La patria en carros
(A la memoria de mi tía Inés Rodeiro)
Matías Rodeiro

i.
40 años de su muerte, 100 años de escritos como "El tamaño de mi esperanza", el azar del calendario nos arroja efemérides alusivas a un nombre insoslayable: Jorge Luis Borges. La certeza del calendario también nos enrostra que en los degradados tiempos en los que vivimos, un personaje como Borges resulta inconcebible. Hoy, además, hasta parecería inverosímil convencer a algún desprevenido de que Borges es un fruto de la cultura argentina. Inquisidores apenas atentos a muchas de sus posiciones políticas, éticas y hasta estéticas, podrían chuzarnos con sobrada razón ¿seguro que no?
No será motivo de estas líneas entrar de lleno en esa controversia la que, no obstante, es sin dudas una de las principales querellas sobre la que se tensa el entendimiento de nuestra patria.
ii.
"...Pero el honor, pero la tenebrosa flor de este censo, es la opaca inscripción 'No llora el perdido', que nos mantuvo escandalosamente intrigados a Xul Solar y a mí, hechos sin embargo, a entender los misterios delicados de Robert Browning, los baladíes de Mallarmé y los meramente cargosos de Góngora. 'No llora el perdido'; le paso ese clavel retinto al lector…" (Jorge Luis Borges, "Las inscripciones de los carros").
En el tránsito de los años de 192..., en plena transfiguración de las estructuras de la ciudad portuaria, al compás del adoquinado de sus calles que permitía acelerar la velocidad de los autos y tranvías. Y de la irradiación de las luces de neón que proyectaban y multiplicaban las imágenes de los carteles publicitarios. Borges, acaso tocado por los cambios, reparó en la sobrevivencia de algunos carros tirados por caballos, con las ruedas traseras más altas que las delanteras, que traqueteaban incómodos por el adoquín, envueltos con el perfume de los yuyos del suburbio. Y que en el ajetreo de sus nunca-engrasados-ejes, atesoraban las reminiscencias del paso de "las montoneras… de Atila".
Despaciosos en su (¿imaginaria?) andadura recorrían las pampas de Saavedra, rincones, pulperías y almacenes del sur de Buenos Aires; merodeaban las calles del Abasto, o se perdían entre la niebla hacia Palermo por Las Heras. Restos del siglo XIX, por si fuera poco, y esto es lo que más llamó su atención, cargaban como "yapa expresiva, sobrepuesta a las visibles expresiones de resistencia" sus leyendas, a las que juzgaba verdaderas "expresiones del clasicismo del suburbio". Se trataba de: "Las inscripciones de los carros" a cuyo análisis Borges le dedicó un lúdico ensayo homónimo que en 1930 formó parte de su Evaristo Carriego (luego se publicó en 1931 en el número inaugural de la revista Sur y al parecer tuvo una versión previa bajo el título "Séneca en las orillas").
Uno de esos epígrafes carreros, rezaba: "No tengo apuro". Subrayando esa concepción –o "posesión"- del tiempo ajena a la celeridad y al tranvía. Y propia de la demora que, en tanto, existenciario encarnaba el "infinito capital criollo, el único". Eso pensaba el cazador y recolector de aquellas frases, atrapadas en "caminatas despreocupadas" –muchas veces a la par del genial Xul Solar-, por el otro espacio de la ciudad: "las orillas".
