La derecha fest y sus intelectuales
Baal Delupi

Camino por el centro de Córdoba, Argentina, luego de una jornada laboral larga y espesa. Son las 17:45 y unas gotas frías golpean mi boina de invierno. La ciudad parece suspendida en un gris metálico, como si el cielo se hubiera unido al desconcierto general. Entonces lo veo: un cartel, una imagen que me detiene en seco. "DERECHA FEST", dice en mayúsculas sobre fondo negro. Las caras: Nicolás Márquez, Agustín Laje, Diego Recalde, el "Gordo Dan", Alex Bruesewitz... y al centro, como figura mesiánica, Javier Milei. El evento se anuncia para el 22 de julio de 2025 en el hotel Quorum. Será un encuentro de figuras afines al gobierno que muchos llaman "los intelectuales de derecha", con cierre a cargo del propio presidente.
Si alguien me hubiera contado esto cinco años atrás, lo habría tomado por delirante. ¿Agustín Laje? Aquel con quien discutía en foros adolescentes a fines de la primera década del 2000 cuando apenas si existían los debates por internet para jóvenes de nuestra edad. Lo seguí, incluso lo abordé como objeto de estudio en una investigación académica. Pero este cartel lo consagra como otra cosa: influencer, referente, actor de época. ¿Un intelectual? La palabra me cuesta. Siempre fue cauto al autodefinirse: prefiere "escritor", quizás porque sabe que la categoría de intelectual le queda grande. Vuelvo a Carlos Altamirano (2010), que dice que un intelectual es quien puede ofrecerle al pueblo una conciencia inquieta de sí mismo, una conciencia que lo arranque de su inmediatez y lo llame a reflexionar. ¿No es eso, de algún modo, lo que este tipo de figuras están haciendo? ¿No están, acaso, movilizando una forma de conciencia (aunque inquietante y dirigida a un sentido opuesto) en vastos sectores sociales?
Agustín Laje y la fundación que preside, Faro, forman parte activa de la batalla cultural que hoy libran los libertarios. No son un caso aislado: basta recordar a Olavo de Carvalho en Brasil o a Axel Kaiser en Chile para entender que estamos ante un fenómeno continental. Desde hace muchos años, más de lo que quisiéramos, comenzaron a organizarse en Think Tank que reciben mucho dinero para apoyar gobiernos de extrema derecha. Hoy dominan la escena discursiva y parecería que lo harán por mucho tiempo. La izquierda, incómoda, desorganizada y sin reacción, no tiene credenciales para exhibir. Sus intelectuales, menos.
Durante mucho tiempo ironizamos sobre el uso del adjetivo intelectual para referirse a figuras mediáticas de escasa densidad escritural. Nos resultaba desmedido colocar bajo la misma etiqueta a referentes como Horacio González, José María Aricó o Beatriz Sarlo junto a figuras como Alejandro Rozitchner. Sin embargo, lo que se observa en la actualidad parece responder a otra lógica.
Si se examina el andamiaje teórico de Agustín Laje, se advierte la presencia predominante de autores habitualmente asociados a tradiciones críticas o de izquierda, como Judith Butler, Slavoj Žižek o Antonio Gramsci. No obstante, estos insumos son rearticulados en una dirección polémica: una crítica sistemática al feminismo, al socialismo y al progresismo en general. A esto se suma una intensa productividad editorial, una notable capacidad de convocatoria (capaz de llenar auditorios) y una presencia estratégica en redes sociales, donde despliega un registro distinto al de sus textos escritos.
En este sentido, Laje parece moverse con soltura en dos registros: por un lado, el del intelectual clásico (ligado a la producción de libros, la intervención doctrinaria y la legitimación académica); por otro, el de un actor que interviene activamente en la discursividad hipermediática contemporánea. Esto abre un interrogante menos evidente de lo que podría suponerse: ¿en qué medida no podría ser considerado un intelectual? La pregunta remite, inevitablemente, a la clásica formulación de Antonio Gramsci: todos los hombres son intelectuales, aunque no todos cumplen esa función en la sociedad. En el caso de Laje, esa función parece no solo presente, sino también eficazmente ejercida.
Recuerdo que, hace un tiempo, en España, me preguntaron qué define a un intelectual. Mi respuesta fue simple: "el otro". Es siempre una instancia externa la que consagra (o no) a alguien como miembro de la intelligentzia. Y, en ese sentido, no puede soslayarse que amplios sectores reconocen en Laje a una figura relevante del pensamiento contemporáneo. Entre ellos, incluso, el actual presidente argentino, Javier Milei.
Todo esto me lleva de regreso a mis libros, a mis viejos mapas. En El dilema de los intelectuales argentinos (2024) y De Córdoba a Turín ida y vuelta (2020) intenté recorrer trayectos, definir zonas, leer discursos, pensar la figura del intelectual desde mediados del siglo XX hasta el colectivo Carta Abierta durante el kirchnerismo. Pero como suele ocurrir en la investigación, cada respuesta deja nuevas preguntas. Hoy, frente al ascenso de las nuevas derechas y sus intelectuales, siento que es tiempo de volver a pensar la intelligentsia. No como un archivo cerrado, sino como un problema urgente: ¿quiénes toman la palabra hoy? ¿Qué sentidos están en juego? ¿Y qué rol le queda a la crítica en tiempos donde el pensamiento se vuelve espectáculo?
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