La biblioteca como memoria y biografía
Mario Bomheker

La actual ciudad de Jbeil o Jubail (جبيل, Ǧubail), o Byblos (βύβλος), en la costa del Mediterráneo, a 40 km al norte de Beirut, fue en la Antigüedad el principal puerto desde donde se exportaba al mundo egeo el βύβλος (byblos), como llamaban los griegos al papiro, el principal soporte de escritura del mundo mediterráneo durante más de mil años, mucho antes de que el pergamino y, más tarde, el papel lo desplazaran.
No se sabe con certeza si los griegos comenzaron a llamar biblos al papiro porque lo asociaban con el puerto desde el que llegaba el producto, o si ya empleaban una palabra semejante para designarlo y, debido a la importancia comercial de ese puerto, terminaron llamando Biblos a la ciudad.
En cualquier caso, sea cual fuere el origen de la palabra, el término adquirió una importancia descomunal: en cualquiera de sus variantes idiomáticas y materiales sirvió para designar el artefacto mediante el cual la cultura dio permanencia material a la palabra y la transmitió más allá del tiempo, del espacio y de la vida de quien la escribió.
Por eso, cuando Irene Vallejo titula su libro El infinito en un junco, recurre a una hermosa metáfora: un simple tallo de una planta de los pantanos del Nilo fue capaz de conservar una parte inmensa de la memoria intelectual de la humanidad.
Biblioteca
De biblos sabemos que deriva la palabra biblioteca (biblos y teke), que originalmente designaba el lugar donde se guardaban los papiros. Pero luego, por esa magia del lenguaje que hace posible el paso del sentido literal al figurado, biblioteca pasó de significar sólo el continente a designar también el contenido.
También sabemos que las bibliotecas como colecciones de "libros" son muy antiguas. La de Ebla, en la actual Siria, está datada aproximadamente entre el 2500 y el 2250 a. C., es decir, hace unos 4.500 años. Lo particular de esta biblioteca, que comprende miles de tablillas y fragmentos de arcilla escritos en cuneiforme, es que estaban ordenados en estantes y agrupados por temas. Los arqueólogos incluso pudieron reconstruir parte de su disposición original porque, al derrumbarse el edificio, las tablillas cayeron conservando aproximadamente el orden que tenían.
En la Antigüedad y durante buena parte de la Edad Media, las bibliotecas más importantes pertenecían a instituciones —templos, palacios, monasterios y universidades—. Las bibliotecas privadas existían, pero eran excepcionales y estaban reservadas a reyes, aristócratas, grandes propietarios, altos funcionarios, eruditos o miembros del alto clero.
Con la modernidad, las bibliotecas privadas se fueron volviendo paulatinamente un fenómeno común y las bibliotecas domésticas se transformaron en un rasgo característico de la vida intelectual de amplios sectores de la sociedad.
Galería de algunos autores de "Historias de Bibliotecas"
Fotos: Manuel Bomheker y Mariana de la Torre
Historias de Bibliotecas
Para los escritores, "la biblioteca es un camino de admiraciones, reacciones, rechazos, discusiones entre los autores y nosotros", expresa María Teresa Andruetto. "Las bibliotecas tienen una lengua común, anudan memorias y emociones, nos abrazan", escribe Silvia Barei. "...Pero, ¿qué decir de las bibliotecas personales? ¿Cómo explicar la construcción sin método ni ley de un infinito que recorre arterialmente las paredes de casas largamente vividas?", se pregunta Graciela Ferrero.
Los fragmentos de las autoras citadas pertenecen a comentarios escritos para una antología que nació a partir de una mirada perdida en anaqueles polvorientos surcados por telas de araña. Una antología que invita a los autores a hablar de sus bibliotecas. Los escritores convocados respondieron al convite y se pusieron a recordar y a escribir sobre ellas.
Un rasgo común recorre la mayoría de los textos: la biblioteca como memoria personal y familiar. "Los objetos amados, cargados de cierta memoria, buenos compañeros libros...", escribe Gabriel Ábalos; "La biblioteca es la voz ya lejana de mi padre...", evoca Silvia Barei; "Una biblioteca no está hecha de libros sino de las personas que enseñaron a leer", afirma Elena Bossi. "Volúmenes que durante décadas atesoré con adoración (...). No los negocio; se quedan en la biblioteca", asegura Mónica Ambort. "El Diccionario filosófico de Voltaire porque ahí encontré... una carta de mi madre...", recuerda María Teresa Andruetto. "Una pequeña habitación —la suya, la del padre— y una pequeña biblioteca colgante hecha de tablas y cuerdas. Los pocos libros y su pasión por los libros", escribe Homero Bilbao.
La biblioteca es también un lugar de formación y de identidad. "Construí mi biblioteca... siempre con alguien que me acompañaba... Una biblioteca... es identidad. Habla de mí", sostiene Alejandro de La O. "Sospecho que mi biblioteca guarda y cifra... mi verdadero ser. La historia de una biblioteca se entronca con una porción de la historia personal", observa Enrique Foffani. Para Livia Hidalgo, "Una biblioteca privada no es un catálogo de libros; es el registro personal de un proceso. Yo soy, en gran medida, mi biblioteca". "Una biblioteca es una construcción personal...", afirma Nelson Specchia. "Los textos son una biografía tangible", escribe Marcelo Polacov. "Cada biblioteca corresponde a una etapa de su formación personal y profesional", señala Carolina Rossi, mientras que Hugo Echagüe confiesa: "La aventura de leer... sigue siendo mi forma privilegiada de conocimiento".
