Julio Carri Pérez /Cuestionar las costumbres

10.03.2026

Víctor Ramés


El dramaturgo y periodista cordobés Julio Carri Pérez tenía 24 años en 1916, cuando el semanario "Caras y Caretas" le dedicó una página en mérito a tres obras suyas estrenadas con éxito las recientes temporadas. Y le publicaba un relato ambientado en la Córdoba del mil ochocientos.

El semanario porteño encabezaba la nota biográfica breve del autor nacido en Córdoba en 1894, con la foto más difundida de Carri Pérez. Más abajo, a continuación de sus datos de vida y obra, el semanario publicaba un relato suyo titulado "La astucia del paisano", con la aclaración debajo: Tradición Cordobesa.

Julio Carri Pérez se había iniciado adolescente en el oficio periodístico, en el que se movía como un experimentado hombre de prensa. Así lo caracterizaba "Caras y Caretas":

"Julio Carri Pérez Nació en Córdoba el 4 de octubre de 1894. A los 16 años ingresó en el periodismo, donde ocupa actualmente un puesto de avance. Fue secretario y jefe de redacción de «La Libertad», ese diario severo, por cuyas columnas pasó el espíritu clásico de Pedro C. Molina.
En la actualidad, desempeña la secretaría de redacción de «La Voz del Interior», órgano bien caracterizado en la prensa de Córdoba. Su vocación intelectual tiene puesta las visuales en el teatro, la historia y la crítica literaria. Ha estrenado «Tierra Firme», comedia en tres actos; «Fuerzas que chocan», drama; y «Salamanca», comedia satírica que constituye el éxito más sonoro de los anales teatrales de Córdoba.
En los días que corren, hállase consagrado a la recolección de tradiciones y consejas lugareñas, que darán motivo a un volumen legendario, tanto más importante en las horas de reconstrucción espiritual que vivimos, ya que en el fondo de toda leyenda hay una cifra histórica y una fibra de arte, desconocidas. Tiene también, en preparación, varias obras dramáticas, una colección de «Ensayos», según el molde de Pascal o Lord Macaulay; un estudio sobre el doctor Vicente Fidel López y otro sobre la obra de Ricardo Rojas."

En sus obras de teatro Carri Pérez supo reflejar, con plausible identidad local, tramas sociales y familiares que se pueden entender en cada uno de sus tipos, narrada con tonos de comedia de costumbres, una versión de la sociedad en la que los cordobeses de la burguesía de su época se podían ver proyectados. Logró llevar a la escena la vida cotidiana y señalar los focos, las articulaciones de la mentalidad cordobesa. O, mejor, de las mentalidades, las que se rozaban y chispeaban, a veces producto de un salto generacional, otras veces -o simultáneamente- a causa de prejuicios de clase, religiosos, de titulación académica y artimañas del poder del funcionariado local para no perder sus privilegios.

De las piezas mencionada por la revista, "Tierra firme" había sido editada en 1913 por la Imprenta Argentina, la de don Vicente Rossi, nunca ausente del compromiso cultural con Córdoba, y atento a las jóvenes figuras artísticas y literarias de la ciudad. Carri Pérez estableció lazos y amistades con autores y artistas, entre quienes era unos años más joven. Prueba de esto es el reconocimiento de Arturo Capdevila en 1916, al publicar "La Sulamita", cuyo capítulo "El cantar de los cantares" traía bajo el título la dedicatoria: "A Julio Carri Pérez".

Ese mismo año se registraba en una "lista numérica de las obras depositadas durante el mes de agosto de 1916" publicada por la Biblioteca Nacional, el ingreso de la edición de "Costumbres cordobesas", Comedia en tres actos de Carri Pérez.

Respecto a "Salamanca", obra cuyo título reenviaba a aquella culta ciudad universitaria española, que se pretendía ver reflejada en Córdoba, esta alcanzó una aceptación entusiasta por el público en ocasión de su estreno de 1915 por la compañía Mangiante Buschiazzo, en el Teatro Novedades de Córdoba, el día 11 de mayo de 1915. Una curiosidad digna de mención: en el elenco figuraban Ángel Quartucci y Jacinta Diana, los padres del reconocido actor Pedro Quartucci, niño actor que, con diez años, aparecía citado en el programa de la obra, como "Un mensajero". Pedro se destacó también luego como boxeador. Sus padres se habían unido a la compañía Mangiante Buschiazzo ese mismo año. Fue el mismo elenco que repuso "Tierra firme" de Carri Pérez, en el Teatro Comedia de Córdoba, en junio de 1915. La obra había sido estrenada por otra compañía en el Teatro Rivera Indarte, en 1913.

En 1918 el diario La Prensa, en el mes de mayo, informaba sobre el estreno en el Teatro de la Comedia de otra obra del dramaturgo cordobés: "La guitarra y los doctores", en tres actos, y que había tenido muy favorable respuesta del público.