Como sugiere la dedicatoria de Borges de su escrito sobre "las inscripciones de los carros" ("A Xul Solar, con la mayor admiración del pseudo-historiador"), el artista y místico sería cómplice de aquella juguetona investigación, que a la vez insinuaría la obsesión (la "obsesividad semiótica") de ambos por la cuestión de los idiomas, los lenguajes y los sistemas de signos de cualquier tipo. Álvaro Abós, recoge otro testimonio borgeano que ilustra esa relación entre ambos personajes. Contaba Borges sobre Xul, "Me propuso entrar al almacén La Tapera para tomar una ginebra. Allí abundaban los cuchilleros, los carreros, en fin, toda clase de personajes orilleros. Yo sentía cierto temor por ese ambiente pero Xul estaba acostumbrado a frecuentarlo. Habló con ellos en creol... Uno de esos parroquianos fue muerto a tiros por la policía unos meses después. Ese hombre de avería lo respetaba a Xul y tenía amistad con él. Era un caso extraño el de Xul Solar; yo nunca vi a un hombre con tanta cortesía y que, a su vez, impusiera tanto respeto. Una autoridad que era aceptada hasta por los malevos" (Xul Solar..., 2004).
iii.
"Hace tiempo que soy cazador de esas escrituras", escribía Borges sobre sí, para comenzar a desandar el resultado del censo y la interpretación de esas profanas escrituras andantes. La flor de la plaza Vértiz, El vencedor, El barco, Hasta mañana, Qué me habrán hecho tus ojos. "...Qué le importa a la vieja que la hija me quiera es de omisión imposible, menos por su ausente agudeza que por su genuino tono de corralón. Es lo que puede observarse también de Tus besos fueron míos, afirmación derivada de un vals, pero que por estar escrita en un carro se adorna de insolencia. Qué mira, envidioso tiene algo de mujerengo y de presumido. Siento orgullo es muy superior, en dignidad de sol y de alto pescante, a las más efusivas acriminaciones de Boedo. Aquí viene Araña es un hermoso anuncio. Pa´ la rubia, cuándo, lo es más, no sólo por su apócope criollo y por su anticipada preferencia por la morena, sino por el irónico empleo del adverbio cuándo, que vale aquí por nunca (A ese renunciado 'cuándo' lo conocí primero en una intransferible milonga, que deploro no poder estampar en voz baja o mitigar pudorosamente en latín…)".
Derivaciones de un vals, apócopes, insolencias, piropos, milongas, el tráfico de la vida cotidiana; el censo eslabonaba fuentes de las culturas de las que retoñan los idiomas. En su continuidad, elogiaba como insuperable a: No llora el perdido. Luego, ya clasificaba subgéneros (nombres, carros repartidores, etc.) y así avanzaba en el examen. Para Borges se trataban de inscripciones: asertivas, galantes, agudas, con tonos de corralón, pasionales, insolentes, con apócopes criollas y preferencia por las morenas, con irónico empleo de adverbios como cuándo. Entusiasmado con el hallazgo proseguía la disección de las inscripciones: "implican drama, están en la circulación de la realidad, corresponden a frecuencias de la emoción". Por las dudas, aclaraba: "El proyecto es de retórica, como se ve…". Retórica que surgía desde las entrañas de una apostura –en la que se cifraban todas las esperanzas-, "son ademanes perdurados por la escritura, son una afirmación incesante. Su alusividad es la del conversador orillero...".
iii.
Años de 192..., se ponía Proa a un nuevo "proyecto de retórica", con la voluntad de que éste pudiera "instigar una política del idioma" ("El idioma infinito", 1925, publicado originalmente en un número de la revista Proa en su segunda época), a través de la cual se hiciera manifiesta "nuestra actitud contra el coloniaje idiomático de las academias. Escribiría Borges en coautoría de José Edmundo Clemente, para prologar una compilación, de ambos autores, a propósito de El lenguaje de Buenos Aires (1963). Actitud contra el coloniaje idiomático hasta poder alcanzar un idioma, en verdad un "matiz de diferenciación" del idioma, o una "plena entonación argentina del castellano", lo bastante discreta "para no entorpecer la circulación total del idioma" pero, lo bastante nítida "para que en él oigamos la patria" ("El idioma de los argentinos", la conferencia original se pronunció en 1927 y se publicó en El idioma de los argentinos, Gleizer, 1928).
