Jess Thom: cuando el arte aprende a no pedir silencio
Noelia Pajón

Hay una palabra que aparece una y otra vez.
"Biscuit".
Puede aparecer en medio de una frase, interrumpir una historia, atravesar una canción o irrumpir cuando nadie la esperaba. También pueden aparecer "hedgehog", "cats", canciones improvisadas, movimientos involuntarios o cualquier otra expresión que escape al control de quien está hablando.
Para Jess Thom, no son errores de escena.
Son parte de su vida. Y, con el tiempo, también se convirtieron en parte de su arte.
Artista, escritora y activista británica, Thom tiene síndrome de Tourette y desde hace años trabaja para cambiar la manera en que la sociedad comprende esta condición y, especialmente, para cuestionar las reglas que determinan quién puede ocupar un escenario y cómo debe comportarse una persona para ser aceptada dentro de él. Actualmente es co-directora creativa de Touretteshero, una organización liderada por personas con discapacidad y neurodivergentes.
Pero su historia artística comenzó, en cierto sentido, con una puerta que se cerró.
El lugar donde no podía estar
Durante una función teatral, los tics de Thom comenzaron a molestar a algunas personas del público. Le pidieron que se trasladara a la cabina de sonido para no interrumpir la obra.
La experiencia fue profundamente dolorosa.
No se trataba solamente de cambiar de asiento. Para ella significaba recibir un mensaje mucho más grande: que su manera de existir podía convertirse en una molestia y que, para disfrutar del teatro como cualquier otra persona, debía desaparecer del espacio compartido.
Años después recordaría aquel episodio como uno de los momentos que la llevaron a preguntarse dónde estaba el lugar del teatro en el que no iban a pedirle que se marchara.
La respuesta terminó siendo inesperada.
El escenario
Si sus tics no podían desaparecer para entrar al teatro, entonces quizá el teatro podía aprender a convivir con ellos.
Bienvenidos a Biscuit Land
En 2014 Thom llevó al Edinburgh Fringe Festival "Backstage in Biscuit Land", una obra creada junto con Jess Mabel Jones.
El espectáculo mezcla humor, relatos personales, improvisación y los propios tics involuntarios de ella. No intenta esconderlos ni convertirlos en un problema que deba solucionarse antes de comenzar la función.
Por el contrario: forman parte de la experiencia.
La propia Thom explicó que, debido a sus tics, no puede mantenerse estrictamente dentro de un guión. Y justamente allí encontró una posibilidad creativa: cada función podía ser diferente.
El resultado fue una obra deliberadamente imprevisible.
En escena aparecieron palabras inesperadas, canciones, objetos absurdos y situaciones que podían cambiar de una función a otra. Algunas expresiones que surgían como tics terminaron incorporándose al espectáculo. El absurdo dejó de ser un accidente y pasó a formar parte del lenguaje teatral.
Backstage in Biscuit Land fue estrenada en 2014 y posteriormente realizó una gira internacional por Canadá, Estados Unidos, Australia y distintas ciudades del Reino Unido.
La crítica también encontró allí algo más que una experiencia relacionada con el Tourette: encontró una nueva posibilidad para el teatro. "The Guardian" destacó precisamente cómo la imprevisibilidad podía convertirse en un motor de creatividad.

Cuando la diferencia deja de ser una interrupción
Quizás una de las ideas más interesantes del trabajo de Jess Thom sea que no propone simplemente "incluir" a las personas con discapacidad dentro de las formas culturales existentes.
Propone algo más incómodo:
¿Y si las formas culturales también tuvieran que cambiar?
Durante mucho tiempo, asistir al teatro implicó cumplir determinadas reglas: permanecer sentado, guardar silencio, controlar los movimientos y evitar cualquier comportamiento que pudiera distraer a los demás.
Pero ¿qué sucede con una persona que no puede cumplir esas reglas?
Para Thom, la respuesta no debería ser expulsarla.
