La ceguera que expandió la literatura

10.04.2026

Jorge Luis Borges


Noelia Pajón


En una habitación silenciosa, Borges no escribía: hablaba. Mientras alguien copiaba sus palabras, él construía bibliotecas infinitas sin ver una sola página. La literatura, en su caso, no entraba por los ojos sino por la memoria.

La escena se repitió durante años. Dictar no fue una elección estética sino una necesidad. La ceguera progresiva que marcó su vida —producto de una enfermedad hereditaria— lo obligó a transformar su manera de trabajar, pero nunca su relación con la literatura. Cuando en 1955 fue nombrado director de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, ya había perdido casi completamente la visión. La paradoja era evidente: millones de libros a su alrededor y la imposibilidad de leerlos.

Fotografía en blanco y negro de Jorge Luis Borges en la Biblioteca Nacional. Está arrodillado al costado de un estante de libros.
Fotografía en blanco y negro de Jorge Luis Borges en la Biblioteca Nacional. Está arrodillado al costado de un estante de libros.

Lejos de detenerse, Borges convirtió ese límite en una nueva forma de creación. Empezó a escribir desde la memoria, desde el sonido de las palabras y desde la estructura mental de los relatos. Primero pensaba textos completos, luego los dictaba y finalmente corregía escuchando. Ese proceso modificó profundamente su estilo: las frases se volvieron más breves, más exactas y más rítmicas. La literatura comenzó a funcionar como una arquitectura mental.

Fotografía de Jorge Luis Borges sentado en un sillón, a la izquierda, dictándole a una mujer que está sentada a la derecha.
Fotografía de Jorge Luis Borges sentado en un sillón, a la izquierda, dictándole a una mujer que está sentada a la derecha.

En el poema "Poema de los dones", incluido en El hacedor, dejó una de las reflexiones más conocidas sobre su ceguera:

"Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría de Dios,
que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche."

Fotografía en blanco y negro de Jorge Luis Borges dando una conferencia.
Fotografía en blanco y negro de Jorge Luis Borges dando una conferencia.

La discapacidad visual no aparece en su obra como una tragedia sino como una transformación. Borges no escribió sobre la discapacidad como tema social —como ocurre hoy—, pero sí la convirtió en experiencia estética. La ceguera se volvió una manera distinta de percibir el mundo.

En conferencias reunidas en Siete noches, especialmente en la charla titulada La ceguera, explicó cómo fue adaptando su vida cotidiana y su proceso creativo. Allí expresó una frase que hoy suele retomarse en debates sobre cultura y discapacidad:

"La ceguera no es una desgracia total. Es un modo de vida."

También contó algo muy particular: aunque había perdido casi toda la visión, seguía percibiendo algunos colores.

"De los colores, el que nunca me ha abandonado es el amarillo."

Ese detalle aparentemente simple influyó en su imaginario literario. El amarillo aparece repetidamente en sus textos como símbolo de luz persistente. La percepción parcial reemplazó a la visión completa, y esa transformación se convirtió en material creativo.

Con el avance de la ceguera, Borges dejó de leer por sí mismo y comenzó a depender de lectores que le acercaban textos en voz alta. Escuchar literatura cambió su relación con el lenguaje. La musicalidad de las palabras pasó a ocupar un lugar central. Él mismo explicó en entrevistas que la oralidad lo obligó a eliminar excesos y a pensar mejor cada estructura narrativa.

Este cambio también se percibe en libros como Ficciones, donde los escenarios dejan de ser físicos para convertirse en conceptuales: bibliotecas infinitas, laberintos mentales, universos construidos desde la idea más que desde la descripción visual. Sus cuentos empiezan a funcionar como mapas abstractos.

Paradójicamente, la pérdida de la vista amplió su universo literario.

Sin proponérselo, Borges anticipó algo que hoy es central en la cultura accesible: la creación desde múltiples formas de percepción. Escribía dictando décadas antes de que existieran los sistemas de reconocimiento de voz. Construía imágenes desde el lenguaje antes de que se hablara de audiodescripción. Trabajaba con memoria auditiva cuando todavía no existían los audiolibros digitales.

Con el tiempo, su obra también comenzó a circular en formatos accesibles. En Argentina, instituciones como la Biblioteca Argentina para Ciegos impulsaron la adaptación de sus textos a:

  • sistema braille
  • audiolibros
  • libros digitales compatibles con lectores de pantalla

Estas versiones ampliaron el acceso a una obra que, de alguna manera, ya había nacido atravesada por la experiencia de la discapacidad visual.

Borges solía explicar que la ceguera no llegó de manera repentina sino gradual, y que esa transición le permitió adaptarse:

"Uno se acostumbra a la ceguera lentamente, como a un atardecer."

La imagen es profundamente literaria, pero también describe un proceso real de adaptación. No hay dramatismo, sino transformación.

En sus últimos años, habló de la ceguera con naturalidad e incluso con cierta serenidad. Decía que había dejado de leer, pero no de pensar literatura. La imaginación reemplazó a la imagen.

Hoy, cuando la cultura accesible busca ampliar las formas de participación artística, su obra adquiere una nueva lectura. Borges no solo demuestra que el arte puede existir más allá de la visión, sino que también puede reinventarse a partir de ella.

Su recorrido recuerda algo esencial: la accesibilidad no siempre comienza en la tecnología o en las adaptaciones posteriores. A veces nace en la experiencia misma de quienes crean.

Porque en su caso, cuando la mirada se apagó, la literatura encontró otra forma de encenderse.




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