Uno de los personajes de la obra "Salamanca" era un militante radical, el que pensaba lo correcto, el que enunciaba los principios desde los cuales refundar la moral política. La proyección inevitable de ese personaje remite al propio Carri Pérez, a su participación política y la devoción a Hipólito Yrigoyen. Referido a su carrera militante, fue varias veces candidato a diputado provincial y también nacional, a dirimir en internas. En el diario La Época de enero de 1920, con motivo de las elecciones provinciales de Córdoba, figuraba como candidato del radicalismo por la capital, junto al doctor Julio Liberani, y el medio periodístico encomiaba sus virtudes:

"Temperamento moldeado en la perenne batalla, Carri Pérez tiene derechos adquiridos en buena lid, a la consideración pública y a la fe del radicalismo en sus condiciones de intelectualidad, de carácter y entusiasmo por la causa popular. Pocos como él abrieron brecha en el concepto colectivo con más franco y propio empuje, imponiéndose a base exclusiva del valer legítimo. El radicalismo le ha visto siempre luchando en el periodismo, en la tribuna y en el comité.
Orador de fibra, elocuente y sólido, ilustrado y talentoso, vibrante y galano, Carri Pérez posee cualidades para vencer, y el radicalismo estará con él brillantemente representado en la cámara."

Como se ve, las dotes dramatúrgicas de Carri Pérez no eran tomadas en cuenta en el elogio que hacía el redactor de La Época -seguramente por desconocimiento-.

En otro orden, databa de unos años atrás la participación de Julio Carri Pérez en asociaciones del gremio escénico de la época. Según informaba La Prensa, el 27 de septiembre de 1913, en el país los representantes cordobeses del arte de Tespis se contaban con los dedos de una mano: "la sociedad argentina de autores dramáticos tiene ya cinco socios de Córdoba, que son los señores Juan Brunner, Julio Carri Pérez, José García (delegado), Perfecto Guerrero y José María Salazar." En Córdoba se fundó, en 1914, el Círculo de Autores Teatrales.

Carri Pérez estuvo vinculado asimismo a instituciones docentes, en diversos roles. Un par de datos recogidos unos años después, en el diario La Época de 1922 y 1923, confirman ese lado de su actividad.

En marzo de 1922, cuando se preparaba a abrir sus puertas el nuevo "Colegio Nacional de Córdoba", durante la presidencia de Yrigoyen – y que en 1941 pasaría a llamarse, hasta hoy, "Colegio Dean Funes"–, Carri Pérez figuraba en la nómina del personal designado para poner en marcha la institución. Asumía como rector el ingeniero Justiniano Torres, y como secretario-tesorero iba Julio Carri Pérez. Ejerció el cargo de profesor de Ciencias y Letras de la Escuela Normal de Córdoba, al que renunció en 1923. Y en 1930, en el diario La Nación, se informa que el Poder Ejecutivo ha designado vocales del Consejo Provincial de Educación, siendo sus nombres "los Sres. Miguel Serafini y Julio Carri Pérez, la Sra. Rosa López de Smith y la señorita Josefa Beltrán."

La presentación nacional que le dedicó al joven y promisorio autor veinteañero "Caras y Caretas" en 1916, fue la primera y sería la última mención a Julio Carri Pérez por parte del semanario porteño. El cordobés prosiguió desarrollando su trayectoria en las diversas ocupaciones en que dividía su tiempo: el periodismo, la escritura teatral, la militancia política y la docencia. Formó familia al casarse con la artista plástica Cleopatra Constantini, con quien tuvieron tres hijas y un hijo. Su vida fue corta, falleció en 1938, a los 44 años.

Yendo ahora al relato publicado por "Caras y Caretas", pintaba allí Carri Pérez la ciudad del siglo anterior. Aun cuando la inocencia de la anécdota resulta simpática, el mayor interés lo aportaba el autor con unos trazos certeros que recogía algunas señas particulares de la capital y de la sociedad cordobesa de hacía no más de veinticinco años. Destacaba en su tradición la presencia de una rancia aristocracia y también la de los personajes populares. Allí se entretejía el sonido de los campanarios con la costumbre de la siesta, la rueda en el patio matero, la novena de uno u otro santo, y un abanico de tertulias en diversos barrios. Y no faltaban, entretanto, las sediciones y revueltas, gobiernos que duraban poco, personajes sublevados como Simón Luengo y Agenor Pacheco. Se entreveían los choques de la prensa, y se podía pasar lista a las familias notables del siglo pasado. Ahora nos pegamos a la voz del autor para sumar su relato a estas páginas.