Visos entonces de una proyecto de retórica para una política, cuya primera traza comenzaba por un cambio de nombre: Jorje reemplazaba a Jorge, luego la i desplazaba a la griega y (ambos desplazamientos, quizás remembranzas de la romántica y chilena reforma ortográfica que Sarmiento i Alberdi utilizaran a mediados del siglo XIX, con el anhelo de ensanchar el significado de la voz soberanía). En un supuesto acercamiento a las formas coloquiales i a los tonos de la poética de vida cotidiana, se suprimía la d final, para arrimar la escritura al habla -y así contrariar los severos mandamientos del cinturón de casticismo de la Real Academia-; acatándose entonces las leyes dictadas por la soberanía (¿popular?) de la oralidá. Consciente de la distancia entre la Ley de lo escrito y la potencialidad de la oralidad, Borges apostaba para el (¿futuro?) idioma: "el no escrito idioma de los argentinos sigue diciéndonos, el de nuestra pasión, el de nuestra casa, el de la confianza, el de la conversada amistad" ("El idioma de los argentinos", 1927).
"Política del idioma" impulsada por una voluntad transformadora, que impugnaba por igual a galicistas y casticistas, y se enmarcaba en la idea de "amillonar el idioma" ("El idioma infinito", 1925). Acción que no tendría que ver con lo cuantitativo (la cantidad de voces –o sinónimos, elogiados por la Academia- del diccionario castellano), sino con una "riqueza esencial" (cualitativa), con palabras que "nos ayuden a pensar y a sentir". Algunas otras trazas de esa política, para Borges serían: a) La derivación de adjetivos, verbos y adverbios de todo nombre sustantivo (Ej. lanza: lanceolado, lanceado, alancear, lanzarse, lanzar, etc.); b) La separabilidad de las llamadas preposiciones inseparables (licencia de añadirle prefijos a cualquier nombre sustantivo, verbo o epíteto –que ya existe en el alemán-); c) La traslación de verbos neutros en transitivos y lo contrario (Ej. "recienviniéndose", investigaciones ya bostezadas); d) El emplear en su rigor etimológico las palabras (la recta instauración de voces antiguas o el uso primordial de muchas palabras. Aconsejado por los clásicos y algunos ingleses; Ej. perfección del sufrir, desatendiendo la actual connotación favorable que prestigia a esa voz). Trazas, reconoce y homenajea Borges, de las que no sería ajeno Xul Solar en sus propios planes idiomáticos.
iv.
Borges retomaría la cuestión en su conferencia a propósito de "El idioma de los argentinos". Continuará su afirmación sobre el carácter dinámico de la lengua en menoscabo de la rigidez de las fórmulas académicas. Pero también descalificará a los "dialectos marginales". Para Borges la posición diferencial argentina surgiría así, de una doble negación: ni casticistas ni saineteros –o lunfardescos-. Los primeros, negados por su concepción estática y su falsa concepción de la riqueza del idioma (la que como se mencionara, no radicaría en las sesenta mil palabras del diccionario, sino en la numerosidad de las "representaciones"). Los segundos, por intentar apropiarse del habla popular, a través de una "jerigonza conventillera", un "empobrecimiento" y "complicación" del idioma (y en la "decantación" del lunfardo, por reducir el idioma a mera "jerga gremial o técnica", para colmo la del gremio de los delincuentes). "El que no se aguaranga para escribir y se hace el peón de estancia o el matrero o el valentón, trata de españolarse o asume un español gaseoso, abstraído, internacional, sin posibilidad de patria ninguna" ("El idioma de los argentinos", 1927). Doble negación. La de unos por "simular" superioridad, la de otros por "simular" modestia o popularidad ("hipócritas al revés" o "seudoplebeyos"), y "color local" o "pertenencia a la nacionalidad".