De esa necesidad surgió también su defensa de las llamadas relaxed performances, funciones que permiten una relación diferente con las normas tradicionales del comportamiento del público. En ellas se acepta que pueda haber sonidos o movimientos durante la función y se contemplan también determinadas necesidades sensoriales.
La importancia de este concepto va mucho más allá del Tourette.
Una función más flexible puede beneficiar a personas autistas, personas con determinadas discapacidades, niños pequeños, personas con dificultades sensoriales y, en general, a cualquiera que no pueda o no quiera ajustarse al modelo tradicional de espectador silencioso.
La accesibilidad, entonces, deja de ser una modificación hecha para unos pocos.
Se convierte en otra manera de imaginar al público.
El arte no tiene que ser perfecto
En 2017, Thom llevó esta misma lógica todavía más lejos.
Interpretó Not I, el célebre monólogo de Samuel Beckett, en el que una boca iluminada pronuncia frenéticamente el texto.
Pero Thom tiene Tourette.
Eso significa que, durante la interpretación, podía aparecer una palabra que no perteneciera al texto original.
"Biscuit".
La obra de Beckett, conocida por la precisión de su lenguaje y por las exigencias que plantea a quien interpreta el monólogo, comenzó a convivir con aquello que no podía ser completamente controlado.
Y ahí aparece una pregunta fascinante para cualquier persona interesada en el arte:
¿Qué ocurre cuando una obra no puede desarrollarse exactamente como estaba prevista?
En lugar de considerar esa diferencia como un defecto, Thom la convirtió en una posibilidad artística.
No se trataba de demostrar que una persona con discapacidad también podía interpretar una obra "como corresponde".
Se trataba de preguntarse qué podía ocurrir con la obra cuando quien la interpreta trae consigo otra manera de relacionarse con el lenguaje, el cuerpo y el tiempo.
Una cultura donde nadie tenga que esconderse
El trabajo de Thom también cuestiona una idea muy instalada: que hacer accesible la cultura significa simplemente agregar determinados recursos.
Una rampa, un subtítulo, una audiodescripción, un intérprete.
Todos ellos pueden ser fundamentales.
Pero la accesibilidad también puede comenzar con una pregunta mucho más básica:
¿Quién imaginamos cuando pensamos en nuestro público?
Si imaginamos solamente a una persona que puede permanecer quieta, escuchar en silencio, mirar durante largos períodos y seguir exactamente las normas del espacio cultural, muchas personas quedarán afuera antes de que siquiera comience la función.
Thom propone ampliar esa imaginación.
Por eso su trabajo artístico y su activismo están profundamente conectados. Desde Touretteshero, organización que cofundó en 2010, continúa desarrollando proyectos vinculados con el Tourette, la creatividad, la representación y la inclusión.
Su recorrido demuestra que la accesibilidad cultural no tiene por qué significar hacer que una persona se adapte para poder entrar.
También puede significar cambiar el lugar para que más personas puedan estar.
Después del "biscuit"
Quizás lo más poderoso de Jess Thom sea que nunca intentó convertir su arte en una demostración de superación.
Sus tics no desaparecieron. El escenario tampoco se volvió mágicamente sencillo.
Lo que cambió fue otra cosa: la relación entre ambos.
Aquello que alguna vez hizo que le pidieran abandonar una sala terminó llevándola al centro del escenario.
Y la palabra que aparecía sin permiso —"biscuit"— terminó convirtiéndose en el nombre de todo un universo creativo: Biscuit Land.
Hay algo profundamente cultural en esa transformación.
Porque el arte también consiste en decidir qué merece ser escuchado, qué cuerpos pueden aparecer, qué voces son consideradas válidas y qué comportamientos estamos dispuestos a aceptar.
Jess Thom no pide que el público deje de escuchar.
Propone que aprendamos a escuchar de otra manera.
Quizás una cultura verdaderamente accesible no sea aquella en la que todas las personas consiguen comportarse de la misma forma.
Quizás sea aquella en la que nadie tenga que dejar de ser quien es para poder formar parte de ella.


