La noche esté marchándose ya
En torno a la película La noche está marchándose ya
(de Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini)
Gastón Sironi
Sensible, bellísima en su factura y, por sobre todo, conmovedora, La noche está marchándose ya será una de las películas fundamentales del cine nuestro de este tiempo. Ambientada y filmada en el Cineclub Municipal Hugo del Carril (el edificio de la vieja Unione e Fratellanza, de 1874, en el Boulevard San Juan de Córdoba), la película también muestra escenas rodadas en las calles céntricas de Córdoba con encanto y enorme pericia.

En el principio está el dinero. Dinero contándose, en billetes "de baja denominación". En Argentina, como en la posguerra de Berlín, mil pesos es baja denominación, mil pesos no sirven para casi nada, son menos que un dólar, el nombre del dinero. El dinero, o más bien su escasez, es condición de producción de la propia película, y origen de las principales decisiones estéticas y narrativas. "Esta película no es un objeto comercializable, no se puede vender", reconoce uno de los directores luego de la proyección en el mismo Cineclub. De modo que no podrá verse en las plataformas todopoderosas, ni en las cadenas de cines. "Poéticamente, la película es hija de una derrota", dice Salinas. Pero esta preciosa película es sobre todo hija del deseo: vaciado el Instituto Nacional de Cine, licuadas las posibilidades de filmar con apoyos estatales, el equipo de esta película ha logrado hacer el mejor cine con una consistente red de amigos y colegas. "Es un mundo que está desapareciendo, y queremos que siga existiendo", dice Salinas. La derrota, por cierto, o mejor dicho el derrotero de La noche está marchándose ya, rezuma belleza y durará por siempre.
Es el mundo del trabajo el que está derrumbándose, ante la impotencia de muchos y la connivencia y el resentimiento de muchos más; es el eco de esta catástrofe social lo que resuena con fuerza en el filme, tal como en Sobre las nubes, la delicada película que en 2022 estrenó María Aparicio, aquí asistente de dirección.
El cuento empieza así: ante la tradicional falta de presupuesto, que nunca afecta a los funcionarios, el encargado del Cineclub (siempre sutil y preciso Pablo Limarzi) reúne en su despacho a los dos proyectoristas del espacio y, mientras paladea con indolencia y obscenidad un apetecible sandwich, les escupe esta disyuntiva: sólo quedará un proyectorista; el otro, si acepta el consuelo, podrá seguir en el cine, trabajando en las noches como sereno. Y además deberán dirimir entre ellos la cuestión; el encargado tiene que encargarse de terminar el sandwich, mientras los empleados adivinan en su gesto eso que les faltará. Como en la realidad, al encargado le importa un carajo el cine, o le importa apenas, tal vez, para encontrar la manera de convertir un espacio público en algún negocio con tajada privada, como le propondrá el secretario, o el secretario del secretario (aquí, Rubén Gattino, a quien hemos visto destacarse en el teatro).
Así se dispara la peripecia de Pelu, el inolvidable personaje principal de esta historia, que deberá resignarse a calzarse el uniforme de "Seguridad" y disponerse a hacer lo mejor que podemos hacer ante el apocalipsis: leer y ver películas... y compartir.
En La noche está marchándose ya los directores, ambos con una sólida formación teórica y práctica, sin intelectualismo, sin enrostrar erudición, nos convidan con películas que aman, fragmentos de bello cine hecho en tiempos oscuros, desde los comienzos del cine sonoro (Ayala, Ozu, Hitchcock, McCarey, Borzage). De fondo el crack del '29... del siglo pasado (serán cien años ahorita nomás, y qué cerca suena aquí y ahora el crack).
También con libros nos convidan: en esta película se ven libros, y desde la primera noche se pone en escena el acto de leer, ese raro gesto extemporáneo. Entrevemos Mi vida y mi cine de Jean Renoir, y un pequeño homenaje a un prócer del cineclubismo argentino, Juanjo Gorasurreta, y su valioso y valiente libro, La quimera de cine. (¿Y qué lee el Pelu en un banco de la peatonal? ¿Tal vez La conquista de lo inútil, el portentoso libro de Herzog sobre el rodaje de Fitzcarraldo?)
En inevitable metáfora, mientras miro por segunda vez la película intento escribir algunos apuntes en mi libretita, apenas iluminado por unos haces que se cuelan desde la puerta de la cabina de proyección, en la última fila del Cineclub. Detrás de esa puerta, por ahora, trabaja un proyectorista, posiblemente el mismo Octavio Bertone que aquí da vida al Pelu. En un momento, al volver la mirada a la pantalla veo en el rostro del Pelu/Octavio a su padre, el recordado actor Ricardo Bertone: más precisamente, lo veo brillar actuando en El contrabajo, aquel monólogo de Patrick Süskind que estrenaran él y Jorge Villegas en 1990 y repusieran en 2003 y en 2016, y en el que habla también un empleado, en este caso un músico, de un espacio público. En el camino de su padre, Octavio Bertone sostiene la película en la mirada, y carga en el cuerpo y en sus pasos la intemperie y el peso de la noche, la que atraviesa en el cine y la que se viene para (casi) todos. Su trabajo es delicado y potente a la vez: confiere al personaje dignidad, entereza, y ternura.