En suma, para Borges, ese posible "matiz de diferenciación" del idioma argentino (respecto del español), no radicaría en lo denotativo de las palabras (quizás idénticas para españoles y para argentinos, por caso: súbdito y envidia, pampa y arrabal), sino en lo connotativo: en "el ambiente distinto de nuestra voz, en la valoración irónica o cariñosa que damos a determinadas palabras, en su temperatura no igual"; y en lo emocional: así "envidiado es formulación de elogio en España", mientras que por aquí "nos parece ruin"; arrabal y pampa: "nuestras mayores palabras de poesía... no son sentidas por ningún español"; "la palabra súbdito es decente en España y denigrativa en América". Como afirmara Lisandro Kahan "es en el plano de la connotación de estos significantes, de sus significados segundos, que quedaría demostrada la vocación republicana del pueblo argentino, al que aguardaría la promisión..." ("De conversadores y pugilistas…, en Historia crítica de la sociología argentina).

v.
En ese proyecto retórico-político decía estar comprometido Jorje Luis Borjes, que una vez regresado de la risueña España ultraísta de Cansinos Assens y Gómez de la Serna, de la metáfora y la imagen, de la poesía libre de rima, puntuación y lógica. Ya algo incómodo por la reinante idolatría del dios Nuevo (Cartas de Juventud, y "Para la prehistoria ultraísta de Borges") que montaba en la fiebre del ultra-maquinismo, hasta abjurar de todo sedimento histórico en el cual apoyarse. A su modo, Borges tomaba como argumento a la patria.
Proyecto de retórica (a propósito, ¿cuáles serán los nuestros?) de la que salieron aquellos poemas, ensayos y artículos (que la crítica –y también el criticado- acomodaría en el lejano rincón de la juventud, el olvido y la negación), publicados en la revista Proa (como "La criolledad en Ipuche" (1924) o "El idioma infinito" (1925); o reunidos en libros como: Fervor de Buenos Aires (1923), Inquisiciones (1925), Luna de enfrente (1925), Cuaderno San Martín (1929), El tamaño de mi esperanza (1926), El idioma de los argentinos (1928), Evaristo Carriego (1930), y quizás hasta en el prólogo a la primera edición de El Paso de los libres (1934) de Arturo Jauretche.
Escritos que, afilando las esquirlas de la gauchesca, re-pasaban elogiosos la poética de Ascasubi, o la de los uruguayos Silva Valdés y Pedro Ipuche –que aportarían la orientalidad a una nueva definición de lo criollo-. Aunque diferentes, no estaban lejanos de algunos acentos nacionalistas puestos por la literatura del Centenario; y a contrapelo de la Historia, se abrían paso por la senda impugnadora de la Argentina liberal posterior a Caseros, a juicio de Borges, expropiadora de las semillas de lo criollo. "La Santa Federación [a pesar de todo fue] un genuino organismo criollo que el criollo Urquiza (sin darse mucha cuenta de lo que hacía) mató en Monte Caseros...". Textos baquianos, encargados de "rastrear lo elemental, lo genésico", muchos de ellos abocados de lleno a la cuestión del idioma, como viéramos, uno en particular hasta titulado: "El idioma de los argentinos".
Escritos a los que, cierto es, en poco tiempo, se los negaría de la obra completa, amenazándolos con la hoguera, o se los sometería al arrepentimiento –algo que pareciera acosar a la ética borgeana-, vía el escarnio de la corrección que borraría sus giros criollistas, se dijo también que hasta escritos con un diccionario de argentinismos al lado del tintero.
Más allá, una posible pregunta que pudiera zurcir la juntura de esos ensayos y poemas, sería: ¿desde dónde se re-crea una lengua, para que ésta, además se convierta en bastión de afirmación y diferenciación cultural? Pregunta que, por cierto, no era nueva, tampoco en el corto devenir argentino; ya que, tocaba una cuerda, ya tocada, en la poca armoniosa invariancia de la nación. La cuerda "revolucionaria" en la polémica por el idioma (que apostaba por la catacresis, los neologismos y la soberanía lingüística de los usos y costumbres populares), tocada entre otros, además de por Borges, por el aludido Sarmiento, en un arco que lo liga con Luciano Abeille y lo hermana y enfrenta a la vez con Roberto Arlt.
