Jugar con la IA para volver a casa
Nuevas herramientas, viejas emociones
Fernando Mercado

Mucho se discute sobre su uso. Hay entusiasmo, hay miedo, hay controversia. Pero, más allá de cualquier postura, creo que estamos frente a un verdadero cambio de paradigma. No es la primera vez que me toca vivir uno.
Recuerdo aquellos años en la Escuelita de Cine de la Universidad Nacional de Córdoba, cuando la transición entre lo analógico y lo digital ya era un hecho. Todavía tengo presente la emoción de mover los primeros clips en la línea de tiempo de aquel software de edición de video, Adobe Premiere LE 1.0. ¡Qué maravilla!
La curiosidad por la tecnología siempre nos unió con mis grandes amigos y colegas Diego, de Ushuaia, y José, de La Quiaca. Sí, los tengo un poco lejos. Uno en cada punta, yo en el medio, pero siempre cercanos. Allá por 1995 viajamos juntos a Buenos Aires para comprar la famosa y codiciada placa de edición de video Miro DC20. Venía instalada en un gabinete full tower, una torre gigante, con un disco rígido de 2 GB que, en ese momento, parecía infinito.
Siendo estudiantes, habíamos armado un pequeño estudio de edición en casa y estábamos editando un documental institucional para la facultad. Recuerdo que los profesores de Realización y Fotografía fueron a conocer ese nuevo estudio. Se maravillaron junto con nosotros. No era solamente la tecnología; era la sensación de estar asomándonos a algo completamente nuevo. Líneas de tiempo digitales, retoque fotográfico, animación 3D: todo en la pantalla de una computadora.
Hoy todo parece aún más virtual, más intangible. Nodos, modelos de generación, iteraciones, prompts... Ese es ahora el lenguaje cotidiano. Y ahí vamos, atravesando esta nueva ola sin miedo a mojarnos, con la misma curiosidad de siempre. Los que estudiamos cine tenemos claro que se trata de un arte muy mediatizado por elementos tecnológicos y que, por su propia lógica, va evolucionando junto con ellos.
Los ciclos parecen repetirse: de aquellos años jugando con las nuevas herramientas digitales a sumergirnos hoy en este poderoso mundo de la inteligencia artificial.
Hace unos días, leyendo por casualidad un artículo del New York Times, encontré una reflexión que me hizo mucho sentido: cuando las personas sienten ansiedad e incertidumbre sobre el futuro, recurren naturalmente al pasado en busca de consuelo y guía. La propia palabra nostalgia encierra una idea poderosa. Proviene del griego nóstos (regreso) y álgos (dolor): literalmente significa «el dolor por querer volver».
Casi treinta años después, volvimos a hacer lo mismo: jugar con una tecnología que todavía estamos aprendiendo a entender. Solo que esta vez, paradójicamente, la usamos para mirar hacia atrás.
Así nació Nostalgia Nuestra, una cuenta de Instagram que reconstruye recuerdos emocionales de la Argentina de los 80, 90 y 2000. Un canal que crea contenido nostálgico a través de videos realizados con IA y bandas sonoras de artistas argentinos emblemáticos. Los videos son una suerte de "shock" nostálgico de treinta segundos, donde se puede ver a jóvenes luciendo looks de aquellos años, autos de la época y objetos analógicos dentro de escenas que intentan devolverles vida a esos recuerdos.
En menos de un mes, con apenas tres videos de cuarenta segundos, superamos el millón de visualizaciones. ¡Fue impensado! Pero lo más sorprendente no fueron las métricas: fueron las personas. Miles de comentarios llenos de emoción, recuerdos de infancia y anécdotas familiares:
"El mundo donde crecí... ¿adónde te fuiste?"
"Mucha información, sonidos, imágenes, recuerdos... me explotó en lágrimas el corazón."
"Una parte nuestra está ahí: el sábado a la tarde, la vereda, la bici, un cassette."
La IA podría reconstruir un Renault 12, un televisor de tubo, una vereda de barrio o el aspecto de una fotografía de los años noventa. Lo que no podía fabricar era el recuerdo de quien estaba mirando. Eso ya estaba ahí.
Encuentro, en este sentido, otro elemento interesante. Mi hija Cata siente una fascinación casi irracional por los cassettes, los CD y las cámaras analógicas. Como si, en medio de tanta volatilidad digital, existiera una necesidad silenciosa de volver a tocar y sentir las cosas materiales: las texturas, el brillo, los mecanismos, los sonidos al funcionar.
Tal vez, cuanto más perfecta se vuelve la simulación digital, más valor adquieren las imperfecciones de lo real: el ruido de un cassette, el grano de una fotografía, un disco rayado, el mecanismo de una cámara.
Y creo que ahí está mi aprendizaje.
En filosofía, la esencia es aquello que hace que una cosa sea lo que es y no otra. Es su naturaleza fundamental, aquello que permanece aunque cambien sus aspectos accidentales.
Como comunicadores, realizadores o, simplemente, contadores de historias, nuestra tarea sigue siendo la misma. Cambian las herramientas, cambian los lenguajes, cambian las tecnologías. Pero la esencia permanece.
Quizás esa sea la mayor paradoja de estos tiempos: utilizamos, en nuestro caso, una de las tecnologías más revolucionarias jamás creadas para volver a casa. No necesariamente a un lugar, sino a una emoción, a una época, a la memoria compartida de quienes fuimos.
Porque, al final, no recordamos las cosas exactamente como fueron. Recordamos cómo nos hicieron sentir. Y mientras las herramientas sigan sirviendo para contar historias, emocionarnos y reconocernos en los otros, habrá algo que ninguna revolución tecnológica debería cambiar: nuestra necesidad profundamente humana de volver, aunque sea por unos segundos, a casa.
Será que me puse un poco nostálgico...
PD: Este texto fue corregido con Chat GPT Free.
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