"La astucia del paisano – Tradición Cordobesa

Córdoba era aún la ciudad de veinte años atrás, cuando la describiera Sarmiento, no sin tajante intención, en una de las páginas más admirables del «Facundo». Con su plaza del medio, característica en todas las ciudades de fundación española, y su Paseo, más que tradicional, histórico; con su rosario de conventos y el fausto deslumbrante de sus solemnidades universitarias; con la bien puesta aristocracia de sus hogares solariegos y el orgullo rancio de sus rancios pergaminos, que pudieran competir, levantando muy alto sus blasones, con los de la más ensimismada ciudad del antiguo virreinato; con sus quintas famosas que ponían, tras la mole blanca y erizada de campanarios del centro urbano, una pincelada rotunda y magnifica de fuerte colorido, y en la gravedad del ambiente beatifica y claustral, una saturación de penetrante frescura.
Tiempos eran aquellos, en que a veces los gobiernos duraban menos que limpia la camisa del doctor que lo ejerciera. La política todavía estaba librada a la suerte de los motines y asonadas, que quitaban y ponían rey sin mayores formalidades, no dando margen, claro está, a que se desenvolviera una seria y práctica labor gubernativa, siquiera ella se refiriese a mejoramiento edilicio. El gobernador, al acostarse cada noche, lo hacía no muy seguro de levantarse siendo aun la primera autoridad de la provincia. Añádase a esa constante zozobra, Agenor Pacheco y Simón Luengo, los eternos revoltosos, eran hombres de sugerir inquietudes a la más tranquila conciencia, sombra que quitaba ánimos para realizar obras que, así fueran de breve proceso, nadie confiaba terminar, diversas circunstancias y preocupaciones que absorbían el tiempo y la atención al señor gobernador. El solo comentario de los furibundos editoriales periodísticos, –¡oh campañas inolvidables de El Eco de Córdoba, El Rayo, El Nacionalista y El Pueblo Soberano!– comentario ineludible a la vuelta de misa, exigía media mañana, que, en ocasión de la correspondencia de Buenos Aires o de la fronteras, prolongábase por la mañana integra: luego, la interminable siesta clásica, durante la cual la ciudad, recogida, sumíase en un imponente silencio, alterado tan sólo los viernes por el toque sacramental de agonía, a las tres en punto: después, la rueda en el amplio patio para sorber el mate de legítima yerba paraguaya; más tarde la novena de cualquier santo y en su defecto la salve de Santo Domingo; y por las noches, hasta que el sereno cantaba las once, la tertulia del clérigo Vélez: la del doctor Tomás Garzón. Botón Bumbula, en el barrio del Paseo; la del doctor Sanmillán, en el barrio de La Merced; la del doctor Rafael García, en el barrio de Santo Domingo: la muy aristocrática del doctor Allende: las tenidas literarias del doctor Cáceres, etc.
Y todo, desde luego, sometido a una cargazón de ignacianas, procesiones, rogativas, claustros, elecciones conventuales y tomas de habito solemnes... Pero he aquí que hubo una vez quien se atreviera a emprender una obra de progreso, Daba pena contemplar desde los balcones del cabildo, la plaza abierta por sus cuatro costados y en la que pacían tranquilamente los caballos de la gendarmería, mientras ésta tomaba mate cocido en el amplio patio del cuartel.
Fue el jefe de policía quien concibió el luminoso proyecto. Una breve meditación decidió la magna obra.
La plaza se había hecho para solaz de las gentes y no de las bestias. ¿Cómo evitar que éstas tomaran un puesto que no les correspondía? Cercando la plaza. ¿Cómo cercarla? Rodeándola de una fuerte cadena de hierro, sostenida por postes distantes tres metros uno de otro y colocando, en sus cuatro esquinas, cruceros giratorios como los que aún se ven en algunas estaciones ferroviarias y plazas de campaña.
Y así lo hizo el edificante funcionario. La población entera festejó verbalmente, hasta agotar el vocabulario en uso, el ponderado adelanto, que suponía, de golpe y porrazo, un progreso digno de gestarse en largos años.
Mas no tardó en surgir un nuevo inconveniente, que ahuyentaba al público de la plaza, como en anteriores días lo hiciera la libertad de los caballos de la soldadesca. Los graves cordobeses que abandonaban las tertulias solariegas al escuchar al sereno el canto de las once, se tomaban también sus libertades junto a los erguidos postes de la plaza, que, con el uso y el abuso iban quedando imposibles...
El jefe de policía estaba desesperado: aquello era el fracaso ignominioso de su obra, que el creyó fuera a valerle en los futuros tiempos, por lo menos, el bautizo de la plaza con su nombre.
Un buen día se le presentó un ladino paisano del Pueblito, con cierto inconfundible aire de insolencia socarrona. Le traía nada menos que la fórmula salvadora de los postes, y por ende restauradora del prestigio de la plaza.

–Te doy cien pesos fuertes, si la receta es eficaz, díjole el jefe.

–Güeno, usía. Deme ya, ya, un tarro e pintura blanca y otro e pintura negra.

–¿Para qué?

–¡Oh po! El paqué me lo sé yo...

Azuzada la curiosidad del jefe con tan sospechosa reserva, no trepidó en entregar al paisano lo que éste exigía. Deseoso de comprobar personalmente los resultados de la misteriosa fórmula, el funcionario se situó aquella noche en lugar estratégico, dominando la plaza con la vista.
Poco después de las once, no tardaron en cruzarse los tertulianos de regreso, rumbo a sus respectivos domicilios. Como siempre, se arrimaron a los postes, pero, ¡oh sorpresa! – al intentar tomarse las libertades de costumbre, quedaban como paralizados, para llevar luego los dedos a la frente y santiguarse con fervor... ¡El astuto paisano había pintado de blanco los postes, y en cada costado de los mismos una gran cruz en color negro!
Y los graves doctores se alejaban, persignados de antemano, y murmurando las oraciones de cada noche."





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