Desde el corazón de ese nudo (propio de toda cultura ¿quiénes somos cuando hablamos-escribimos?), pareciera surgir la original investigación borgeana acerca de las "leyendas de los carros". Doble -o desdoblada- tarea de investigación, buscar una fuente –la de "lo genésico"- para re-crear el idioma, hasta escuchar en él al habla de la patria y así poder entender lo criollo –desentendido por el diccionario liberal-. Y al mismo tiempo, elevar a la categoría de género literario, a aquellas "sentencias carreras" –"variante indiana del lema", "género que nació en los escudos"-, ausentes en las antologías (los catálogos de las bibliotecas y los museos) de la literatura y el idioma de los argentinos. Género que, aclaraba Borges, no equivalía al de las empresas comerciales –cuyos carteles, una década antes, analizara escandalizado Ricardo Rojas en La Restauración Nacionalista (1909)-. Tareas, entonces, que si bien se internaban en los espacios-tiempos de las orillas y la tradición, se insinuaban en aras de un futuro "programa renovador".
vi.
Cierto estrabismo regresaba a la mirada del rostro patrio. En la cacería de las leyendas de los carros, una ojo apuntaba hacia una zona borrosa por la nostalgia de lo que se doblegaba ante los vientos del "progreso" y por los melancólicos recuerdos personales del patio de la infancia -el de la manzana "de Guatemala, Serrano, Paraguay y Gurruchaga", lindera al arroyo Maldonado y los palermitanos parques con olor a Rosas-, el de los tonos de la emoción, de la conversada amistá, el frecuentado por –el orillero y marginal- Evaristo Carriego. Viento del progreso culpable "de que los alambrados encarcelen la pampa, de que el gauchaje se haya quebrantado, de que los únicos quehaceres del criollo sean la milicia o el vagamundear [sic] o la picardía, de que nuestra ciudad se llame Babel". El criollo, continuaba el lamento, "vuelto forastero en su patria, realizó en el dolor la significación hostil de los vocablos de argentinidad y progreso" ("Queja de todo criollo", Inquisiciones, 1925).
Mientras la otra mirada, o el otro foco de la misma, oteaba hacia el futuro de lo siempre nuevo, porque era, según Sarlo (Borges, un escritor en las orillas, 1995), el punto de vista de la vanguardia (modo de ruptura estética, a la vez, propio de la modernidad y, por ende, catalizador de lo moderno). Las inscripciones de los carros, objetos cotidianos, marginales, casi desechos; mediante la ironía desacralizadora del vanguardismo –como los ready made o el urinario de Duchamp- se convertían en "partículas" de literatura. Justo cuando su cazador, abrumado por las rimas de Lugones y los Cisnes de Darío, comenzaba a descreer de la literatura, aparecían "estas partículas" literarias encontradas en la labor de la "obra anónima".
Aquella mirada del vanguardista hacía oro (lingüístico) del barro. Arrancaba a esos signos de su diaria indigencia para re-colocarlos convertidos en género literario en las páginas del número 1 de la revista Sur, en las páginas de la Historia de la Literatura Argentina y por qué no de la literatura Universal. Esa "charlatanería de la brevedad, ese frenesí sentencioso, me recuerda la dicción del célebre estadista danés Polonio, de Hamlet"; cotejaba cantando parda, un Borges que no se amilanaba en encontrarle parangón al género carrero. Lo alto y lo bajo, lo particular universalizado, la suma a pesar de valores de signos opuestos. Final de la investigación vanguardista, que por (creer) fundar su objeto, casi se jactaba de no poder dar: "Ninguna referencia bibliográfica".
vii.
