chica bien despierta que él besa como a una princesa mal dormida, le devuelve su beso de saliva usada y lo convierte en sapo. Hay que ser estúpido.
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