La ley del deseo
Adrián Savino

Pocas semanas después de la muerte de mi viejo, un amigo suyo me preguntó: ¿Y, no escribís más vos?
Claro que sí, le dije, más que nunca. Cómo será, que te tengo a vos de personaje.
Más de una vez me ha sucedido: personas que no leen, preguntándome si sigo escribiendo.
También me pasó con un reconocido lector, pero capaz que estuviera leyendo poco y nada en ese entonces: se lo veía deprimido, y murió algunos meses después.
A veces, de puro malpensado, se me hace que tras esa pregunta acecha el deseo de que el otro abandone la escritura.
Recóndito y oscuro, acaso no del todo consciente. Pero bueno, también se es responsable de lo que no se desea "a propósito".
La ley del deseo, querides, no es tan inescrutable.
Suele rivalizar con otras: la familia, la sociedad, el estado, el "orden mundial".
Hace poco vi un reel con una entrevista a los Clash en la que Joe Strummer declaraba súper convencido: A mí la música no me gusta, la uso para comunicarme con los demás.
Ah listo, pensé, con razón a mí me gusta cada vez menos la literatura.
Porque si pretendo sostener, en el mundo actual, el deseo de leer y escribir, ha de ser en buena medida evitando esa polvorienta reverencia hacia Las Letras.
Para la grandísima mayoría, el día a día (la vida) se nos ha tornado una permanente resolución de problemas.
O para decirlo en términos cervantinos: nos hemos convertido en inacabables "desfacedores de entuertos".
La clave, sin embargo, creo que está en lo que le dijo su analista a un querido amigo: Sí dale, desfacer entuertos ponele; pero que sea más a lo Cervantes que a lo Quijano.
Manco y en cana, mofándose a troche y moche del culto a los libros: así de corta era la rienda del deseo del más capo de los capos.
¿Y Miguel, no escribe más usted?
Manzana.
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