Juegos de lenguaje, actividades que formaban parte de aquella frecuentación a los espacios y los tiempos de las "orillas", entre lo que ya no era y lo que, encaramado en los tranvías, pasaba a todo por encima. Entre la nueva ciudad que se imponía y el campo que se iba; visita al suburbio. Quizás para descender a los avernos de Saavedra de la mano del Pereda de Marechal. Voluntad de correr los Márgenes al Centro, las "leyendas de los carros", los poemas de Carriego y la desventurada poesía-metafísica de Macedonio; eran papeles recienencontrados y marginales respecto al canon del modernismo, a los moldes del Centenario y a los del gaucho ideal de Lugones. No obstante lo cual, desde su misma condición de prólogos que recienempiezan ya comenzaban a formar parte de los futuros nuevos eslabones de la tradición de esa vanguardia, que nacía enarbolada por J. L. Borges.
En las excursiones a esas orillas se tejía una tradición también compuesta por una axiología suficiente de sostener sus posiciones éticas, estéticas y políticas. Desde la moral de los "orilleros" de Carriego, sobrios hasta para batirse a duelo, se enarbolaban el honor y el coraje como legados criollos.
También, cierto es, esto implicaba una demanda de distinción, el reclamo de una "heredad familiar, un haber estado allí antes del aluvión, un derecho atemporal emanado de la concomitancia con el recóndito origen nacional", acotará González. La ética de un idioma para hacer frente al fariseo y amanerado intercambio de valores y palabras del "progresismo". Pero también para enfrentar el farolero andar bravo del "compadrito" hijo de inmigrantes que, a su parecer, como el sainete, exageraba todas sus formas y movimientos, al punto mismo de la impostación. Objeciones que recordaban las posturas conservadoras y aristocráticas anticipadas por Ernesto Quesada, autoridad, citada por Borges en varios de estos escritos.
viii.
"Ni progresismo, ni gauchismo". Ni "someternos a ser casi norteamericanos o casi europeos, un tesonero ser casi otros"; ni ahogarnos en la nostalgia de un tipo casi extinto. Borges llamaría a ese proyecto retórico de tonalidad distintiva con el nombre de Criollismo (y a la virtud moral-intelectual que se debería alcanzar para sostenerlo: Criolledá). Buscarse un nombre ante la erosión que provocaban los vientos de lo nuevo, y las temidas "mareas" (inmigratorias). Criollismo no como sinónimo del viejo gauchismo, aclaraba, sino un criollismo nuevo, cuya cifra descansaba en el "ensanchamiento" progresivo de su significado, hasta que éste pudiera conversar con el mundo, consigo mismo y hasta con Dios.
Novedad de un estilo del criollismo, que sería ratificado por Leopoldo Marechal, al reseñar Luna de enfrente de J. L. Borges, en la vanguardista revista Martín Fierro, nº 26, 1925, "el mejor argumento contra las viejas teorías de Lugones... es un criollismo nuevo y personal, un modo de sentir que ya estaba en nosotros y que nadie había tratado... La criolledad de Borges no es chauvinismo detonante ni una actitud decorativa: es el sabor hallado en cuatro buenas cosas del terruño...".
Re-fundación de la Ciudad, el dictamen de los ensayos borgeanos de aquellos años de 192... enfatizaban la indigencia de "nuestro hacer". En realidad, no era el hacer en tanto voluntad el mayor déficit de la configuración nacional; la falta apuntaba hacia el quehacer intelectual. Desde el "arrojamiento de los ingleses de Buenos Aires", Borges intuía una voluntá de criollismo, mas huérfana de pensamiento. Faltábale a la Ciudad una metafísica, una poesía, una literatura, un idioma, una pintura, una mística; y apenas si se contaba con sus mojones o basas para cada una de esas instancias (¿Macedonio –el metafísico-?, ¿Carriego –el poeta-?, ¿Güiraldes –el escritor, aunque con reparos-?, ¿Borges –el lingüista-?, ¿Xul, el místico-pintor o su astrólogo?). Apenas rastros de la continuidad de "lo elemental, lo genésico". Eslabones a partir de los cuales, resultaría posible re-fundar mitológicamente al menos a Buenos Aires. "Buenos Aires del veinticinco (...), más que una ciudá, es un país y hay que encontrarle la poesía, y la música...".