Ternura. Es ésa la argamasa que sostiene la arquitectura precisa de esta película. Es ésa la apuesta y la ofrenda y también el manifiesto político de directores y actores. Es con ese mismo sesgo que vamos descubriendo a los compañeros de aventura del Pelu. Primero, a su amiga Vale (Juana Oviedo, en un personaje muy bien logrado), que necesita un lugar para producir videos para alguna pornoplataforma, ahora que la prostitución digital paga más que un empleo, en el mundo del trabajo hoy legalmente arrasado; a su manera ella también hace cine, claro: usa una cámara, elige un plano, recorta, narra, mixtura imágenes y sonidos (por cierto, en un pasaje erótico y poético, leemos la palabra Ternura escrita en su piel). Y después a José, el "naranjita" (nomenclatura cromática con que en Córdoba se designa a personas –en su mayoría jóvenes varones– que, ante la falta de trabajo y bajo el paraguas de dudosas cooperativas siempre ligadas a punteros políticos, dirimen el estacionamiento en las calles y a veces limpian parabrisas de autos abordándolos en las pausas del semáforo, con más o menos ímpetu, muy frecuentemente malvenidos o resistidos). En su piel convence y conmueve nuestro querido Rolo Fierro, partícipe como fotógrafo de innumerables películas locales, director él mismo de un largometraje estrenado hace mucho tiempo en el Cineclub, Embarcados (con dirección de fotografía del propio Salinas).
Durante toda la película campean nubes de cigarrillos, se fuma mucho, también se bebe, y siempre se comparte: el abrigo, el fuego, el cine mismo (las películas, pero también la sala, que es pública, que es de todos), la risa o el teléfono, como en la entrañable escena de la declaración de amor por celular que regala para siempre Maxi (Fabián Costa, uno de los tantos socios honorarios, habitués de cada día, que genera y cobija el Cineclub).
El invalorable Cineclub Municipal Hugo del Carril es nuestro fundamental espacio público de cine. Ahora mismo cumple veinticinco años y, sobre todo gracias a su Asociación de Amigos –varios de los cuales trabajan en esta película–, congrega, propicia, hace posible para los ciudadanos de Córdoba una sala de cine inmejorable, tanto en su programación como en sus innumerables actividades y en su espacio.
Protagonista y a la vez tributario de esta indeleble oda al cine, el Cineclub adquiere aquí vetas inquietantes: sótanos, pasadizos, pasajes, túneles, portales, puertas, puertitas. Túneles que, como las catacumbas de Viena en El tercer hombre, con Orson Welles, llevan a la aventura. La curiosidad como motor para aventurarse. Aventura y misterio, sugeridos y enaltecidos con la espesura del blanco y negro, y con el sonido impecable y mágico de Atilio Sánchez, un imprescindible de nuestro cine. La plasticidad del blanco y negro: textura, contraste, sombra, fondo perfecto para los planos inclinados y los experimentos lumínicos con que juegan los directores, y también para la noche y su sueño, en todos los sentidos: casi siempre es de noche en la película, como en el título.
El título es un verdadero hallazgo, pura potencia metafórica y poética: es, claro, un verso de Qué pasará mañana, canción de José Luis Perales de 1982: El tiempo va de prisa / y ese día que soñamos vendrá. / Apaga la luz, / la noche está marchándose ya.
La noche es el tiempo de la oscuridad, pero es también el de la luz que sólo se ve en la noche, como el fuego primordial, ése alrededor del cual cantan los caídos en la noche de la película. Como dice Leonard Cohen en su himno, Anthem, "hay una grieta en todo, y es así como entra la luz": sólo a medianoche comienza el día.
¿Qué hacemos mientras gobiernan la noche hombres –también mujeres– violentos, que imponen protocolos de atropello y apoyan en nuestro nombre guerras de petróleo? Pues convocarnos, re-unirnos, mientras compartimos libros y películas como ésta (recordemos, sólo podemos ver cine en la oscuridad).
"Se hace un poco larga la noche, nomás", dice Pelu, mientras ilumina con su linternita el túnel, buscando la luz que se espera al final.
¿Se marchará la noche, esta noche de los tiempos, este cambio de era geológica? ¿O después de estos insensibles psicópatas de ahora, nos tocará el turno de flamantes santos y pastores del pastoreo universal?
Va para terminar, entonces, como conjuro para esta noche de los tiempos, como deseo, como plegaria sin dios, este pequeño cambio al subjuntivo, el título apenas torsionado con una ligera itálica que anhela un difícil ojalá: la noche esté marchándose ya.
Ficha técnica

104 minutos. Blanco y negro.
Guion, imagen, montaje y dirección: Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini.
Intérpretes: Octavio Bertone, Juana Oviedo, Rodrigo Fierro. Con Pablo Limarzi, Eva Bianco, Rubén Gattino, Martín Emilio Campos, Fabián Costa, Lionel Castelli, Martín Álvarez.
Asistencia de dirección: María Aparicio. Dirección de arte: Julia Pesce.
Sonido: Atilio Sánchez. Gaffer: Juan Bianchini. Microfonista: Martín Sappia.
Producción: Eva Cáceres, Ana Lucía Frau, Pablo Piedras, Magdalena Schavelzon.
Premios: Mejor ópera prima: Internacional Cinéfila. Mejor película internacional: DocLisboa (Portugal). Mejor película: FICER (Entre Ríos) y FICH (Chiloé, Chile). Mejor dirección: Seminici, Valladolid (España). Premio especial del jurado: FicValdivia (Chile).
Otros festivales: Estreno argentino - Acción Política Fuera de campo 2025 - Mar del Plata. Película de clausura. D'A Festival Cinema, Barcelona. CLaP, Festival de Cinéma Latino-américain de París.
Para verla en el cine
Cineclub Municipal Hugo del Carril, Bv. San Juan 49, Córdoba, del jueves 16 al miércoles 22 de abril. Horarios aquí
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