Juanita, la fluorescente

10.05.2026

Marta García


Foto: Stephan Vanfleteren
Foto: Stephan Vanfleteren

Nadie vio cómo empezó todo. En esta ciudad, cuando algo nace sin permiso, aprende rápido a no hacer ruido. Juanita tampoco lo hizo. No pisó corralones ni ferreterías y sin decir una palabra levantó una casa con palabras. Una casita llena de huecos por los que pudieran entrar los monólogos interiores sin tocar el timbre.

Las fue encontrando en callejones sin salida y en basurales sin entrada, algunas corpóreas como las del cartel de un estudio jurídico que se fundió por faltar a la verdad y las tiró a un contenedor sin escuchar sus testimonios; otras, livianas, casi humo, escapadas de confesiones sin testigos. También las rescató de un viejo cartel luminoso de un teatro apagado, recostado contra un pilar de luz a la manera de un borracho esperando un colectivo que ya no pasa. Las palabras estaban ahí. Miles. Ordenadas sin orden. Y como suele suceder en las ciudades predecibles, nada llamaba la atención. Ni toneladas de palabras tiradas a la basura ni Juanita cartoneando letras. Hasta que lo inesperado jugó una generala con lo predecible.

Juanita comenzó a sentir cierta radiación electromagnética cada vez que se acercaba a alguna letra. Absorbía esa energía con la misma naturalidad con la que se chupa un juguito con sorbete. Y por unos instantes casi inexistentes para los relojes, se volvía transparente y brillante. Fluorescente. Piel translúcida hasta el punto de que se le podían contar las costillas y los pensamientos, alineados como sospechosos en una rueda de reconocimiento. Después, oscuridad. Guardaba la letra en un morral y la luz se apagaba. Lo instantáneo nunca fue tan breve y tan contundente.

Como salía de noche, los fogonazos comenzaron a llamar la atención de los ciudadanos pronosticables. Y empezaron a mirar. Y cuando la mirada se vuelve fija y vecinal, no tarda en llegar el resto: ordenanzas, sellos y un expediente abierto por "Destellos nocturnos no autorizados en zona urbana".

Además de fluorescente, Juanita era predictiva. Sabía que la perseguirían intimándola con papeles y linternas. Antes de que se dieran cuenta de cuáles eran las fuentes de su luminiscencia decidió poner las letras a salvo. Y se le ocurrió construir un hogar porque casa ya tenía. Puso como ventiletes unos signos de admiración por los que pudieran entrar las canciones de su vecina, la que le roba perejiles por la mañana pero le regala boleros por la tarde. Es una casita a la que se le ve todo. Su puerta principal es una letra "O" mayúscula que te traga entera. Da impresión pero no te muerde.

Quedó torcida y no está bien orientada. Tiene muchas vocales minúsculas, sobre todo, la "e" y le faltan consonantes mayúsculas, tal el caso de la "x". Porque la construyó con letras que fue encontrando en una ciudad con alfabeto español. Es el catálogo de un diccionario enterrado vivo. Uno que, después de haber sido tratado como basura, decidió sepultarse solo pero no olvida a sus muertas.

Las palabras rescatadas son muy agradecidas. Cada vez que Juanita entra a su casa los fogonazos se van sumando uno detrás del otro. Y lo fugaz permanece. Se vuelve todo tan fluorescente que su pequeño hogar es un faro iluminando una ciudad sin mar. Podremos haberlas maltratado pero si algo no nos guardan las palabras es rencor.

Tardamos un tiempo en entrar porque teníamos miedo, miedo a la oscuridad, a que se desplomara una construcción hecha con sobras y las palabras -tantas, tantas- nos aplastaran. Cuando nos animamos a sortear la "O" descubrimos que la casita no tiembla ni es inestable. Solo es un hogar que nos está hablando.

Desde entonces, no es Juanita la única fluorescente.





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