Se dijo, el proyecto era de retórica; por tanto, las "orillas" también eran el resquicio (¿sólo imaginario?) en el que se abrevaba porque en él se esperaba encontrar la arcilla de una poesía capaz de re-fundar a la ciudá desde su lenguaje. Re-fundación para que acompasara los nuevos tonos de la Patria. Tonos marcados por un líder político, en quien, con insistencia, el (próximo) líder literario, depositaba una esperanza metafísica: "...ese hombre es Irigoyen" ("El tamaño de mi esperanza", 1926). Principio-esperanza que, si en lo cultural adolecía de "largos adobes" que lo pusieran firme hacia el cielo, tenía claro -como el Alberdi del Fragmento del '37- que su voluntá seguiría los impulsos dados por Juan Manuel, ahora reencauzados en la conducción de Yrigoyen: "los dos caudillos mayores que abrazaron el alma de Buenos Aires" (Inquisiciones, 1925). Porque: "...El corralón seguro ya opinaba: YRIGOYEN..." ("Fundación mítica de Buenos aires", 1929). En él se depositaba el fundamento político de la esperanza del nuevo criollismo.
"La esperanza es amiga nuestra y esa plena entonación argentina del castellano es una confirmación de que nos habla... quisiéramos volverlo [al idioma] tan límpido como ese porvenir que es la posesión mejor de la patria (...). Vivimos una hora de promisión. Mil novecientos veintisiete: una gran víspera argentina..." ("El idioma de los argentinos", 1927).
Leemos nada despreciables alusiones al líder político en ensayos que se preocupaban por la estética o por cuitas del idioma. En un año de 192..., mismo año en el que el escritor también refrendaba un manifiesto que bancaba la candidatura del viejo líder radical ante los comicios del año entrante, y que firmaba, como punta de lanza de un colectivo: el "Comité Yrigoyenista de Intelectuales Jóvenes", integrado, entre otros, por el zumo de la vanguardia porteña: Marechal, Macedonio, Petit de Murat, Olivari, los González Tuñón, etc. La proclama apareció en el diario Crítica, el 20 de diciembre de 1927, año de las vísperas. En 1928, Hipólito Yrigoyen era elegido presidente, por segunda oportunidad.
Y si Yrigoyen (se) declaraba (en) neutral, conjugaba verbos como "votar", y comenzaba a amonedar siglas como las de Y. P. F.; para innovar la gramática política argentina. En paralelo (¿o en perpendicular?) a aquel acontecimiento político, desde los fundamentos de la literatura y la expresión nacional, también parecía pensarse en alguna novedad para poner al mismo tono de aquella experiencia política al Idioma de los Argentinos.
"A LOS CRIOLLOS le quiero hablar: a los hombres que en esta tierra se sienten vivir y morir, no a los que creen que el sol y la luna están en Europa. (...) Mi argumento de hoy es la patria... (..)
"Sarmiento (norteamericanizado indio bravo, gran odiador y desentendedor de lo criollo) nos europeizó con su fe de hombre recién venido a la cultura... (...).
"Entre los hombres que andan por mi Buenos Aires hay uno solo que está privilegiado por la leyenda y que va en ella como en un coche cerrado; ese hombre es Irigoyen.
(Jorge Luis Borges, El tamaño de mi esperanza, 1926).
**
Coda: Si hoy continuáramos con los ejercicios realizados por Borges, quizás advertiríamos cierto regreso de los carros, aunque sin caballos (los tiran cuerpos humanos) y sin leyendas. En los carros se arrastra basura, pedacitos de cobre, cartón, papel –después de Homero, soporte privilegiado de las leyendas-, y los cuerpos de quienes los cargan como pesadas cruces de un destino y una realidad –o realismo- que ha gastado las metáforas y los signos hasta casi el desecho. Última –y para algunos también primera- forma de la materia. Restos que sólo con la imaginación de un Antonio Berni y con otros impulsos retórico-políticos, podrán volver a animar la vida de la patria.


