La imperfección es lo que nos va a hacer reales
Andrés Dunayevich

¿No les pasa que, en un trabajo, una reunión o cualquier situación que requiere organización, aunque salga todo bien, siempre queda un "pero"?
Uno o dos detalles que no fueron perfectos y que parecen arruinarlo todo.
Y ahí empieza el desasosiego: una pesadilla rumiante que nos carcome durante horas, incluso días sin poder escapar de nuestra propia mente.
Mi madre siempre cuenta una anécdota sobre cómo volver insegura a una persona. Una mujer elegante, hermosa, impecable llega a una fiesta. Pero tiene un pequeño detalle: un huequito en la media, justo al lado del zapato. Y aparece el ominoso de siempre que le dice: "Tenés roto ahí".
(Odio a quienes, en nombre de la sinceridad, dicen: "Yo siempre digo lo que pienso". ¿Y quién pidió esa sinceridad?)
Volviendo al tema de la perfección. Hace poco conocí a un especialista en arte, un marchand. Me contó que su padre era un artista muy reconocido. "Sí, sé quién es", le dije. Su padre comenzó a hacerse famoso porque lograba replicar cualquier cuadro a la perfección. Le pregunté cómo distinguían el original del falso.
Me respondió algo inquietante: el original siempre es el más imperfecto. Los especialistas reconocen la obra auténtica por sus fallas. "La perfección es más falsa", me dijo.
Siempre me llamó la atención la diferencia entre un documental y una publicidad. En la publicidad, cuanto más perfecta es la imagen, más "real" parece. En el documental puede ocurrir lo contrario: la crudeza, la desprolijidad, incluso el error, nos acercan más a la verdad que queremos contar.
Hoy es impresionante: muchas publicidades están hechas con inteligencia artificial. Por ahora las distingo por su iluminación impecable, tan cinematográfica que solo una gran producción podría lograrla. Pero también hay algo en la actuación que delata cierta falsedad. Es tan perfecto que resulta sospechoso.
Dicen que el error es lo que nos hace humanos. Cuando algo es demasiado perfecto, deja de parecer humano.
Los especialistas afirman que pronto no podremos distinguir lo real de lo artificial. ¿Qué pasará entonces? ¿Nos volveremos locos? ¿Viviremos en un placebo constante de pequeños bits de estímulos adictivos?
Hoy todo parece un curso para hacerse millonario vendiendo cursos para hacerse millonario. Pero ¿qué pasará cuando desconfiemos de todo? De una imagen. De una voz. De una transacción.
¿Qué haremos cuando todo nos parezca mentira y nada nos satisfaga?
En 1984, Terminator anticipaba un mundo dominado por las máquinas. Nuestros relatos siempre fueron una cuestión de fe. Las buenas películas logran la suspensión voluntaria de la incredulidad: cruzamos ese umbral y, por un rato, creemos. Quizás el ser humano es tan contradictorio, tan capaz de destruir, que tal vez las máquinas logren controlar ese lado egoísta y todo funcione mejor bajo su supervisión.
Tengo una teoría, quizás infantil: que esta vez vamos a romper la máquina. Como cuando el mercado convierte en mercancía una playa virgen: al principio nos deslumbra la naturaleza; años después, los edificios frente al mar tapan el sol a las cinco de la tarde y ya no queda nada de lo que nos maravilló. Entonces buscamos otra playa, todavía intacta y así vamos destruyendo todo lo que es naturaleza. La teoría es que pronto vamos a tener que volver a juntarnos. Elegir con quién compartir, conversar, a hacer negocios, construir confianza. Tal vez la esperanza esté en ir en ese sentido contrario.
Finalmente ¿Nunca sintieron estar en un lugar donde todo es tan perfecto —los modales, la estética, el funcionamiento? Como si estuviéramos dentro de The Truman Show o en un mal sueño. En esos lugares lo peor que puede pasar es "resbalar". Temerosos de equivocarnos.
Hasta que alguien hace un chiste y nos salva.
El chiste es un error.
Pasé la mitad de mi vida con miedo a equivocarme, y la otra mitad equivocándome para perder el miedo. Y en ese viaje, en esas vicisitudes del camino, encontré una respuesta.
El imperfeccionismo. No se trata de hacer las cosas mal a propósito. Se trata de tolerar el error. No tanto el de los demás, sino el propio. Aún no lo logro del todo.
Los seres humanos aprendemos mejor a través de historias. Y las historias, para ser verdaderas, necesitan fisuras.
Relato de Historias Camboyanas
www.elcamboyano.com.ar
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