En el poema de Susana Romano la biblioteca es un organismo que cambia de estado. Tiene un ciclo vital: "Es como una flor que de pronto se seca". No es un objeto pasivo ni manipulable. Toma decisiones, posee voluntad propia: "Pero a veces resuelve no ser la muñeca / que presiente un pasaje de seca a la Meca". Nunca está terminada. Toda biblioteca verdadera permanece incompleta porque siempre puede recibir nuevos libros: "Son las pilas que crecen a diario. Un presente de libros que abruma y se impone". En ella conviven el placer y la exigencia: "Subraya el acecho cual mal de desechos / No descuides furores que trazan dolores / Y subrayan momentos de brumas cansinas / Son ingentes recuerdos de voces constantes (...) / Que esperan lugar y momento adecuado".
La biblioteca es lugar de resistencia y experiencia política: "...Una parte de aquella biblioteca se quemó en un asado monumental entre risas tristes, y la otra emigró al campo en enormes valijas de cuero escondidas en acequias y hondonadas", cuenta María Ledesma. "A la mañana siguiente me di cuenta de que tenía que hacer algo con la historia del D2 (Dirección de Investigaciones de la Policía de Córdoba, un centro de detención clandestino de la dictadura)... La escribí con suma prolijidad y la envié al Gijón", recuerda Fernando López.
La biblioteca, que habitualmente se considera un recinto solemne donde reina el silencio, es, sin embargo, para algunos de los autores, un lugar lleno de sonidos. "Mi biblioteca, dispersa y entusiasta, vive poblada de sonidos", escribe Homero Bilbao. "Estas respiraciones exhalan... componen una canción eterna... Es toda una sola música", afirma Pablo Carrizo.
La biblioteca es también casa, refugio y lugar de pertenencia. "La biblioteca es donde comienza la casa. La biblioteca es... la casa", sostiene Candelaria de Olmos. "Me da tranquilidad y anclaje la proximidad de los libros. ¿Existen esas dos palabras (mi biblioteca) sin una casa? ¿Existe una casa sin esas dos palabras?", se pregunta Laura López Morales. "Y mientras se apilan sobre diversas superficies, la suma total es de una secreta armonía que me acompaña en el silencio arrullador de este corazón de manzana del Bajo Palermo", escribe Luisa Valenzuela. "Mi casa ha estado donde estuviera mi biblioteca", afirma Nelson Specchia. "Allí vivo, allí quiero ser", concluye Hugo Echagüe.
Los autores tampoco permanecen ajenos al cambio de época que vivimos en relación con los libros y la lectura. Algunos lo lamentan con cierto dejo de nostalgia. Otros, en cambio, provocativamente, lo celebran: "Desde entonces estoy siempre listo para saborear las reacciones que provoca el comentario: 'no creo en el papel'", escribe Miguel Camperchioli, aunque admite que en él permanece una "nostalgia de la época de cazador de libros". Otros, sin asumir posturas luditas frente a las nuevas tecnologías, se muestran dispuestos a la transición: "El último tramo bibliográfico de mi vida tiene más de digital que de papel...", escribe Gabriel Ábalos. "Hace mucho que en mi casa no hay papel de diario. Ni para lavar los vidrios...", afirma Mónica Ambort.
María Teresa Andruetto celebra el rito de ordenar todos los años su biblioteca: "Lo hago una vez al año y la tarea dura más de una semana, casi siempre en ese interregno que va de Navidad hasta Reyes". Respalda esa cuasi liturgia recurrente mediante una metáfora de alcance metafísico —o quizá ontológico—: "Ordenando se lucha contra la nada". Silvia Barei, por su lado, sostiene que el orden de una biblioteca nunca se estabiliza: "...es personal, un poco aleatorio según distintas circunstancias y muchas veces no llega a la categoría de 'conjunto ordenado'. (...) Todo lo que debía ser previsible se suele volver accidental, espacio de perplejidad y de inquietud". Más categórica es Elena Bossi, para quien "No se puede tener manías de orden con los libros, así como con la vida, porque las bibliotecas son, como ya se sabe, de Babel...".
La pasión bibliófila del coleccionismo, lindante con la obsesión, está presente en el texto de Gustavo Mariani: "Busqué ese libro (se refiere a Apuntes sobre Shakespeare, de Jan Kott) incansablemente y sin éxito en librerías de nuevo y de viejo. También en bibliotecas (...) Y aunque llegué a dudar de su existencia, me obsesioné con ese libro durante años".
Y me detengo aquí, porque advierto que intentar dar cuenta de la enorme riqueza de temas, imágenes y tropos que recorren estos textos es una empresa imposible, una pretensión desmedida.
Prefiero quedarme con otra certeza: la felicidad de haber reunido a estos queridos amigos escritores, que respondieron con entusiasmo y generosidad a mi invitación. Sus bibliotecas, con sus múltiples ecos, sus semejanzas y sus singularidades, terminan por componer una conversación común sobre los libros, la lectura y la vida.
Este libro es, antes que nada, el fruto de un encuentro.


